Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

viernes, 17 de noviembre de 2017

"Crematorio" Rafael Chirbes

"Crematorio" es quizás uno de los libros más difíciles de Rafael Chirbes. Todo él es un monólogo o una sucesión de monólogos de diferentes personajes, aunque no siempre los monólogos estén en primera persona. Algunos lo están en tercera, pero no dejan de ser palabras salidas de dentro del personaje en cuestión, de sus recuerdos y sentimientos, de lo que piensa o le ocupa.
Matías Bertomeu acaba de morir en el hospital de Misent. Su vida, empapada en alcohol y ahumada de tabaco, ha resultado demasiado corta para albergar tanto whisky y nicotina como ha trasegado, y a los sesenta y cinco años su hígado y sus pulmones se han negado a seguir sosteniéndolo y se han dejado vencer por las metástasis. Matías ha muerto de excesos y sus familiares, no todos, se disponen a velar su muerte en el tanatorio como velaron su agonía en el hospital. "Querían que Matías muriese en su casa, en su cama, era eso lo que él habría querido. Pero el médico rechazó de plano esa posibilidad. Hagan ustedes el favor de no añadirle más sufrimiento a este hombre, lo que me proponen es una crueldad que yo no puedo aprobar".
Mientras le acompañan, o mientras evitan acompañarle, según de quien se trate, toman por turno la palabra, o la toma el narrador por ellos, y recuerdan tiempos pasados. Recuerdos acerca de Matías, pero también de ellos mismos, de Misent, de un pasado reciente y tan rico en matices y peripecias como es el pasado más reciente.
En esta novela, la historia de España, que Chirbes nos está contando en sus libros, avanza hasta mediados de la década de 2000. No se puede ubicar el año concreto, o a mí se me ha escapado, pero un comentario referido a la muerte de Carmina Ordóñez ("A ellas, lo que de verdad les preocupa es si la Ordóñez dicen que murió de una pasada de coca"), ocurrida en 2004, nos sitúa la acción en ese año o poco después. Contemporánea, se puede decir, de la época (2007) en la que está escrita.
Faltan aún unos años para la crisis y España levita de autosatisfacción. La actividad inmobiliaria está en pleno apogeo y parece que la época de vacas gordas no va a terminar nunca. En Misent, en la costa mediterránea, las urbanizaciones de lujo florecen como los narcisos en primavera y Rubén Bertomeu, el hermano mayor de Matías es uno de los constructores que se han enriquecido con el desarrollo de la ciudad. 
No se llevaban bien los hermanos. Matías ha mantenido la posición revolucionaria, la inocencia de la juventud impostada a través de los años. Amante de la naturaleza y los paisajes salvajes, vivió sus últimos tiempos en la casa familiar de El Pinar dedicado a la agricultura. Estudioso de guerras y revoluciones, partidario de la lucha armada, ha muerto sin conocer ninguna guerra, pero manteniendo, al menos en apariencia, todas las ideas de justicia social de su pasado.
Rubén, por su parte, se ha deslizado a un lado y a otro de la linea que bordea la legalidad. Al igual que su hermano, en su juventud coqueteó con las ideas de izquierdas y con los ambientes intelectuales. Estudió arquitectura, tal vez para completar las tres patas del arte con sus amigos, pintor uno (Montoliu) y escritor otro (Federico Brouard) "Arquitectura, pintura y literatura unidas como un arma, una especie de catapulta con la que apedrear aquel Misent que no acababa de despegarse de la grisalla de la guerra. Romper la grisura"
Portada alemana de
"Crematorio"
Rubén estudió arquitectura, pero decidió que quería hacer casas, no sólo proyectarlas para que otros las hicieran, así que se hizo constructor y millonario. Algo que nunca le pudo perdonar Matías.
Tampoco se lo perdona su hija Silvia, tan idealista a los cuarenta como lo era a los veinte. Desde pequeña, su tío Matías le ha regalado los libros que ha leído, la ha llevado al cine y le ha aconsejado películas y lecturas; ella considera que él la ha hecho como es y ha tomado a su tío Matías como el referente y el guía que nunca ha sido su padre. Aunque este no está muy de acuerdo "Lo que yo le he dado —comer, beber, vestir, estudiar, viajar; si te he llevado por medio mundo, le decía yo— vale menos que unos cuantos libros, que unas cuantas películas. El alma humana es así de irracional". Pero no todo en Matías es oro en la mente de Silvia. En esta noche de velatorio, recuerda a su tío como el hombre que hablaba mucho y actuaba poco, que casi no había viajado y lo ignoraba casi todo de aquellos lugares de los que tanto hablaba y a los que solo conocía por el cine y la televisión. Matías: mucho ruido y pocas nueces. Y llora, "llora porque su tío es un hombre vulgar, al que ella le ha hablado con amor".
Y Collado, el antiguo lugarteniente de Rubén, el que se ocupaba de los trabajos sucios y quedó enganchado a la mala vida que subyace por debajo de los negocios de su jefe, esa mala vida en la que nunca ha caído Rubén. Y los políticos cómplices, interesados, corruptos con naturalidad, sin sensación de delito ni pecado, como si la actividad ilegal en cuestión (la que sea y hay muchas) fuera consustancial al cargo y solo fuera punible en caso de ser descubierta. Y la sombra de un antiguo picadero; unos caballos muertos, enterrados y ahora sacados a la luz que pueden terminar con todo un entramado, aunque puede que todo siga tan atado y bien atado y protegido desde el poder como siempre lo ha estado.
Y Mónica la mujer de Rubén, casi cuarenta años más joven; y Brouard que tras romper su amistad con el hermano mayor se quedó con la del pequeño y ahora llora su muerte que prevé como un anticipo de la propia y de lo que siente como propio fracaso.
Y el viejo Misent que se compara con el nuevo y la nostalgia lleva a ensalzar el viejo pueblo de pescadores, pero Rubén, representando lo nuevo desde su ancianidad, recuerda que no todo lo antiguo fue siempre mejor sino que "era, a su manera, bastante más terrible. [...] la crueldad con los más pobres, las hambres espantosas, la represión política, la suciedad, la imposibilidad de pensar nada sin sentirte vigilado, ¿no me has contado tú todas esas historias?, ¿no las has contado incluso en tus libros? Aquello aún fue peor. Ahora se machaca sobre todo el paisaje, entonces se machacaba la vida humana".
Rafael Chirbes
En esta novela, Chirbes habla de todo, todo lo pone en boca de personajes muy diferentes y, a través de su distinta forma de ver el mundo, nos va haciendo dudar de cada cosa. Y si pensamos en la necesidad de mantener el arte, los paisajes, el modo de vida, enseguida nos topamos con la duda porque Rubén es un analista implacable, pragmático, sin concesiones. Rubén se convierte para mí en el revulsivo de todo aquello que, en principio, nos parece indiscutible. La realidad pasa por su ojo, se somete al bisturí de su análisis y sale diseccionada y con todos sus detalles al descubierto: "Durante una obra, destruyen una villa romana, destruyen un hamán almohade, una muralla califal, [...] Como si el hamán o la muralla califal no hubieran destruido la muralla o el templo que los precedió. ¿Cuál es el estrato en el que reside la verdad?", pero ¿es certero este diagnóstico? ¿cuánto tiene de observación interesada, de cotejo autodisculpatorio, de sofisma engañoso? ¿alarde de cinismo o de clarividencia? Cada uno lo tendrá que decidir por sí mismo, tendrá que revisar sus opiniones acerca de casi todo: el amor, la muerte, el arte, la fidelidad, la prostitución, el olvido, la chabacanería, el pelotazo, la enfermedad, la derrota, la política,  la traición... De todo hablan los personajes de esta extensa e interesante, que no fácil novela. 
"Crematorio" obtuvo el premio de la Crítica en 2007. En 2011 se adaptaría a TV en una serie de ocho episodios interpretada, tan bien como él sabía hacerlo, por Pepe Sancho en el papel de Rubén Bertomeu y dirigida por José Sánchez-Cabezudo. La serie es magnífica. He vuelto a verla y lo sigo manteniendo, y más teniendo en cuenta la dificultad de llevar a la pantalla puras reflexiones y recuerdos, pero en un buen ejercicio de adaptación se ha sabido dotar de trama a los pensamientos. Se han cambiado cosas, desde luego (vuelvo a lo de siempre: mejor calidad que fidelidad), pero sin perder la esencia de la historia, y, a pesar o a causa de esos cambios, la serie está considerada una de las mejores series españolas de todos los tiempos. De ella dijo Chirbes, "la serie, sí, bueno, pues es otra cosa... Han cogido la novela y han hecho su lectura, esto... Es que Crematorio, la novela, huye de la trama, huye de lo policíaco, huye del misterio, se sostiene en el puro lenguaje, pretende ser una catarsis a partir del lenguaje, es decir que sería un ejercicio casi jesuítico, diríamos, loyolesco, de que el lector se enfrente a toda una serie de cosas que intuye que están dentro de él y no quiere ver. Y la serie, pues es otra cosa. La televisión necesita tensión e intriga, son lenguajes y cosas distintas". No llego a colegir de sus palabras si le gustó o no. 
Quiero terminar con Rubén Bertomeu llorando, apoyado en el volante de su coche mientras descansa a un lado de la autopista; mirando en su interior sesenta años atrás (Hier encore, javais vingt ans) y viendo lo poco, o lo mucho, que todo ha cambiado. "Allí dentro, bajo el envoltorio de la piel, entre la carcasa de los huesos, en los torrentes circulatorios y en las tuberías por las que las verduras y la carne se convierten en pastas, el paso del tiempo no ha cambiado nada, o lo ha cambiado todo sin cambiar nada, digamos que lo ha dejado todo intacto, pero frío, un caldo que se toma a deshora y que ha perdido sus cualidades, su gracia, todo igual, el mismo guiso, pero en ese estado pegajoso, correoso, que toman los productos cuando se consumen varias horas después de cocinados. A lo lejos, el mar, una lámina de metal hirviente".



