Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

sábado, 16 de noviembre de 2019

"Una educación" Tara Westover

"Estoy encima del vagón rojo abandonado, al lado del establo. Cuando el viento arrecia, el pelo me azota la cara y el frío se me cuela por el cuello abierto de la camisa. Los vendavales son fuertes cerca de la montaña, como si la cumbre misma exhalara. El valle está tranquilo, sin que nada lo perturbe. Entretanto, nuestra granja baila: las rotundas coníferas se balancean despacio mientras tiemblan la artemisa y los cardos, que se inclinan ante las ráfagas y las corrientes. Detrás de mí, una colina suave asciende para unirse a la base de la montaña. Si miro hacia arriba, veo la forma oscura de la Princesa India". Este es el lugar idílico en el que ha vivido Tara Westover desde que recuerda: Buck’s Peak, Idaho. Los lugares idílicos pueden ser la base de una infancia feliz o transformarse en una burla, un entorno mágico para envolver el miedo, la frustración, la culpa, el dolor, la incertidumbre, la alienación; un papel colorido y precioso que envuelve un regalo envenenado. Siempre he pensado que las historias de terror siempre son más terribles si suceden en escenarios de paz y belleza. El contrate realza el horror de las historias. Aunque esta no es una historia de terror. O sí. 

Tara nació y pasó gran parte de su vida en una familia mormona radical. No existía para el estado, ni para la sanidad, ni para el sistema educativo. Hay que leerlo para creerlo porque Tara Westover no es una mujer del siglo XIX ni un personaje de ficción. Tara Westover es una mujer actual que nació en 1986 y por eso estremece leer en su libro: "De los siete hijos de mis padres, cuatro no tenemos partida de nacimiento. No tenemos historia clínica porque nacimos en casa y nunca hemos ido a una consulta médica o de enfermería.[1] No tenemos expediente escolar porque jamás hemos pisado un aula. Cuando cumpla nueve años, inscribirán mi nacimiento en el registro civil, pero ahora, según el estado de Idaho y el gobierno federal, no existo"Cuando escribe esto, en presente histórico, se supone que Tara tiene siete años y ya sabe que el hecho de que ella y sus hermanos no vayan a la escuela es lo que más diferencia a su familia de las demás. Tampoco pisan las consultas médicas. Todo lo resuelve la madre con hierbas: dolores, hemorragias, quemaduras... jamás nadie ha tomado una simple aspirina en la familia.

Sí, la familia Westover es una familia extraña incluso para el resto de los mormones, incluso para los propios abuelos. Ni siquiera ellos entienden el radicalismo de sus hijos y la vida que obligan a llevar a sus nietos. Los abuelos paternos viven un poco más abajo, en la propia colina, por lo que se les llama los abuelos de colina abajo. Fue la abuela de colina abajo la que alivió las ansias de Tara de tomar leche cuando su padre retiró de la casa todos los productos lácteos tras leer en la Biblia "«Comerá mantequilla y miel [...] hasta que sepa desechar lo malo y escoger lo bueno.»". Y él que por supuesto sabía escoger lo bueno y desechar lo malo decidió que ya no tenían que consumir leche. La abuela de colina abajo que se llevaba con su hijo "como dos gatos con las colas atadas entre sí", decidió entonces llenar su nevera de leche para llevar la contraria a su hijo, aunque finalmente eso sirvió para aliviar los desayunos de su nieta, porque comerse los cereales con agua era "como zamparse un tazón lleno de barro".

Así como los abuelos paternos siempre habían vivido en Buck’s Peak, los abuelos maternos vivían en la ciudad del valle, a unos veinte kilómetros de Bucks Peak. Eran los abuelos de la ciudad para distinguirlos de los de colina abajo. Faye, la madre de Tara, había sido una joven bien vestida por su madre que era modista y provenía de una clase social respetable a la que renunció para casarse con Gene, que gestionaba chatarra y hacía labores de construcción cuando le contrataban para ello. También renunció a la vida en una pequeña ciudad del valle y a sus cotilleos y a la vigilancia permanente de los conciudadanos. En lo alto de Buck’s Peak, "por primera vez, ella no pudo ver las caras de sus vecinos de la ciudad ni oír sus voces. Estaban muy lejos. Empequeñecidos por la montaña, enmudecidos por el viento". A cambio de esa libertad, Faye se entregó con la convicción del converso a todas las locas ideas de su marido.

Y las ideas de su marido consistían en prepararse para la venida de los Días de Abominación, cuando el mundo se hundiría en la caos y solo ellos podrían sobrevivir. Tara se ha pasado la vida preparándose para ese momento, elaborando en verano conservas de melocotón que reordena en invierno según su caducidad; viendo cómo su padre almacena en un depósito subterráneo litros de combustible; convencida de una locura a la que solo el aislamiento y el encierro pueden darle una apariencia de normalidad.

