Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

viernes, 22 de marzo de 2019

"Un fin de semana" Peter Cameron

"Si Tony estaba en una fiesta, había algo que terminaba por suceder siempre, de manera invariable: la gente bailaba o cantaba, o se bañaba desnuda o desfilaba, o jugaba a juegos. Se tiraban y se rompían cosas y, en mitad de aquel furor, Tony era capaz de permanecer relajado. Cuando estaba Tony, era fácil desaparecer. Si Tony estuviera abajo también, John no vacilaría en bajar. Pero Tony estaba muerto".

Hay fines de semana en los que cabe toda una vida porque en ellos se resume el pasado y en ellos se anticipa, aunque veladamente, el futuro. Puede que este fin de semana sea uno de ellos porque muchas cosas van a pasar ante los ojos del lector. Cosas veladas entre las actividades cotidianas y normales, casi vulgares, de un fin de semana en el campo en pleno verano. Comidas al aire libre, siestas al sol, baños en el río, paseos entre los árboles al anochecer...

Robert y Lyle se disponen a pasar un fin de semana en casa de Marian y John. Robert y Lyle se han conocido hace poco. Lyle es crítico de arte y su último libro, Neo-esto, neo-aquello: auge y caída de la pintura contemporánea, ha tenido gran éxito. El suficiente como para que le invitaran a impartir unas charlas para artistas emergentes en las que encontró a Robert, un pintor joven que trabaja de camarero. La relación entre ellos está recién empezada y supone para Lyle la esperanza de empezar a pasar página y recuperarse de la muerte de Tony, el hombre con el que compartió nueve años de su vida y que murió el verano anterior. Y es que piensa que no ha hecho "avance alguno en su duelo por la muerte de Tony. Había dado por sentado que el proceso progresaría de manera matemática, como una disminución gradual pero inexorable de la tristeza. Como un viaje lento pero seguro. [...] Sin embargo, el viaje de Lyle no estaba siendo así". Tony seguía siendo una presencia en su vida, nítida y dolorosa.

Marian y John esperan en su casa de campo, al norte del estado de Nueva York, a su amigo Lyle que no los visita hace ya mucho tiempo. Los tres se conocen desde hace más de veinte años, desde la Universidad. Marian ha transitado por los oscuros caminos de la depresión. Ello en parte fue lo que los llevó a vivir al campo, y ahora, lejos del trajín y el gentío de la ciudad y con su hijo de casi un año,  parece haber dejado de lado sus fantasmas más perturbadores. Marian y John esperan a Lyle con ilusión, sobre todo Marian. "Esto de vivir en el campo se hace muy aburrido sin ti por aquí. Cuando nos mudamos me dijiste que vendrías a visitarnos todo el rato". Ilusión que se mezcla con un poco de aprensión porque Lyle viene acompañado de un amigo o, presumen, de algo más que un amigo. Nada del otro mundo si no fuera porque Tony, el antiguo novio de Lyle, era el hermano de John. "—Eran hijos de la misma madre. Los padres de John se divorciaron y su madre se fue a vivir a Italia. Tony nació allí. Suena más complicado de lo que es".

Conocer gente nueva es todo un desafío para algunas personas. Lo es para mí. Cualquier desconocido inesperado que aparece en una reunión en la que no cuento con él se transforma de inmediato en el enemigo. No dura mucho. Lo que tardo en hablar con esa persona y ver que es como todo el mundo. Ahora ya, un conocido. Pero la siguiente vez, me vuelve a pasar lo mismo. La costumbre no me ayuda a acostumbrarme y cada vez, los desconocidos, suponen para mí el mismo trauma mezcla de timidez y miedo a lo desconocido, a desconocerme, porque como dirá Marian "eso es lo interesante de conocer gente nueva: uno se ve a sí mismo de otro modo"

Tal vez es eso lo que me asusta, verme de un modo nuevo, distinto, en el que no me identifico conmigo misma, con quien estoy acostumbrada a quedarme a solas. Un desconocimiento que temo quizás más en los demás. Miedo a que los demás me vean distinta a como yo creo que me ven. 

Me pongo en la piel de Robert y veo que yo no hubiera ido ni loca a esa casa en el campo ese fin de semana, pero Robert tiene esperanzas puestas en Lyle. Tal vez para él conocer a los mejores amigos, a lo más similar a una familia, de su nueva pareja, es todo un reto, algo que le ayudará a afianzar su relación. Hacemos esfuerzos cuando una relación nos interesa que, en cualquier otro caso, serían impensables.

