Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

"Dios no vive en la Habana" Yasmina Khadra

Cualquiera que siga mi blog sabe que Yasmina Khadra es uno de los escritores que se repiten en él. En sus libros, los lugares de ambientación, la temática e incluso el género, varían bastante, pero todos suelen tener cosas en común: terrorismo, países árabes, gobernantes corruptos, fundamentalismo religioso... Esta novela se sale de todo eso y nos traslada a la Cuba de los últimos años de Fidel, la Cuba de las privatizaciones, la que está saliendo de lo que comenzó como un sueño y que, por obra de propios o extraños, terminó por convertirse en una pesadilla. Eso sí, una pesadilla caribeña, con sol, arroz con fréjoles negros y sones de mambo, charanga y bachata. Un país en el que una vez hubo una revolución que quería justicia para todos y terminar con la opresión y la pobreza; pero un país que merece para el protagonista de esta historia la comparación con el tranvía verde que lleva años "inmovilizado por una avería, como ilustración de lo que son las ideologías. Un bromista lo bautizó «La Revolución». Su impertinencia le costó una larga estancia en prisión".
Cuba empieza a despertar sin saber, tal vez, que lo que le depara la vigilia puede ser peor que los peores sueños. 
Juan del Monte Jonava es un cantante que cada noche actúa en el Buena Vista Café, un local que ha vivido sus distintas épocas a la par que toda la isla. Primero fue el Buena Vista Palace en el que se solazaban los "derrochadores de Cicinnnati"; los que brindaban con Batista, se repartían con él las ganancias de sus negocios y tenían al país como su salón de baile, su prostíbulo particular y el casino donde invertir sus ganancias sin la correspondiente contribución al erario público al norte del Golfo. Con la Revolución, el Bella Vista se vio rebajado a la categoría de café proletario, con su arquitectura tan deslumbrante como decadente y un público, sobre todo de turistas maduros, que acude cada noche para aplaudir a Juan, apodado Don Fuego por su habilidad para incendiar el ánimo y las pasiones en aquellos cabarets en los que actúa.
Ahora el Bella Vista está a punto de conocer otra etapa que puede que vuelva a parecerse a la primera. Ha sido comprado por una señora de Miami. Las nuevas privatizaciones que se van produciendo en la isla han alcanzado también al Bella Vista y todos sus empleados se van a quedar sin trabajo. Cuando Juan recibe la noticia, justo el último día antes de que el café cierre para empezar las obras de restauración, siente que le roban el futuro y hasta el pasado. 
"- El Buena Vista es un bien estatal, es patrimonio nacional...
- Todos pertenecemos al Estado, Juan. Nuestras casas, nuestras carreras, nuestras preocupaciones, nuestro dinero, nuestros perros, nuestras esposas y nuestras putas, hasta las cuerdas con las que nos ahorcarán algún día. Y cuando el Estado decide prescindir de nosotros está en su derecho".
Lo que a Juan más le duele e indigna, no es el hecho de quedarse sin el sueldo que el trabajo supone. La idea con la que no puede reconciliarse es la de estar sin actuar, porque si no canta se muere, porque no puede soportar el pensar que el reguetón, una música "escandalosa y degenerada", una música "para comemierdas" suplante la rumba y el son y las melodías que siempre han sido el orgullo de Cuba y de los cubanos y que él interpreta con éxito y mucho arte.

