Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

III Semana negra en la Glorieta


Entre el 21 y el 27 de noviembre, el blog "Cita en la glorieta" de Javier Alonso García Pozuelo ha celebrado su III Semana Negra, dedicada, como es lógico, a la Literatura Negra y Policíaca.
Aquí os dejo el enlace para que veáis el programa de la Semana. Si os apetece algo en especial, ya sabéis, hacéis click y lo podéis leer.


Entre las actividades de la Semana, el domingo 26 se publicó un artículo de Txaro Cárdenas, directora, editora, redactora y alma mater de la Revista MoonMagazine. En ese artículo, se comentaban, y se enlazaba con ellas, diez reseñas de novela negra de las que han ido apareciendo en la Revista en este año 2017. Diez de los reseñadores de novela negra de MoonMagazine y diez libros que no debes perderte si te gusta el género negro y policíaco.

Las novelas y los autores los dejo aquí:


Ahora bien, si además queréis leer las reseñas entrad en:


Allí os estamos esperando.

Javier Alonso García Pozuelo, además de administrar "Cita en la Glorieta", es escritor y autor de "La cajita de rapé", una novela que aún no he leído, pero que tengo en mi lista de pendientes y que espero no demorar mucho más. Se trata de una novela policíaca ambientada en la segunda mitad del siglo XIX y está protagonizada por el policía José María Benítez de la comisaría de La Latina. Nos muestra unos momentos en que la Historia de España vive una de las convulsiones políticas a las que ya nos tiene acostumbrados.
Y no quiero contar más. 
Visitad "Cita en la Glorieta" donde, además de estas diez reseñas, encontraréis otras muchas cosas relativas a esta "III Semana negra en la Glorieta"


domingo, 26 de noviembre de 2017

"La librería" Penelope Fitzgerald (1978) & Isabel Coixet (2017)

"En 1959, Florence Green pasaba de vez en cuando alguna noche en la que no estaba segura de si había dormido o no. Se debía a la preocupación que tenía sobre si comprar Old House, una pequeña propiedad con su propio cobertizo en primera línea de playa, para abrir la única librería de Hardborough".  
Florence Green vive de la pensión que le dejó su marido al morir, pero ha empezado a preguntarse si no debería demostrar al resto del pueblo y a sí misma que puede vivir por sus propios medios, sin depender de los restos de su marido (económicamente hablando). 
Florence duda y pide consejo, pero el caso es que en Hardborough, un pequeño y aislado pueblo costero de la costa de Sufolk, no hay ninguna librería. Tampoco hay cine ni una tintorería ni un puesto de fish and chips, pero eso lo tendrá que solucionar otro, porque lo que a Florence se le ha ocurrido es abrir una librería. 
Para ello planea comprar Old House, una propiedad en primera linea de playa con un cobertizo propio. En la casa principal planea poner la librería y su vivienda, mientras que el almacén piensa que le pude servir de almacén para los libros.
Penelope Fitzgerald
Todo se le pondrá en contra en el pueblo. Alguien se ha fijado en Old House para abrir un centro de las Artes; poco a poco, las dificultades irán en aumento. Contará con el apoyo del señor Brundish, propietario de Holt House, la única propiedad más antigua que Old House. Él será también uno de sus clientes más fieles y asesor literario circunstancial. También estará de su parte, incondicionalmente como solo una niña de diez años puede estarlo, su ayudante, Christine Gipping.
Cuando empecé a leer "La librería" no lo hice por el inminente estreno de la película de Isabel Coixet (se estrenó el mismo día que yo terminé la novela). Sabía que la directora estaba a punto de estrenar su último trabajo porque me gusta y sigo su obra desde su primera película, pero ni siquiera sabía sobre qué trataba esta como tampoco conocía el libro que llegó hasta mí en forma de un inesperado regalo que me hizo una amiga para conmemorar el día de las Bibliotecas el pasado 24 de octubre. Casualidades de las que está llena la realidad.
La portada me cautivó como lo hizo el título pues para una lectora compulsiva como yo, nada hay más tentador que leer sobre libros, librerías y todo el mundo que gira alrededor. No me gusta saber demasiado de una novela cuando abordo su lectura, pero sí tener una mínima información que me permita ubicarme. Leí la sinopsis de la editorial (Impedimenta) que me atrajo aún más al mencionar el escándalo que se desata en el pueblo  cuando la librería en cuestión pone a la venta "Lolita", de Vladimir Nabokov, que se había publicado unos años antes ("La librería" transcurre en 1959); me informé acerca de la autora lo justo (Wikipedia y poco más); supe que el libro se había publicado en 1978, que había sido finalista de premio Booker y que goza de notable reputación entre los críticos. Con esos conocimientos, me lancé a la lectura con bastantes expectativas.
Expectativas que, he de decir, no se han visto satisfechas. Viendo el prestigio de la autora y del libro, imagino que será problema mío, pero no termino de cogerle el punto al humor británico (la novela está escrita con cierto tono de humor irónico) y su famosa flema hace que algunas de sus historias me resulten frías. Eso me ha sucedido con esta: me ha resultado fría, ni siquiera me ha transmitido el amor de Florence por la lectura. He tenido la impresión de que podía haber abierto una pastelería y la historia hubiera transcurrido exactamente igual. Siento que no he entendido la novela o que no he sabido sacarle todo el partido, lo que no deja de ser lo mismo con otras palabras. Después de escribir mi reseña, buscaré otras para ver si alguien comparte mis impresiones.