Nosotros asistimos atónitos a la resignación de los niños, a la ignorancia en la que viven, porque ni siquiera la educación que se supone que se les da en casa es lo suficientemente rigurosa. Ante el esfuerzo que suponía la instrucción de los niños, la madre tiró la toalla y "empezó a repetir las palabras de papá. «Lo importante —me dijo una mañana— es que aprendáis a leer. Las otras zarandajas son un lavado de cerebro.»"

Pero no pensemos que la niña sufre con esta situación. Tara es feliz. Quiere a sus padres y necesita la compañía de sus hermanos, aunque estos no siempre se porten demasiado bien con la más pequeña de la casa, aunque tenga que trabajar en los asuntos familiares, a veces con riesgo para su propia integridad, aunque no hable con otros niños fuera de sus hermanos. Tara es feliz... hasta que deja de serlo

Tara crece. Es difícil entender, a pesar del relato de la autora, cómo desde esa educación alienante se llega a sentir la necesidad de saber más. Tal vez sea el amor por la música que le inculcó su hermano Tyler; o la profesora de canto que le buscó su madre  en su afán por encontrar "alguna actividad que pudiera realizar, que papá no prohibiera"; o puede que fuera la simple evolución de una mente despierta y obligada a buscar horizontes más amplios en los que expandirse y con los que llenar el vacío que las supersticiones dejaban en ella. El caso es que Tara, impulsada por su hermano Tyler decide ir a la Universidad y se prepara ella sola para el examen de ingreso en la Universidad Brigham Young, que acepta alumnos que han estudiado en casa. Lo malo es que Tara no ha estudiado ni en casa ni en ningún otro sitio, pero empieza a hacerlo y se siente fascinada por lo que descubre. 

Si en principio quería estudiar música y hacerse profesora de canto, en la Universidad se abre ante ella un mundo desconocido, tan desconocido que sorprendió a profesores y alumnos cuando preguntó qué era el Holocausto. El episodio aparece en la novela y la propia autora lo ha relatado en una entrevista para El Cultural: "en una clase de Historia se me ocurrió preguntar qué era el Holocausto. No lo sabía, pero me tomaron por una especie de racista"

Poco a poco Tara consigue superar las dificultades y su mente despierta la lleva a superar retos y a encontrarse en situaciones del todo impensables, unos años antes. Pero a medida que avanza en su educación y en su autonomía, un enorme sentimiento de culpa se va abriendo camino en ella. "no soy una buena hija. Soy una traidora, una loba entre ovejas; soy diferente y esa diferencia no es buena". Mucho le costará a Tara deshacerse de la culpa y ser capaz de volar sin peso en las alas. Aunque dudo que lo haya conseguido del todo.

Tara Westover. Foto: Paul Stuart
Hoy Tara tiene treinta y tres años. Los cumplió en septiembre, pero no se sabe bien en qué día. Puede que el 27, como piensa la madre, o puede que el 29, como cree recordar la abuela de colina abajo. "Hasta que mi madre decidió inscribirme en el registro civil, nunca me había parecido extraño ignorar mi fecha de nacimiento. Sabía que había venido al mundo a finales de septiembre y cada año elegía un día, uno que no cayera en domingo porque no es divertido pasar el cumpleaños en una iglesia". Tara vive en Londres, tiene un doctorado por Cambridge, y ha trabajado en Harvard con una beca de profesora investigadora. Por fin es libre y se ha deshecho de todas las supersticiones que le inculcaron en la infancia. Ya no se prepara para los Días de Abominación, pero el precio que ha tenido que pagar ha sido muy alto. Salvo un par de hermanos, la familia hizo causa común en contra de ella cuando quiso poner de manifiesto algunas duras verdades. Estuvo a punto de ceder como su madre, como su hermana Audrey, pero se dio cuenta de que no podía: "Si cedía, perdería algo más que una discusión. Perdería la custodia de mi pensamiento. Comprendí que ese era el precio que se me pedía que pagara. Lo que mi familia quería expulsar de mí no era un demonio; querían expulsarme a mí misma de mí".Y ese es el precio que ha pagado; su familia a cambio de su propia mismidad. 

"Las decisiones que tomé a partir de entonces [...] Fueron las de una persona cambiada, las de un ser nuevo. El desarrollo de un nuevo yo.
Podéis llamarlo transformación. Metamorfosis. Falsedad. Traición.
Yo lo llamo una educación"

Y pocas veces una educación ha costado tan alto precio y proporcionado tan gratas recompensas.

Título del libro: Una educación
Autora: Tara Westover
Título original: Educated. A memoir
Traducción: Antonia Martín
Editorial: Lumen
Año de publicación: 2018
Año de publicación original: 2018
Nº de páginas: 472

miércoles, 13 de noviembre de 2019

¿Hablando se entiende la gente?



Cuando faltan dos días para que se termine el plazo, por fin tengo listo mi relato para el microrreto "Hablando se cuenta la historia". Y es un diálogo muy pegado a la realidad, al menos a mi realidad hasta hace unos meses.