Septeto Santiaguero.
Las ofertas de hoteles y salas de fiestas que Juan pensaba que le lloverían a Don Fuego dado su prestigio no terminan de llegar y los pocos trabajos que le surgen son de telonero o sustituto por una noche. 
La vida personal de Juan tampoco es algo que vaya a consolarle de sus frustraciones artísticas y profesionales. Separado de su mujer, vive en casa de su hermana Serena, una especie de refugio para toda clase de desposeídos donde se hacinan hijos, cuñados, primos e incluso Ricardo, el hijo de dieciocho años de Juan que, aunque casi no se habla con su padre, ha preferido vivir allí antes que con su madre y su hermana, Isabel.
Once personas en total, a las que pronto se sumará Mayensi. ¿Que quién es Mayensi? Pues Mayensi es el sonido y la furia de esta historia; es el amor y la desesperación; es como una ninfa que sale de las aguas para volver a hundirse en ellas y volver a resurgir, y en cada momento despertará o matará las últimas ilusiones de Juan, trayendo y llevando todo un mundo de pasión y esperanza en el brillo de sus ojos verdes. Mayensi es como una fuerza de la naturaleza. En estado salvaje como son las fuerzas de la naturaleza. "No quiero que me besen los pies. Quiero seguir mi camino sin que nadie me persiga, aislarme en alguna parte sin que me molesten, y cuando algo no me interesa, no quiero que me acosen o me insulten, o que me pongan la mano encima"
Juan cae rendido de amor ante Mayensi. Se erige en su protector primero y en su salvador después; en su padre y en su amante. Por ella está dispuesto a todo; con ella descubre que tiene un corazón además de una voz, y que si su voz es capaz de emitir las más bellas notas, su corazón es capaz de latir con "la más bella de las percusiones". Por ella está dispuesto a renunciar incluso a la música.
Y todo ello en una Cuba que va despertando del letargo revolucionario al suave desengaño del aperturismo. Un país en el que las fiestas más glamurosas y espectaculares de lujo y despilfarro, conviven con la mera superviviencia, con una burocracia tan férrea que para entrar en la Habana cualquier cubano de otro lugar necesita un permiso.
Cuba y Juan sueñan su sueño de redención, pero ningún sueño dura más de lo que se tarda en despertar. Cómo despertará Cuba, aún no lo sabemos. Juan despierta para darse cuenta de que "cuanto más bello es el sueño, mas cruel es la farsa, que los deseos más piadosos suelen acabar en abdicación, y que las cosas de la vida, aunque no tengan por qué conllevar una moral, siempre acarrean un lamento".

Yasmina Khadra
Yasmina Khadra se sale de los parámetros a los que nos tiene acostumbrados y construye una novela con ritmo de son, guaracha y salsa; a golpe de caribe y trópico, nos regala una novela sobre la Habana, con el sabor inconfundible del ron y el puerco con arroz blanco; con sus taxis de los años cincuenta remendados con piezas de cualquier cosa sacadas de cualquier sitio; con sus palacios coloniales que se caen en pedazos, descascarillándose de moho y tiempo. 
Un Yasmina Khadra alejado de los ambientes que le conocemos, pero sin alejarse demasiado de lo que realmente es la seña de identidad de sus personajes: el ansia por salir a la superficie por encima de todo, en las situaciones más difíciles, aquellas que se empeñan en mostrase mas aptas para la muerte que para la vida, pero en las que siempre terminamos por encontrar, en medio del caos que tan bien sabe narrar, la más pertinaz (tal vez la más ingenua) de las esperanzas. 
Cuba no es más que un trocito del mundo, como Argelia, como Afganistán, como Palestina, como Israel, como Irak, como Siria. Trocitos de ese mundo en el que, en las palabras rotundas y llenas de sabiduría del autor, "la paz equivale a un paro técnico de las finanzas internacionales; para ellas, las guerras son un espacio vital en el que encuentran la dinámica para seguir alimentándose". Yasmina Khadra es mucho Yasmina Khadra.
Por si a alguien le interesa, dejo aquí los enlaces a las otras tres novelas del autor reseñadas en el blog:
"Los corderos del señor"
"A qué esperan los monos
"La última noche del Rais"



