Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Feliz y literario 2015



Espero que en 2015 leais más y veais más cine que en 2014 y disfrutéis más de vuestras historias.
Un beso a todos.







domingo, 28 de diciembre de 2014

"El origen de la tristeza" Pablo Ramos

Pablo Ramos es un escritor argentino nacido en 1966 que, como el personaje de su novela, ha vivido el rigor de la realidad: el trabajo duro y la crisis argentina; la escasez y la insatisfacción que conforman una niñez triste de necesidad y desolación; la depresión tras la muerte de su padre que lo llevó a las drogas y a la rehabilitación posterior... y, como escribió un crítico en la sección de Cultura de la revista colombiana "Semana", "hizo literatura con sus naufragios".
De esos naufragios salió una trilogía escrita con parte de su vida y parte de otras vidas, reales o imaginarias (que no dejan de ser igual de reales, aunque no se sepa dónde, cuándo o cómo lo son). 
Hoy quiero hablar de la primera novela de esta trilogía "El origen de la tristeza" publicada en 2003 y que ha llegado a mis manos de casualidad. Las otras dos, que leeré en breve son: "La ley de la ferocidad" (2004) y "En cinco minutos levántate María" (2010)

En "El origen de la tristeza" Gabriel va dejando atrás la niñez; la deja, de hecho en las poco más de cien páginas que tiene el libro; deja atrás la niñez o ella lo deja a él, pero el caso es que el personaje que termina la novela no es el mismo que la empezó. 
La historia está organizada en tres partes. En la primera es amigo de Rolando, un alcohólico cuidador de tumbas y mausoleos del cementerio de Avellaneda en Buenos Aires, en uno de cuyos panteones vive de manera ilegal. Rolando es un adulto y es como su padrino en el paso de la infancia a la adolescencia. Con Rolando conoce las fantasías y realidades de la vida y la muerte y recorre los paseos entre las tumbas y visita a una momia... que le resulta inquietantemente conocida.
En la casa familiar hay asado y en el taller del padre, trabajo y minas desnudas en los afiches de la pared, y Gabriel es un niño de unos once años, no sé si feliz, pero, al menos, inconsciente de lo que se esconde en los vericuetos de la vida de ciertos barrios, de ciertas ciudades, en ciertos países (que al final pueden ser todos); bebe vino y fuma cigarrillos que su hermano le roba al padre y se hace pajas mirando las desnudeces que prometen un futuro de placer desde los muros del taller vacío; ayuda a Rolando y ahorra para comprar un regalo de cumpleaños a su madre embarazada.
Arroyo Sarandí
En la segunda parte, la hermana ha nacido y tiene ya casi un año, Rolando ha desaparecido y no se vuelve a saber de él (se sospecha que pueda estar en la cárcel) y Gabriel es un adolescente con una barra de pibes (panda de adolescentes en lenguaje porteño) de la que es el jefe. Con ella beben hasta caer inconscientes, negocian el precio con las putas y van viendo quemarse los restos de su infancia junto a las llamas inmensas y envenenadas que salen de las aguas podridas del arroyo Sarandí; el arroyo que ha entrado en combustión espontánea y amenaza con llevarse por delante todo el barrio ("Nuestro barrio se llama El Viaducto porque lo atraviesa un viaducto") cuyos habitantes son evacuados de sus casas y llevados a la escuela. En aquella escuela llena de refugiados, Gabriel descubre un olor, un olor fuerte hasta casi provocar el vómito, un olor del que supo "...mucho despues... que ese era el olor de los desgraciados, de las personas que están desamparadas del mundo... En ese momento me pareció que la vida era un hecho triste y feo, sobre todo feo"
A lo largo de esta segunda parte, la realidad va aflorando y, ni toda la inconsciencia de los pocos años, ni la alegría intrínseca de la infancia podrán impedir que se muestre con toda su crudeza en la tercera parte cuando los acontecimientos fluyan inexorablemente hacia lo triste y feo. 
Pablo Ramos
De la mano de estos hechos que huelen a desgracia, en su vida entran dos nuevos adultos: la señorita Florencia y Fernando y ambos serán fundamentales para su entrada en la vida adulta y jugarán su papel, para bien o para mal, en la tercera parte.
Con la señorita Florencia llega la desilusión, la decepción de la mentira, la traición, porque uno ya no es tan niño como para no descubrir las mentiras que solo a los niños se les cuentan, y duele verse tratado como a un crío por quien aprecias y ha fingido apreciarte.
Con Fernando y su breve relación cristaliza todo lo triste y el inicio de la realidad y de la edad adulta. "A Fernando lo conocí cuando pasó lo de mamá... Fernando era músico y homosexual, o sea maricón". Y Fernando es fundamental en su devenir posterior, porque él no miente, él no trata de fingir lo que no es "Él nunca trató de darme una respuesta, lo que hizo fue regalarme un libro, el primer libro que tuve, y que cambió mi vida para siempre"
En la tercera parte, la realidad, lo feo, se manifiesta en una serie de sucesos que sospechamos que no son nuevos. No es que la vida del personaje cambie para mal, que se voltee la rueda de la fortuna y empiece a mostrar su cara más cruel. No, es la vida de siempre con sus miserias y alegrías; con sus escaseces y su resignación de siempre. Es Gabriel el que empieza a ser consciente, el que ya no puede tomarse a risa lo que le rodea, ni consolarse con los desnudos del taller o el vino, los cigarrillos y las putas y es que "...las cosas que nos rodean tienen vida propia porque nosotros tenemos vida, y son capaces de entristecerse cuando nosotros nos entristecemos".
Finalmente el taller, como una metáfora de toda la vida del personaje, con sus almanaques de desnudos en la pared, con la maquinaria parada, sin laburo, se disuelve en las escamas de estaño en las que se funden los peces de colores y la infancia de Gabriel. Un Gabriel que es consciente de que ha llegado al final, aunque no creo que sepa de qué final se trata; un Gabriel que se queda allí, hasta muy tarde, hasta que ya no puede ver, brillando en el agua, el estaño de los peces.