Me pongo en la piel de Marian y John. El amigo esperado y anhelado viene con el enemigo (el desconocido). Aunque seguramente, ellos no padecen mis problemas de timidez. No Marian, desde luego. Un poco más, quizás, John. Quieren alegrarse por Lyle, quieren que supere su pérdida y empiece a ser feliz y recupere las ganas de vivir con una nueva relación. De hecho, se alegran; quieren demasiado al amigo como para que no les haga felices verle sonreír de nuevo esperanzado. Pero al mismo tiempo no pueden evitar, sobre todo Marian, un cierto resquemor ante la suplantación del amigo muerto. Para John y Marian, acostumbrados a ver a Lyle en otra compañía más querida, es extraño verle ahora interpretando con Robert el papel que antes interpretó con Tony "porque ese alguien conocido por ti desaparece y es reemplazado por otra persona diferente, más compleja. Lo ves girar en esa nueva compañía, revelando nuevas facetas, y no hay nada que puedas hacer, salvo desear que esas otras caras te gusten tanto como la que parecía ser la única cuando te miraba solo a ti".

Peter Cameron
El fin de semana transcurre lento, con la desgana perezosa de los días lentos del verano. Intercaladas con los acontecimientos se nos muestran pinceladas del pasado, de un pasado en el que Tony brillaba con su luz alumbrando a todos los que lo rodeaban, porque no solo pasaban cosas en las fiestas en las que él estaba presente. Tony era capaz de inventar mundos en los que yo estaría encantada de vivir; deseaba inventar un país entero, "todas las ciudades y pueblos y restaurantes y hoteles y museos y catedrales. O a lo mejor las catedrales no. No creo que hubiera catedrales en este país. Serían otra cosa, algo más divertido, como garitos. O spas. [...] En ese país siempre estaríamos en el siglo xix, creo. Pero con electricidad y agua corriente. Y sin coches. Habría trenes y barcos, pero coches, no". Sí, yo quería vivir en ese país maravilloso en el maravilloso siglo XIX. Querría vivir allí con Tony que cuando asiste a las fiestas siempre ocurre algo. Creo que con él no me asustaría ir a fiestas llenas de desconocidos porque se hacen cosas impensables por amor y tal vez yo me he enamorado de Tony, aunque sé que él nunca me va a corresponder. 

Tony se quedó prendido en el recuerdo y en el pensamiento y en todas las nostalgias de Lyle que, aunque sabe que tiene que pasar página y recuperar una vida sin duelo, sabe también que "hay cosas que pierdes y que no vuelven. No puedes recuperarlas nunca, salvo en la copia borrosa que preserva la memoria. Hay cosas que parecen irreconciliables con las que, sin embargo, hay que encontrar la forma de reconciliarse. El simple transcurso de los días atenúa la intensidad del dolor, pero nunca lo desgasta del todo: lo que el tiempo se lleva, se lo lleva, pero te deja con el remanente frío y duro de algo, con un recuerdo que no se puede perder. [...] Y aquí, como una piedra que llevo conmigo a todas partes, tengo un pedazo del corazón de otra persona que guardé de un viaje que hice una vez".

Pero la novela es más de lo que podría parecer. Hay más personajes, del pasado y del presente, de los que no he hablado pero que tienen su importancia; hay sátira y humor ante los anhelos de una clase social acomodada, liberal y progresista que no termina de encontrar su cuota de felicidad entre el desarraigo y los miedos; hay situaciones supuestamente sencillas, conversaciones inocuas en apariencia, episodios aparentemente sin importancia. Mucha vida cotidiana que va llevando por caminos que nos hacen vislumbrar que ese fin de semana va a tener mucha importancia en el devenir de las vidas de sus protagonistas.

Una novela que parece hecha a la medida de mis más genuinos gustos literarios, que me ha hecho descubrir un nuevo autor en el que seguiré profundizando y que me reafirma en mi idea de que la literatura actual estadounidense está tocada por la gloria de las musas.