domingo, 16 de septiembre de 2018

"Tarde, mal y nunca" Carlos Zanón

"Una eminencia de una universidad lejana asevera ahora en la pantalla que si nadie te mira no vales nada. Menuda perogrullada. Tienes un saco en la cabeza. No importa qué hagas ni para qué sirvas. Sin ojos que te enfoquen no hay historia. Ni un antes ni un después. No hay regreso a ningún sitio porque nadie recuerda que estuvieras allí"
¿Es cierto que solo existimos a través de lo que los demás perciben de nosotros (en las redes sociales por ejemplo)? ¿O es más cierto que eso es lo que alguien quiere que creamos? Las personas anónimas para todo el mundo, las que no brillan socialmente, las que no reciben likes, ni cuelgan sus fotos, ni publican sus estados de ánimo, ¿carecen de existencia? ¿carecen de historia o es su historia más real y verdadera en tanto que no es susceptible de ser manoseada, tergiversada, malinterpretada por los demás?
No sé por qué decidí empezar esta reseña con esa frase. Tal vez porque me sorprendió mucho cuando la leí y me paré a reflexionar en esas cosas. Tal vez porque así veo a Epi, como un ser anónimo que quiere dejar de serlo, aunque solo sea para su chica, Tiffany, que ya no es su chica y cuya atención tiene que conseguir atraer de nuevo. Tal vez porque es lo que está apareciendo en la pantalla de la tele del bar de Salva cuando Tanveer y Epi entran a poco de amanecer. 
En el bar está Alex, el hermano mayor de Epi y sabe que nada bueno puede salir de que esos dos vuelvan a estar juntos. Alex y Epi son autóctonos, nacidos en el barrio, blancos y catalanes. Ya quedan pocos porque el barrio ya no es lo que era. Tanveer es marroquí, y hay argelinos, paquistaníes, sudamericanos... hay gentes venidas de todas partes... de todas partes donde sobrevivir es un arte al que cada vez cuesta más trabajo dedicarse. 
Todas esas personas de piel más o menos oscura, llegaron de fuera hace un tiempo, cuando casi de manera imperceptible el barrio empezó a cambiar y cada vez había más gente extraña, más gente de tez morena, ojos oscuros y habla más o menos ininteligible; Todas esas personas, casi sin darse uno cuenta, eran cada vez más abundantes, empezaban a ser mayoría allí a donde uno iba, hasta que llenaron el barrio de "músicas extrañas, palabras nuevas y ese desagradable tesón en querer conquistar el nuevo mundo para sí. Y es que, cuando un buen día los aborígenes del barrio que quedaban por aquí pasaron revista, se dieron cuenta de que les habían abandonado a su suerte. Que otros muchos, los listos, con hijos fuera del barrio, habían escapado a las montañas y habían dejado atrás todo aquello que fuera inservible, lento o torpe. Y que en el vecindario sólo quedaban tarados, pobres, yonquis, borrachos y viejos". Y todo ello repartido entre propios y extraños.
Epi ha decidido hacerse visible porque sigue enamorado de Tiffany y porque ya está harto de las barbaridades que cada noche lleva a cabo en compañía de Tanveer que es quien ahora se acuesta con la joven a la que además maltrata. Epi ha decidido recuperar a Tiffany y para ello solo se le ha ocurrido sacar un martillo de la bolsa de deporte con la leyenda Moscú 1980 y destrozarle la cabeza al marroquí en el bar de Salva, delante de su hermano Alex, mientras un paquistaní se alivia en el baño y en la tele "una eminencia de una universidad lejana asevera ahora en la pantalla que si nadie te mira no vales nada"
A partir de ese momento, toda la novela transcurre en un día. El que utiliza Epi para ponerse en contacto con Tiffany y tratar de convencerla de que están hechos el uno para el otro y además la ha librado de la mala bestia de Tanveer; el que necesitan Alex y Allaoui, el barbero argelino del barrio, para encontrar a Epi y tratar de sacarle del atolladero en el que se ha metido y del que no sabemos muy bien si quiere salir. 
Alex ha tenido que sobrepasar la dosis de su medicación para la esquizofrenia porque los mossos le van detrás y no puede permitirse el lujo de esas visiones y esas voces que le sorprenden y que tan veraces parecen aunque él sabe que son producto de su mente enferma. Alex se ha puesto de acuerdo con Salva para señalar a otro culpable y dejar a Epi libre. No importa la mentira, lo que importa es obedecer lo que su madre siempre le pedía: cuida de tu hermano. No importa si la mentira le ayuda a cumplir la promesa hecha a su madre. Además, de qué sirve la verdad, "una vez llegas a la verdad, ¿qué se puede hacer con ella? No sirve para borrar ni esconder lo que ha pasado y tampoco para edificar nada firme encima"
Alex y Epi conocieron tiempos mejores, antes de los abandonos, mucho antes de las muertes y del derrumbe de las vidas que suele suceder a la infancia alegre e inocente de pura inconsciencia; cuando eran una familia normal y los niños iban con el padre a cambiar cromos en el Mercat de Sant Antoni y la madre, joven y hermosa, iba a buscarles al colegio y los sábados por la noche veían películas los cuatro juntos en la tele. Pero luego vino la deserción del padre y las drogas y la esquizofrenia y la muerte de la madre... 