miércoles, 24 de diciembre de 2014

"Dos días una noche" Jean-Pierre y Luc Dardenne


El cine francés decepciona muy pocas veces y, desde luego, esta no es una de ellas. Es un cine sin pretensiones, ni grandes gestos; no abundan las superproduciones, pero cada año se realiza un montón de películas y, la mayoría, mantiene una calidad muy aceptable. Es un cine que cuenta historias de gente normal, episodios cotidianos, pero muy bien contados y siempre, incluso en historias duras como esta, transmite optimismo, buen rollo, "joie de vivre", en una palabra.
Esta es una película sencilla, que cuenta una historia sencilla, al menos en apariencia: una chica se encuentra, tras un periodo de baja, con que la empresa ha decidido despedirla o pagar una prima de 1000 euros al resto de empleados (una cosa u otra) y, por si fuera poco, deja en manos de dichos empleados la decisión. 
Deberán votar por cobrar una prima bastante sustanciosa o renunciar a ella para que su compañera mantenga su trabajo, y ella tiene un fin de semana (dos días y una noche) para convencerlos uno a uno de que voten por ella, para que pueda mantener su puesto porque tiene dos niños y un marido con un trabajo no muy brillante, no sabemos si muy estable, pero escasamente remunerado; porque si la despiden tendrán que dejar la casa y volver a una vivienda social; porque en este mundo en crisis con un sueldo no se llega a fin de mes, ni se pagan las facturas más perentorias.
Ella aún está afectada por la enfermedad que la ha tenido de baja (no se menciona hasta el final, pero se sospecha un trastorno de ansiedad o una depresión), toma pastillas para resistir y lucha por no llorar, quizás porque si comienza, sea incapaz de parar. 
Y con ese bagaje tiene que ir visitando a unos quince compañeros y pidiéndoles que renuncien a la prima. En ese empeño se va a encontrar de todo: generosidad útil e inútil porque no siempre se puede prescindir de un dinero con el que se cuenta para completar un sueldo más bien magro y, así, hay compañeros que se disculpan, a los que les gustaría ayudarla, pero... ellos también tienen sus problemas y cuentan con el dinero para...; egoísmo y mezquindad de quién quizás menos lo necesita, de quién mejor podría desprenderse de los 1000 euros de la prima, pero es lo que tiene el egoísmo que suele afectar a quién más podría ejercer de altruista y es que es más fácil ser generoso con la precariedad que con la opulencia.
En este mundo en crisis cabe todo: que se despida a los empleados puede ser asumible (también la crisis afecta a los empresarios), pero que se deje en manos de los trabajadores la decisión de despedir a un compañero y poner como alternativa una prima de 1000 euros para el resto, raya en la crueldad mental y es una manera gratuita y mendaz de sacar a la luz lo peor de cada uno, sus mezquindades más íntimas, aquellas miserias que deberían quedar ocultas para siempre.
El papel protagonista es duro y aguanta casi todo el peso de la película y está maravillosa y sobriamente interpretado por Marion Cotillard. Emociona con su trabajo sencillo, pero conmovedor; con su llanto contenido, su manera sencilla de plantear la situación a sus compañeros y aceptar tanto las posturas a su favor, como las negativas, no siempre educadas o amables, a ayudarla. Estremece su mirada herida y su resignación ante cada negativa; enternece su generosidad, su resistencia a turbar la tranquilidad de los demás, a provocar riñas familiares; te parte el alma su derroche de compañerismo final y la integridad de su alma herida, pero nunca vencida. 
Y al final, siempre el optimismo, las puertas abiertas hacia algo mejor que tiene que estar a punto de llegar.
Los hermanos Dardenne siempre tratan en sus películas problemas sociales y siempre los tratan con gran acierto. Se quedaron sin la Palma de Oro en Cannes, de hecho, la película salió del festival sin un sólo premio, pero eso no le quita ningún mérito, ni al filme ni a sus directores. Ya han demostrado con largueza lo que pueden hacer y acumulan premios por casi todas sus películas ("Rosetta", "El niño", "El chico de la bicicleta", por mencionar solo algunas que recuerdo haber visto), incluidas dos Palmas de Oro.
Por su parte, Marion Cotillard se ha llevado el premio a la mejor interpretación femenina en los Premios del Cine Europeo de los que ya hablé en este blog con motivo del premio a "Ida", y desde luego, es un premio merecido. Esta actriz que interpretó a Edith Piaf (Óscar a la mejor actriz en 2007), se deshace de todo glamour y se calza botas baratas y tejanos (únicos, botas y tejanos en toda la película), y los alterna con tres camisetas, y así pasea su problemática por las calles de no se sabe que ciudad belga; con su mirada triste y vulnerable; con su drama a cuestas; con sus decisiones drásticas, pero sosegadas; Tratando de contener el llanto y llenando la pantalla de crisis y dolor. 
Puta crisis. 