Título del libro: Un fin de semana
Autor: Peter Cameron
Título original: The Weekend
Traducción: Álvaro Marcos
Editorial: Asteroide
Año de publicación: 2018
Año de publicación original: 1994
Nº de páginas: 248

martes, 19 de marzo de 2019

"Lucía en la noche" Juan Manuel de Prada

"Mientras había luchado por alcanzar el éxito, había escrito con el entusiasmo y el temblor de quien arroja una moneda al aire, ignorando si saldrá cara o cruz. Pero, tras alcanzarlo y probar su sabor, empecé a renegar de mi oficio, [...] Entonces empecé a buscar lenitivos que supliesen su ausencia: [...] empecé a frecuentar los platós televisivos, donde, a cambio de un estipendio siempre generoso, me juntaban con un hatajo de botarates vociferantes que no paraban de proferir barbaridades (pero ninguno profería tantas como yo, más vociferante que ninguno), disputándose la predilección de una audiencia mentecata".

Cuando leo estas líneas pienso que el autor está haciendo autocrítica, tal vez saldando cuentas con su pasado. A ver, entendedme. No quiero decir que Juan Manuel de Prada haya dejado de escribir para dedicarse a saraos televisivos en compañía de botarates vociferantes (y menos que sea el más botarate y el más vociferante) para una audiencia mentecata. Ni mucho menos. Él ha seguido escribiendo. No demasiado. Diez novelas (además de artículos y relatos) en veintitrés años. Él no aparece en esos platós televisivos en los que los tertulianos se gritan unos a otros y se pelean por ser el que más destaca en su afán de ordinariez y falta de civismo. No. Me refiero a otra cosa.

Juan Manuel de Prada no había cumplido veintiséis años cuando escribió "Las máscaras del héroe". Era 1996 y todos los que leímos aquel libro quedamos sobrecogidos y perplejos. Puedo asegurar que es una de las mejores novelas escritas en la segunda mitad del siglo XX. Recuerdo que nos preguntábamos que más se podía escribir después de aquello y si no habría sido un temprano canto de cisne imposible de superar. Pues bien, han pasado como digo veintitrés años y aquella primera novela sigue siendo, con mucho, lo mejor que ha escrito. Tiene más novelas buenas, pero ninguna (y esto no es más que mi opinión personal) está a la altura de aquella primera. Recibió el Premio Planeta con su segunda novela, "La tempestad", tan prescindible como casi todos los Premios Planeta salvo alguna rara excepción. Pasó a ser conocido por sus apariciones en la televisión: recuerdo haberle visto mucho en las tertulias que dirigía José Luis Garciel en elprograma Qué grande es el cine,  antes y después de la película de turno. Pero sobre todo se hizo famoso como columnista de prensa, siempre en publicaciones de tipo conservador.

No es su talante conservador algo que me impida disfrutar de su literatura. Soy bastante hábil a la hora de separar las obras de la ideología de su autor. Durante muchos años, leí todas sus novelas y siempre que cogía una nueva esperaba encontrar al autor de "Las máscaras del héroe". Por supuesto, nunca lo conseguí y creo poder asegurar a estas alturas que nunca lo conseguiré.

"Lucía en la noche" es mi reencuentro con el autor después de haberme saltado sus tres novelas anteriores. Parece ser que en la inmediatamente anterior, "Mirlo blanco, cisne negro", ya aparece el protagonista de esta, Alejandro Ballesteros. Y es también el estudiante que viaja a Venecia en "La tempestad", aunque de eso yo no me acordaba.

"En sueños vuelvo a verla a menudo, tal como la vi por primera vez en aquel desfasado garito para noctámbulos. Suenan los acordes de un piano y Lucía avanza lentamente hacia mí, mientras canta con voz cálida y rota, abriéndose paso entre la clientela beoda o somnolienta, difuminada por una neblina de ultratumba, como si fuese una resucitada, igual que Kim Novak avanzaba hacia James Stewart en aquella célebre secuencia de Vértigo". Un precioso comienzo que me hace albergar esperanzas. Alejandro Ballesteros es, como nos cuenta en las frases con las que inicio esta reseña, un autor sin novela. Hace muchos años que no escribe y que vive la noche y bebe la noche y vocifera en los platós y se acuesta con mujeres a las que lleva a casa y a las que no desea ver a la mañana siguiente. 

Cuando conoce a Lucía su vida da un vuelco. Animado por ella comienza a escribir de nuevo. Un año después de su encuentro, tiene lista una nueva novela que su antiguo editor está deseando publicar y él se dispone a tomarse un merecido descanso en las islas Canarias acompañado de Lucía. Pero problemas en la corrección de pruebas de la novela, de inminente publicación, le impiden viajar. La imposibilidad del cambio de fechas en la reserva de hotel, hace que decidan "mantener la reserva y que Lucía me precediese un par de días, mientras yo acababa la corrección".