Carlos Zanón
"Tarde, mal y nunca" es como una broma macabra, como la broma macabra en que se puede convertir cualquier vida. Como esa broma macabra que te deja, como dice el gran Serrat, "chupando un palo sentado sobre una calabaza".
Los personajes de esta historia terminan burlados por el destino y Epi no conseguirá salir del anonimato, no al menos como se lo había imaginado, no por el tiempo suficiente para conseguir sus objetivos. Epi es de esas personas a las que la suerte no les sonríe ni cuando se empeña en salvarlos de ellos mismos.
"Tarde, mal y nunca" consiguió el Premio Brigada 21 a la Mejor Primera Novela Negra 2010. Me gusta mucho Carlos Zanón como novelista (lo digo porque también es poeta, aunque en esa faceta no lo conozco). Sus novelas han sido para mí todo un descubrimiento y una muestra de lo mucho y muy bueno que se está haciendo en España en el género negro. De todas las que he leído esta es la primera que escribió y ya tiene una calidad que hacía suponer lo que iba a venir después. 
Por si a alguien le interesa leer mis reseñas a las otras novelas del autor, aquí  dejo los enlace. Pero lo que sobre todo recomiendo es leer los libros del propio Carlos Zanón.
"Yo fui Johnny Thunders"
"Marley estaba muerto"
"Taxi"

jueves, 13 de septiembre de 2018

"Duelo" Eduardo Halfon

"Se llamaba Salomón. Murió cuando tenía cinco años, ahogado en el lago de Amatitlán. Así me decían de niño, en Guatemala. Que el hermano mayor de mi padre, el hijo primogénito de mis abuelos, el que hubiese sido mi tío Salomón, había muerto ahogado en el lago de Amatitlán, en un accidente, cuando tenía mi misma edad, y que jamás habían encontrado su cuerpo. [...] yo no podía ver ese lago sin imaginarme que de pronto aparecía el cuerpo sin vida del niño Salomón".
"Duelo" es una preciosa novela que indaga en el pasado del autor, de sus ancestros y de alguna que otra ficción con la que creo que se mezcla la realidad. Aunque a lo mejor estoy equivocada y todo es escrupulosamente cierto.
Tras la muerte del tío Salomón de niño, muerto antes incluso de que el padre del autor hubiera nacido, Eduardo Halfon (¿o Hofmann?) nos irá haciendo partícipes de su propia búsqueda, a lo largo de la infancia, de todos los rastros y documentos que va encontrando acerca del suceso. Y así, algo tan claro como un niño que se ahoga en un lago en Guatemala, se irá mostrando cada vez más enigmático a medida que el narrador va sabiendo más, y en lugar de aclarar las dudas que pudiera tener, con cada nuevo conocimiento nuevas dudas van surgiendo haciéndole pensar que no todo es cómo el lo había creído.
Acompañaremos al autor/narrador en su infancia en una Guatemala herida casi de muerte por el terrorismo y la guerra civil y la oligarquía; "Yo no terminaba de entender eso de la situación política del país, pese a estar ya acostumbrado a dormirme con el sonido de bombas y tiroteos en las noches; y pese a los escombros que había visto con un amigo en el terreno detrás de la casa de mis abuelos, escombros de lo que había sido la embajada de España, me explicó mi amigo, al ser ésta incendiada con fósforo blanco por las fuerzas del gobierno, matando a treinta y siete funcionarios y campesinos que estaban dentro.