No me ha sucedido lo mismo con la obra de Coixet. Rara vez digo esto, pero en esta ocasión, la película me ha gustado más que la novela. La sensibilidad de Isabel Coixet ha sabido captar y transmitir el amor de Florence por los libros y la lectura, ha sabido mostrar el rechazo temeroso y casi inconsciente de Hardborough por lo que se esconde en esos libros, ha sabido comunicar el escándalo hipócrita que pudo suponer la venta de "Lolita" en un pequeño pueblo de pescadores a finales de los años cincuenta. 
Isabel Coixet sí ha sabido dejar claro que la historia no podría haber sido la misma si Florence hubiera abierto una pastelería, porque los deseos de abrir un centro de las Artes en Old House no son más que un velado pretexto que lo que esconde es un cierto miedo a lo que puedan revelar los libros, a lo que pueda emerger de sus, aparentemente, inocuas portadas. Lo que sí ha sabido mostrar la directora es que, de haber abierto una pastelería a nadie se le hubiera ocurrido fijar su mirara en Old House, abandonado desde hace siete años por otra parte, ni para un centro de las Artes ni para ninguna otra cosa. Y yo seré muy corta o muy insensible, pero no he logrado encontrar eso en la novela.
Coixet ha sabido dotar a los personajes de la profundidad que no he encontrado en la obra de Penelope Fitgerald. Y no me atrevo a decir que esta no lo haya conseguido, pero a mí no me lo ha transmitido.
Es cierto que Isabel Coixet ha contado con un grupo de excelentes actores a los que además ha sabido dirigir muy bien; es cierto que ha contado con una eficaz y bella fotografía que nos traslada una ambientación preciosa y muy británica.

Emily Mortimer y Honor Kneafsey

La actuación de Emily Mortimer como Florence Green me ha parecido excelente; Patricia Clarkson ya nos tiene acostumbrados a sus magníficas interpretaciones y en esta película su trabajo y su marcada personalidad van envueltos en uno de los vestuarios más bonitos que he visto últimamente; Bill Nighy le da al señor Brundish una dimensión que no logré encontrar en el libro y la niña, Honor Kneafsey, como suele ser habitual en los niños actores, está fresca, natural y muy entrañable.
Intérpretes de carne y hueso e imágenes y ambientación acertadas, deberían constituir una ventaja sobre el simple uso de la palabra, pero ambos recursos nunca han sido suficientes para que una película supere a un libro y es que la magia que se puede esconder tras las palabras, los sentimientos que se logra transmitir con frases bien construidas, bellas y emotivas, no hay nada que los supere. Esta  novela, al menos para mí, no ha sabido encontrar esa magia.

Bill Nighy, Isabel Coixet y Patricia Clarkson


Esta novela entra además en el reto "Nos gustan los clásicos" por estar publicada antes de 1990, concretamente, "La librería" es de 1978.

jueves, 23 de noviembre de 2017

"55 Festival Internacional de cine de Gijón"


Entre el 17 y el 25 de noviembre se celebra el 55 Festival Internacional de Cine de Gijón (FICX) y, al igual que el pasado año, nos hemos acercado el fin de semana a pasear, comer, tomar unos culines y ver cine. 
Este festival no tiene tanta fama ni es tan glamuroso y mediático como pueden serlo el de San Sebastián o el de Valladolid. Por no mencionar, por supuesto, los reyes del glamour: Cannnes, Venecia y Berlín. No tiene tanto prestigio ni se ven tantas estrellas, pero las películas son igual de buenas (o regulares o malas) y, sobre todo, aún se puede estar, encontrar hotel en el centro, entrar en un restaurante y comer casi solo, acercarte a una barra ¡¡y llegar a ella!!
A diferencia del año pasado, esta vez el tiempo ha sido magnífico; luminoso y despejado, aunque un poco frío, lo que nos ha permitido pasear y aprovechar el tiempo mejor.
Llegamos a Gijón el día 17 hacia la hora de comer y, después de instalarnos en el hotel situado enfrente de la Escalerona y de comer muy bien, nos dirigimos al Teatro Jovellanos donde, en la sesión de las cinco, disfrutamos de la primera película con un lleno completo del lugar.


"Scary Mother" de Ana Urushadze es una película Georgiana tan aterradora como promete su título y tan admirable por su temática y la forma de tratarla como por la juventud de su directora. Me parece increíble que con veintisiete años,  Ana Urushadze, nacida en Tiflis, haya tenido la madurez suficiente para contar una historia dura, sin concesiones de ningún tipo. Manana es una mujer que además de ser ama de casa está escribiendo un libro. Su familia (marido y dos hijos adolescentes) aparentemente la apoya, le deja espacio, le da tiempo y le transmite ánimo y valor. Pero cuando por fin se decide a leerles la novela que ha escrito, en la que refleja toda su vida fallida, todo el fracaso que siente, toda la represión contra la que se rebela, la actitud de los suyos se manifiesta poco proclive a seguir consintiendo una actividad que, en el fondo, siempre han considerado un capricho  
Cuesta entender como, a la edad de la directora, se puede tener el bagaje necesario para transmitir toda la frustración de una mujer que ha pasado la vida cuidando de su marido, sus dos hijos y su perro, y se encuentra con nada entre las manos cuando decide aferrarse a sí misma y dejar de ser la madre de, la esposa de, el ama de. Tal vez en algunos países se madura más deprisa, algunas circunstancias aceleran el proceso que lleva de la adolescencia a la edad adulta y los veintisiete años de Georgia nada tienen que ver con los de la próspera Europa occidental infantilizada hasta la senectud. 
Una película dura, pero muy recomendable, que está preseleccionada para los Oscar de 2018.
Salimos del cine muy satisfechos y, después de pasar por el hotel a sacar los pies de las botas y los ojos de las lentillas, y poner las piernas en alto durante un rato (lo único malo del fin de semana ha sido la incomodidad de las butacas del Jovellanos), salimos a pasear por la noche de Gijón y a tomar un par de botellas de sidra. La noche estaba preciosa y el paseo fue de lo más agradable.

Vista nocturna de la playa de San Lorenzo

La sesión de las diez nos deparó más satisfacción si cabe con una película sencilla, de paisajes maravillosos y personajes entrañables. Ambientada en Menorca en plena Gran Guerra, cuando la gripe mal llamada española suponía una permanente amenaza, nos presenta a dos niños, Tina y Biel, que descubren la amistad, la libertad, el mar y el viento, mientras intuyen el delito, la traición y la derrota. "La vida lliure" de Marc Recha es una película preciosa en la que, a base de gestos, miradas y las palabras justas, se nos invita a participar de los sentimientos de dos niños que están aprendiendo a vivir mientra añoran a su madre que está trabajando en Argel. Tienen para ello dos buenos maestros: su tío, a cuyo cuidado los ha dejado su madre, y su amigo Rom (Sergi López), un enigmático personaje venido de no se sabe dónde y ocupado en no se sabe muy bien qué. La presencia de un barco fondeado en la bahía dota al ambiente de cierto misterio y le da a Tina oportunidad de soñar con un futuro lejos de lo que le puede proporcionar la isla. Hay hasta un tesoro enterrado. 