- Profe, yo no lo entiendo.
- ¿Qué es lo que no entiendes?
- Nada.
Vamos a ver, Juan, algo entenderás. ¿Cómo no vas a entender nada?
- Yo tampoco lo entiendo profe.
- A ver Ana, ¿tú entiendes algo o tampoco entiendes nada?
- Yo, casi nada, profe.
- A ver lo vuelvo a explicar, pero estad atentos. Si la luna sale...
- Profe, ¿puedo ir al baño?
- Lourdes, por favor, quedan diez minutos para que suene el timbre, ¿no puedes esperar? 
- Que no, profe que no puedo, que es muy urgente.
- Anda vete. ¿En qué estábamos?
- Nos ibas a explicar lo de la Luna.
- Ah, sí. Bueno pues decía que si la Luna... ¡¿De quién es ese estuche?!
- Es mío, profe.
- Pues lo coges y te vas a Jefatura de Estudios y cuentas lo que hay.
- ¡Pero que yo no lo he tirado! Ha sido Lucas.
- ¿Y por qué tenía Lucas tu estuche?
- Porque me lo quitó en el recreo.
- ¿Y por qué te lo lanza ahora desde el otro extremo de la clase?
- Porque se lo he pedido.
- ¿Y no se lo podías haber pedido al principio?
- Es que quiero copiar lo de la Luna porque yo tampoco lo entiendo.
- Mira Juan, ¿a ti te parece...
- Profe, ¿lo de la Luna entra en el examen?
- Sí, Laura, sí, entra en el examen.
- ¿Y no lo vas a volver a explicar?
- Sí, claro. Si la Luna...
- Profe, más despacio que no me pinta el boli.

249 palabras.

Puede parecer una locura, pero puedo asegurar que he participado en diálogos mucho más surrealistas que este.

domingo, 10 de noviembre de 2019

"Nosotros, los Rivero" Dolores Medio

"Oviedo es una ciudad dormida.
Por las calles, estrechas y empinadas, del Oviedo antiguo, envueltas, de ordinario, en espesa niebla, corre un sueño de siglos. [...]
Cuando el sol logra desgarrar las nubes y posarse sobre el mojado asfalto, toda la ciudad se esponja y se empapa de sol, con una ancha avidez desconocida en los pueblos de la meseta y del mediodía". Y yo, que soy de una meseta ahíta de cielos glaciales y azules en invierno, resecos y azules en verano; yo, que también conozco Oviedo y he paseado sus nieblas y su asfalto brillante de humedad, adoro los grises de las piedras ovetenses, de su catedral algo más pequeña que la que me vio nacer, incomparablemente gris al lado del dorado influjo que el sol contagia  a la Pulchra Leonina. Dos catedrales hermosas como dos joyas.

Catedrales de Oviedo (2016) y León (2015) Rosa Berros
Y alrededor de esa catedral, en ese Oviedo digno de Clarín (de hecho se le llama Vetusta en más de una ocasión) porque aunque ambientada en el primer tercio del siglo XX esta novela nos muestra un Oviedo que poco ha cambiado desde el XIX, en ese Oviedo tiene lugar la historia de los Rivero, una familia distinta del resto, una familia que arrastra una maldición.

Comienza la novela con la llegada a Oviedo de Lena Rivero en la primavera de 1950. Un Oviedo que ya no es el que recuerda, o no exactamente, porque el Oviedo que dejó poco antes de empezar la Guerra tenía "ese duende de las ciudades viejas, que se burla del progreso, de la urbanización, de los deportes, de cuanto representa modernismo, porque tiene su morada en paz en las estrechas y silenciosas rúas de la inmortal Vetusta, a la sombra de los venerables muros de su Catedral". Ese duende ya solo se encuentra en la parte vieja, porque el resto de Oviedo se sale de sus costuras y ha crecido y se escapa por calles que trepan lo que antes eran prados y campos y es que Oviedo, poco antes de la marcha de Lena, sufrió una revolución y durante su ausencia, una guerra y "a raíz de sufrir la devastación trágica de la guerra, como un muchacho cuando sale de la cama convaleciente de una grave enfermedad, Oviedo «dio un estirón»".

En las calles de Oviedo, al lado de la Universidad donde estuvo la casa de su infancia, en las callejas de alrededor de la catedral, Lena empieza a recordar y seremos nosotros los destinatarios de sus recuerdos. Toda la vida de los Rivero se nos irá mostrando desde el nacimiento de Lena, Magdalena, en 1915, y desde mucho antes, antes incluso de que su padre, Germán Rivero emigrara a Cuba de donde volvió con una hija, Heidi, la hermana mayor de Lena, "una pequeña criolla, una niñita morena de ojos negros y vivos, que hablaba más inglés que castellano, y éste con el suave ceceo de las cubanas". Germán Rivero, el Aguilucho, para quien las normas sociales nunca tuvieron la menor importancia, buscó a su vuelta de Cuba una mujer con la que casarse, una mujer que le diera hijos y le llevara la casa. 