miércoles, 15 de noviembre de 2017

Otro premio en "Escribiendo que es gerundio"

Hace unos días publicaba aquí en el blog un relato con el que concursaba en la comunidad de G+ "Escribiendo que es gerundio".

Pues bien, hoy quiero compartir mi alegría con todos vosotros y comunicaros que "Cualquier noche es Nochebuena", el relato presentado, ha sido el ganador del II reto "Alrededor de un tema". El reto consistía en escribir un texto de no más de 600 palabras en el que, dada la época en la que estábamos, tenían que aparecer una araña, una calabaza y un muerto.



Esta vez el diseño del diploma ha sido obra de una de las administradoras de la comunidad, nuestra amiga Julia C. Cambil, con un poco, o un mucho tal vez, de ayuda casera por lo que me ha contado. Magnífico trabajo. Esa mezcla de naranja, negro y gris queda preciosa.

Aquí os dejo de nuevo el relato premiado por si os apetece leerlo o releerlo. Espero que os guste.

Cualquier noche es Nochebuena
El peso en su abdomen era insoportable, aquello estaba a punto de salir ya y tenía que encontrar un sitio resguardado y caliente donde depositarlo. El dolor y las contracciones pronto le agarrotarían las extremidades y dificultarían su movimiento.
Las ventanas iluminadas de aquella casa la llamaban como las farolas en verano a las polillas. Su distribución un tanto desigual en cada altura, recortándose sobre la fachada de un color brillante y anaranjado que se intuía aun en la débil luz del crepúsculo, le daba a todo el edificio un aire un tanto macabro, pero no podía resistir más.
Se fue acercando lentamente. No sabía quién podía esconderse tras aquellas oquedades irregulares por las que se escapaba una luz temblorosa, pero acogedora: una ventana alargada, en el bajo, cerca del suelo; otra más estrecha y alta, en el primer piso y dos ventanas cuadradas en el segundo.
Al llegar al pie del edificio, haciendo un último esfuerzo, se encaramó a la ventana más baja, casi a ras del suelo afortunadamente. Penetró en una especie de amplio salón en el que un fuego central iluminaba y calentaba el espacio que era tan apacible y placentero como le había parecido desde el principio. Se mantuvo quieta y en silencio. La casa parecía deshabitada, pero el fuego indicaba lo contrario. Nadie enciende un fuego reparador y luego abandona su comodidad. Y no obstante, ningún ruido, ninguna presencia, ninguna alarma que aconsejara la huida, aunque tampoco hubiera podido ir muy lejos. Ni pensar en volver a bajar de nuevo a la calle. Sus escasas y residuales fuerzas se habían agotado en el penoso acto de encaramarse a la ventana.
Cuando recuperó la confianza y se sintió segura, buscó un rincón alejado del fuego, pero confortable y resguardado. Se agachó encogiendo sus largas piernas y con dolor y esfuerzo, en un último alarde de sus escasas fuerzas, depositó la preciosa carga que portaba en su vientre. La envolvió en una tela de seda, hecha al efecto, con amor y cuidado, y se dispuso a descansar tras cumplir con el deber penoso que la naturaleza impone a las hembras de todas las especies.
Cuando al día siguiente sacaron la vela de la calabaza, Dani y sus padres encontraron en una esquina una bola pegajosa y brillante, de las que envuelven con primor los cientos de arañitas en desarrollo que nacerán unos meses después. Al lado, hecha un ovillo, con sus largas y peludas patas recogidas sobre el cuerpo, la araña madre descansaba de manera total y definiva (total y definitivamente muerta) de su ímprobo, pero gratificante trabajo.
Papá, razonable como siempre, tomó la bolsita con los huevos y la resguardó en un rincón tras una viga del porche. De todos es sabido que las arañas son el mejor insecticida en la lucha contra moscas y mosquitos.