domingo, 21 de diciembre de 2014

"Así empieza lo malo" Javier Marías




"...cuando uno renuncia a saber lo que no puede saber, quizás entonces, parafraseando a Shakespeare, quizás entonces empieza lo malo, pero a cambio, lo peor queda atrás"
Es por estas frases y otras muchas parecidas; es por sus temas recurrentes (porque son temas con los que yo también torturo mi tiempo y mis reflexiones); es, tal vez porque su novela es siempre la misma y trata sobre lo mismo, pero con distintos pretextos para ilustrarlo, por lo que siempre espero los libros de Javier Marías con ilusión y muchas, muchas ganas y para mí, es una fiesta la publicación de uno nuevo.

domingo, 14 de diciembre de 2014

"Ida" Pawel Pawlikowski : 27º Premio del Cine Europeo


"Ida" de Pawel Pawlikowski ha obtenido el 27º Premio del Cine Europeo como mejor Película. También el premio al mejor Guión fue para los autores de esta historia, Paweł Pawlikowski y Rebecca Lenkiewicz; y las mejores Dirección (Pawel Pawlikowski) y Fotografía (Ryszard Lenczewski y Lukasz Zarl, así como el premio del Público. 
En definitiva, "Ida", arrasó anoche en Riga, donde se entregaron los premios, y no me ha extrañado porque cuando vi esta película, hace como dos meses, yo también me sentí cautivada por ella.
La historia es de esas que te sobrecogen y hacen que salgas del cine en silencio y que te moleste que te hablen y te distraigan de su hechizo, de la sensación de introspección que te deja; y tardas en recuperarte de su influjo porque te estás dando cuenta de que has visto una película perfecta (si es que algo puede ser calificado de esta manera en este mundo tan imperfecto; aunque tal vez la propia imperfección del mundo, pone más de manifiesto los valores de la cinta); has visto una película perfecta y eso impresiona un poco.
La historia es, de nuevo, sobre la Segunda Guerra Mundial y sobre los judíos polacos que sufrieron la persecución de los nazis, pero también de sus propios compatriotas polacos. Y se podría pensar que poco se puede añadir acerca de este tema, a estas alturas. Pues se puede. Se puede añadir mucho, solo hay que saber contarlo de otra manera, con otra sensibilidad, ahondando en registros que permanecen velados, escarbando en consecuencias aún no imaginadas, desvelando traiciones tan inhumanas como comprensibles y acompañadas de decisiones heroicas que ponen en peligro la vida que se salvó con la traición (lo mejor y lo peor de los seres humanos en la misma persona, a veces, a la vez. Algo de lo que ya se ha hablado en este blog) 
Todos estos hechos, pasados ya varios años desde la Guerra, los va descubriendo una novicia a punto de jurar sus votos de la mano de una tía que es el único pariente vivo que le queda. 
Pero la historia es más que el relato de unos hechos pasados.
Porque al pavoroso pasado, se une el terrible futuro; porque escarbar en los hechos pretéritos a veces nos enfrenta a nuestros mas dolorosos fantasmas y entonces ya nada queda ileso. Después de conocer ciertos hechos, no se puede salir indemne y el espectador, deseando ser omnisciente, querría meterse en la película e impedir que la sobrina visite a la tía; conseguir que queden ambas en su sitio; que sigan con su vida, la una como juez, la otra como monja; que olviden, que no descubran, que permanezcan a salvo. Pero el espectador solo puede mirar emocionado y ver como la realidad pasa sobre los personajes como una máquina apisonadora, laminando el futuro. 
Con todo, lo más valioso de la película, para mi, no es la historia que cuenta (con ser inmejorable), sino la manera de contarla, con una sobriedad impresionante; con una expresividad en los ojos, en las miradas, en los gestos, que suple con ventaja al diálogo más elaborado que, de esta forma, se hace innecesario (pocas palabras interrumpen un silencio clamoroso de sensaciones); con una fotografía en que los paisajes son de una vastedad y una pureza que sobrecoge el alma y deja los ojos pegados a la pantalla, saturados de tanta belleza; en un blanco y negro que subraya la falta de todo lo que es prescindible (y el color lo es), pero de una calidad en la que se percibe cada matiz de gris, cada sombra, cada claroscuro, la expresión de cada gesto y la intencionalidad de cada mirada.
La vi ya hace un par de meses, pero la impresión que me causó aún permanece en mi (olvidadiza en extremo) y aún me golpea cuando, como ahora, me paro un poco más de lo habitual en su recuerdo.