Cuando empiezan los recuerdos de Lena tiene nueve años y su padre acaba de morir. Es una niña feliz que vive en una familia grande compuesta por los padres, la tía Magda, hermana de la madre y los cuatro hermanos: Heidi, Germán, llamado Ger; María, apodada Santa María, y la propia Lena, Magdalena como la tía Magda, a la que todos llaman Ranita.  

Corría la primavera de 1924 cuando el Aguilucho murió dejando a su familia en manos de la señora Rivero, una mujer seca y fría que solo por su hijo varón sentía un cariño manifiesto; una mujer abducida por las convenciones sociales en cuyas manos quedó la pobre Ranita, a quién su padre tenía por su hija predilecta, sin que seamos capaces de imaginar por qué caminos tanto más agradables habría transcurrido su vida de haber seguido vivo el padre. Pero solo sabemos lo que sucedió tras su muerte, y lo que sucedió es que la señora Rivero "educaba a sus hijas como la habían educado a ella: para que regentasen un hogar. Sentía aversión hacia los marimachos, a los que calificaba de sufragistas y defendía con toda su energía lo que llamaba la delicadeza, la femineidad de la mujer. Si la mujer salía de casa a ganarse el pan, el concepto del hogar tradicional desaparecería...".

Pero Lena es una Rivero y, aunque también es Quintana, en ella predomina la sangre de su padre. Los Quintana, la familia materna, son otra cosa. Son previsibles, acomodaticios, seguidores de la moda, carentes de rebeldía o de iniciativa. Personas representativas del mejor comme il faut de la conservadora ciudad. Los Rivero, por el contrario, no llevan bien el atenerse a las normas. Ellos siempre andan buscando algo, siempre se acaban marchando y ninguno ha muerto aún en la cama. Todos, de una manera u otra, han muerto con las botas puestas. "La sangre de los Rivero había corrido generosamente sobre las tierras rojas de los sudistas, en la manigua cubana, sobre los campos de la dulce Francia, en las tórridas arenas africanas...". Al menos los hombres morían fuera de la cama. De las mujeres se sabe menos, pero por lo que se refiere a la tía Carina, si no mueren con las botas puestas, viven sin atenerse demasiado a las reglas. 

Todas estas cosas las irá descubriendo Lena a medida que va creciendo y se va teniendo que enfrentar a una sociedad de clase media con más prejuicios que dinero, menos dinero a medida que los reveses se van cebando en la familia; más prejuicios a medida que es lo único a lo que aferrarse que le va quedando a la madre. Una de las primeras cosas que descubre es que Heidi, su querida hermana mayor, no es hija de la señora Rivero. Y tal vez por eso, por no tener el contrapunto de la sangre Quintana, Heidi es la primera en abandonar la férrea disciplina de la casa. "Heidi descendía por su madre de una familia de la nobleza centroeuropea y de ella había heredado los exquisitos modales de una aristócrata de cuna, aunque más tarde acabara por revelarse como una auténtica Rivero. La sangre de los Rivero no se desmentía jamás".

Y así iremos siguiendo la vida de la familia Rivero desde la muerte del padre hasta la marcha de Lena de Oviedo y su regreso años después. Pero también seguiremos la Historia de España y sus repercusiones en la vida de la familia. La dictadura de Primo de Rivera durante la cual Lena se enamora del Príncipe de Asturias en una visita que este hace a la ciudad. La República que llena de entusiasmo a su hermano Ger, la revolución de Octubre del 34. Todo ello nos es contado antes de que la familia Rivero empiece a desgajarse como las semillas de un diente de león agitadas por el viento. Todo ello lo recordará Lena en su vuelta a la ciudad años después, en 1950, cuando ya es una popular escritora. Y en todo ello, Oviedo como un personaje más, un personaje que nos muestra sus calles y plazas, su catedral, sus parques y jardines, su Universidad, "cabeza de distrito universitario, recoge a la juventud del Principado y del antiguo reino de León". De hecho, cuando yo empecé a estudiar Biología en León aún dependíamos de la Universidad de Oviedo. Yo pertenezco a una de las primeras promociones que se licenció en la Universidad de León recién creada, independiente de la de Oviedo.

Dolores Medio
Dolores Medio es una autora nacida en 1916 y considerada dentro de la generación de escritores de 1936. La conocía de oídas, pero nunca me había acercado a ella y me ha sorprendido ver la cantidad de novelas que tiene publicadas. Intentaré conseguir alguna más porque "Nosotros, los Rivero" me ha parecido una sensacional novela en la que se retratan de manera totalmente integrada, e integradas con total naturalidad, una familia, una clase social, una ciudad y una época. El quién, el cómo, el dónde y el cuándo ensamblados en una novela escrita con gusto y elegancia, sin pretensiones vanas ni estridencias, sin sentimentalismos ni complacencias, con un lenguaje sencillo pero contundente. Una novela que mereció el Premio Nadal en 1952, cuando este premio gozaba de la excelente salud que lo ha caracterizado y que solo recientemente empieza a decaer, tal vez derrotada por la dictadura del mercado y de las listas de lo más vendido.