domingo, 12 de noviembre de 2017

"Almas grises" Philippe Claudel

Francia 1917. Estamos en plena Gran Guerra, en una pequeña ciudad francesa cercana al frente. "Nuestra ciudad no es muy grande. No es V., ni mucho menos".  Es una ciudad desde la que se oye el tronar de los cañones y se percibe en el aire el olor a pólvora; una ciudad por la que pasean sus heridas, sus muñones y sus cicatrices varias, tanto físicas como mentales, los heridos del frente que vienen a curarse a la cercana clínica. Heridos que pasean y miran con envidia y resentimiento a los hombres de la ciudad.
Los hombres de la ciudad se han librado de la Guerra porque en la ciudad hay una Fábrica. Construida a finales de la década de 1880, la Fábrica ha dado de comer a la ciudad desde entonces. Casi todos los hombres trabajan en ella y a ella le deben la clínica, las escuelas, la biblioteca, los dos canales que proporcionan el agua necesaria para las gabarras que transportan el combustible necesario. Pero sobre todo le deben el haberles librado de la Guerra. La ciudad está cerca de la Guerra, la ve y la oye, pero no la hace, porque los hombres, necesarios para hacer funcionar la Fábrica, fueron adscritos al servicio civil y así, "gracias a ello, ochocientos paisanos dieron la espalda a los calzones color granza de la infantería y al horizonte azul. [...]¡Menuda suerte! ¡Adiós a los silbidos de los obuses, al miedo, a los camaradas gimiendo y muriendo a unos pocos metros, enganchados en las alambradas…, a las ratas devorando los cadáveres…! Y, en su lugar, la vida, la auténtica vida, nada más y nada menos".
En la ciudad también hay un Palacio. En él vive el fiscal Destinat. Destinat vive solo desde que murió su mujer. Cuando tienen lugar los hechos de la novela, el Caso como se llamó a los terribles sucesos, lleva ya un año jubilado. Durante treinta años ha vivido para la Justicia. Sus palabras ante el jurado levantaban cadalsos, pero "Destinat no se ensañaba con criminales de carne y hueso; defendía una idea, una sola idea, su idea del bien y del mal"


Gabarra con la última carga dea carbón para Altos Hornos de Vizvaya. Foto Fidel Raso

Cuando empieza la novela es diciembre de 1917 y en la ciudad, flotando en el canal, aparece el cadáver de una niña de diez años con signos de estrangulamiento. Se trata de Belle de Jour, la hija pequeña de Bourrache, el dueño del Rébillon, un restaurante situado cerca de la catedral en la ciudad de V.  V. está a unos veinte kilómetros de nuestra ciudad. Allí, en la misma plaza que el Rébillon y la Catedral, se encuentra el Juzgado. Es por ello por lo que, con asiduidad, coinciden para comer en el restaurante el Juez Mierck y el fiscal Destinat. 
Al lugar del hallazgo acude un policía, el mismo que, veinte años después, nos cuenta los sucesos. También acude el juez Mierck, gran bebedor y comedor, con el alma endurecida y sin una pizca de piedad humana. Ni siquiera le conmueve el hecho, más atroz si cabe, de conocer a la víctima, la niña que cada día le ha servido la mesa en el restaurante de su padre. Con el juez llega un militar, Matziev, un adonis con galones, como lo describe el narrador, que camina como un bailarín y lleva pelo y bigote cuidados y lustrosos. Un hombre aficionado a la sangre y que, para su fortuna, ha caído "en el bando bueno, en el que está permitido derramarla y bebérsela sin que nadie ponga el grito en el cielo".
Las pesquisas para desentrañar el asesinato de Belle nos son contadas como ya he dicho, por un policía que fue llamado al lugar en que se encontró el cadáver. Los hechos le sirven para recordar otros sucesos, para hablarnos de la maestra Lysia Verhareine que llegó en plena guerra para revolver a todos los hombres y después desapareció de la vida del lugar por causas que tardarán veinte años en ser descubiertas. Nos hablará de muchos personajes y muchas situaciones; de la soledad en que casi todos viven; de su propia felicidad, inmensa, perfecta, y perdida en pocas horas; del peligro que suponen algunos hombres estúpidos, crueles y sin escrúpulos, pero con poder, y de lo que sucede cuando, en aras de ese  poder que detentan, todo lo retuercen hasta darle la forma que les conviene; todo lo arrasan y lo trastocan a su gusto sin importarles lo que se puedan llevar por delante o a quien destruyen o perjudican. 
Philippe Claudel
Estamos en un mundo gris, en un país gris sumido en el gris del invierno y asolado por una guerra gris. Una guerra que algunos sufren y que otros aprovechan para medrar a su costa. "¿Los mejores años de la vida de Bassepin? ¡La guerra! Vender tan caro como podía lo que compraba lejos por cuatro perras. Llenarse los bolsillos, trabajar día y noche, endosar a los oficiales de intendencia lo necesario y lo superfluo, recuperar, en ocasiones, lo que había vendido a los regimientos que se marchaban para vendérselo a los que llegaban, y así sucesivamente. Un caso digno de estudio. El comercio hecho hombre".
Estamos ante una triste historia, pero a la vez, una historia muy humana, sin concesiones que suavicen la cruda realidad histórica y personal;  llena de hombres con almas grises; hombres solos que han perdido a sus seres queridos o que nunca los tuvieron y arrastran su soledad dedicados a su trabajo, un trabajo que desempeñan mejor o peor y al que dedican un tiempo gris como su yerma y despoblada vida.
Al cabo de veinte años, terminaremos sabiendo quién mató a Belle de Jour cuando salía de casa de su madrina una fría y gris noche de diciembre y nos asombraremos como nunca nos asombra la resolución de un crimen. En este caso, por fin, el asesino es quien menos nos esperamos, pero es que esta no es una novela policíaca. No importa quién es el asesino ni es con eso con lo que nos quiere entretener esta historia. Lo que pretende es mostrarnos lo inestable de la felicidad, lo azaroso de la existencia, la duda que nos acompaña en cada momento y en cada suceso, la duda que siempre, hasta en los casos más evidentes, debe acompañar, aunque sea levemente, la condición de culpables o inocentes con que calificamos a los demás o nos calificamos a nosotros mismos. La duda acerca de si el hecho de haber podido matar es como haber matado porque entre el acto y la intención cualquier diferencia es vana.
Y todo ello "mientras a menos de quince leguas los hombres se destripaban a bayonetazos y se lo hacían en los pantalones, y morían a miles diariamente, lejos de la sonrisa de una mujer, sobre una tierra devastada en la que la mera idea de la mujer se había convertido en una quimera, un sueño de borracho, un insulto demasiado hermoso". 


miércoles, 8 de noviembre de 2017

"Chocolat" Joanne Harris

Hace unos cuantos años, una película protagonizada por Juliette Binoche y Johnny Deep adquirió una enorme fama. Se trataba de "Chocolat" dirigida en 2000 por el director de origen sueco Lasse Hallström. 
Al final hablaré de la película. Antes lo haré del libro.