jueves, 11 de diciembre de 2014

"Nos vemos allá arriba" de Pierre Lemaitre


"A un general le quitas la guerra, que le da una razón para vivir y la energía de un muchacho, y lo dejas hecho un cascajo" Y eso es lo que nos muestra Pierre Lemaitre con esta novela, ganadora del premio Goncourt 2014: una Francia que, tras la Gran Guerra de la que esperaba salir preñada de héroes, gloria y honor, quedó convertida en un cascajo lleno de pícaros, cuando no de criminales; repleta de tullidos, de mutilados en su cuerpo y en su alma; algo que era como un reflejo cruel de la gloriosa victoria con la que se soñaba en los días previos al armisticio que es cuando empieza la trama.
En la novela se contrastan dos historias contrapuestas como las imágenes de un espejo: en ambas aparece la corrupción, la estafa, el afán de lucro, la indiferencia por las víctimas del fraude. Pero qué diferencia entre una y otra imagen. Simétricas, sí, y por eso mismo, inversas.
De un lado, Henri D'Aulnay Pradelle, el noble venido a menos, villano y cobarde desde la cuna, aclamado como un héroe a la vuelta de la Guerra, después de cometer la mayor infamia que se le puede suponer a un oficial responsable de unos hombres maltrechos y agotados, pero felices porque ven que aquello se acaba. Henri D'Aulnay Pradelle, que no contento con su vileza en la Guerra, decide continuarla en la Paz, y ya que no puede jugar con las batallas, comienza a jugar con los muertos de tales batallas. Los episodios son tétricos, mezquinos, miserables. Sería insoportable su lectura, a poca imaginación que se tenga, si no fuera porque a todo esto el autor le da un punto cómico que, si bien los aligera de tensión, pone más de manifiesto lo cicatero de todo el proceso. Y es que, como dice el autor, "para el capitalismo la guerra es un regalo, se sirve de ella antes, durante y después"
Del otro lado, Albert Maillard y Edouard Péricourt, estos sí dos héroes, pero anónimos. Si el segundo le salva la vida al primero, quedando gravemente mutilado, el primero dedicará su vida a cuidar del segundo y proveer todas sus necesidades, incluso la morfina a la que sus terribles heridas le han hecho adicto. Y todo esto desde la pobreza, con trabajos precarios, en las condiciones más adversas porque Francia arengó a sus hijos para que dieran la vida por ella, pero no está dispuesta a mantener a los soldados anónimos que han tenido la mala idea de sobrevivir a la masacre; Francia está dispuesta a enterrar a sus muertos, anónimos y conocidos y a levantarles monumentos en cada pueblo, pero no está dispuesta a cargar con los gastos de tanta supervivencia vergonzante; porque Francia está arruinada tras el esfuerzo bélico y la gloria se ha convertido en miseria y la miseria en desafección hacia sus hijos.
Pierre Lemaitre
Y Edouard decide cobrarse todas las afrentas, las de la guerra y las de la paz porque al contrario que Henri D'Aulnay Pradelle, él sí tiene afrentas y deudas que cobrar.
Edouard es un pícaro del siglo XX porque, de nuevo en palabras del autor, no estamos ante una novela histórica, sino ante una novela picaresca y "la novela picaresca es la novela de la exclusión, es el sálvese quien pueda, es el relato de unos personajes que han de vivir en un mundo que no les quiere"
Pero hay más personajes, presentes y ausentes y voy a hablar solo de tres.
Uno es el padre de Edouard, Marcel Péricourt, un rico burgués que siempre rechazó a su hijo, que llegó a desear que desapareciera y dejara de amenazar el buen nombre de la familia con su vida bohemia y sus costumbres depravadas y antinaturales; un hombre que empieza a apreciar a su hijo y a quererlo cuando lo cree muerto y enterrado de incógnito en el panteón familiar; un padre que "sufría porque ya nunca podría convertirse en el padre que no había sabido ser"; un hombre que, a manera de tragedia griega, acaba con su hijo cuando más hubiera deseado recuperarlo. 
Otro personaje es la madre de Albert, un personaje ausente, al que sólo conocemos por las citas que el autor pone en su boca y que nos van retratando a Albert, como un ser indeciso, falto de carácter, incapaz de tomar las riendas de su vida. Y quizás sea su indecisión, y no su altruismo, el que lo convierte en el guardián de Edouard. Al final, es Albert el único que sale bien parado o, al menos, el que sale mejor parado, y es que, quizás, es el único inocente porque a pesar de su pecado, que no es menor, tal vez la causa del mismo haya sido la indecisión, la impotencia, el contagio de entusiasmo.
El tercer personaje al que quiero referirme es Joseph Merlin, el funcionario enviado a inspeccionar el traslado de cadáveres. Un personaje bastante repulsivo ("...la cabeza muy pequeña y un corpachón que parecía hueco como la carcasa de un pollo tras la comida... la cabeza rojiza, frente estrecha y un pelo muy corto que le nacía muy abajo, y que casi se le juntaba con las cejas... vestido como un adefesio... una chaqueta de terciopelo marrón llena de manchas de tinta a la que le faltaban la mitad de los botones), pero honrado e incorruptible hasta límites difícilmente encontrados en ninguna circunstancia, en ninguna otra historia, ni real, ni imaginada. No aparece demasiado, pero sin él, la novela sería otra cosa. No es concebible la trama sin este personaje, y no porque sea fundamental para deshacer la estafa de los cementerios, que lo es, sino porque da el contrapunto necesario a tanta ignominia, a tanta pobreza material y de espíritu, a tanto egoísmo justificado o no.
No quiero dejar de aludir al aspecto folletinesco del libro que por momento recuerda a Dumas o Victor Hugo; el padre que cree muerto al hijo que no lo está; la posibilidad de un encuentro entre ambos amenazando continuamente; la suerte que sonríe al rico mezquino y se burla de los pobres héroes olvidados; la justicia que acaba dejando deudas zanjadas, aunque para ello haya de llevarse por delante a algún personaje (totalmente insalvable, por otra parte).

