Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

domingo, 30 de noviembre de 2014

"El asesino de la regañá" Julio Muñoz Gijón



Yo hoy, para nada pensaba hablar de este libro. Pensaba que la siguiente entrada sería la de la nueva novela de la tertulia del Villajunco que estoy a punto de terminar, pero va a ser que no. Voy a hablar antes de "El asesino de la regañá" de Julio Muñoz Gijón, más conocido como "el sevillano profundo". 
Julio Muñoz Gijón
Yo padezco de insomnio, lo que hace que, a veces, pase varias horas de la noche leyendo. Pues bien, entre que me acosté anoche y me levanté esta mañana, he leído este libro. Sólo tiene 107 páginas y es de esos policíacos que suelo leer por la noche, compaginándolos con otros más serios que leo durante el día (en estos momentos, el mencionado de la tertulia). En realidad, los policíacos nocturnos suelen ser mucho mejores que este.

jueves, 27 de noviembre de 2014

El León que nunca conocí

León produce escritores como Cantabria produce actores y directores de cine. Se ve que mamamos distintos estímulos, pero todos muy artísticos.
Estos escritores han ambientado muchas de sus novelas en la ciudad y han ido dejando en nosotros el poso de distintas épocas y distintos ambientes del siglo XX: 

El León tabernario y prostibulario, tan bien descrito por Julio Llamazares, "donde murió Genarín con la mano en el manubrio" mientras aliviaba los excesos del orujo contra los cubos de la muralla allá por 1929 (por cierto, la noche de Jueves Santo y atropellado por el primer carro de la basura que hubo en León); el León de los tristes y oscuros años 50 que Luis Mateo Díez nos regala en "La fuente de la edad",  por los que se mueven como sombras maltrechas unos personajes que ven nacer y morir sus sueños y a los que, ni siquiera la venganza, les sirve para emerger del fracaso que es toda su vida; el León de los 60 en "El año del francés" de Juan Pedro Aparicio; el adivinado en muchas novelas de José María Merino; y tantos otros que, perdidos en algún rincón oscuro de la memoria (o del olvido), han ido creando una ciudad que, a pesar de estar sólo en mis intuiciones literarias, es, a veces, mucho más real que la vivida y recordada.

Ese León, donde parece que siempre es invierno, y no un invierno luminoso de nieve blanca y cielo azul, sino ese invierno gris de lluvia y niebla, de humedad y frío intenso de nieve pisoteada y pringosa (y cielo gris); ese León que huele a carbón y hollín, a morcilla de los bares del Húmedo y sopa de cocido (y, siempre, el cielo gris); ese León sin coches ni escaparates luminosos, triste y oscuro, con olor a sotanas y tricornios (y el cielo más gris que nunca); de burgueses de casino y funcionarios de taberna con zapatos rotos y chaquetas remendadas (encogidos y sin abrigo bajo un cielo gris); ese León en el que vivir era difícil (como en toda España, por otra parte), pero que a veces nos duele de tanta nostalgia (no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca vivimos, parafraseando más o menos a Sabina), y nos produce una intensa ansiedad: la de no poder retroceder la rueda del tiempo y aparecer en la buhardilla de Chon Orallo, comiendo ancas de rana y planeando salir en busca de la fuente de la edad porque es primavera, brilla el sol en León y se acerca la época ideal para brincar por el monte buscando fuentes. 

Ese León que abarca desde que se inventó la fotografía hasta los años 50 (más o menos, también) es el que dejo aquí para alimentar la añoranza porque aunque creo firmemente que todo tiempo presente es mejor, cómo se echa de menos, a veces, lo peor.
Disfrutad.  

jueves, 20 de noviembre de 2014

"Mujer de Barro" Joyce Carol Oates

El 1 de Octubre, en una entrevista publicada por "El Cultural" de ABC, con motivo de la publicación de "Carthage", su última novela, esta mujer de ojos saltones y mirada inteligente, con aspecto frágil, pero en la que se adivina que la fragilidad es solo apariencia, afirmaba: "Escribo porque tengo muchas historias que contar".
Los que la seguimos desde hace años lo podemos corroborar: multitud de historias; algunas realistas, sangrantes y dolorosas como una herida en carne viva; otras que, por momentos, parecen cuentos de hadas buenas con algún hada mala (o de hadas malas con algún hada buena), pero en todas, sea como sea, se mezcla lo real con lo onírico, lo vivido con lo deseado, y no siempre se sabe cuando se está en presencia de lo uno o de lo otro. No, al menos, de inmediato.