Se trata de una novela en la que se enfrentan la luz y la oscuridad, la vida y el aburrimiento, la intolerancia y el "vive y deja vivir", la alegría y la tosca desdicha autoimpuesta. 

Estamos en los años cincuenta en un pueblo imaginario llamado Lansquenet-sur-Tannes, a orillas del igualmente imaginario río Tannes, un afluente del Garona. El pueblo se encuentra cerca de ciudades como Agen, Montauban, Toulousse, un lugar, en todo caso, situado en algún punto cercano a la frontera entre Aquitania y Occitania, no se sabe muy bien a qué lado de la misma. En realidad, ni siquiera se sabe muy bien si existe o es solo una aparición, "Dos horas más tarde, Lansquenet-sur-Tannes vuelve a ser invisible, un pueblecillo encantado que hace acto de presencia una sola vez al año. A no ser por el carnaval, nadie habría advertido su existencia". Tal vez Lansquenet es un pueblo fantasma al que solo la presencia de una bruja sin escoba le ha insuflado algo de vida mientras permanece en él.

En Lansquenet vive un reducido grupo de personas, unos cientos de seres que parecen tan eternos y perdurables como la torre Saint-Jérôme; allí viven, o más bien existen por siempre aquellas personas; a orillas del río, alrededor de la iglesia, casi todas profundamente católicas, practicantes y muy amantes de los ritos y de mantener las tradiciones. Y quienes no lo son permanecen a la sombra de la corriente religiosa, en silencio y tratando de no dejarse ver ni oír más de lo necesario, pero tan inmutables y eternas como todo el resto. 

Un 11 de febrero, llegan al lugar Vianne Rocher y su hija, Anouk. "Llegamos con el viento de carnaval. Un viento cálido para el mes de febrero, impregnado de los aromas grasos y calientes de tortas y salchichas fritas, de gofres espolvoreados con azúcar de lustre que cuecen en una plancha a nuestro lado". Vianne y Anouk llegan en pleno Mardi Gras, cuando el muy católico pueblo, dominado más que animado por el celo redentor de su cura párroco, Francis Reynaud, y del bienpensante grupo de mujeres que cacarea a su alrededor, se dispone a entrar en las privaciones de la Cuaresma y a prepararse con sacrificio y rigor, durante los cuarenta días que dura, para la explosión de alegría contenida del Domingo de Pascua.
Joanne Harris

Lo malo es que ni Vianne ni Anouk son religiosas, y sus ansias por permanecer definitivamente en un lugar que termine con su vagabundeo, las empuja a hacerse cargo de la panadería abandonada del viejo Blaireau. Vianne la alquila, junto con la vivienda aneja, con la intención de convertirla en una chocolatería. Allí instala La Céleste Praline y a base de chocolate, dulzura y sonrisas, empieza a cambiar la vida de la gente ante la mirada colérica y culpablemente golosa del curé Reynaud enfrente de cuya iglesia está situada la chocolaterie. "La Céleste Praline. Hasta el nombre parece un insulto premeditado", piensa el cura, o una tentación difícil de superar, añadimos los lectores.

En La Céleste Praline se dan cita y encuentran refugio y chocolate los habitantes de Lansquenet. Al menos los que son conscientes de las limitaciones de sus vidas y desean unos cambios que no se atreven a enfrentar: Josephine Muscat, Armande Voizin, Guillaume, Luc Clairmont. El resto considera un insulto y un pecado contra las privaciones de Cuaresma el dulzor del chocolate y el Festival que Vianne prepara para celebrar la Pascua.

La historia se nos cuenta desde dos puntos de vista, ambos en primera persona: el de Vianne y el de Reynaud. Ella representa la vida, con sus alegrías y sus tristezas; representa el ansia por vivir y aprovechar cuanto la vida le pueda ofrecer. Él representa la represión y la intolerancia, una manera de estar muerto en vida, de anticipar en la vida el hieratismo y la rigidez de la muerte. Nada demasiado original, por otra parte; una lucha y unas actitudes ante la vida demasiado manidas ya a estas alturas.

Vianne es una mujer muy particular. Toda su vida la ha pasado vagando por el mundo, primero con su madre y ahora con su hija. Huye del Hombre Negro (demasiado evidente su representación por parte del cura). "Pasamos años huyendo del cura, el Hombre Negro, y cuando en los naipes aparecía su rostro de forma repetida quería decir que había llegado el momento de volver a echar a correr, el momento de huir de aquel pozo de oscuridad que él había abierto en el corazón de mi madre". Desea establecerse, pero algo la empuja, un viento al que no puede resistirse se la lleva de acá para allá. 

Reynaud es el Hombre Negro que ha vuelto a aparecer, aunque él no lo sabe. Él habla con el curé anterior, al que llama mon pére y al que visita una vez a la semana; con el que le une un pasado turbio, algún secreto inconfesable. A través de los monólogos de Francis Reynaud que le habla sin parar, sabemos de su rencor hacia Vianne, pero sobre todo sabemos de su intransigencia, de esa soberbia de los iluminados que se creen en posesión de una verdad que no existe más que en su mente alucinada.

Todo empeora cuando los gitanos, en sus gabarras, se establecen en el río. Ya vinieron hace años y algo sucedió. Ahora han vuelto y el fantasma de una tragedia pasada, planea sobre el pueblo, y algo en esa tragedia tiene que ver con Reynaud.



Esta novela es todo un desafío para los sentidos, gusto, olfato, vista; todos ellos se ven atacados y excitados por colores, aromas y olores de las sustancias más fragantes: canela, vainilla, naranja, jengibre, chocolate, menta, trufas, nuez moscada, toda clase de frutas... Todo el que quiere encuentra allí su chocolate favorito, el que le hará más fuerte, más feliz, más valiente, según las necesidades de cada cual.

Cuando vi la película en 2001, no me gustó. Ahora he vuelto a verla y sigue sin gustarme. No soy yo de las que valoran que las películas sean fieles al libro, incluso pienso que, a veces, esa fidelidad es un lastre. Solo pido que la película sea buena y esta no acaba de parecérmelo (tampoco me parece mala, pero no consigue convencerme). Desde mi punto de vista, se le ha quitado el alma a la historia y se la ha dejado llena de anécdotas insustanciales y, en ocasiones, demasiado edulcoradas. Desaparece el punto de vista de Reynaud que se nos presenta como un personaje demasiado joven, demasiado inocente, demasiado prescindible. Su papel lo toma un Conde de Reynaud, que difícilmente puede representar al Hombre Negro, idea que, por otra parte, desaparece de la película. 