Titular del periódico "Prensa Libre" el 1-2-1980

Es esa situación de inseguridad política y social lo que hará que en 1981, a punto de cumplir diez años, el narrador se traslade a Estados Unidos con sus padres y su hermano, concretamente a Florida.
En Estados Unidos, le seguirán llegando datos de aquel posible tío que nunca llegó a serlo y que se llamaba Salomón. Fotos, comentarios, palabras cazadas al vuelo, como cazan los niños las palabras; mientras juegan al doble juego de jugar y hacerse los despistados, mientras los mayores se confían y se dejan llevar de sus deseos de hablar, más poderosos que la cautela debida a la presencia de oídos inadecuados
Así va recabando informaciones que muchos años después, ya adulto, lo llevarán al presente de la novela, a un viaje al chalet del lago Amatitlán en el que hace ya mucho que no viven sus abuelos, pero en el que tal vez pueda encontrar a don Isidoro, un trabajador de la casa, guardián, jardinero, niñero... un poco empleado para todo y "se me ocurrió que ese chalet habría tenido ya varios dueños, vaya uno a saber cuántos dueños desde que mis abuelos lo habían vendido a finales de los años setenta, pero siempre con don Isidoro ahí para todos, al servicio de todos. Como si don Isidoro, más que un hombre o un empleado, fuese un mueble del chalet, incluido en el precio". Tal vez don Isidoro, que solía salir en barca por el lago con el autor y su hermano, pueda aclarar algo del niño Salomón y su muerte siempre imaginada en el lago.
Las poco más de cien páginas de la novela irán alternando esa vuelta a los paisajes de la infancia del narrador en una búsqueda imposible, con las historias de su pasado y las de sus abuelos y hasta bisabuelos. Así sabremos cómo su padre le explicó que sus dos abuelos (del padre) se habían llamado Salomón. De ahí el nombre de ese hermano primogénito nacido y muerto antes que el propio padre. "Me explicó por encima del periódico que su abuelo paterno, de Beirut, se había llamado Salomón, y que su abuelo materno, de Alepo, también se había llamado Salomón".
El abuelo paterno del narrador, sin embargo, no se llama Salomón, sino Eduardo, como el propio autor, aunque le llamen Edouard; reminiscencias de la lengua francesa que la familia había aprendido en Beirut de donde procedían y donde vivieron hasta 1919, cuando el abuelo emigró con dieciséis años, su madre y sus hermanos.
También de origen judío es la familia materna, pero en este caso de Polonia, concretamente de  Łódź. Su abuelo era un superviviente del genocidio nazi y "al llegar a Guatemala en 1946, cuando tenía apenas veinticinco años, después de la guerra, después de ser prisionero en distintos campos de concentración, mi abuelo polaco había perdido ya todos sus dientes". De su paso por Auschwitz le había quedado un número grabado en su antebrazo izquierdo que él contaba a sus nietos que era el número de teléfono que se había hecho tatuar para no olvidarlo. Tras las huellas de su abuelo polaco también nos llevará el autor por varios escenarios europeos que él mismo hubiera preferido no visitar.
Y tras las huellas de Salomón, el niño muerto, nos iremos adentrando en las sospechas, la culpa, el remordimiento, la curiosidad (a cada uno lo suyo le sugiere el episodio); en ese duelo que parece que no ha abandonado a la familia desde la muerte pretérita de un niño cuyo nombre duele tanto que nadie más en la familia ha vuelto a llevarlo. Y tras las huellas de Salomón, seguiremos al autor en una vuelta a pesar de sí mismo a los fantasmas de la infancia, en un capítulo final lleno de poesía y belleza, medio real, medio soñado, pero que le reconcilia con los recuerdos y da sentido al rezo secreto de tanto baño. "Mi hermano y yo hasta nos habíamos inventado un rezo secreto que susurrábamos en el muelle —y que aún recuerdo— antes de lanzarnos al lago. Como una especie de conjuro. Como para ahuyentar al fantasma del niño Salomón, por si acaso el fantasma del niño Salomón aún estaba nadando por ahí". Un rezo pertinente para aplacar la rabia y la frustración fantasmales de tantos niños ahogados en el lago. Aunque ninguno de ellos se llamara Salomón. 

Eduardo Halfon
"Duelo" y Eduardo Halfon, al que no conocía, han sido todo un descubrimiento que le debo a Kirke del blog "Leer, el remedio del alma". Como ya comenté allí, he aprendido aunque me ha costado, a leer sin preocuparme demasiado por lo que de real o ficticio tienen este tipo de novelas. No voy a negar que tengo curiosidad, pero creo que la labor literaria es una tarea basada en la mentira. Por muy autobiográfico que sea un texto, no es más que lo que el autor recuerda, lo que siente, lo que cree que vivió, lo que está dispuesto a compartir... Que me engañen con ficción o que me engañen con las percepciones subjetivas de la realidad, no tiene para mí importancia; solo quiero que me engañen con belleza y sentimiento. Me comprometo a creérmelo todo.