Y hasta aquí, todo lo que se puede contar de la trama de "Lucía en la noche". Ni un paso más allá se puede avanzar sin dar un exceso de información. Lo que sí se puede es hablar de las cosas de la novela que me han gustado y de las que me han desconcertado o, directamente, me han chirriado.

Encuentro una cita de otro autor. Por dos veces veo la frase "no hallaba cosa en que poner los ojos que no fuese recuerdo de la muerte". Imagino que es un homenaje a Quevedo y a su soneto "Miré los muros", pero, ¿es necesario repetirlo dos veces? ¿no habría, de alguna manera, que indicar el homenaje, la cita, la obra, el autor de referencia? No sé, igual es una manía mía porque soy muy tiquismiquis

Me sorprenden más cosas. Hay una frase que me llama la atención y me suena a cita, es como muy redonda, como muy  del estilo de San Juan de la Cruz (me equivoqué): "busco su candor de trigo y su dolor de lenta espina" dice refiriéndose a los ojos de Lucía. Meto la frase en Google (no voy a presumir de conocer todas las citas; la de Quevedo sí, porque era uno de los poemas preferidos de mi padre y él me lo descubrió) y encuentro que es de una columna de El Semanal que el propio Juan Manuel de Prada escribió el 25 de julio de 2011 con motivo de la muerte de Amy Winehouse, ocurrida dos días antes. Los ojos que provocaron esa bella frase fueron los de la cantante. No sé qué hubiera pensado Lucía de ello. Sé que es otra manía personal, uno tiene derecho a usar sus propias frases cuando quiera, pero, como mínimo, queda raro. No sé qué otras citas, propias o ajenas al autor, se me habrán escapado.

Juan Manuel de Prada (foto Xavier Cervera para La vanguardia)
En algunos aspectos es muy reiterativo, demasiado, y me recuerda al estilo de Javier Marías. También me lo recuerda en otras cosas como las reflexiones que se cuelan entre la trama; lo leía y no podía dejar de pensar en las similitudes. Varias veces leyendo "Lucía en la noche", me he acordado de Javier Marías. Pero lo que en Marías es estilo propio, originalidad genuina que solo se imita a sí misma y pone el sello del autor en cada libro, en Juan Manuel de Prada me suena impostado, buscado con artificio, reiteración innecesaria (las veces que repite la expresión pijos estresados, doce para ser exactos, en el último tercio del libro no se justifica, desde mi punto de vista, de ninguna manera). No voy a decir que el autor imite a Javier Marías. No lo sé, ni soy quien para juzgarlo. Solo manifiesto la sensación que me transmite.

Me ha gustado el homenaje que hace a la película "Vértigode Alfred Hitchcock. Empieza (el homenaje; luego se alarga a medida que la novela transcurre) en la primera página, en el primer párrafo. Y sigue dando muestra de la habilidad y belleza literaria de las que el autor es capaz. "Pero la neblina que envuelve a Lucía en mis sueños no es verde como la que envuelve a Kim Novak en la película de Hitchcock, sino más bien rojiza, a juego con la decoración del garito, a juego con los divanes de terciopelo raído y mugriento, a juego con el tapizado de las paredes"Es un buen cinéfilo y se le nota, pero si alguien no ha visto la película y quiere disfrutarla en todo su esplendor, que la vea antes de leer este libro porque el destripe de la trama de la película  que el autor hace en esta novela es total y absoluto, sin la más mínima concesión al suspense.

Tiene una prosa que alcanza, como he dicho, momentos de gran belleza, pero en la mayor parte del libro es correcta sin más (ni menos). A eso hay que añadir que toda la historia rezuma un halo de irrealidad forzada, de algo que no llegamos a creernos. Por momentos me llega a parecer la fantasiosa historia de un escritor novel. Hay alguna situación delirante como la amistad que se establece entre Alejandro Ballesteros y el policía Emilio Avendaño que es tan increíble que, de darse, diría muy poco en favor de la profesionalidad de este último. Las cosas que llega a contarle el policía al escritor sobre la investigación en marcha, harían intervenir a los de Asuntos Internos con urgencia y premura.