En mi opinión, es una película muy lejos de alcanzar la calidad indiscutible de "Las normas de la casa de la sidra", del mismo director, pero mucho mejor en todos los sentidos.
La novela me ha gustado, pero cuando supe que era la primera de una trilogía, me di cuenta de que no tenía ganas de leer ninguna continuación. Creo que es una historia que empieza y termina en sí misma y no veo cómo se puede continuar, ni creo que alargarla aporte nada que la mejore. Me ha gustado, pero no me ha terminado de convencer. Falta originalidad, como ya he apuntado más arriba. Es una novela que se lee bien y, creo, se olvida igual de bien.

"Chocolat" ha sido lectura conjunta de octubre en el grupo de facebook Los libros de Carmen y amig@s.




lunes, 6 de noviembre de 2017

"Cualquier noche en Nochebuena"


Este relato es el que resultó ganador en el II Reto "Alrededor de un tema" de la comunidad de G+ "Escribiendo que es gerundio", en el mes de octubre. 

El peso en su abdomen era insoportable, aquello estaba a punto de salir ya y tenía que encontrar un sitio resguardado y caliente donde depositarlo. El dolor y las contracciones pronto le agarrotarían las extremidades y dificultarían su movimiento.

Las ventanas iluminadas de aquella casa la llamaban como las farolas en verano a las polillas. Su distribución un tanto desigual en cada altura, recortándose sobre la fachada de un color brillante y anaranjado que se intuía aun en la débil luz del crepúsculo, le daba a todo el edificio un aire un tanto macabro, pero no podía resistir más.

Se fue acercando lentamente. No sabía quién podía esconderse tras aquellas oquedades irregulares por las que se escapaba una luz temblorosa, pero acogedora: una ventana alargada, en el bajo, cerca del suelo; otra más estrecha y alta, en el primer piso y dos ventanas cuadradas en el segundo.

Al llegar al pie del edificio, haciendo un último esfuerzo, se encaramó a la ventana más baja, casi a ras del suelo afortunadamente. Penetró en una especie de amplio salón en el que un fuego central iluminaba y calentaba el espacio que era tan apacible y placentero como le había parecido desde el principio. Se mantuvo quieta y en silencio. La casa parecía deshabitada, pero el fuego indicaba lo contrario. Nadie enciende un fuego reparador y luego abandona su comodidad. Y no obstante, ningún ruido, ninguna presencia, ninguna alarma que aconsejara la huida, aunque tampoco hubiera podido ir muy lejos. Ni pensar en volver a bajar de nuevo a la calle. Sus escasas y residuales fuerzas se habían agotado en el penoso acto de encaramarse a la ventana.

Cuando recuperó la confianza y se sintió segura, buscó un rincón alejado del fuego, pero confortable y resguardado. Se agachó encogiendo sus largas piernas y con dolor y esfuerzo, en un último alarde de sus escasas fuerzas, depositó la preciosa carga que portaba en su vientre. La envolvió en una tela de seda, hecha al efecto, con amor y cuidado, y se dispuso a descansar tras cumplir con el deber penoso que la naturaleza impone a las hembras de todas las especies.

Cuando al día siguiente sacaron la vela de la calabaza, Dani y sus padres encontraron en una esquina una bola pegajosa y brillante, de las que envuelven con primor los cientos de arañitas en desarrollo que nacerán unos meses después. Al lado, hecha un ovillo, con sus largas y peludas patas recogidas sobre el cuerpo, la araña madre descansaba de manera total y definiva (total y definitivamente muerta) de su ímprobo, pero gratificante trabajo.

Papá, razonable como siempre, tomó la bolsita con los huevos y la resguardó en un rincón tras una viga del porche. De todos es sabido que las arañas son el mejor insecticida en la lucha contra moscas y mosquitos.



sábado, 4 de noviembre de 2017

"Madrid 1987" David Trueba

"Después de seis años en el gobierno, las patillas de Felipe González comenzaron a blanquear y la pana fue definitivamente arrumbada. Asentado en el poder con la segunda mayoría absoluta, en vista de que el socialismo no le iba a tocar el trigémino a ningún banquero, a ningún obispo, a ningún empresario, salvo al loco carioco de Rumasa, los que habían refugiado el dinero bajo las montañas nevadas de Suiza perdieron el miedo a los rojos, comenzaron a relajarse, regresaron a casa con las sacas y a partir de ese momento comenzó la cultura del pelotazo".  De esta manera, el 14 de agosto de 2011, en un reportaje titulado "Cuando el socialismo se hizo marbellero", Manuel Vicen retrataba en El País la situación social y política de España en el verano de 1987. De esta manera, citando este artículo, nos sitúa David Trueba y nos pone en situación de entender el ambiente en que se desarrolla su película "Madrid 1987".

Cuando empecé a leer este libro no sabía que era el guión de la película del mismo título estrenada en 2012 e interpretada por José Sacristán y María Valverde. A poco de empezar a leer descubrí que, además, yo había visto esa película. Esas jugadas me hace mi frágil memoria que no respeta mi necesidad de recordar, de saber, de no repetirme, o de no repetirme involuntariamente; es tan poco el tiempo y tanto lo que queda por leer que, salvo las relecturas premeditadas, no debería hacerme estas faenas mi infiel memoria.

Aunque tampoco me arrepiento porque, de haber sabido lo del guión, lo de la película ya vista, nunca me habría acercado a las 136 páginas de este librito que, como la película que no recordaba, transcurre un día de julio en que mi hijo acababa de cumplir dos meses y yo estaba más pendiente de él que de las novedades y la actualidad en España.

Se trata de una historia de dos personajes, un diálogo entre ambos que dura todo lo que dura la película con pequeños y escasos cambios de escenario. Una de esas películas en que toda la acción se encuentra en las palabras. Nada pasa fuera de ese diálogo de esa confrontación entre hombre y mujer, maduro y adolescente, mentor y estudiante... un mundo que se está yendo y otro que invade con fuerza el hueco que deja libre.

Estamos en Madrid en el verano de 1987, la ciudad está desierta y sumida en ese calor perezoso y silente del estío. Es 18 de julio y está muy reciente (apenas hace un mes) el atentado de ETA contra el Hipercor de Barcelona.
David Trueba
Miguel y Ángela han quedado citados en una cafetería del centro. Miguel es un periodista y escritor consagrado, temido por su afilada lengua y sus opiniones despiadadas y sinceras; un escritor de vuelta de muchas cosas, que ya lo ha vivido casi todo, se lo ha jugado casi todo y ha ganado y perdido cuanto podía ganar o perder. Miguel es un cínico.