Macià Arguimbau, Sergi López y Mariona Gomila
La película está rodada en menorquín (tan solo Sergi López habla en catalán) y tiene una genial dirección de actores y una interpretación increíble por parte de los dos niños. Sergi López, fantástico, como siempre.
Por si faltaba algún aliciente, allí estaban el director, los niños y parte del equipo. Al final de la proyección hubo un coloquio con Marc Recha bastante interesante.
El domingo amaneció azul y luminoso lo que nos permitió pasear y dedicarnos a la oferta cultural de la ciudad. Por el paseo marítimo, contemplando la playa llena de gente, nos dirigimos hacia Cimadevilla donde visitamos las Termas Romanas de Campo Valdés que datan del siglo I, con reforma y apliación en el sigloII. Visitamos también la casa-museo de Jovellanos. Paseamos por el barrio, cada vez más bonito, repetimos sesión de sidrina y nos fuimos a comer.

Una vista de las termas romanas
Una de las obras de la casa-museo Jovellanos
Los carboneros. Juan Martínez Abades (1904)

Vista del patio de la casa-museo Jovellanos.

A las cinco, de nuevo en el Teatro Jovellanos, vimos la última película de este año, "En attendant les hirondelles" ("Until the birds return"). Y pongo ambos título porque con ambos indistintamente aparece en los diversos documentos, en papel y digitales, del Festival. Se trata de una película francesa ambientada en Argelia y dirigida por Karim Moussaoui. 
Cuenta tres historias independientes, con algún personaje común que las enlaza. También las enlaza el tema. Las tres historias tratan de la culpa, la lucha entre los deseos y lo que nos es impuesto, el remordimiento por lo que debimos hacer y no hicimos. En cada situación, se trata con distintos argumentos y distintas variables. Eso de contar varias historias que se imbrican por medio de algún personaje, protagonista en una y marginal en otra, es un recurso ya muy visto (aunque a mí me sigue gustando mucho) por lo que no se puede decir que la película sea muy original. No obstante, lo que menos me gustó es que las historias no llegan a tener suficiente entidad. Es como si estuvieran esbozadas, pero el autor se hubiera olvidado de dibujarlas; les falta algo para estar completas. El final deja libertad a la imaginación del espectador y eso, como todos sabéis, es algo importante para mí y a lo que le doy bastante valor. 
La película nos muestra un país destrozado, medio en ruinas y lleno de basuras y escombros, que aún no se ha recuperado de la terrible guerra que sufrió entre los años 1991 y 2002. No se ha recuperado ni en sus infraestructuras ni en los traumas vividos por la población.
También en esta ocasión estaba el director, muy joven, para un coloquio tras la proyección, pero había que volver a Santander y todavía nos quedaban dos horas de viaje. Eso, unido a que la película no nos había entusiasmado, hizo que nos fuéramos sin esperar.
Como siempre, la visita a Gijón muy agradable y esta vez, además, con buen cine.
Volveremos.


*Esta vez las fotos, con sus fallos y sus aciertos, son todas propias.


lunes, 20 de noviembre de 2017

"Vértigo"

Antigua estación de León ya abandonada. Rosa Berros Canuria (2017)

Tengo una incómoda y enervante sensación de vértigo. Me despierto por la mañana y la angustia se me agarra al estómago y me lo estruja y retuerce de manera que solo respirando hondo consigo enderezarlo y llevarlo a su tamaño y aspecto habituales. Pero enseguida la ansiedad, con su zarpa golosa, lo estruja de nuevo en un juego obsesivo en el que se ha empeñado en vencerme sin piedad. Así es que no consigo retener nada en el estómago y vomito sin parar; nada cabe en el gurruño arrugado en que está convertido la mayor parte del tiempo.
Hace varios días que le he perdido la pista. Después de saber en todo momento en qué lugar se encontraba, es como si, de repente, se hubiera confundido con el entorno para desdibujarse hasta hacerse invisible; como si se hubiera hecho bruma en el aire que respiro; como si hubiera ardido en el mismo fuego que me consume desde hace varios días; como si se hubiera licuado en el fondo del lago a donde voy a nadar cada atardecer; a donde iba, más bien,  porque tengo miedo de que surja algún indicio, alguna pista y me encuentre en medio del agua, sin móvil, sin ordenador, sin ninguno de esos artilugios por los que hoy en día nos llegan las noticias, las deseadas y las no tanto.
No sé dónde se encuentra, por dónde se me ha extraviado, en qué recóndito e inaccesible lugar se halla escondida. Sólo sé que necesito encontrarla como sea, saber dónde se encuentra, lejos o cerca. Necesito dar tregua a esta zozobra, despertarme por la mañana y ser la persona alegre y despreocupada que solía, dejar de sentir que según abro los ojos, un minuto antes de que suene el despertador, me va a saltar encima el malestar incómodo de la ansiedad y la angustia.
Desde que nos enamoramos, hace ya... unos años, nunca dejé de saber donde estaba. En todo momento, tanto si se hallaba en casa como si estaba ausente, bastaba una llamada telefónica, un corto viaje en un tren de cercanías, una pequeña subida a su estudio en la buhardilla, para encontrarme con ella o con su voz alegre y un tanto burlona; para sumergirme en su abrazo cálido y posesivo.
Incluso cuando se fue, después de que la amenaza latente se hiciera realidad y el abandono se materializara, nunca he dejado de saber su paradero con certeza. Ya me he encargado yo de seguirle la pista, aunque para ello haya sido necesario ayudarme de toda clase de subterfugios.
Ahora, por primera vez, no tengo ni idea de donde puede estar. Me resulta insufrible esta sensación desconocida. Es como si hubiera perdido mi anclaje al mundo; el mundo es ella y yo mirándola, yo viéndola, yo controlando su posición en cada momento. Si no puedo ubicarla, me desprendo del mundo y vuelve el vértigo. 
Llevo tres días siguiendo indicios que se pierden en esta estación. Hasta aquí llegó con su presencia furtiva, pero si partió, no se sabe cuando ni hacia dónde.
Me siento atacado por una insoportable sensación de impotencia y un insufrible ataque de ansiedad.
Tengo que encontrarla, saber lo que hace, qué piensa y qué planea, dónde está y a dónde se dirige, qué sabe. Sólo de esa manera podré adelantarme a ella e impedir que me encuentre. Esta estación está demasiado cerca. Debo encontrarla.