Me ha gustado la estructura de "Lucía en la noche". En capítulos que se van alternando, unos con números romanos y otros con números arábigos, nos va contando la historia antes y después del viaje a las Canarias. Los números romanos nos van acercando desde el pasado, a través de la relación de Lucía y Alejandro, hasta ese viaje y lo que traerá consigo; nos van prefigurando el viaje y sus consecuencias. Esas consecuencias, el después del viaje, es lo que nos cuentan los números arábigos. Después viene un epílogo y un post scriptum, que dejan la novela bastante cerrada, aunque con un final realmente aceptable para el devenir de la historia.

Resumiendo, no me ha convencido "Lucía en la noche". El autor de "Las máscaras del héroe" no ha vuelto a aparecer en la narrativa de Juan Manuel de Prada, pero es que este libro es, desde mi punto de vista, de los más flojos que le he leído. Disiento de las dos o tres reseñas que he mirado tras terminar la novela y que la ponen por las nubes. No puedo, en absoluto, estar de acuerdo. 

Tan solo (tampoco he buscado mucho), con motivo de su anterior novela que no he leído, "Mirlo blanco, cisne negro", encuentro unas palabras de Guillermo Rodríguez para Huffington post, que se acercan mucho a lo que he comprobado en este libro: "hojas y hojas, y más hojas, que estallan como fuegos artificiales lingüísticos estéticamente impecables pero vacías de fondo. El lenguaje brillante y rebuscado como principio y fin último. No importa lo que se cuenta: lo único relevante es cómo se cuenta. Es sólo forma, porque no hay fondo".

Título del libro: Lucía en la noche
Autor: Juan Manuel de Prada
Editorial: Espasa 
Año de publicación: 2019
Año de publicación original: 2019
Nº de páginas: 416

sábado, 16 de marzo de 2019

Sin reseña XIII



Hoy era cuando tocaba publicar "Sin reseña XIII", pero, como sabréis, me equivoqué y la publiqué el mismo día que la anterior, cuando aún estaba sin terminar.

Ahora, ya completa, os aviso por este medio de que ya está lista para ser leída, en el siguiente enlace:


A los que ya la hayáis leído, os doy las gracias y a todos os digo que espero que os guste y os dé una idea de las novelas que en ella trato.

martes, 12 de marzo de 2019

Una equivocación. Ya doble.

Por andar jugando con el móvil he mandado a borrador la edición octava de Sin Reseña*. Al volver a publicarla, no lo ha hecho con la fecha original, sino con la de hoy. Y lo peor es que he perdido todos los comentarios. 
Lo que quiero anunciar con esta entrada es que mi última publicación es "Sangre en los estantes" de Paco Camarasa. 
Es una publicaciónn que me es muy querida, y no quiero que quede camuflada
Olvidaos de esta y de Sin reseña VIII e idos a Sangre en los estantes.

*equivocación sobre equivocación, acabo de descubrir que lo que he publicado no es Sin reseña VIII. Confundí la VIII con la XIII (cosa de los tres palitos, pero la XIII está sin terminar. No la pongo en borrador porque ya hay comentarios, pero cuando la termine con el quinto libro, la anunciaré de nuevo.
Lo bueno es que la entrega VIII de Sin reseña mantiene intactos sus comentarios.
En algún momento tendría que traducirse al blog el despiste monumental que tengo y los líos que me monto yo sola. Bueno, ayudada por el móvil. 

Sin reseña XIII


Y llegamos a la entrega decimotercera de "Sin reseña". Nunca me he creído eso de que el número trece traiga mala suerte. A pesar de que el año 2013 se podría considerar uno de mis annus horribilis, siempre he preferido pensar que es casualidad y no culpa del trece. Tampoco fue bueno 1999, ni lo ha sido 2018.
Sin más rollo, que empiezo y no tengo donde parar, en esta nueva entrega hay un poco de todo y, como siempre, mucha negritud. Es que me encanta.