Ángela es una joven estudiante de primero de periodismo que quiere presentar en septiembre un trabajo sobre el periodista a fin de recuperar una asignatura suspendida. Es la pequeña de ocho hermanos, hijos de un militar. Su hermana mayor, antigua conocida de Miguel, según este "era el cachorro típico de los franquistas [...] Con tu padre se llevaba a morir, ella hacía esos obrones comunistas que estaban de moda"

Él hace gala de su cinismo de hombre que está de vuelta de todo, seductor y prepotente, sin complejos ni necesidad de ser correcto: "¿Acaso los profesores ya no aprueban automáticamente a las alumnas hermosas? De verdad, vivimos tiempos decadentes". A ella le echa en cara el mundo fácil en que vive, el mundo que le prepararon los que vinieron antes, su hermana que fue abriendo camino para que ella pudiera gozar en libertad y "ahora hasta os podéis permitir el lujo de no follar. Pero hace unos años era una obligación hacerlo, era servir al progreso de la civilización, y algunas se sacrificaron con gusto por la humanidad, por las que veníais detrás"

Circunstancias que prefiero no adelantar les obligan a pasar juntos una noche, no exactamente como el escritor hubiera querido ("Yo desde el primer momento que te vi quise follarte y el único interés fue ese"). Menos aún como hubiera querido ella que jamás se planteó que pasarían juntos aquella noche de julio. A lo largo de esas horas, hablarán y hablarán y nos irán mostrando sus mundos contrapuestos porque ambos personajes representan dos formas de ver el vida en aquella España que recién dejaba atrás los primeros y confusos momentos de la transición. 

Miguel, representa los tiempos pasados que se están despidiendo del país. Ha vivido la dictadura  ha asistido a la lucha contra el franquismo y a los momentos más apasionantes para un periodista, de la transición. Estuvo a punto de marcharse a Francia, pero "me quedé aquí y me tocó la lotería, porque los últimos quince años han sido una fiesta para los escritores de periódicos, por más que los nombres propios de cada día sean cutres y olvidables, lo que pasaba es la historia con mayúsculas y eso a los periodistas nos pone cachondos… La transición, los muertos, los golpes de Estado, la OTAN a cambio del Mercado Común...".

Ella no ha vivido nada de eso, o era muy pequeña cuando sucedió. En realidad, a sus diecisiete o dieciocho años, aún no ha vivido nada. Todo en ella está por descubrir, todo es teoría; todavía no ha tomado posesión de ella la vida, esa vida que, le dice Miguel, "es el sabotaje perfecto de los sueños". Él quiere apurar sus sueños hasta el final, no quiere dejar pasar ninguna oportunidad; ella siente que todo está por pasar y todo es susceptible de ser vivido en el dilatado tiempo que le queda.

Leerlo es interesante, pero no deja de ser un guión por lo que recomiendo mejor ver la película. Como he dicho, toda la acción se basa en las palabras que los personajes pronuncian, en lo que estas describen. Todo se cuenta a través del diálogo. Por eso en esta entrada hay tantas citas entrecomilladas. Palabras que se dicen uno a otra, que cuentan historias, que describen la Historia. Pero palabras escritas para ser interpretadas por actores porque esas palabras, esos diálogos, ganan con la interpretación, los gestos, las miradas. Son las interpretaciones las que les dotan de alma, de consistencia para expresar lo que deben. Solo por el genio y el placer de ver de nuevo a José Sacristán merece la pena, pero María Valverde le da la réplica perfecta porque es una actriz que en sus ojos inocentes esconde carácter, en su dulzura disfraza su fuerza, y el duelo interpretativo entre ambos da lugar a una película en la que, no pasando nada, pasa la Historia reciente de España. Al menos para los que, como yo, los últimos treinta años, aún son historia reciente.



miércoles, 1 de noviembre de 2017

Noviembre 2017


Cada vez parece más probable que haga una excursión que desde hace unos días me ronda por la cabeza. La haré yo solo, en el cómodo Ford de mister Farraday. Según la he planeado, me permitirá llegar hasta el oeste del país a través de los más bellos paisajes de Inglaterra y seguramente me mantendrá alejado de Darlington Hall durante al menos cinco o seis días. Debo decir que la idea se me ocurrió a raíz de una sugerencia de lo más amable de mister Farraday, hace casi dos semanas, una tarde en que estaba en la biblioteca quitando el polvo de los retratos. Según recuerdo, me encontraba en lo alto de la escalera limpiando el retrato del vizconde de Wetherby cuando mi patrón entró en la biblioteca llevando unos libros, al parecer con la intención de devolverlos a sus estantes.