viernes, 17 de noviembre de 2017

"Crematorio" Rafael Chirbes

"Crematorio" es quizás uno de los libros más difíciles de Rafael Chirbes. Todo él es un monólogo o una sucesión de monólogos de diferentes personajes, aunque no siempre los monólogos estén en primera persona. Algunos lo están en tercera, pero no dejan de ser palabras salidas de dentro del personaje en cuestión, de sus recuerdos y sentimientos, de lo que piensa o le ocupa.
Matías Bertomeu acaba de morir en el hospital de Misent. Su vida, empapada en alcohol y ahumada de tabaco, ha resultado demasiado corta para albergar tanto whisky y nicotina como ha trasegado, y a los sesenta y cinco años su hígado y sus pulmones se han negado a seguir sosteniéndolo y se han dejado vencer por las metástasis. Matías ha muerto de excesos y sus familiares, no todos, se disponen a velar su muerte en el tanatorio como velaron su agonía en el hospital. "Querían que Matías muriese en su casa, en su cama, era eso lo que él habría querido. Pero el médico rechazó de plano esa posibilidad. Hagan ustedes el favor de no añadirle más sufrimiento a este hombre, lo que me proponen es una crueldad que yo no puedo aprobar".
Mientras le acompañan, o mientras evitan acompañarle, según de quien se trate, toman por turno la palabra, o la toma el narrador por ellos, y recuerdan tiempos pasados. Recuerdos acerca de Matías, pero también de ellos mismos, de Misent, de un pasado reciente y tan rico en matices y peripecias como es el pasado más reciente.
En esta novela, la historia de España, que Chirbes nos está contando en sus libros, avanza hasta mediados de la década de 2000. No se puede ubicar el año concreto, o a mí se me ha escapado, pero un comentario referido a la muerte de Carmina Ordóñez ("A ellas, lo que de verdad les preocupa es si la Ordóñez dicen que murió de una pasada de coca"), ocurrida en 2004, nos sitúa la acción en ese año o poco después. Contemporánea, se puede decir, de la época (2007) en la que está escrita.
Faltan aún unos años para la crisis y España levita de autosatisfacción. La actividad inmobiliaria está en pleno apogeo y parece que la época de vacas gordas no va a terminar nunca. En Misent, en la costa mediterránea, las urbanizaciones de lujo florecen como los narcisos en primavera y Rubén Bertomeu, el hermano mayor de Matías es uno de los constructores que se han enriquecido con el desarrollo de la ciudad. 
No se llevaban bien los hermanos. Matías ha mantenido la posición revolucionaria, la inocencia de la juventud impostada a través de los años. Amante de la naturaleza y los paisajes salvajes, vivió sus últimos tiempos en la casa familiar de El Pinar dedicado a la agricultura. Estudioso de guerras y revoluciones, partidario de la lucha armada, ha muerto sin conocer ninguna guerra, pero manteniendo, al menos en apariencia, todas las ideas de justicia social de su pasado.
Rubén, por su parte, se ha deslizado a un lado y a otro de la linea que bordea la legalidad. Al igual que su hermano, en su juventud coqueteó con las ideas de izquierdas y con los ambientes intelectuales. Estudió arquitectura, tal vez para completar las tres patas del arte con sus amigos, pintor uno (Montoliu) y escritor otro (Federico Brouard) "Arquitectura, pintura y literatura unidas como un arma, una especie de catapulta con la que apedrear aquel Misent que no acababa de despegarse de la grisalla de la guerra. Romper la grisura"
Portada alemana de
"Crematorio"
Rubén estudió arquitectura, pero decidió que quería hacer casas, no sólo proyectarlas para que otros las hicieran, así que se hizo constructor y millonario. Algo que nunca le pudo perdonar Matías.
Tampoco se lo perdona su hija Silvia, tan idealista a los cuarenta como lo era a los veinte. Desde pequeña, su tío Matías le ha regalado los libros que ha leído, la ha llevado al cine y le ha aconsejado películas y lecturas; ella considera que él la ha hecho como es y ha tomado a su tío Matías como el referente y el guía que nunca ha sido su padre. Aunque este no está muy de acuerdo "Lo que yo le he dado —comer, beber, vestir, estudiar, viajar; si te he llevado por medio mundo, le decía yo— vale menos que unos cuantos libros, que unas cuantas películas. El alma humana es así de irracional". Pero no todo en Matías es oro en la mente de Silvia. En esta noche de velatorio, recuerda a su tío como el hombre que hablaba mucho y actuaba poco, que casi no había viajado y lo ignoraba casi todo de aquellos lugares de los que tanto hablaba y a los que solo conocía por el cine y la televisión. Matías: mucho ruido y pocas nueces. Y llora, "llora porque su tío es un hombre vulgar, al que ella le ha hablado con amor".
Y Collado, el antiguo lugarteniente de Rubén, el que se ocupaba de los trabajos sucios y quedó enganchado a la mala vida que subyace por debajo de los negocios de su jefe, esa mala vida en la que nunca ha caído Rubén. Y los políticos cómplices, interesados, corruptos con naturalidad, sin sensación de delito ni pecado, como si la actividad ilegal en cuestión (la que sea y hay muchas) fuera consustancial al cargo y solo fuera punible en caso de ser descubierta. Y la sombra de un antiguo picadero; unos caballos muertos, enterrados y ahora sacados a la luz que pueden terminar con todo un entramado, aunque puede que todo siga tan atado y bien atado y protegido desde el poder como siempre lo ha estado.
Y Mónica la mujer de Rubén, casi cuarenta años más joven; y Brouard que tras romper su amistad con el hermano mayor se quedó con la del pequeño y ahora llora su muerte que prevé como un anticipo de la propia y de lo que siente como propio fracaso.
Y el viejo Misent que se compara con el nuevo y la nostalgia lleva a ensalzar el viejo pueblo de pescadores, pero Rubén, representando lo nuevo desde su ancianidad, recuerda que no todo lo antiguo fue siempre mejor sino que "era, a su manera, bastante más terrible. [...] la crueldad con los más pobres, las hambres espantosas, la represión política, la suciedad, la imposibilidad de pensar nada sin sentirte vigilado, ¿no me has contado tú todas esas historias?, ¿no las has contado incluso en tus libros? Aquello aún fue peor. Ahora se machaca sobre todo el paisaje, entonces se machacaba la vida humana".
Rafael Chirbes
En esta novela, Chirbes habla de todo, todo lo pone en boca de personajes muy diferentes y, a través de su distinta forma de ver el mundo, nos va haciendo dudar de cada cosa. Y si pensamos en la necesidad de mantener el arte, los paisajes, el modo de vida, enseguida nos topamos con la duda porque Rubén es un analista implacable, pragmático, sin concesiones. Rubén se convierte para mí en el revulsivo de todo aquello que, en principio, nos parece indiscutible. La realidad pasa por su ojo, se somete al bisturí de su análisis y sale diseccionada y con todos sus detalles al descubierto: "Durante una obra, destruyen una villa romana, destruyen un hamán almohade, una muralla califal, [...] Como si el hamán o la muralla califal no hubieran destruido la muralla o el templo que los precedió. ¿Cuál es el estrato en el que reside la verdad?", pero ¿es certero este diagnóstico? ¿cuánto tiene de observación interesada, de cotejo autodisculpatorio, de sofisma engañoso? ¿alarde de cinismo o de clarividencia? Cada uno lo tendrá que decidir por sí mismo, tendrá que revisar sus opiniones acerca de casi todo: el amor, la muerte, el arte, la fidelidad, la prostitución, el olvido, la chabacanería, el pelotazo, la enfermedad, la derrota, la política,  la traición... De todo hablan los personajes de esta extensa e interesante, que no fácil novela. 
"Crematorio" obtuvo el premio de la Crítica en 2007. En 2011 se adaptaría a TV en una serie de ocho episodios interpretada, tan bien como él sabía hacerlo, por Pepe Sancho en el papel de Rubén Bertomeu y dirigida por José Sánchez-Cabezudo. La serie es magnífica. He vuelto a verla y lo sigo manteniendo, y más teniendo en cuenta la dificultad de llevar a la pantalla puras reflexiones y recuerdos, pero en un buen ejercicio de adaptación se ha sabido dotar de trama a los pensamientos. Se han cambiado cosas, desde luego (vuelvo a lo de siempre: mejor calidad que fidelidad), pero sin perder la esencia de la historia, y, a pesar o a causa de esos cambios, la serie está considerada una de las mejores series españolas de todos los tiempos. De ella dijo Chirbes, "la serie, sí, bueno, pues es otra cosa... Han cogido la novela y han hecho su lectura, esto... Es que Crematorio, la novela, huye de la trama, huye de lo policíaco, huye del misterio, se sostiene en el puro lenguaje, pretende ser una catarsis a partir del lenguaje, es decir que sería un ejercicio casi jesuítico, diríamos, loyolesco, de que el lector se enfrente a toda una serie de cosas que intuye que están dentro de él y no quiere ver. Y la serie, pues es otra cosa. La televisión necesita tensión e intriga, son lenguajes y cosas distintas". No llego a colegir de sus palabras si le gustó o no. 
Quiero terminar con Rubén Bertomeu llorando, apoyado en el volante de su coche mientras descansa a un lado de la autopista; mirando en su interior sesenta años atrás (Hier encore, javais vingt ans) y viendo lo poco, o lo mucho, que todo ha cambiado. "Allí dentro, bajo el envoltorio de la piel, entre la carcasa de los huesos, en los torrentes circulatorios y en las tuberías por las que las verduras y la carne se convierten en pastas, el paso del tiempo no ha cambiado nada, o lo ha cambiado todo sin cambiar nada, digamos que lo ha dejado todo intacto, pero frío, un caldo que se toma a deshora y que ha perdido sus cualidades, su gracia, todo igual, el mismo guiso, pero en ese estado pegajoso, correoso, que toman los productos cuando se consumen varias horas después de cocinados. A lo lejos, el mar, una lámina de metal hirviente".