"Solo los muertos". Alexis Ravelo.
Esta es la segunda entrega sobre el investigador aficionado Eladio Monroy. La primera, "Tres funerales para Eladio Monroy", me gustó lo suficiente como para meterme el gusanillo y decidirme a seguirlo.
Hablo de investigador aficionado porque Eladio Monroy es un jubilado de la marina mercante que admite encargos varios para completar su pensión y puede que para matar el aburrimiento que la vida de jubilado podría ocasionar en un hombre activo y lleno de vitalidad como él.
En este caso le encargarán buscar a Héctor Fuentes, un hombre que, supuestamente, ha huido con secretos de su empresa. Se sabe que cogió un avión a Las Palmas y no se volvió a tener noticias suyas.
Pero el encargo esconde cosas mucho más turbias en las que Eladio se verá envuelto sin saberlo ni desearlo. Todo un mundo de intereses que no repara en jugar con las vidas ajenas a cambio de no perder ni un solo euro de beneficio; personajes corruptos dispuestos a todo por mantener ocultos los secretos de sus execrables negocios.
En sus pesquisas, se verá ayudado por Gloria su vecina y pareja que ya conocimos en la entrega anterior, y también por Manolo el viejo comunista propietario de la librería donde trabaja la mujer, porque en esta entrega, más aún que en la anterior, los libros tienen importancia. No hay más que ver la lista de los que Monroy atesora y lee.
Eladio encontrará a Héctor y hasta desarrollará con él una amistad que irá más allá de lo meramente profesional, aprendiendo a valorarlo y a admirar su honradez e integridad.
Una novela que confirma la buena impresión que ya me causó su antecesora y que me mantiene, de momento, como seguidora de Eladio Monroy y de Alexis Ravelo

"El bosque sabe tu nombre". Alaitz Leceaga.
Esta es una de las novelas que más aparecen últimamente por las redes sociales. A medio camino entre varios géneros, resulta entretenida, bien escrita y de fácil y agradable lectura. Solo tengo que achacarle su falta de originalidad, me recordaba continuamente otras historias leídas o vistas en cine. Sobre todo, salvando enormes distancias, no he podido dejar de recordar algunos episodios de "Lo que el viento se llevó", película que creo que también estaba en el imaginario de la autora por cuanto menciona una vez al menos a Vivian Leigh, y en varias ocasiones a Clark Gable.
Podemos incluirla en la novela gótica, con sus mansiones rodeadas de bosques, con pasillos y escaleras y buhardillas que intimidan y sus fantasmas que intimidan aún más. También tiene características del cuento tradicional, con hadas buenas y hadas malas, y con lobo incluido; Tiene suficiente realismo mágico como para que algunos de sus personajes gocen (o padezcan) ciertos poderes sobrenaturales que les permiten hablar con los muertos o controlar a su antojo las leyes de la naturaleza. Transita con timidez por las sendas del realismo social con su crítica a una economía injusta y a una iglesia más preocupada por sus prebendas en manos de los ricos y poderosos que por sus deberes hacia los más desfavorecidos.
La historia empieza a finales de los años veinte del siglo pasado, con Estrella y Alma, dos hermanas gemelas de once años. Alma es capaz de hablar con los muertos, Estrella está a punto de descubrir que ella también tiene poderes ocultos. El día que su abuela Soledad salta por el acantilado dejará un colgante de esmeraldas y un mensaje que sellará el destino de las dos hermanas.
A lo largo de casi veinte años, seguiremos a Estrella y a Alma en su dispar evolución. Las acompañaremos a Inglaterra y a California, las veremos regresar siempre a Villa Soledad, la casona familiar, y luchar por salir adelante a pesar de todas las trabas externas e internas que pretenden doblegarlas.
La parte final de la historia, en la que aparecen por el pueblo y la casa personajes siniestros que terminan de ganar una guerra, y están a punto de perder la de su conciencia y sus fantasmas, me ha traído a la cabeza sin poderlo remediar,otra película: "El laberinto del fauno", aunque esta no tengo tan claro que también esté presente en la autora o solo en mi mente calenturienta.
No hay originalidad en esta novela, pero no se puede negar que constituye una lectura entretenida, fácil y agradable. 