Al contrario que en octubre, traigo en este mes de noviembre una novela no demasiado conocida por el gran público. Creo que sonará más la película, que tuvo bastante éxito allá por 1993, cuando fue dirigida por James Ivory y maravillosamente interpretada por Anthony Hopkins y Emma Thompson.
Ante el reciente premio Nobel de literatura a Kazuo Ishiguro, he querido hacerle un pequeño homenaje en el blog trayéndolo a esta sección de "Bienvenido nuevo mes literario". Y lo hago con su novela más genuinamente inglesa: "Los restos del día". La película se tituló "Lo que queda del día", pero yo prefiero la traducción literal del título inglés ("The remains of the day") que es el que se da a la novela. Creo que es un título mucho más expresivo. 
Stevens es el mayordomo de Darlington Hall, lo ha sido durante muchos años y antes que él lo fue su padre. 
Stevens es un mayordomo ejemplar. Su trabajo es su vida, y su gran desafío es hacerlo a la perfección. Pero todo ha cambiado desde la época dorada de la casa, cuando lord Darlington era el patrón y la mansión estaba en su máximo esplendor y en ella se realizaban reuniones políticas en las que se discutía y se trataba de influir en la situación mundial. Ahora estamos en los años cincuenta, Lord Darlington ha muerto, la mansión ha sido comprada por un americano, Mister John Faraday, y la servidumbre se reduce a cuatro personas que tienen que repartirse todo el trabajo. Definitivamente, los buenos tiempos de Darlington Hall han terminado, pero Stevens sigue realizando su trabajo como si todo el esplendor de los años dorados siguiera sacando brillo a un modo de vida que se está viniendo abajo sin remedio.
Cuando John Faraday decide hacer una visita a su país, invita a Stevens a aprovechar su ausencia para tomarse unas vacaciones y viajar un poco por Inglaterra. El mayordomo decide entonces visitar a miss Kenton, la antigua ama de llaves que hace años que abandonó la casa y con la que sigue manteniendo correspondencia.
La novela es la historia de ese viaje de Stevens en el que, aparte de maravillarse ante el paisaje inglés que desconoce, recuerda los tiempos en que miss Kenton trabajaba en la casa, la época en que su propio padre, ya anciano, desempeñaba las labores de ayudante del hijo, la noche en que murió y los sucesos que en ella tuvieron lugar.
Él piensa que la antigua ama de llaves, ahora viuda, podría querer retornar a su trabajo en la mansión. Si se ha animado a emprender el viaje es para terminar de convencerla.
Después de su visita a miss Kenton, Stevens tendrá que hacer un viaje de vuelta a Darlington Hall que ya nadie nos cuenta, un viaje de vuelta a su memoria. Le quedan los restos del día para regresar y los restos de todo su tiempo para asumir que no ha sabido ver lo que la vida le ofrecía. Y es que, en su charla con la antigua ama de llaves, descubrirá algunas cosas que le harán replantearse sus recuerdos y (¿tal vez?) arrepentirse de no haber hecho algo que debió hacer, de no haberse dejado llevar, al menos por una vez, por la marea de los sentidos.
En aras de la dignidad y el estoicismo ha vendido los sentimientos y el cariño, y ha puesto su fidelidad en manos de quien menos la merecía.
La quedan los restos del día, los restos de su vida, para rumiar, con la dignidad y el estoicismo de siempre, el fracaso que ha supuesto su actitud ante la vida.
Aunque Kazuo Ishiguro nació en Japón, tenía seis años cuando se trasladó a Inglaterra con su familia. Junto con Ian McEwan, Martin Amis, Julian Barnes, William Boyd, Salman Rushdie, Hanif Kureishi, Vikram Seth, entre otros, está considerado uno de los autores ingleses de la generación que nació poco después de la Segunda Guerra Mundial.  
Aparte del Nobel que acaba de recibir, varios de sus libros han sido candidatos al Booker Price, uno de los premios con más prestigio del mundo anglosajón. Lo consiguió en 1989 por "Los restos del día", la novela con la que he querido inaugurar este mes de noviembre. 

Las novelas que aparecen en esta sección, "Bienvenido nuevo mes literario", no están recién leídas, pero están leídas. Se trata de novelas que empleo para comenzar cada mes. Por ello comienza la entrada con el inicio del libro. No pretende ser una reseña, sino el comentario sobre una historia que me marcó lo suficiente como para poder hablar de ella aunque haga ya muchos años que la leí. Por ello, espero que me perdonéis si incurro en algún error.



domingo, 29 de octubre de 2017

"Los pacientes del doctor García" Almudena Grandes

"...yo no me llamaba Rafael Cuesta Sánchez, sino Guillermo García Medina. [...] Había ido a buscarla para ayudar a Manuel Arroyo Benítez, un amigo mío que había suplantado la identidad de Adrián Gallardo Ortega. [...] Mientras tanto, el verdadero Adrián Gallardo mendigaba en Berlín, y cuando le paraba una patrulla, enseñaba la documentación de un hombre llamado Alfonso Navarro López.
Mi historia es la historia de tres impostores".
Y es la historia de una impostura, la que con España y su República cometieron los países "democráticos" de Occidente al mantenerse neutrales en el conflicto español mientras las dictaduras europeas alemana e italiana ayudaban a los rebeldes golpistas de forma evidente. Una impostura que se mantuvo tras la Segunda Guerra Mundial cuando los rusos, hasta entonces amigos, se convirtieron en enemigos y, en aras de la máxima "los enemigos de mis enemigos son mis amigos", Franco, y hasta los nazis, se convirtieron en amigos a proteger. 
Desde noviembre del 36, en uno de los momentos más crudos de la guerra en Madrid donde por primera vez se ensayó en un conflicto armado el bombardeo de población civil ("La verdadera matanza empezó el día 16. En la Puerta del Sol, una bomba alemana de quinientos kilos abrió un agujero que dejó a la vista los raíles del metro sembrados de cadáveres"), Guillermo García y Manuel Arroyo, a veces juntos y otras veces por separado, nos acompañarán hasta enero de 1977, en una España que, más de cuarenta años después, aún se lame perezosa e impotente las heridas sin cicatrizar. 