miércoles, 15 de noviembre de 2017

Otro premio en "Escribiendo que es gerundio"

Hace unos días publicaba aquí en el blog un relato con el que concursaba en la comunidad de G+ "Escribiendo que es gerundio".

Pues bien, hoy quiero compartir mi alegría con todos vosotros y comunicaros que "Cualquier noche es Nochebuena", el relato presentado, ha sido el ganador del II reto "Alrededor de un tema". El reto consistía en escribir un texto de no más de 600 palabras en el que, dada la época en la que estábamos, tenían que aparecer una araña, una calabaza y un muerto.



Esta vez el diseño del diploma ha sido obra de una de las administradoras de la comunidad, nuestra amiga Julia C. Cambil, con un poco, o un mucho tal vez, de ayuda casera por lo que me ha contado. Magnífico trabajo. Esa mezcla de naranja, negro y gris queda preciosa.

Aquí os dejo de nuevo el relato premiado por si os apetece leerlo o releerlo. Espero que os guste.

Cualquier noche es Nochebuena
El peso en su abdomen era insoportable, aquello estaba a punto de salir ya y tenía que encontrar un sitio resguardado y caliente donde depositarlo. El dolor y las contracciones pronto le agarrotarían las extremidades y dificultarían su movimiento.
Las ventanas iluminadas de aquella casa la llamaban como las farolas en verano a las polillas. Su distribución un tanto desigual en cada altura, recortándose sobre la fachada de un color brillante y anaranjado que se intuía aun en la débil luz del crepúsculo, le daba a todo el edificio un aire un tanto macabro, pero no podía resistir más.
Se fue acercando lentamente. No sabía quién podía esconderse tras aquellas oquedades irregulares por las que se escapaba una luz temblorosa, pero acogedora: una ventana alargada, en el bajo, cerca del suelo; otra más estrecha y alta, en el primer piso y dos ventanas cuadradas en el segundo.
Al llegar al pie del edificio, haciendo un último esfuerzo, se encaramó a la ventana más baja, casi a ras del suelo afortunadamente. Penetró en una especie de amplio salón en el que un fuego central iluminaba y calentaba el espacio que era tan apacible y placentero como le había parecido desde el principio. Se mantuvo quieta y en silencio. La casa parecía deshabitada, pero el fuego indicaba lo contrario. Nadie enciende un fuego reparador y luego abandona su comodidad. Y no obstante, ningún ruido, ninguna presencia, ninguna alarma que aconsejara la huida, aunque tampoco hubiera podido ir muy lejos. Ni pensar en volver a bajar de nuevo a la calle. Sus escasas y residuales fuerzas se habían agotado en el penoso acto de encaramarse a la ventana.
Cuando recuperó la confianza y se sintió segura, buscó un rincón alejado del fuego, pero confortable y resguardado. Se agachó encogiendo sus largas piernas y con dolor y esfuerzo, en un último alarde de sus escasas fuerzas, depositó la preciosa carga que portaba en su vientre. La envolvió en una tela de seda, hecha al efecto, con amor y cuidado, y se dispuso a descansar tras cumplir con el deber penoso que la naturaleza impone a las hembras de todas las especies.
Cuando al día siguiente sacaron la vela de la calabaza, Dani y sus padres encontraron en una esquina una bola pegajosa y brillante, de las que envuelven con primor los cientos de arañitas en desarrollo que nacerán unos meses después. Al lado, hecha un ovillo, con sus largas y peludas patas recogidas sobre el cuerpo, la araña madre descansaba de manera total y definiva (total y definitivamente muerta) de su ímprobo, pero gratificante trabajo.
Papá, razonable como siempre, tomó la bolsita con los huevos y la resguardó en un rincón tras una viga del porche. De todos es sabido que las arañas son el mejor insecticida en la lucha contra moscas y mosquitos.


domingo, 12 de noviembre de 2017

"Almas grises" Philippe Claudel

Francia 1917. Estamos en plena Gran Guerra, en una pequeña ciudad francesa cercana al frente. "Nuestra ciudad no es muy grande. No es V., ni mucho menos".  Es una ciudad desde la que se oye el tronar de los cañones y se percibe en el aire el olor a pólvora; una ciudad por la que pasean sus heridas, sus muñones y sus cicatrices varias, tanto físicas como mentales, los heridos del frente que vienen a curarse a la cercana clínica. Heridos que pasean y miran con envidia y resentimiento a los hombres de la ciudad.
Los hombres de la ciudad se han librado de la Guerra porque en la ciudad hay una Fábrica. Construida a finales de la década de 1880, la Fábrica ha dado de comer a la ciudad desde entonces. Casi todos los hombres trabajan en ella y a ella le deben la clínica, las escuelas, la biblioteca, los dos canales que proporcionan el agua necesaria para las gabarras que transportan el combustible necesario. Pero sobre todo le deben el haberles librado de la Guerra. La ciudad está cerca de la Guerra, la ve y la oye, pero no la hace, porque los hombres, necesarios para hacer funcionar la Fábrica, fueron adscritos al servicio civil y así, "gracias a ello, ochocientos paisanos dieron la espalda a los calzones color granza de la infantería y al horizonte azul. [...]¡Menuda suerte! ¡Adiós a los silbidos de los obuses, al miedo, a los camaradas gimiendo y muriendo a unos pocos metros, enganchados en las alambradas…, a las ratas devorando los cadáveres…! Y, en su lugar, la vida, la auténtica vida, nada más y nada menos".