Va ya para veinte años (1996 ó 1997) que oí hablar de esta autora en una reseña de su novela "Qué fue de los Mulvaney". Me dio buena espina y la apunté en mi lista... pero nunca me compré ese libro (a día de hoy, sigo sin leerlo). Otras lecturas, otros autores, se metieron por medio y ella fue quedando olvidada. 
Tuvieron que pasar doce años para que llegara a mis manos otra novela "Puro fuego" y esa la leí y, después, muchas más. Diez en total hasta la que ahora nos ocupa que no es "Carthage" (ahora leo todo lo que publica en orden y a esa aún no le ha llegado su momento) sino la anterior, "Mujer de barro".
Una novela con intriga (como muchas de la autora), pero que a nadie se le ocurriría clasificar como novela de intriga; una novela sobre el éxito, y sobre lo que les cuesta a las mujeres conseguirlo en comparación con los hombres y sobre como, cuando se consigue, pesa y agobia y puede hacer difícil seguir adelante; una novela en la que, poco a poco, a la vez que se le descubre al lector, se va recordando el pasado, porque cuando la vida empieza de ciertas maneras, la única salida es huir hacia adelante y olvidar, olvidar porque va en ello el propio acto de existir; una novela en la que las cosas son tan horribles como nos parecen, aunque a veces creamos que nos parecen más horribles de lo que son; una novela sobre la soledad y la ética y la decepción, y el amor. Y dicho así, alguien podría pensar "sobre demasiadas cosas, ¿no?" Pero no, porque todo ello está perfectamente engarzado, muy bien contado y, aunque a veces no se sabe si sueña el personaje o sueña el lector, muy bien resuelto.
Una novela crítica con la sociedad estadounidense y con su política porque, como pensamos en Europa, pocos aman tanto a su país y están tan orgullosos de él como los norteamericanos, pero contra lo que creemos en Europa, nadie hace críticas más crueles y ácidas a su país que los propios norteamericanos y los escritores son buena muestra de ello.
Y están los paisajes: el norte del estado de Nueva York, la proximidad con la frontera de Canadá, el este del lago Ontario, el sur de los Adirondaks; paisajes en los que va sucediendo la vida de la protagonista, paisajes en los que nació y creció la autora. Pueblos con nombre mítico (Carthage, Ithaca), sitios que, vistos en un mapa de Estados Unidos, se pillan todos con la punta de un alfiler, pero en los que los desplazamientos son de tres, cinco horas, con carreteras agrietadas, autopistas modernas, bosques inmensos de espacio y soledad, estaciones de servicio bulliciosas; y lagos y ríos y marismas y barro, barro pegajoso, barro que ahoga y ciega y hunde...
Y un final en el que nada se cierra, nada se soluciona, nada se destruye; un final en el que todo queda abierto y cualquier cosa puede suceder en adelante: el amor y el desamor, el éxito y el fracaso, la felicidad y el horror; un final en el que ni siquiera sabemos si el personaje ha ganado en seguridad y fortaleza o sigue estando tan frágil, tan herida, tan vulnerable como al principio.
Ah! y se me olvidaba: el rey de los cuervos, pero ese dejaré que lo descubráis vosotros.