Durante esos cuarenta años, los dos amigos se han jugado la vida, las ilusiones y lo que debió ser una existencia apacible y normal, primero luchando en la guerra, cada uno desde su ámbito particular, para devolver al país la legalidad que suponía la República, y luego, perdido ese primer objetivo, intentando demostrar la connivencia del régimen de Franco con los nazis que escapan a la justicia internacional, muchos de ellos implicados en la matanza salvaje y tan increíble como cierta que supuso el Holocausto. 
Después de perder en la guerra intentarán ganar en la paz y arriesgarán su vida y su libertad en la creencia de que demostrando dicha alianza convencerán a los estadounidenses de intervenir en España. El resultado histórico de este intento novelesco ya todos lo conocemos: Franco murió en la cama como caudillo de España por la gracia de Dios y miles de nazis acabaron como pensionistas privilegiados en la costa mediterránea o huyeron a la Argentina con ayuda del régimen.
Pero además de los dos amigos, Guillermo García y Manuel Arroyo, está el otro impostor, Adrián Gallardo, que luchó en el otro bando con la misma ilusión y las mismas ansias de justicia y que, tras ganar la guerra, transformó la paz en otra guerra y, perdida esta, perdió definitivamente todas las batallas. La fe la había perdido mucho antes. "Le habría gustado hablar bien alemán para explicarle que él ya no rezaba, que en la guerra de España había perdido la costumbre y en Krasny Bor, la fe. Allí había dejado de creer que pudiera existir un Dios capaz de contemplar aquella carnicería sin detenerla, y había pensado después que, si existía, no era digno de la adoración de nadie".
Clara Stauffer
En la novela, como es habitual en estos "Episodios de una guerra interminable", los personajes históricos se mezclan con los de ficción. Almudena Grandes parte de hechos históricos, todos titulados en mayúsculas y de forma que queden claros fecha, lugar y personaje "ES 6 DE ENERO DE 1937 Y CLARA STAUFFER ESTÁ EN SALAMANCA". En esos hechos, doce en total, irán luego encajando los episodios de la novela. Y lo harán con la naturalidad, la prosa limpia y precisa como el bisturí del doctor García y la crítica insobornable y nostálgica de justicia con la que Almudena Grandes se enfrenta, y nos enfrenta, a las horas más negras de la historia de España: sin dogmatismos sectarios, pero sin equidistancias injustas; dejando a cada uno en su lugar y dejándonos a nosotros el sabor agridulce cuando nos vemos en la tesitura de comparar lo que debió ser y lo que realmente fue.
Ubicada la ficción en esos doce cuadros históricos, nos encontramos en una novela de espías profesionales o coyunturales; de infiltrados que, habiéndolo buscado o no, porque les tocaba o porque les cayó en suerte, se encuentran de la noche a la mañana jugando a ser agentes dobles y jugándose en consecuencia la vida como todo agente doble.
Asistimos a sus andanzas con la estúpida esperanza de que la jugada les salga bien, a pesar de saber que es imposible, a pesar de saber algo de historia, a pesar de saber de antemano el desenlace, al menos el desenlace de los hechos reales. Y es que, a pesar de saber, no podemos dejar de desear, y el deseo nos lleva a esperar un final distinto. Pero ni nuestra guerra terminó con justicia, ni la guerra mundial nos la devolvió. España se quedó sin justicia, ni divina ni humana   porque, como dice la propia autora en "Inés y la alegría", para que eso sucediera "no sólo haría falta que Dios existiera, sino que además hubiera decidido cambiar de bando"
Lo que no sabemos, de lo que mantenemos la intriga, es de lo que sucederá en la ficción. Cuál será el destino de nuestros personajes, aunque mucho nos tememos que, vivos o muertos, lo que es seguro es que terminarán siendo perdedores de casi todas sus batallas.
Almudena Grandes
En esta novela, Almudena Grandes nos saca de España y nos invita a recorrer escenarios geográficos e históricos que se alejan mucho de nuestras fronteras. Asistiremos al horror en un bosque en Estonia;  pasaremos una navidad en un palacio de los zares de Rusia; estaremos en una trinchera en Wilhelmstrasse a pocos días de la toma de Berlín por las tropas rusas; iremos hasta el despacho de un congresista en Washington y le acompañaremos después hasta un pueblecito de la costa de Massachusetts; perseguiremos hasta Buenos Aires a un montón de nazis huidos de  la justicia y ayudados en España por la red clandestina de Clarita Stauffer con la connivencia total del régimen.
Y volveremos a España, cansados, aturdidos, desesperanzados, con las ilusiones perdidas y derrotados de tanta realidad para asistir al final de una novela que se ha hecho esperar mucho tiempo. Esta es la cuarta entrega de esa serie que la autora empezó hace ya siete años con "Inés y la Alegría" (2010) a la que siguen "El lector de Julio Verne" (2012), "Las tres bodas de Manolita" (2014). La que ahora se termina de publicar, "Los pacientes del doctor García" (2017), no será la última porque se nos han prometido dos entregas más. Aunque Almudena Grandes pensaba tenerlas terminadas para 2017, el final de la serie se hará esperar aún un tiempo. De momento disfrutamos de esta novela tanto como con sus predecesoras y sufrimos con sus personajes y sus desilusiones que no dejan de ser las nuestras, al menos, os lo puedo asegurar, son las mías.
"Su cuerpo estaba bordado de cicatrices y eran mis manos las que lo habían cosido. Ninguno de los dos usaba su verdadero nombre, aunque cada uno llamaba al otro por su nombre auténtico. Yo le debía la vida, él me la debía a mí. Al vernos, sanos y vigorosos todavía, [...] nadie habría adivinado que nos habíamos hundido juntos, que habíamos tocado el fondo de la última derrota con las plantas de los pies".


viernes, 27 de octubre de 2017

Reconstrucción

Reconstrucción 3. Pedro Flores. (Serie Reconstrucción, 2007-2009) 
Fue una ardua tarea que fui realizando poco a poco; construyéndome a mí misma de herida a cicatriz; de socavón a ladrillo; de dolor a convalecencia.
Tuve que dejar de lado el temor, y qué difícil es cuando el temor se ha larvado desde la infancia, a base de lecturas, de películas, de consejos maternos: "una mujer sola no es nada; tienes que formar una familia, buscar un hombre trabajador, tener unos hijos que llenen tus días y tu vida".
Tuve que resetear mi mente adiestrada durante tantos años y asumir que soledad no significa fracaso ni abandono, que se puede convertir en un objeto de deseo y ser una compañera agradecida. Llegué a estar harta de tanta falta de soledad (o de tanta soledad en compañía), de tanto tumulto y multitudes y frustraciones compartidas; de esperanzas defraudadas y egoísmo propio y ajeno.
Y casi, sin darme cuenta, un día me vi deseando que llegara el momento en que nada que no fuera yo misma interfiriera en el dulce paso de las horas, más dulce porque entonces sería solo mío. Mío y de mis hijos, porque mis hijos no eran algo extraño; al menos, no lo eran aún. Tal vez con los años, cuando su vida se desligara de la mía, llegaran a serlo, pero de momento formaban parte de mí misma, como mis brazos o mis orejas.
Había empezado a ser feliz en mi propia compañía; a aceptarme tal como era y a gustarme tal como me aceptaba. Por primera vez, no deseaba ser otra o ser distinta; no deseaba ser más agradable y complaciente, más simpática y cuidadosa con las tareas domésticas. Total, por más que lo intentaba, nunca conseguía estar a la altura. 
Hasta entonces había intentado levantar frente a él un muro que me envolviera por completo aislándome y protegiéndome; un muro de indiferencia, de impasibilidad ante el dolor; un muro que él rompía cada vez con el primer puñetazo, con la primera patada, ante la primera gota de sangre; un muro que cada vez saltaba hecho pedazos y del que algunos pedazos podían escaparse algún día y golpear a mis hijos.
Ahora, sin miedo a la soledad y con el ánimo reconfortado, renovada por dentro como nunca pensé que pudiera llegar a estarlo; como solo el dolor puede llegar a renovar, había decidido rodearme de un muro igual de invisible pero más eficaz: el muro de la distancia. Tenía que hacerme distante, tenía que hacerme ausente y envolver en esa invisibilidad a los niños. 
Pero no existe lo incorpóreo, no existe lo invisible más que bajo la capa de Harry Potter y la había perdido en alguno de mis pasos inciertos. Ayer nos estaba esperando en el portal del piso de alquiler de la barriada periférica en la que nos hemos refugiado todos estos meses. Cuando me golpeé la cabeza contra el escalón, lo último que vi, antes de perder el conocimiento,  fue cómo se dirigía hacia mis hijos que, desde un rincón, cogidos de la mano, miraban la escena paralizados. 
Cuando recuperé la consciencia, en la habitación blanca y verde y algodonosa de un hospital, lo primero que hice fue dirigirme a la primera bata blanca que se acercó a mi cama: "Doctor, por favor, mis hijos. ¿Me puede decir si están bien?"

Este relato ha sido levemente modificado respecto al que presenté al reto de la comunidad de G+, "Escribiendo que es gerundio".  Ahora, tal como lo publico aquí, lo presento al II concurso de otra comunidad de G+,  "El tintero de oro", que organiza David Rubio en su blog "Relatos en su tinta"

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