En la ciudad también hay un Palacio. En él vive el fiscal Destinat. Destinat vive solo desde que murió su mujer. Cuando tienen lugar los hechos de la novela, el Caso como se llamó a los terribles sucesos, lleva ya un año jubilado. Durante treinta años ha vivido para la Justicia. Sus palabras ante el jurado levantaban cadalsos, pero "Destinat no se ensañaba con criminales de carne y hueso; defendía una idea, una sola idea, su idea del bien y del mal"


Gabarra con la última carga dea carbón para Altos Hornos de Vizvaya. Foto Fidel Raso

Cuando empieza la novela es diciembre de 1917 y en la ciudad, flotando en el canal, aparece el cadáver de una niña de diez años con signos de estrangulamiento. Se trata de Belle de Jour, la hija pequeña de Bourrache, el dueño del Rébillon, un restaurante situado cerca de la catedral en la ciudad de V.  V. está a unos veinte kilómetros de nuestra ciudad. Allí, en la misma plaza que el Rébillon y la Catedral, se encuentra el Juzgado. Es por ello por lo que, con asiduidad, coinciden para comer en el restaurante el Juez Mierck y el fiscal Destinat. 
Al lugar del hallazgo acude un policía, el mismo que, veinte años después, nos cuenta los sucesos. También acude el juez Mierck, gran bebedor y comedor, con el alma endurecida y sin una pizca de piedad humana. Ni siquiera le conmueve el hecho, más atroz si cabe, de conocer a la víctima, la niña que cada día le ha servido la mesa en el restaurante de su padre. Con el juez llega un militar, Matziev, un adonis con galones, como lo describe el narrador, que camina como un bailarín y lleva pelo y bigote cuidados y lustrosos. Un hombre aficionado a la sangre y que, para su fortuna, ha caído "en el bando bueno, en el que está permitido derramarla y bebérsela sin que nadie ponga el grito en el cielo".
Las pesquisas para desentrañar el asesinato de Belle nos son contadas como ya he dicho, por un policía que fue llamado al lugar en que se encontró el cadáver. Los hechos le sirven para recordar otros sucesos, para hablarnos de la maestra Lysia Verhareine que llegó en plena guerra para revolver a todos los hombres y después desapareció de la vida del lugar por causas que tardarán veinte años en ser descubiertas. Nos hablará de muchos personajes y muchas situaciones; de la soledad en que casi todos viven; de su propia felicidad, inmensa, perfecta, y perdida en pocas horas; del peligro que suponen algunos hombres estúpidos, crueles y sin escrúpulos, pero con poder, y de lo que sucede cuando, en aras de ese  poder que detentan, todo lo retuercen hasta darle la forma que les conviene; todo lo arrasan y lo trastocan a su gusto sin importarles lo que se puedan llevar por delante o a quien destruyen o perjudican. 
Philippe Claudel
Estamos en un mundo gris, en un país gris sumido en el gris del invierno y asolado por una guerra gris. Una guerra que algunos sufren y que otros aprovechan para medrar a su costa. "¿Los mejores años de la vida de Bassepin? ¡La guerra! Vender tan caro como podía lo que compraba lejos por cuatro perras. Llenarse los bolsillos, trabajar día y noche, endosar a los oficiales de intendencia lo necesario y lo superfluo, recuperar, en ocasiones, lo que había vendido a los regimientos que se marchaban para vendérselo a los que llegaban, y así sucesivamente. Un caso digno de estudio. El comercio hecho hombre".
Estamos ante una triste historia, pero a la vez, una historia muy humana, sin concesiones que suavicen la cruda realidad histórica y personal;  llena de hombres con almas grises; hombres solos que han perdido a sus seres queridos o que nunca los tuvieron y arrastran su soledad dedicados a su trabajo, un trabajo que desempeñan mejor o peor y al que dedican un tiempo gris como su yerma y despoblada vida.
Al cabo de veinte años, terminaremos sabiendo quién mató a Belle de Jour cuando salía de casa de su madrina una fría y gris noche de diciembre y nos asombraremos como nunca nos asombra la resolución de un crimen. En este caso, por fin, el asesino es quien menos nos esperamos, pero es que esta no es una novela policíaca. No importa quién es el asesino ni es con eso con lo que nos quiere entretener esta historia. Lo que pretende es mostrarnos lo inestable de la felicidad, lo azaroso de la existencia, la duda que nos acompaña en cada momento y en cada suceso, la duda que siempre, hasta en los casos más evidentes, debe acompañar, aunque sea levemente, la condición de culpables o inocentes con que calificamos a los demás o nos calificamos a nosotros mismos. La duda acerca de si el hecho de haber podido matar es como haber matado porque entre el acto y la intención cualquier diferencia es vana.
Y todo ello "mientras a menos de quince leguas los hombres se destripaban a bayonetazos y se lo hacían en los pantalones, y morían a miles diariamente, lejos de la sonrisa de una mujer, sobre una tierra devastada en la que la mera idea de la mujer se había convertido en una quimera, un sueño de borracho, un insulto demasiado hermoso". 