Existe una serie de RTVE de 1969 basada en "Nosotros, los Rivero" que nunca he visto, pero que intentaré conseguir. El reparto es magnífico y la serie tiene toda la pinta de aquellas obras maravillosas que bajo el título de Estudio 1 o Novela, nos ofreció TVE en las décadas de los sesenta y setenta del pasado siglo.  


Esta novela entra en el III reto "Nos gustan los clásicos" por estar publicada antes de 1980. "Nosotros, los Rivero" está publicada en 1952.

Esta novela entra también en el I reto  "Cabalgando entre clasicospor estar publicada antes de 1970. 

Título del libro: Nosotros, los Rivero
Autora: Dolores Medio
Editorial: Destino (Áncora y delfín)
Año de publicación: 1965
Año de publicación original: 1952
Nº de páginas: 340


jueves, 7 de noviembre de 2019

"Ejercicios respiratorios" Anne Tyler

Maggie estaba convencida de que "en la tierra no había nada que representase un cambio auténtico. Podías cambiar de maridos, pero no podías cambiar la situación. Podías cambiar el quién, pero no el qué". De nuevo Anne Tyler nos ofrece una novela en la que se indaga sobre las relaciones de pareja y sobre las relaciones de familia en general. Como ya vimos en "El matrimonio amateur" (2004), cuya reseña publiqué hace unos meses, en "Ejercicios respiratorios" (1988), analiza las relaciones de un matrimonio que en nada se parece al amateur de la novela anterior (anterior en mis lecturas, que no en el orden de publicación, como se ve por las fechas). 

La novela empieza un sábado muy de mañana. "Maggie e Ira Moran tenían que ir a un funeral a Deer Lick, Pennsylvania. La amiga de infancia de Maggie acababa de perder a su marido. Deer Lick se hallaba situado junto a una estrecha carretera rural, unas noventa millas al norte de Baltimore, y el funeral estaba previsto para el sábado a las diez y media de la mañana; así que Ira calculó que tendrían que ponerse en marcha alrededor de las ocho". Toda la novela transcurre en ese sábado del funeral. Toda la novela, que no toda la historia, porque a raíz de lo que van viviendo en ese día, se nos va mostrando poco a poco, toda la vida de Ira y Maggie incluso desde antes de conocerse.

Cuando Maggie recoge el coche en el taller para poder viajar a Deer Lick, escucha algo por la radio que trastorna todo su día desde el principio. Es uno de esos programas a los que llama la gente para hablar de un tema y el tema ese día es ¿Qué es lo que hace ideal a un matrimonio? Entre opiniones de lo más variopintas de pronto llama una joven para decir que está a punto de casarse por segunda vez y que si la primera lo hizo por amor y no funcionó, ahora lo hace para tener seguridad. El asombro de Maggie es absoluto porque quien ha hablado es nada menos que su nuera Fiona, más bien ex nuera aunque eso Maggie no termina de sumirlo. Maggie no tenía ni idea de que Fiona pensara en casarse de nuevo y toda su mente maquinadora se pone en marcha. Desde que Fiona abandonó la casa y a su marido llevándose a su hija, Leroy, que tenía entonces casi un año, Maggie no deja de pensar en cómo volver a unir a la pareja que está segura de que se sigue queriendo, o al menos cómo recuperar a la niña. Ahora todo se desmorona porque Fiona va a casarse de nuevo. "—Ira, Fiona se casa.[...]
—¿Fiona qué?
—Fiona, tu nuera, Ira. ¿Cuántas Fionas conocemos? Fiona, la madre de tu única nieta, ahora va y se casa con un completo desconocido nada más que para tener seguridad".

Y la imaginación de Maggie se pone en marcha y, con ella, los temores de Ira que la conoce y la teme más que a un tornado, porque Maggie siempre se está metiendo en líos y metiendo a todos los que la rodean. Y es curioso porque cuando Maggie hace sus planes, le parecen maravillosos. En ningún momento piensa que puedan salir mal. Parecen tan perfectos... Y lo sé porque me ha sucedido lo mismo en muchas ocasiones. Más de adolescente y joven, por supuesto. Después una aprende y sabe que muchas veces lo que parece perfecto va cambiando de cara a medida que se materializa hasta convertirse en algo feo, vergonzoso o sencillamente inútil. Maggie ha llegado a la cuarentena cometiendo los mismos errores y con la misma ingenuidad acerca del resultado, "como de costumbre, había actuado de forma insistente y entrometida. Y, sin embargo, en el momento de hacerlo, no le parecía que estaba entrometiéndose. Simplemente le había parecido que el mundo estaba algo desenfocado, que los colores no acababan de estar exactamente dentro de su contorno correspondiente —algo así como el anuncio mal impreso de un periódico— y que, sólo con que ella efectuara un pequeñísimo ajuste, todo encajaría en su lugar a la perfección". Pero los ajustes de Maggie no suelen ajustar nada. Más bien ponen las cosas fuera de quicio, desenfocan el mayor o menor enfoque que los hechos puedan tener y termina metiéndose ella y metiendo a los que la rodean en situaciones de lo más molesto.