Para terminar, me gustaría dejar muestra de algunas frases que me han parecido especialmente memorables, empezando por la primera que hace que el libro se te pegue a las manos y te sea difícil separarlo: "Todos los que pensaban que aquella guerra acabaría pronto habían muerto hacía mucho tiempo. Precisamente a causa de la guerra" 
Y algunas más:
"La vida de Edward se desmoronaba porque ya ni siquiera la sostenía el odio. Esa guerra también la había perdido."
"en casa de los ricos todo es bonito, se dijo Albert, hasta los pobres" (ante una guapa criada de la mansión de los Péricourt)
"Labourdin era un imbécil esférico: lo volvieras hacia donde lo volvieras, siempre se mostraba igual de idiota"


 

domingo, 30 de noviembre de 2014

"El asesino de la regañá" Julio Muñoz Gijón



Yo hoy, para nada pensaba hablar de este libro. Pensaba que la siguiente entrada sería la de la nueva novela de la tertulia del Villajunco que estoy a punto de terminar, pero va a ser que no. Voy a hablar antes de "El asesino de la regañá" de Julio Muñoz Gijón, más conocido como "el sevillano profundo". 
Julio Muñoz Gijón
Yo padezco de insomnio, lo que hace que, a veces, pase varias horas de la noche leyendo. Pues bien, entre que me acosté anoche y me levanté esta mañana, he leído este libro. Sólo tiene 107 páginas y es de esos policíacos que suelo leer por la noche, compaginándolos con otros más serios que leo durante el día (en estos momentos, el mencionado de la tertulia). En realidad, los policíacos nocturnos suelen ser mucho mejores que este.

jueves, 27 de noviembre de 2014

El León que nunca conocí

León produce escritores como Cantabria produce actores y directores de cine. Se ve que mamamos distintos estímulos, pero todos muy artísticos.
Estos escritores han ambientado muchas de sus novelas en la ciudad y han ido dejando en nosotros el poso de distintas épocas y distintos ambientes del siglo XX: 

El León tabernario y prostibulario, tan bien descrito por Julio Llamazares, "donde murió Genarín con la mano en el manubrio" mientras aliviaba los excesos del orujo contra los cubos de la muralla allá por 1929 (por cierto, la noche de Jueves Santo y atropellado por el primer carro de la basura que hubo en León); el León de los tristes y oscuros años 50 que Luis Mateo Díez nos regala en "La fuente de la edad",  por los que se mueven como sombras maltrechas unos personajes que ven nacer y morir sus sueños y a los que, ni siquiera la venganza, les sirve para emerger del fracaso que es toda su vida; el León de los 60 en "El año del francés" de Juan Pedro Aparicio; el adivinado en muchas novelas de José María Merino; y tantos otros que, perdidos en algún rincón oscuro de la memoria (o del olvido), han ido creando una ciudad que, a pesar de estar sólo en mis intuiciones literarias, es, a veces, mucho más real que la vivida y recordada.

Ese León, donde parece que siempre es invierno, y no un invierno luminoso de nieve blanca y cielo azul, sino ese invierno gris de lluvia y niebla, de humedad y frío intenso de nieve pisoteada y pringosa (y cielo gris); ese León que huele a carbón y hollín, a morcilla de los bares del Húmedo y sopa de cocido (y, siempre, el cielo gris); ese León sin coches ni escaparates luminosos, triste y oscuro, con olor a sotanas y tricornios (y el cielo más gris que nunca); de burgueses de casino y funcionarios de taberna con zapatos rotos y chaquetas remendadas (encogidos y sin abrigo bajo un cielo gris); ese León en el que vivir era difícil (como en toda España, por otra parte), pero que a veces nos duele de tanta nostalgia (no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca vivimos, parafraseando más o menos a Sabina), y nos produce una intensa ansiedad: la de no poder retroceder la rueda del tiempo y aparecer en la buhardilla de Chon Orallo, comiendo ancas de rana y planeando salir en busca de la fuente de la edad porque es primavera, brilla el sol en León y se acerca la época ideal para brincar por el monte buscando fuentes. 

Ese León que abarca desde que se inventó la fotografía hasta los años 50 (más o menos, también) es el que dejo aquí para alimentar la añoranza porque aunque creo firmemente que todo tiempo presente es mejor, cómo se echa de menos, a veces, lo peor.
Disfrutad.  

jueves, 20 de noviembre de 2014

"Mujer de Barro" Joyce Carol Oates

El 1 de Octubre, en una entrevista publicada por "El Cultural" de ABC, con motivo de la publicación de "Carthage", su última novela, esta mujer de ojos saltones y mirada inteligente, con aspecto frágil, pero en la que se adivina que la fragilidad es solo apariencia, afirmaba: "Escribo porque tengo muchas historias que contar".
Los que la seguimos desde hace años lo podemos corroborar: multitud de historias; algunas realistas, sangrantes y dolorosas como una herida en carne viva; otras que, por momentos, parecen cuentos de hadas buenas con algún hada mala (o de hadas malas con algún hada buena), pero en todas, sea como sea, se mezcla lo real con lo onírico, lo vivido con lo deseado, y no siempre se sabe cuando se está en presencia de lo uno o de lo otro. No, al menos, de inmediato.