lunes, 10 de septiembre de 2018

"Tiene que ser aquí" Maggie O'Farrell

Fue la buena reseña de @latitaquelee para "Abrir un libro", y también, no voy a negarlo, la garantía que Libros El Asteroide me proporciona, lo que hizo que me acercara a esta autora con su última novela, "Tiene que ser aquí". "Una" compleja historia de amor y desamor, que se escapa del género romántico" dice Noemí (la tita que lee) en dicha reseña. Me convence, a medias, que se escape de lo puramente romántico, pero solo a medias. No me gustan las novelas románticas, a no ser que sean muy buenas y vengan precedidas del prestigio de la historia. ¿Es Jane Austen una escritora romántica? ¿Lo son las Brontë? Pues sí, seguro que sí, pero no solo románticas; pero precedidas por el aura de lo clásico y consagrado. Pero ¿quién consagra a Maggie Farrell? Y ahí es donde cobra importancia el papel de la editorial, porque de los muchos libros de Libros El Asteroide que he leído, falta aún el primero del que pueda decir que me ha defraudado. Y conste que no tengo ningún trato con la Editorial, pero lo que es cierto, es cierto y hay que decirlo. Ya me gustaría tener algún acuerdo y que me enviase libros para reseñar (si alguien por ahí tiene influencias que las mueva, porfa), pero puedo asegurar que no es así.
Estamos en 2010. David Sullivan y Claudette Wells viven con sus dos hijos en Donegal, en el corazón de Irlanda. Él es estadounidense de ascendencia irlandesa, ella medio inglesa, medio francesa. Él es profesor de Lingüistica en la Universidad en Belfast. "Enseño a los futuros graduados a diseccionar lo que oyen por ahí, a preguntarse cómo se construyen las oraciones, de qué manera se usan las palabras, y a intentar averiguar por qué es así". Ella es... eso es algo complejo que tendremos que ir averiguando poco a poco.
Ahora los cuatro van hacia el tren que llevará a David a impartir su clase, tras la cual tendrá que ir al aeropuerto para volar a Estados Unidos. Hace unos diez años que no visita su país, pero ahora su padre va a cumplir noventa años y después de unas tomentosas relaciones y mucha distancia teme que si no lo ve una última vez pueda arrepentirse toda una vida. 

Kathleen Mackie  (Cerca de Dufanaghy Condado de Donegal, Irlanda)

Así es que Daniel y Claudette con sus hijos, Marithe y Calvin, dos niños de escasa edad, hacen el viaje desde la casa hasta el tren. Pero antes de llegar a la carretera tienen que recorrer el sendero en el que Cludette se apea para abrir las cancillas, esperar a que pase el coche y volver a cerrarlas. "H
ay doce cancillas entre la casa y la carretera. Doce. Eso significa que tiene que salir del coche doce veces, abrir y cerrar esas malditas cosas y montar otra vez. La carretera está a algo menos de un kilómetro, a vuelo de pájaro, pero se tarda una eternidad en llegar. Y si vas solo, es un esfuerzo ímprobo, y normalmente bajo la lluvia". Y es mientras Claudette está abriendo una de esas cancillas cuando Daniel oye en la radio la noticia que pondrá en marcha toda la historia futura y una de las historias del pasado, de ese pasado que ha llevado todo hasta este presente; una de las muchas historias del pasado de las que nos iremos enterando hasta conseguir que todo encaje.
Porque esta novela, como muchas que he leído últimamente - debe de estar de moda, pero es una moda que me encanta -, salta del pasado al presente y del presente al pasado para contarnos la historia de David y de Claudette; primero cada una por separado y luego, a partir de 2000 en que se conocen, la historia de ambos. Y lo hará por medio de distintos personajes y de distintas situaciones y recursos, incluso por medio del catálogo de una casa de subastas. Así sabremos todo de ambos entre los años 1986 y 2010. Tan solo un capítulo comienza en 1944 y avanza en el tiempo hasta... 
Pero si consideramos que 2010 es el presente, también nos llevará al futuro. Los últimos capítulos van de 2013 a 2016, ahora ya de manera lineal, aunque también con diferentes escenarios y personajes. En ellos veremos lo que sucedió a partir de 2010. Veremos las consecuencias de aquellos hechos de 2010 que, a su vez, fueron consecuencia de los años anteriores y es que  "¡Qué diferente podría haber sido todo, qué minúsculas las causas y qué devastadoras las consecuencias!". Aunque tampoco son minúsculas las causas. Y de nada sirve pensar qué hubiera pasado si... o qué hubiera pasado si no... Todos tenemos esas tentaciones de vez en cuando, pero no son más que una manera de querer dar importancia a los hechos cotidianos y fútiles, casi mezquinos en lo que tienen de exiguos y poco trascendentes; tratar de enmendar la historia pasada, es como jugar con hielo entre las brasas, nos quemaremos y nos quedaremos con las manos vacías. "Hay que buscar lo que tenemos delante, no lo que nos es inalcanzable ni lo que hemos perdido. Hay que agarrarse a lo que tenemos a mano y sujetarlo con fuerza".