Ahora se dirigen al entierro de Max, el marido de Serena, la mejor amiga de Maggie, la que fue terminando con todas sus ilusiones y poniéndole la vida por delante justo antes de que la vida le fuera llegando a ella misma, y es que Serena siempre fue un paso por delante de Maggie. Serena descubrió antes que el matrimonio no era un paseo campestre lleno de flores y romanticismo; Serena le hizo ver que la maternidad era muy dura y algo alejado de la idea idílica que les habían inculcado. Ahora Serena se ha quedado viuda y Maggie teme que también eso sea un anticipo de lo que le espera, que sea Serena la que le demuestre, con un poco de antelación, que los maridos no duran eternamente.

Maggie se enamoró de Ira casi por error. No por error suyo sino de quién le informó de la muerte del hijo de los Moran en un accidente en el campamento de instrucción de reclutas justo el día en que la chica cumplía diecinueve años. No es que Maggie lo conociera mucho, pero no hay como una muerte temprana y rodeada de cierto aire de heroicidad para hacer volar la imaginación y convertir al simple conocido en el mejor y más querido amigo. Tan querido sentía al amigo que Maggie se sintió en la obligación de enviar una carta de pésame al padre de Ira Moran, pero en lugar de la respuesta que esperaba, lo que llegó fue el propio Ira al ensayo del coro del jueves siguiente. "Por aquel entonces, era como si Maggie estuviera convirtiéndose en otra persona, una persona atolondrada e inestable y propensa a los percances. A veces se imaginaba que aquella carta de pésame la había desequilibrado para siempre". Y es que escribir una carta de pésame para descubrir días después que el supuesto difunto está vivo es algo que puede desequilibrar a cualquiera y puede que Maggie ya estuviera algo desequilibrada, y puede que fueran sus fantasías acerca de la maravillosa persona que era el difunto Ira, las que se materializaron en amor cuando el joven apareció vivo unos días después. 

El caso es que Maggie, en su afán por no parecerse a su madre, no quería a un hombre como su padre, torpe y bienintencionado, no quería ser la dura de la familia como era su madre y en ese empeño había triunfado plenamente porque ahora ella era la torpe, patosa, sentimental y provocadora de conflictos, mientras que Ira era el hombre sensato y fuerte. "Había puesto tanto empeño en no parecerse a su madre, que había acabado por parecerse a su padre".

Anne Tyler
A medida que pasa el día, asistiremos a los recuerdos, mediante los que conoceremos toda la vida de la pareja y de sus hijos, pero también iremos viendo las situaciones extrañas, algunas casi oníricas, que se van sucediendo en ese sábado que parece durar semanas de tantas cosas como en él ocurren. "Ejercicios respiratorios" tiene mucho de road movie, pero en ese viaje se mezclan los recuerdos de toda una vida. Está narrada en tercera persona por un narrador que siempre toma el punto de vista de Maggie. 

El matrimonio Moran, al contrario que el formado por los Anton de "El matrimonio amateur" está condenado a durar, al menos dura todo lo que dura la novela, pero salvo esa diferencia, no menor, ambas novelas son una disección de la vida en pareja, de los conflictos, distintos según las personas, pero constantes, que la convivencia pone de manifiesto. Saber o poder superarlos depende del talante de cada cual, pero lo que está claro es que la vida en pareja no es "una película de Rock Hudson y Doris Day" como ya le había enseñado Serena a Maggie. 

Tras veintiocho años de matrimonio, Ira y Maggie se siguen queriendo, pero no consiguen librarse de los problemas de siempre: "Maggie, no puedes estar siempre mangoneando de este modo la vida de los demás. ¡Enfréntate con los hechos! ¡Despierta y espabila!". Como tampoco pueden librarse de la frustración inherente a casi toda esperanza: los hijos no son lo que se esperaba, el matrimonio no termina con la soledad, los años pesan y sobreviene el cansancio y uno no sabe en qué ha podido equivocarse, aunque lo más probable es que no exista equivocación alguna más allá del paso del tiempo.

"Ejercicios respiratorios" obtuvo el premio Pulitzer de ficción en 1989. Un premio este Pulitzer que nunca decepciona.

Título del libro: Ejercicios respiratorios
Autora: Anne Tyler
Título original: Breathing Lessons
Traducción: Gemma Salvá
Editorial: Debolsillo
Año de publicación: 2017
Año de publicación original: 1988
Nº de páginas: 448

lunes, 4 de noviembre de 2019

"El asesino tímido" Clara Usón

"«Mira qué cosa tan interesante —escribió Virginia Woolf a su amante Vita Sackville-West—. De repente me he encontrado pensando en la muerte con una intensa curiosidad. Aun así, si de algo estoy convencida es de la mortalidad. Entonces, ¿por qué tengo esta sensación de que la muerte va a ser tan emocionante? Algo positivo, activo»".