Va ya para veinte años (1996 ó 1997) que oí hablar de esta autora en una reseña de su novela "Qué fue de los Mulvaney". Me dio buena espina y la apunté en mi lista... pero nunca me compré ese libro (a día de hoy, sigo sin leerlo). Otras lecturas, otros autores, se metieron por medio y ella fue quedando olvidada. 
Tuvieron que pasar doce años para que llegara a mis manos otra novela "Puro fuego" y esa la leí y, después, muchas más. Diez en total hasta la que ahora nos ocupa que no es "Carthage" (ahora leo todo lo que publica en orden y a esa aún no le ha llegado su momento) sino la anterior, "Mujer de barro".
Una novela con intriga (como muchas de la autora), pero que a nadie se le ocurriría clasificar como novela de intriga; una novela sobre el éxito, y sobre lo que les cuesta a las mujeres conseguirlo en comparación con los hombres y sobre como, cuando se consigue, pesa y agobia y puede hacer difícil seguir adelante; una novela en la que, poco a poco, a la vez que se le descubre al lector, se va recordando el pasado, porque cuando la vida empieza de ciertas maneras, la única salida es huir hacia adelante y olvidar, olvidar porque va en ello el propio acto de existir; una novela en la que las cosas son tan horribles como nos parecen, aunque a veces creamos que nos parecen más horribles de lo que son; una novela sobre la soledad y la ética y la decepción, y el amor. Y dicho así, alguien podría pensar "sobre demasiadas cosas, ¿no?" Pero no, porque todo ello está perfectamente engarzado, muy bien contado y, aunque a veces no se sabe si sueña el personaje o sueña el lector, muy bien resuelto.
Una novela crítica con la sociedad estadounidense y con su política porque, como pensamos en Europa, pocos aman tanto a su país y están tan orgullosos de él como los norteamericanos, pero contra lo que creemos en Europa, nadie hace críticas más crueles y ácidas a su país que los propios norteamericanos y los escritores son buena muestra de ello.
Y están los paisajes: el norte del estado de Nueva York, la proximidad con la frontera de Canadá, el este del lago Ontario, el sur de los Adirondaks; paisajes en los que va sucediendo la vida de la protagonista, paisajes en los que nació y creció la autora. Pueblos con nombre mítico (Carthage, Ithaca), sitios que, vistos en un mapa de Estados Unidos, se pillan todos con la punta de un alfiler, pero en los que los desplazamientos son de tres, cinco horas, con carreteras agrietadas, autopistas modernas, bosques inmensos de espacio y soledad, estaciones de servicio bulliciosas; y lagos y ríos y marismas y barro, barro pegajoso, barro que ahoga y ciega y hunde...
Y un final en el que nada se cierra, nada se soluciona, nada se destruye; un final en el que todo queda abierto y cualquier cosa puede suceder en adelante: el amor y el desamor, el éxito y el fracaso, la felicidad y el horror; un final en el que ni siquiera sabemos si el personaje ha ganado en seguridad y fortaleza o sigue estando tan frágil, tan herida, tan vulnerable como al principio.
Ah! y se me olvidaba: el rey de los cuervos, pero ese dejaré que lo descubráis vosotros.



martes, 11 de noviembre de 2014

"Relatos salvajes" Damián Szifrón


La película argentina de Damián Szifrón

Pocas películas tienen un comienzo tan contundente y original como esta. Darío Grandinetti, grande, enorme, como siempre. A continuación, comienzan los créditos y después... comienza otra cosa y nada de lo que esperabas acontece.
No estoy criticando la película. La crítica va más bien hacia mi misma. No sabía que eran historias independientes y, tras el comienzo, durante los créditos, me estaba haciendo tremendas ilusiones sobre cómo continuaría semejante pedazo de historia. Por eso, cuando, a modo de salto mortal, te lleva a otro escenario, otros personajes y otras peripecias, me llevé una decepción de tamaño apreciable (cuando menos).
Por otra parte, y también es problema mio, no me gustan las historias cortas, ni en cine, ni en novela. Pocos relatos o cuentos me han gustado lo suficiente como para tener ganas de repetir y, normalmente, suelo huir de dicho formato. A no ser que aparezcan nexos de unión entre unas historias y otras porque entonces todo cambia. La relación entre los distintos episodios se materializa como un pequeño milagro de la técnica de narrar y podría aplaudir como un niño ante la más luminosa y colorida de las sorpresas (podría, pero a lo más que llego es a dejar que se me empañen un poco los ojos). No hay nexo argumental en estas historias, no, más allá del tema.
Pero una cosa son mis decepciones particulares y mis gustos caprichosos, y otra cosa, la película "Relatos salvajes" y sus seis historias duras, irreverentes, violentas, desinhibidas como solo puede serlo la venganza. Porque de eso trata la película: de la venganza, con motivos o sin ellos; venganza que, a veces, casi nos parece justicia y venganza cruel, desmedida, gratuita si no fuera por lo que algunos tienen que pagar.
Las historias son muy buenas, son originales, espantosas, por momentos, horripilantes y, por momentos, hilarantes. Están muy bien contadas y dirigidas por Damián Szifrón, quién además firma el guión. Y están muy bien interpretadas por actores de todos conocidos (Leonardo Sbaraglia, Darío Grandinetti, Ricardo Darín), pero también por otros que lo son menos, o que son perfectos desconocidos, al menos para mi (destacaría a Érica Rivas, la novia "humillada"; Germán de Silva, el casero "fiel"; Rita Cortese, la cocinera con ansias de justicia).
No quiero destriparle a nadie la película, que tiene su intriga y, realmente sorprende. Yo, aparte de manías propias, solo le veo un fallo: haber empezado por la historia más fuerte, la más insólita, la más irreverente. Aunque eso es solo mi opinión y tal vez, más que un fallo sea un acierto. No lo sé. Tendré que pensarlo. Tal vez, lo piense mañana.
Por cierto, el sitio web de la película  ganó el premio a mejor diseño de sitio web ("Site of the day", sitio del día) por el jurado internacional de Awwwards.
Por cierto, también, la película es en Argentina la más vista desde que existen registros.

lunes, 10 de noviembre de 2014

"La isla mínima" Alberto Rodríguez: cuando la historia con minúscula se hace Cine con mayúsculas.