martes, 11 de noviembre de 2014

"Relatos salvajes" Damián Szifrón


La película argentina de Damián Szifrón

Pocas películas tienen un comienzo tan contundente y original como esta. Darío Grandinetti, grande, enorme, como siempre. A continuación, comienzan los créditos y después... comienza otra cosa y nada de lo que esperabas acontece.
No estoy criticando la película. La crítica va más bien hacia mi misma. No sabía que eran historias independientes y, tras el comienzo, durante los créditos, me estaba haciendo tremendas ilusiones sobre cómo continuaría semejante pedazo de historia. Por eso, cuando, a modo de salto mortal, te lleva a otro escenario, otros personajes y otras peripecias, me llevé una decepción de tamaño apreciable (cuando menos).
Por otra parte, y también es problema mio, no me gustan las historias cortas, ni en cine, ni en novela. Pocos relatos o cuentos me han gustado lo suficiente como para tener ganas de repetir y, normalmente, suelo huir de dicho formato. A no ser que aparezcan nexos de unión entre unas historias y otras porque entonces todo cambia. La relación entre los distintos episodios se materializa como un pequeño milagro de la técnica de narrar y podría aplaudir como un niño ante la más luminosa y colorida de las sorpresas (podría, pero a lo más que llego es a dejar que se me empañen un poco los ojos). No hay nexo argumental en estas historias, no, más allá del tema.
Pero una cosa son mis decepciones particulares y mis gustos caprichosos, y otra cosa, la película "Relatos salvajes" y sus seis historias duras, irreverentes, violentas, desinhibidas como solo puede serlo la venganza. Porque de eso trata la película: de la venganza, con motivos o sin ellos; venganza que, a veces, casi nos parece justicia y venganza cruel, desmedida, gratuita si no fuera por lo que algunos tienen que pagar.
Las historias son muy buenas, son originales, espantosas, por momentos, horripilantes y, por momentos, hilarantes. Están muy bien contadas y dirigidas por Damián Szifrón, quién además firma el guión. Y están muy bien interpretadas por actores de todos conocidos (Leonardo Sbaraglia, Darío Grandinetti, Ricardo Darín), pero también por otros que lo son menos, o que son perfectos desconocidos, al menos para mi (destacaría a Érica Rivas, la novia "humillada"; Germán de Silva, el casero "fiel"; Rita Cortese, la cocinera con ansias de justicia).
No quiero destriparle a nadie la película, que tiene su intriga y, realmente sorprende. Yo, aparte de manías propias, solo le veo un fallo: haber empezado por la historia más fuerte, la más insólita, la más irreverente. Aunque eso es solo mi opinión y tal vez, más que un fallo sea un acierto. No lo sé. Tendré que pensarlo. Tal vez, lo piense mañana.
Por cierto, el sitio web de la película  ganó el premio a mejor diseño de sitio web ("Site of the day", sitio del día) por el jurado internacional de Awwwards.
Por cierto, también, la película es en Argentina la más vista desde que existen registros.

lunes, 10 de noviembre de 2014

"La isla mínima" Alberto Rodríguez: cuando la historia con minúscula se hace Cine con mayúsculas.



Y si digo con minúscula no es porque la historia no sea buena, que lo es, sino porque no sé si se puede considerar historia al año 1980; porque, evidentemente no es una película histórica y por todo eso y, solo por eso, la  minúscula.
Lo que sí es, es Cine con mayúsculas. Del que hace mucho tiempo andamos escasos por estos pagos españoles.
Y es que, recapitulando, en los últimos años, cuatro de las cinco mejores películas se las reparten entre dos directores: Daniel Monzón con "Celda 211" y "El niño" y Alberto Rodríguez con "Grupo 7" y "La isla mínima". La quinta, la excelente "No habrá paz para los malvados" es del veterano Enrique Urbizu. Y, casualmente, todas pertenecen al género negro.
Alguna se me escapará, pero por más que intento recordar, no se me ocurre ninguna ota película con la que haya salido del cine tan satisfecha como con estas.
Pero vamos con lo que nos ocupa hoy que es "La isla mínima". Una película de género, un thriller con una buena historia, muy bien contada, sobriamente interpretada y estupendamente dirigida; ambientada el 1980, en las marismas del Guadalquivir, un escenario en el que la Naturaleza se manifiesta sin tapujos, bella hasta hacer que te duela la mirada, pero feroz y cruel hasta hacer que te duela el alma, como solo la Naturaleza puede serlo. Y en ese escenario sucede la vida, dura y austera,  de los personajes de la historia; y también la muerte, cruel, gratuita, innecesaria.