"Muertes de sobremesa". David Jiménez, El Tito.
Están muy de moda las novelas policíacas ambientadas en ciudades españolas de tamaño medio que se convierten en el paisaje principal de la trama. Desde Elizondo hasta Cartagena, pasando por Pamplona, Vitoria o Las Palmas de Gran Canaria, por hablar solo de series que he leído, el periplo recorre gran parte de la geografía.
En "Muertes de sobremesa", nos encontramos con el inspector Marcial Lisón enfrentándose a un asesino al que no pudo descubrir hace dieciocho años. Ahora ha vuelto a matar, pero la vida de Marcial ha cambiado mucho. Para empezar, ya no es el agente bisoño de entonces, sino un inspector con mucha experiencia; para continuar, ha perdido a su compañero y amigo, Santi, con el que compartió la investigación hace años. Santi murió a principios de año, repentinamente, de un ataque al corazón. Desde entonces, el comisario le ha asignado varios compañeros, pero con ninguno llega a entenderse. Y es que Marcial es un tipo raro. "Su capacidad para empatizar nunca había sido muy buena: su cerebro tendía a catalogar los actos comprensivos como falsos e interesados".
Ahora el caso se complica mucho porque la asesinada es la esposa del inspector jefe que llevó las investigaciones hace dieciocho años, lo que lo excluye del caso, complicando todo mucho más.
Esta es una novela que me ha sorprendido y me ha enganchado desde el principio. La trama está muy bien estructurada y tiene su complejidad; los personajes están muy bien matizados y resultan creíbles; hay un par de vueltas de tuerca sorprendentes e interesantes. Eso unido a que está bien escrita, hace que me haya enganchado en otra serie, aunque de momento solo hay tres entregas, lo que tampoco la hace muy laboriosa.

"La apariencia de las cosas". Elizabeth Brundage.
Esta es una novela a la que tenía un poco de miedo. Demasiado vista en las redes; demasiados elogios; demasiado mosqueo, como me suele suceder con las historias muy mediáticas. Me animó a leerla una reseña (siento no recordar de quién) que decía que no era un thriller tradicional y que no trataba exactamente de la investigación del asesinato con el que empieza. me pareció un planteamiento original y decidí leerla.
Efectivamente, empieza con el terrible asesinato de Catherine Clare de un hachazo en la cabeza, pero en lugar de asistir a la investigación policial para descubrir al asesino, la autora nos va llevando a lo largo de los meses anteriores, a través de la vida de las personas involucradas, sus relaciones familiares y de amistad; sus anhelos, frustraciones y errores. Más que indagar en la autoría del asesinato, se nos sumerge en las causas que han podido dar lugar a él, porque desde los meses previos al desenlace se nos lleva a los hechos del pasado y veremos a Catherine de estudiante, enamorándose de George, y veremos a los Hale que habitaron antes la granja en la que viven los Clare en el momento del crimen.
Poco a poco nos iremos enterando de muchas cosas ocultas, de secretos de unos y otros y terminaremos por ser nosotros mismos quienes descubramos al asesino. Pero que nadie se asuste, el asesino queda perfectamente identificado.
Recomiendo esta novela tanto a amantes del género negro y policíaco, como a los que no son muy fans del mismo. 
A mí me ha gustado mucho, el último tercio lo he devorado en una tarde y si se ha quedado "sin reseña" es porque poco se puede decir del libro sin destripar más de la cuenta, pero resulta una propuesta realmente original e interesante.

"Si no, lo matamos". Rosa Ribas.
La cuarta y última novela de Rosa Ribas con la inspectora Cornelia Weber-Tejedor como protagonista, sigue la línea de las anteriores. 
En este caso nos mete en una trama de secuestros exprés, algo que en Alemania desprecian como propio de países tercermundistas, sin darse cuenta de que el delito,  como todo los demás, también se globaliza. Como se globaliza la explotación de trabajadores extranjeros y los modos de ganar dinero a costa de lo que sea. "En los edificios que condenaban a muerte y querían vaciar de inquilinos se dejaba de hacer reparaciones, se rompían misteriosamente tuberías e instalaciones, se estropeaban las calefacciones y aparecían inexplicables plagas de ratas". ¿Os suena?
Sí, el mundo se globaliza y todo se reparte, no exactamente de forma equitativa, pero todo se reparte. Los trabajos y la sangre los ponen unos y el dinero se lo embolsan otros.
Además asistimos a los fantasmas del pasado de Cornelia, algo que se remonta a su adolescencia, de lo que no hemos tenido noticia en entregas anteriores, pero que fue lo que hizo que escogiera la policía como su profesión. También sigue su relación con Leo, con sus padres y hermano y con los compañeros de la comisaría, donde algún que otro disgusto amenaza a nuestra inspectora.
Una serie sin pretensiones, más allá de mostrar la realidad de una ciudad y de un país de los ricos, en este inicio del siglo XXI. Muy bien escrita y recomendable. Quedan ganas de seguir con la serie, pero que yo sepa, de momento, no hay más.
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