Y si digo con minúscula no es porque la historia no sea buena, que lo es, sino porque no sé si se puede considerar historia al año 1980; porque, evidentemente no es una película histórica y por todo eso y, solo por eso, la  minúscula.
Lo que sí es, es Cine con mayúsculas. Del que hace mucho tiempo andamos escasos por estos pagos españoles.
Y es que, recapitulando, en los últimos años, cuatro de las cinco mejores películas se las reparten entre dos directores: Daniel Monzón con "Celda 211" y "El niño" y Alberto Rodríguez con "Grupo 7" y "La isla mínima". La quinta, la excelente "No habrá paz para los malvados" es del veterano Enrique Urbizu. Y, casualmente, todas pertenecen al género negro.
Alguna se me escapará, pero por más que intento recordar, no se me ocurre ninguna ota película con la que haya salido del cine tan satisfecha como con estas.
Pero vamos con lo que nos ocupa hoy que es "La isla mínima". Una película de género, un thriller con una buena historia, muy bien contada, sobriamente interpretada y estupendamente dirigida; ambientada el 1980, en las marismas del Guadalquivir, un escenario en el que la Naturaleza se manifiesta sin tapujos, bella hasta hacer que te duela la mirada, pero feroz y cruel hasta hacer que te duela el alma, como solo la Naturaleza puede serlo. Y en ese escenario sucede la vida, dura y austera,  de los personajes de la historia; y también la muerte, cruel, gratuita, innecesaria.


Y para investigar las muertes, llegan dos policías. Uno joven (Raúl Arévalo), acorde con los tiempos, ansioso de democracia. Deseoso de que cambien los métodos
y se acaben las palizas, las intimidaciones y cualquier tipo de brutalidad policial, pero... a veces, la brutalidad ayuda a clarificar las cosas.
El otro es mayor (Javier Gutiérrez), viene de otros tiempos, de las torturas en la Puerta del Sol, de los disparos en las manifestaciones pero... si hay que dar la vida por un compañero, se da, que carajo!
En fin, como decía Pérez Reverte, lo mejor y lo peor de la gente, a veces en la misma persona, a veces, con pocos minutos de diferencia.


Jesús Castro
Y, para terminar, aunque podría seguir varias páginas más, una interpretación de las que más me gustan, sobria, sin excesos, en la que no falta nada, pero sobre todo, en la que no sobra nada: pocas palabras, pero miradas elocuentes; pocos gestos, pero que lo dicen todo. Muy buenos actores, muy bien dirigidos. Impresionantes Nerea Barros y Antonio de laTorre, los padres de las niñas, manifestando esa tristeza sin aspavientos ni alaracas de la gente que vive pegada al paisaje y está acostumbrada a tomarse la desgracia y la alegría con cierto escepticismo,como sin acabar de creérselo, pero intensamente.Y hablando de actores, dejo para el final a Jesús Castro a quien vimos en "El niño" y veremos en la segunda parte de la serie "El Príncipe" y que, con 21 años, parece tener futuro en el cine. Veremos.

martes, 4 de noviembre de 2014

Deconstruyendo París


He pasado cinco días en París, como ya se ha visto por las fotos.
Conocí París, como casi todo el mundo, mucho antes de conocer París. Conocí París como mucha gente, a través de la literatura.

Primero fue el París del siglo XVII, el Louvre y las Tullerías de los Tres Mosqueteros, por cuyos enormes y desangelados pasillos se movían Ana de Austria y el Cardenal Richelieu, con sus intrigas y maquinaciones a espaldas de Luis XIII; más tarde fue el París del siglo XIX con los salones de la mejor sociedad burguesa en los que el Conde de Montecristo maquinaba su venganza. También del Conde de Montecristo me salió al paso el cementerio del Pére Lachaise, único en el que el Señor deVillefort consideraba digno dejar sus despojos; el mismo cementerio donde Víctor Hugo dejó enterrado a Jean Valjean el protagonista de Los Miserables; el viejo cementerio con su halo romántico de flores marchitas y lápidas húmedas de moho y sombras.
Unos años más tarde fue el París de los años 50 y 60 del siglo XX, el de los jóvenes estudiantes sudamericanos, el que nos relatan Cortázar y Vargas Llosa y Bryce Echenique y mayo del 68 y...
El recuerdo más vivo que tengo de cómo una novela me evocó la ciudad y me hizo desear conocerla se debe a "La araña negra" de Blasco Ibáñez. No recuerdo apenas nada de la historia más allá de una serie de intrigas por parte de los Jesuitas que van tejiendo su tela (la tela de la araña negra) para quedarse con la fortuna de una familia adinerada. Hace más de treinta años que la leí, pero nunca olvidé sus descripciones de la margen izquierda del Sena (la famosa rive gauche) y de la zona de Montmartre. 
No pude olvidar durante mucho tiempo el ambiente bohemio de estudiantes y artistas, cabarets y mujeres de mala vida, antros nublados por el humo y los vapores de la absenta, buhardillas heladas de frío y hambre; y puede que mezcle novelas y sensaciones y lo que recordé durante mucho tiempo, aquel París que permaneció durante años en mi imaginario fuera un refrito de demasiadas historias, demasiadas novelas, demasiada imaginación.
El caso es que no lo olvidé hasta que conocí París. La decepción de mi primer paseo por la orilla izquierda no fui capaz de confesármela ni a mi misma. París lleno de coches y de turistas, sin humo en los antros porque ya no hay antros (o yo no los encontré) y porque ya no se fuma en ningún sitio.
Me olvidé de mi París; me resigné a que el París de las novelas es un París de otro tiempo, de otros siglos, de otros estilos de vida. Tuve que deconstruir París y construirlo de nuevo a partir de sus propias ruinas y de las ruinas de mi pobre recuerdo malherido. Y me quedó precioso. 
Ahora mi París es el que he ido descubriendo poco a poco, viaje a viaje. No tiene sabor a boinas negras de estudiantes existecialistas, ni olor a trementina de estudio de pintor en Pigalle. Es un París del siglo XXI, más vivible, más claro y luminoso, al que, de vez en cuando, voy con ilusión, sabiendo lo que voy a encontrar. Sabiendo lo que no voy a encontrar. Ya no me decepciona y las sorpresas que me reserva son siempre agradables.
Pero me gustaría encontrar a Toulouse-Lautrec haciéndole un retrato a Jane Avril en el Moulin de la Galette que me gusta mucho más que el Moulin Rouge.