Y para investigar las muertes, llegan dos policías. Uno joven (Raúl Arévalo), acorde con los tiempos, ansioso de democracia. Deseoso de que cambien los métodos
y se acaben las palizas, las intimidaciones y cualquier tipo de brutalidad policial, pero... a veces, la brutalidad ayuda a clarificar las cosas.
El otro es mayor (Javier Gutiérrez), viene de otros tiempos, de las torturas en la Puerta del Sol, de los disparos en las manifestaciones pero... si hay que dar la vida por un compañero, se da, que carajo!
En fin, como decía Pérez Reverte, lo mejor y lo peor de la gente, a veces en la misma persona, a veces, con pocos minutos de diferencia.


Jesús Castro
Y, para terminar, aunque podría seguir varias páginas más, una interpretación de las que más me gustan, sobria, sin excesos, en la que no falta nada, pero sobre todo, en la que no sobra nada: pocas palabras, pero miradas elocuentes; pocos gestos, pero que lo dicen todo. Muy buenos actores, muy bien dirigidos. Impresionantes Nerea Barros y Antonio de laTorre, los padres de las niñas, manifestando esa tristeza sin aspavientos ni alaracas de la gente que vive pegada al paisaje y está acostumbrada a tomarse la desgracia y la alegría con cierto escepticismo,como sin acabar de creérselo, pero intensamente.Y hablando de actores, dejo para el final a Jesús Castro a quien vimos en "El niño" y veremos en la segunda parte de la serie "El Príncipe" y que, con 21 años, parece tener futuro en el cine. Veremos.

martes, 4 de noviembre de 2014

Deconstruyendo París


He pasado cinco días en París, como ya se ha visto por las fotos.
Conocí París, como casi todo el mundo, mucho antes de conocer París. Conocí París como mucha gente, a través de la literatura.

Primero fue el París del siglo XVII, el Louvre y las Tullerías de los Tres Mosqueteros, por cuyos enormes y desangelados pasillos se movían Ana de Austria y el Cardenal Richelieu, con sus intrigas y maquinaciones a espaldas de Luis XIII; más tarde fue el París del siglo XIX con los salones de la mejor sociedad burguesa en los que el Conde de Montecristo maquinaba su venganza. También del Conde de Montecristo me salió al paso el cementerio del Pére Lachaise, único en el que el Señor deVillefort consideraba digno dejar sus despojos; el mismo cementerio donde Víctor Hugo dejó enterrado a Jean Valjean el protagonista de Los Miserables; el viejo cementerio con su halo romántico de flores marchitas y lápidas húmedas de moho y sombras.
Unos años más tarde fue el París de los años 50 y 60 del siglo XX, el de los jóvenes estudiantes sudamericanos, el que nos relatan Cortázar y Vargas Llosa y Bryce Echenique y mayo del 68 y...
El recuerdo más vivo que tengo de cómo una novela me evocó la ciudad y me hizo desear conocerla se debe a "La araña negra" de Blasco Ibáñez. No recuerdo apenas nada de la historia más allá de una serie de intrigas por parte de los Jesuitas que van tejiendo su tela (la tela de la araña negra) para quedarse con la fortuna de una familia adinerada. Hace más de treinta años que la leí, pero nunca olvidé sus descripciones de la margen izquierda del Sena (la famosa rive gauche) y de la zona de Montmartre. 
No pude olvidar durante mucho tiempo el ambiente bohemio de estudiantes y artistas, cabarets y mujeres de mala vida, antros nublados por el humo y los vapores de la absenta, buhardillas heladas de frío y hambre; y puede que mezcle novelas y sensaciones y lo que recordé durante mucho tiempo, aquel París que permaneció durante años en mi imaginario fuera un refrito de demasiadas historias, demasiadas novelas, demasiada imaginación.
El caso es que no lo olvidé hasta que conocí París. La decepción de mi primer paseo por la orilla izquierda no fui capaz de confesármela ni a mi misma. París lleno de coches y de turistas, sin humo en los antros porque ya no hay antros (o yo no los encontré) y porque ya no se fuma en ningún sitio.
Me olvidé de mi París; me resigné a que el París de las novelas es un París de otro tiempo, de otros siglos, de otros estilos de vida. Tuve que deconstruir París y construirlo de nuevo a partir de sus propias ruinas y de las ruinas de mi pobre recuerdo malherido. Y me quedó precioso. 
Ahora mi París es el que he ido descubriendo poco a poco, viaje a viaje. No tiene sabor a boinas negras de estudiantes existecialistas, ni olor a trementina de estudio de pintor en Pigalle. Es un París del siglo XXI, más vivible, más claro y luminoso, al que, de vez en cuando, voy con ilusión, sabiendo lo que voy a encontrar. Sabiendo lo que no voy a encontrar. Ya no me decepciona y las sorpresas que me reserva son siempre agradables.
Pero me gustaría encontrar a Toulouse-Lautrec haciéndole un retrato a Jane Avril en el Moulin de la Galette que me gusta mucho más que el Moulin Rouge.