Maggie O'Farrell

No conocía de nada a la autora irlandesa nacida en 1972, y sin embargo esta es ya su séptima novela. Me ha gustado, a pesar de algún pequeño fallo que le he notado, nada de importancia: en un determinado momento recurre a una estrategia un tanto facilona para resumir acontecimientos que no se han contado: "le gustaría decirle: «Dejé preñada a una chica del instituto, ¿te enteras? Se nos rompió el condón, mala suerte, una posibilidad entre un millón, puede pasarle a cualquiera, elija usted el cliché que más rabia le dé. La chica era católica, una inglesa de esas pijas, así que no quiso abortar y aquí nos tiene. ¿Quiere sacarnos una foto, o qué?»". Y poco más. Poco fallo para una historia que me ha enganchado desde el principio y que me ha costado despegar de las manos; que está muy bien escrita y tiene recursos originales. 
Indagaré algo más en la autora a ver qué me depara, aunque, y espero equivocarme en este caso, algún otro autor de este estilo ha llegado a cansarme tras tenerme enganchada durante dos o tres novelas. Cuando la temática o el estilo se repiten en exceso, por mucho que guste, termina por resultar repetitivo. En literatura, o se evoluciona, aunque sea alrededor de lo mismo, o se decae hasta perderse en lo banal. Veremos.



viernes, 7 de septiembre de 2018

"Todos nuestros ayeres" Natalia Ginzburg

"El retrato de la madre estaba colgado en el comedor: una señora sentada con sombrero de plumas y una cara larga y cansada con gesto de susto. Siempre había tenido mala salud, le daban mareos y palpitaciones, y cuatro hijos habían sido demasiados para ella. Murió poco después de que naciera Anna".
Por eso Ann a y Giustino van al cementerio algunos domingos. Concettina e Ippolito no, porque si una detesta salir de casa los domingos, el otro tiene que acompañar al padre y ayudarle con sus memorias. Así es que Anna y Giustino van al cementerio acompañados de la señora María, una señora para todo que se trasladó a vivir con ellos cuando murió la madre y antes vivía con la abuela paterna y la acompañaba en sus viajes. 
En el cementerio solo María reza ante la tumba de la madre porque el padre siempre ha dicho que rezar es una estupidez y los niños obedecen al padre que también les ha dicho "que Dios a lo mejor existe pero no hace falta rezarle, es Dios y ya sabe por sí mismo cómo anda todo".
Como vemos, el padre es agnóstico. También es antifascista. Está escribiendo unas memorias desde hace muchos años tituladas "Y nada más que la verdad" donde habla en contra de Mussolini y del rey y siente un gran regocijo al pensar que ambos viven ajenos al hecho de que cerca de Turín, en una pequeña ciudad de Italia, alguien escribe sobre ellos y contra ellos.
Anna descubrió la casa de enfrente y con Anna la descubrieron todos los de la familia. Nunca hubieran pensado que en la casa de enfrente se escondía, haciendo burla tras las cortinas, el destino de algunos de ellos. De Anna, desde luego, pero también de Ippolito y hasta de algún personaje que tardará un tiempo en aparecer, porque pocas cosas en esta novela serían lo que son de no ser por la familia de la casa de enfrente.
El padre no les conoció ni su destino se vio influido por ellos. Su muerte fue la causa de que Anna los descubriera. El padre murió tras meterse en la cama, poco después de haber quemado todos los folios de sus memorias en la chimenea, diciendo que había que reescribirlo todo. "Se metió en la cama y ya no se pudo levantar. Cada vez se ponía un poco peor, se estaba muriendo, y todos lo sabían, él el primero, por supuesto, pero hacía como que no, él que antes de ponerse malo de verdad siempre estaba hablando de la muerte".