miércoles, 8 de noviembre de 2017

"Chocolat" Joanne Harris

Hace unos cuantos años, una película protagonizada por Juliette Binoche y Johnny Deep adquirió una enorme fama. Se trataba de "Chocolat" dirigida en 2000 por el director de origen sueco Lasse Hallström. 
Al final hablaré de la película. Antes lo haré del libro.

Se trata de una novela en la que se enfrentan la luz y la oscuridad, la vida y el aburrimiento, la intolerancia y el "vive y deja vivir", la alegría y la tosca desdicha autoimpuesta. 

Estamos en los años cincuenta en un pueblo imaginario llamado Lansquenet-sur-Tannes, a orillas del igualmente imaginario río Tannes, un afluente del Garona. El pueblo se encuentra cerca de ciudades como Agen, Montauban, Toulousse, un lugar, en todo caso, situado en algún punto cercano a la frontera entre Aquitania y Occitania, no se sabe muy bien a qué lado de la misma. En realidad, ni siquiera se sabe muy bien si existe o es solo una aparición, "Dos horas más tarde, Lansquenet-sur-Tannes vuelve a ser invisible, un pueblecillo encantado que hace acto de presencia una sola vez al año. A no ser por el carnaval, nadie habría advertido su existencia". Tal vez Lansquenet es un pueblo fantasma al que solo la presencia de una bruja sin escoba le ha insuflado algo de vida mientras permanece en él.

En Lansquenet vive un reducido grupo de personas, unos cientos de seres que parecen tan eternos y perdurables como la torre Saint-Jérôme; allí viven, o más bien existen por siempre aquellas personas; a orillas del río, alrededor de la iglesia, casi todas profundamente católicas, practicantes y muy amantes de los ritos y de mantener las tradiciones. Y quienes no lo son permanecen a la sombra de la corriente religiosa, en silencio y tratando de no dejarse ver ni oír más de lo necesario, pero tan inmutables y eternas como todo el resto. 

Un 11 de febrero, llegan al lugar Vianne Rocher y su hija, Anouk. "Llegamos con el viento de carnaval. Un viento cálido para el mes de febrero, impregnado de los aromas grasos y calientes de tortas y salchichas fritas, de gofres espolvoreados con azúcar de lustre que cuecen en una plancha a nuestro lado". Vianne y Anouk llegan en pleno Mardi Gras, cuando el muy católico pueblo, dominado más que animado por el celo redentor de su cura párroco, Francis Reynaud, y del bienpensante grupo de mujeres que cacarea a su alrededor, se dispone a entrar en las privaciones de la Cuaresma y a prepararse con sacrificio y rigor, durante los cuarenta días que dura, para la explosión de alegría contenida del Domingo de Pascua.
Joanne Harris

Lo malo es que ni Vianne ni Anouk son religiosas, y sus ansias por permanecer definitivamente en un lugar que termine con su vagabundeo, las empuja a hacerse cargo de la panadería abandonada del viejo Blaireau. Vianne la alquila, junto con la vivienda aneja, con la intención de convertirla en una chocolatería. Allí instala La Céleste Praline y a base de chocolate, dulzura y sonrisas, empieza a cambiar la vida de la gente ante la mirada colérica y culpablemente golosa del curé Reynaud enfrente de cuya iglesia está situada la chocolaterie. "La Céleste Praline. Hasta el nombre parece un insulto premeditado", piensa el cura, o una tentación difícil de superar, añadimos los lectores.

En La Céleste Praline se dan cita y encuentran refugio y chocolate los habitantes de Lansquenet. Al menos los que son conscientes de las limitaciones de sus vidas y desean unos cambios que no se atreven a enfrentar: Josephine Muscat, Armande Voizin, Guillaume, Luc Clairmont. El resto considera un insulto y un pecado contra las privaciones de Cuaresma el dulzor del chocolate y el Festival que Vianne prepara para celebrar la Pascua.

La historia se nos cuenta desde dos puntos de vista, ambos en primera persona: el de Vianne y el de Reynaud. Ella representa la vida, con sus alegrías y sus tristezas; representa el ansia por vivir y aprovechar cuanto la vida le pueda ofrecer. Él representa la represión y la intolerancia, una manera de estar muerto en vida, de anticipar en la vida el hieratismo y la rigidez de la muerte. Nada demasiado original, por otra parte; una lucha y unas actitudes ante la vida demasiado manidas ya a estas alturas.