Así cita a Virginia Woolf en "El asesino tímido" Clara Usón y me resulta curioso porque hace poco leí "Una habitación propia" de la escritora inglesa. Y pienso que bien puedo unir a estas dos mujeres en una misma entrada que aúne los dos libros, ambos ensayos, con los que me han sorprendido tan gratamente en este mes en que estoy en plena iniciativa #LeoAutorasOct. Pero empiezo a escribir y veo que hay mucho que decir de cada libro, de cada autora y que cada una merece su propio espacio, cercano, pero independiente.

Si una se dejó hundir en un río con los bolsillos de su abrigo llenos de piedras tras haber dado al mundo de la literatura novelas tan maravillosas como "La señora Dalloway" o ensayos tan certeros y brillantes como el mencionado "Una habitación propia", la otra intentó matarse varias veces a base del letargo dulce e hipnótico de las pastillas, pero siempre se arrepintió en el último momento y pidió auxilio. Fue después de esos intentos cuando empezó a escribir novelas confiando en Pavese cuando decía "«La literatura es una defensa contra las ofensas de la vida» [...] algo de eso hay, creo un mundo de sombras para mí en el que me defiendo de la vida y en el que me siento cómoda, yo que soy sólo una sombra". La literatura, yo lo he experimentado, nos salva de muchas cosas, de la tristeza, de las pérdidas, de la depresión, de la desesperanza... de las ofensas de la vida.

Empiezo a leer "El asesino tímido" y enseguida me siento en terreno familiar. "Fui joven en una época en que el futuro parecía también joven y nuevo, no una mera prolongación de años tristes que se arrastraban y olían a polvo y encierro. Mis contemporáneos y yo estábamos convencidos de que nuestras vidas serían mejores, más prósperas, más libres que las de nuestros padres, de quienes renegábamos, de los que nos avergonzábamos, como si fuera su culpa haber crecido y vivido bajo la dictadura". Me siento muy cerca de estas palabras y es que la autora tiene apenas dos años menos que yo. Ambas fuimos jóvenes a la vez y ambas renegamos, durante una época, de nuestros mayores a los que considerábamos, si no responsables de la dictadura, sí al menos condescendientes con ella. Pronto las similitudes van desapareciendo. Muchas cosas separan su realidad de la mía, salvo el haber coincidido con casi la misma edad en el mismo momento y esa tormentosa relación con los padres durante la adolescencia y la primera juventud. Y el hecho de que la televisión llegara a nuestras casas cuando ya teníamos edad suficiente para habernos hecho adictas al vicio más adictivo: la lectura. Después de eso, yo ya solo me aficioné al tabaco. A ella le quedaban aún otras muchas adicciones.

Sigo leyendo y el libro me desconcierta. No he leído bien las sinopsis. Nunca lo hago. Salvo nociones muy generales acerca de las tramas, no quiero saber nada más y hay editoriales que te dicen quién es el asesino en la contraportada. El escarmiento hace que no suela prestar demasiada atención a las sinopsis. Creo que de esta novela tan solo había llegado a leer: "El asesino tímido es una novela ambientada en la España de la Transición que cuenta una historia basada en el oscuro episodio de la muerte de Sandra Mozarovski, actriz del cine del destape, que supuestamente se suicidó. Hija de un diplomático ruso y relacionada con las más altas esferas, su caso nunca llegó a esclarecerse y conmocionó a la sociedad española de los años setenta". Si a eso unimos que en algún sitio la vi clasificada como novela de intriga, la confusión está servida. 

No leo "El asesino tímido" porque me atraiga la sinopsis que huele un poco a revista del corazón de la época más casposa de la Transición. La leo porque Clara Usón me cautivó hace varios años con "La hija del este", una certera y sorprendente novela sobre la hija de Ratko Mladić y su suicidio tras conocer las barbaridades que su padre había cometido en Sarajevo y en Srebrenica donde se masacró bajo sus órdenes a hombres, mujeres y niños sin distinción, durante la sangrante guerra en la antigua Yugoslavia. La leo pensando que va a hacer un análisis de la época tomando  como referencia la historia de Sandra Mozarovski. Por eso me desconcierta cuando empieza a citar a Pavese y a Camus; cuando se pierde (me pierdo) contando la historia de Wittgenstein y de sus hermanos suicidas; cuando, sobre todo, nos cuenta anécdotas familiares en las que se alarga más de lo que me parece razonable. Tengo incluso una nota en la que pongo: "¿llegaré a saber a qué viene esto?". La misma autora parece contestarme: "¿cómo puedo justificar los saltos inopinados de Sandra Mozarovski a mi madre, de mi madre a Wittgenstein, del rey a mí misma?, ¿sé adónde voy?; ¿voy a algún sitio?". Mi nota al pie reza: "¿llegará a saberlo ella misma?".