lunes, 3 de noviembre de 2014

Ramiro Pinilla, In memoriam



El jueves 23 de Octubre murió Ramiro Pinilla. Era una noticia que no podía retrasarse mucho (tenía 91 años) pero no por eso dejó de pillarme por sorpresa.
Lo conocí (literariamente hablando) en 1981 cuando leí su novela "Antonio B. El Rojo" (más tarde se reeditó y el Rojo, pasó a ser el Ruso, pero nunca me he acostumbrado). Esa novela, ambientada en gran parte en los paisajes hostiles de La Cabrera leonesa, me gustó mucho. 
Me gustó como estaba escrita y, sobre todo, me gustó la historia de aquel personaje, hambriento, encarcelado por robar porque el hambre cuando se mezcla con el instinto de supervivencia, tiene esas cosas, que no respeta la ley; luchando por su vida contra todo lo divino (la naturaleza) y lo humano (la Guardia Civil).
Busqué información sobre el autor, pero a principios de los 80 no había internet, ni siquiera había ordenadores en las casas, la novela se había publicado en el 77 y Ramiro Pinilla, premio Nadal en 1960, era un desconocido. Incluso en las librerías (al menos en las que me eran accesibles en León en aquella época) no supieron darme noticias de sus obras.
Así es que, cuando más de veinte años después, se publicó el primer volumen de su trilogía "Verdes valles, colinas rojas" corrí a comprarlo y lo leí de un tirón. Y esperé con impaciencia a que fueran saliendo los otros dos...y los leí de un tirón.
Y ya fue un no parar: cada vez que salía un libro, ya fuera nuevo (¡¡qué personaje el futbolista de "Aquella edad inolvidable"!!), o reeditado (¡¡qué placer literario "Las ciegas hormigas", el premio Nadal de 1960!!) corría a comprarlo... y lo leía de un tirón.
Ahora se acabó. Leeremos su última historia, recién salida de la imprenta (el tercero de su trilogía detectivesca) y disfrutaremos con Samuel Esparta (el antihéroe de Sam Spade) vestido con gabardina y sombrero americano. Y después, nos resignaremos. Después, nos acostumbraremos a saber que ya no habrá más entregas y que hemos perdido un referente, otro más, de esos que nos tienen esperando su nuevo libro para ir corriendo a la librería... y leerlo de un tirón.
Gracias por todo Ramiro Pinilla. Sit tibi terra levis.


martes, 28 de octubre de 2014

En París.


Aquí estoy, en París descansando y disfrutando. A la vuelta, contaré algo más. De momento contentaros con unas fotos calentitas.


Sin comentarios




El arco del Carrousel

Y abajo, el canal de Saint Martin.






domingo, 26 de octubre de 2014

El amor en los tiempos del cólera


Por tercera vez estoy leyendo "El amor en los tiempos del cólera". Las tertulias literarias tienen eso: hacen que leas libros sobre los que no habías pensado volver. Al menos, no de momento.
Tras la muerte de Gabriel García Márquez había pensado hacerle un homenaje releyendo todo lo que tengo (que es mucho) y consiguiendo lo que no tengo. Lo pensaba hacer despacio, con tranquilidad... quizás con demasiada tranquilidad porque a estas alturas aún no había empezado y tenía la idea un poco fría.
Pero hete aquí, que mis amigos de la tertulia del IES Vilajunco proponen esta novela para la sesión del seis de noviembre y la idea resucita y se caldea y aquí estoy disfrutando de las peripecias de Juvenal Urbino con todo y su loro, y de Florentino Ariza y sus amores eternos por Fermina Daza y Tránsito Ariza y Escolástica Daza y el cólera y los gallinazos y los zancudos y el calor letárgico de la siesta y la niebla que sube del río mientras lo surcan los grandes navíos de ruedas de madera y... Y no sé que me gusta más, si la historia tan disparatada como verídica o el ambiente de sopor, humedad y miasmas que se desprende del paisaje caribeño. Pero bueno que acabo de empezar. Voy a dejar algo para el final y para el medio.
Pero... qué disfrute, por los clavos oxidados de cristo!!! (y no digo más)



Saludos


Estreno hoy este blog en el que espero ser constante y escribir al menos una vez a la semana. 
Esto va de historias, de ahí el título, y de los sitios a los que las historias te llevan. Incluso va de las comidas que encuntras en las historias y copias o inventas con una mínima inspiración.
En fin, va de muchas cosas, pero todas relacionadas con mi vicio favorito (ahora que fumar dejó de estar de moda) que no es otro que asistir a una buena historia bien contada.
Compartiré con vosotros las historias y lo que se derive de ellas. Espero que disfrutéis y me ayudéis.
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