lunes, 3 de noviembre de 2014

Ramiro Pinilla, In memoriam



El jueves 23 de Octubre murió Ramiro Pinilla. Era una noticia que no podía retrasarse mucho (tenía 91 años) pero no por eso dejó de pillarme por sorpresa.
Lo conocí (literariamente hablando) en 1981 cuando leí su novela "Antonio B. El Rojo" (más tarde se reeditó y el Rojo, pasó a ser el Ruso, pero nunca me he acostumbrado). Esa novela, ambientada en gran parte en los paisajes hostiles de La Cabrera leonesa, me gustó mucho. 
Me gustó como estaba escrita y, sobre todo, me gustó la historia de aquel personaje, hambriento, encarcelado por robar porque el hambre cuando se mezcla con el instinto de supervivencia, tiene esas cosas, que no respeta la ley; luchando por su vida contra todo lo divino (la naturaleza) y lo humano (la Guardia Civil).
Busqué información sobre el autor, pero a principios de los 80 no había internet, ni siquiera había ordenadores en las casas, la novela se había publicado en el 77 y Ramiro Pinilla, premio Nadal en 1960, era un desconocido. Incluso en las librerías (al menos en las que me eran accesibles en León en aquella época) no supieron darme noticias de sus obras.
Así es que, cuando más de veinte años después, se publicó el primer volumen de su trilogía "Verdes valles, colinas rojas" corrí a comprarlo y lo leí de un tirón. Y esperé con impaciencia a que fueran saliendo los otros dos...y los leí de un tirón.
Y ya fue un no parar: cada vez que salía un libro, ya fuera nuevo (¡¡qué personaje el futbolista de "Aquella edad inolvidable"!!), o reeditado (¡¡qué placer literario "Las ciegas hormigas", el premio Nadal de 1960!!) corría a comprarlo... y lo leía de un tirón.
Ahora se acabó. Leeremos su última historia, recién salida de la imprenta (el tercero de su trilogía detectivesca) y disfrutaremos con Samuel Esparta (el antihéroe de Sam Spade) vestido con gabardina y sombrero americano. Y después, nos resignaremos. Después, nos acostumbraremos a saber que ya no habrá más entregas y que hemos perdido un referente, otro más, de esos que nos tienen esperando su nuevo libro para ir corriendo a la librería... y leerlo de un tirón.
Gracias por todo Ramiro Pinilla. Sit tibi terra levis.


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