Y sí, ella sabe perfectamente a dónde va y yo lo voy a saber enseguida en cuanto me libere de ideas preconcebidas y me deje llevar por lo que es el libro. Lo sabría ya si hubiera leído un poco más de las sinopsis y si estas hubieran mencionado lo que me parece, al menos a mí, el verdadero tema del libro. Sandra Mozarovski no es más que una tesela con la que se construye el mosaico que es este libro en el que Clara Usón nos quiere hablar del suicidio. Muy pronto descubrimos a qué se debe el título del libro: "«Los suicidios son homicidios tímidos. Masoquismo en vez de sadismo», registró Pavese en su diario; me tomo la libertad de corregirle: el suicida busca la muerte, actúa con premeditación y alevosía y es por tanto un asesino, un asesino medroso quizá, un asesino tímido". Me encanta esa expresión: un asesino tímido. Asesino en contraposición al homicida que mata sin querer. El suicida pretende la muerte, no la ocasiona involuntariamente, en cuyo caso se consideraría accidente. Y es un asesino tímido porque a la hora de matar no se atreve con los demás, tan solo consigo mismo es capaz de ser asesino. Quitar una vida ajena es, además de probablemente innecesario, todo un acto de exposición ante el mundo que los tímidos no soportamos. El suicidio nos retira de los ojos del mundo o, al menos, ya no somos conscientes cuando salimos en diarios y noticiosos de todo tipo. Auténticos asesinos tímidos pueden ser considerados los suicidas. 

No sé si cuando escribió esto Cesare Pavese ya estaría pensando en su suicidio. Tan solo he leído del autor "El diablo sobre las colinas" y hace tanto de ello, 1982, que recuerdo... casi nada. Tampoco Clara Usón en el libro menciona en qué ocasión o con qué oportunidad escribió esto el autor italiano. Lo menciona y lo cita varias veces, y pregunta si se suicidó Sandra al igual que lo hizo Pavese, aunque ella se habría tirado por la terraza mientras él se envenenó tras declarar que todo es un asco y que no volverá a escribir más. Tenía cuarenta y un años y mucha pérdida a las espaldas y mucha vida dolorida sobre los hombros. Sandra tenía dieciocho años y todo se abría ante ella luminoso y el éxito la acechaba en cada esquina. Su muerte puede tener causas más vulgares o mucho más inquietantes que un suicidio.

Asesinos tímidos y un poco filósofos son los suicidas, porque también hay una vertiente filosófica en eso de quitarse de enmedio. "Camus dejó escrito: «No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía. El resto, si el mundo tiene tres dimensiones, si las categorías del espíritu son nueve o doce, viene después. Se trata de juegos, primero hay que responder»". Y la respuesta a dar en primer lugar es si la vida merece o no la pena, porque de no merecerla, todo el resto carece de sentido y toda la Filosofía está de más. Camus se responde que sí, merece la pena vivir lo más posible.

Otro filósofo como Ludwig Wittgenstein también tuvo mucho qué decir acerca del suicidio. Aunque quizás fueron las circunstancias a su alrededor las que más tuvieron que decir al respecto. Tres de sus hermanos se suicidaron y él no llegó a hacerlo, pero desde la infancia tuvo pensamientos suicidas. 

Clara Usón
Finalmente es la propia vida de la autora la que se pone ante nosotros y nos es narrada con toda su crudeza. Sus adicciones ("¿Cómo iba a desintoxicarme si sólo intoxicada era capaz de soportar la vida?"), sus intentos de suicidio, sus llamadas de socorro tras cada uno, su salvación definitiva por medio de la literatura. "No fue una ambulancia ni un ingreso de urgencia ni una carta de despedida, fueron siete ambulancias y siete ingresos y siete veces veinticinco pastillas y siete cartas de despedida en el plazo de seis meses, aunque puede que en las últimas intentonas ya ni me molestara en escribirlas".

De manera sincera, honrada y sin pretensiones, Clara Usón nos habla del suicidio como posibilidad, como prerrogativa, como renuncia, como reivindicación y como derecho a renunciar incluso al suicidio. Un tema que me ronda hace tiempo, no como algo que podría hacer, sino como algo que veo que deciden otros y como algo que me provoca inmensas ganas de indagar, de saber el cómo y el porqué, lo que puede llevarnos a ello y lo que puede disuadirnos, lo que tiene de legítimo y lo que puede tener de egoísta de cara a cada uno y de cara a los que nos rodean. Un tema que pienso, como Camus, que puede ser de lo más decisivo, no ya en la Filosofía, sino en nuestra forma de enfrentarnos a la vida. Y a la muerte.

Título del libro: El asesino tímido

Autora: Clara Usón

Editorial: Seix Barral

Año de publicación: 2018

Año de publicación original: 2018

Nº de páginas: 232


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