Vianne es una mujer muy particular. Toda su vida la ha pasado vagando por el mundo, primero con su madre y ahora con su hija. Huye del Hombre Negro (demasiado evidente su representación por parte del cura). "Pasamos años huyendo del cura, el Hombre Negro, y cuando en los naipes aparecía su rostro de forma repetida quería decir que había llegado el momento de volver a echar a correr, el momento de huir de aquel pozo de oscuridad que él había abierto en el corazón de mi madre". Desea establecerse, pero algo la empuja, un viento al que no puede resistirse se la lleva de acá para allá. 

Reynaud es el Hombre Negro que ha vuelto a aparecer, aunque él no lo sabe. Él habla con el curé anterior, al que llama mon pére y al que visita una vez a la semana; con el que le une un pasado turbio, algún secreto inconfesable. A través de los monólogos de Francis Reynaud que le habla sin parar, sabemos de su rencor hacia Vianne, pero sobre todo sabemos de su intransigencia, de esa soberbia de los iluminados que se creen en posesión de una verdad que no existe más que en su mente alucinada.

Todo empeora cuando los gitanos, en sus gabarras, se establecen en el río. Ya vinieron hace años y algo sucedió. Ahora han vuelto y el fantasma de una tragedia pasada, planea sobre el pueblo, y algo en esa tragedia tiene que ver con Reynaud.



Esta novela es todo un desafío para los sentidos, gusto, olfato, vista; todos ellos se ven atacados y excitados por colores, aromas y olores de las sustancias más fragantes: canela, vainilla, naranja, jengibre, chocolate, menta, trufas, nuez moscada, toda clase de frutas... Todo el que quiere encuentra allí su chocolate favorito, el que le hará más fuerte, más feliz, más valiente, según las necesidades de cada cual.

Cuando vi la película en 2001, no me gustó. Ahora he vuelto a verla y sigue sin gustarme. No soy yo de las que valoran que las películas sean fieles al libro, incluso pienso que, a veces, esa fidelidad es un lastre. Solo pido que la película sea buena y esta no acaba de parecérmelo (tampoco me parece mala, pero no consigue convencerme). Desde mi punto de vista, se le ha quitado el alma a la historia y se la ha dejado llena de anécdotas insustanciales y, en ocasiones, demasiado edulcoradas. Desaparece el punto de vista de Reynaud que se nos presenta como un personaje demasiado joven, demasiado inocente, demasiado prescindible. Su papel lo toma un Conde de Reynaud, que difícilmente puede representar al Hombre Negro, idea que, por otra parte, desaparece de la película. 

En mi opinión, es una película muy lejos de alcanzar la calidad indiscutible de "Las normas de la casa de la sidra", del mismo director, pero mucho mejor en todos los sentidos.
La novela me ha gustado, pero cuando supe que era la primera de una trilogía, me di cuenta de que no tenía ganas de leer ninguna continuación. Creo que es una historia que empieza y termina en sí misma y no veo cómo se puede continuar, ni creo que alargarla aporte nada que la mejore. Me ha gustado, pero no me ha terminado de convencer. Falta originalidad, como ya he apuntado más arriba. Es una novela que se lee bien y, creo, se olvida igual de bien.

"Chocolat" ha sido lectura conjunta de octubre en el grupo de facebook Los libros de Carmen y amig@s.




lunes, 6 de noviembre de 2017

"Cualquier noche en Nochebuena"


Este relato es el que resultó ganador en el II Reto "Alrededor de un tema" de la comunidad de G+ "Escribiendo que es gerundio", en el mes de octubre. 

El peso en su abdomen era insoportable, aquello estaba a punto de salir ya y tenía que encontrar un sitio resguardado y caliente donde depositarlo. El dolor y las contracciones pronto le agarrotarían las extremidades y dificultarían su movimiento.

Las ventanas iluminadas de aquella casa la llamaban como las farolas en verano a las polillas. Su distribución un tanto desigual en cada altura, recortándose sobre la fachada de un color brillante y anaranjado que se intuía aun en la débil luz del crepúsculo, le daba a todo el edificio un aire un tanto macabro, pero no podía resistir más.

Se fue acercando lentamente. No sabía quién podía esconderse tras aquellas oquedades irregulares por las que se escapaba una luz temblorosa, pero acogedora: una ventana alargada, en el bajo, cerca del suelo; otra más estrecha y alta, en el primer piso y dos ventanas cuadradas en el segundo.

Al llegar al pie del edificio, haciendo un último esfuerzo, se encaramó a la ventana más baja, casi a ras del suelo afortunadamente. Penetró en una especie de amplio salón en el que un fuego central iluminaba y calentaba el espacio que era tan apacible y placentero como le había parecido desde el principio. Se mantuvo quieta y en silencio. La casa parecía deshabitada, pero el fuego indicaba lo contrario. Nadie enciende un fuego reparador y luego abandona su comodidad. Y no obstante, ningún ruido, ninguna presencia, ninguna alarma que aconsejara la huida, aunque tampoco hubiera podido ir muy lejos. Ni pensar en volver a bajar de nuevo a la calle. Sus escasas y residuales fuerzas se habían agotado en el penoso acto de encaramarse a la ventana.

Cuando recuperó la confianza y se sintió segura, buscó un rincón alejado del fuego, pero confortable y resguardado. Se agachó encogiendo sus largas piernas y con dolor y esfuerzo, en un último alarde de sus escasas fuerzas, depositó la preciosa carga que portaba en su vientre. La envolvió en una tela de seda, hecha al efecto, con amor y cuidado, y se dispuso a descansar tras cumplir con el deber penoso que la naturaleza impone a las hembras de todas las especies.

Cuando al día siguiente sacaron la vela de la calabaza, Dani y sus padres encontraron en una esquina una bola pegajosa y brillante, de las que envuelven con primor los cientos de arañitas en desarrollo que nacerán unos meses después. Al lado, hecha un ovillo, con sus largas y peludas patas recogidas sobre el cuerpo, la araña madre descansaba de manera total y definiva (total y definitivamente muerta) de su ímprobo, pero gratificante trabajo.

Papá, razonable como siempre, tomó la bolsita con los huevos y la resguardó en un rincón tras una viga del porche. De todos es sabido que las arañas son el mejor insecticida en la lucha contra moscas y mosquitos.



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