Benito Mussolini en su época de esplendor
A partir de entonces, la vida de los hermanos y de la propia María se verá mezclada con la de Emmanuele y su hermano, Giuma, y su medio hermana, Amalia, y mammina y el señor mayor, que era el padre y era muy viejo, y el invitado que no se entendía muy bien quién era, pero tampoco debía de ser invitado porque llevaba zapatillas. Esos son los habitantes de la casa de enfrente.
Aunque estos no son los únicos personajes que influirán en la vida de la familia. También están los novios de Concettina que rondan la casa a todas horas, sobre todo Danilo, y el viejo amigo del padre que manda cartas y chocolatinas, y les invita a visitarle en su castillo, "pero el padre no quería ni oír hablar de Cenzo Rena, porque aunque habían sido muy amigos luego terminaron fatal, y cuando veía llegar los paquetes de chocolatinas, se encogía de hombros y daba un bufido, así que Ippolito tenía que contestar a escondidas a Cenzo Rena para darle las gracias y mandarle noticias de su padre"Cenzo Rena que pronto ganará protagonismo y conseguirá que alguno de ellos, efectivamente, conozca su castillo del sur, pero es un castillo sin torres ni glamour, aunque sea cálido y protector. 
Mientras tanto pasan los veranos en Los Guindos, la finca familiar donde está el perro. Y es que el perro también tiene su papel en el destino de algunos personajes.
Leo que la protagonista es Anna; que todo se ve a través de los ojos de Anna. No me lo parece, o tal vez sí y lo que pasa es que es una protagonista discreta, tanto que a veces ni aparece, tanto que algunos de los sucesos que se narran ocurren lejos de ella, sin su conocimiento. Pero puede que lo que sucede es que Anna, como le dice Cenzo Rena, ha sido siempre un insecto silente y perezoso, un bicho que no conoce el mundo más allá de la hoja a la que ha vivido aferrada con miedo a caerse y quedarse sin apoyo y sustento, pero ahora necesita soltarse y emprender su vida "ella ahora tenía que desprenderse de la hoja, a las hojas se agarraban los insectos con sus ojillos penetrantes y tristes, las patitas inmóviles y su jadeo leve y triste". Era una oruga comiendo de la hoja, pero ahora la metamorfosis la va a convertir en mariposa y deberá alzar el vuelo y soltarse para siempre. Lo que pasa es que la metamorfosis le ha venido muy pronto y, con dieciséis años, aún debería seguir un tiempo más de oruga silenciosa. Y tal vez es por eso por lo que siempre volverá a su silencio de insecto, a no soltar una hoja hasta haberse aferrado a otra.
Pero ese insecto tiene sueños, sueños de revolución, desde que asistió a la quema de periódicos clandestinos "habían detenido a Danilo y la policía no tardaría en acudir a detenerlos a ellos también, así que había mucho material que quemar y cuanto antes se pusieran manos a la obra, mejor. Ippolito había abierto la estufa y empezó a echar dentro periódicos, como había hecho el padre con el libro de memorias". Los sueños de revolución acompañarán a Anna durante toda la novela; una revolución de pegar tiros y escapar por los tejados, una revolución romántica y no la revolución más prosaíca, pero más práctica, que planea Cenzo Rena para después de la guerra "suponiendo que hubiera un después, quién sabe si lo habría, tal vez no".
Cenzo Rena da mejor el papel de protagonista. Tarda en tener peso en la historia, pero cuando lo tiene, ante la mirada de insecto de Anna, irá siendo determinante en la vida de todos. Ay, Cenzo Rena; un personaje sobre el que no supe muy bien qué opinar hasta bien avanzada la novela; nos sorprende, nos mosquea, no sabemos muy bien de qué va, pero cuando lo descubrimos... Dejaré que lo descubra quien se acerque al libro.
Parece que pasaran decenios por todo lo que se vive en esta historia, pero al terminarla nos damos cuenta de que apenas han pasado unos años; los cinco de la guerra y unos pocos antes de ella. Porque en esta novela otro personaje, aunque lejano, es la Guerra. Como dice en su fantástico prólogo Elena Medel, "A Natalia Ginzburg le salió una novela sobre la guerra, aunque sin la guerra. No del todo: una novela sobre aquello que late antes del horror, la sensación de que algo grave nos destrozará, y ese miedo atraviesa su escritura"
La guerra se teme, se malinterpreta cuando llega porque "seguía estando lejos, en Polonia, Italia no se movía"; se sufre cuando por fin aparece en el horizonte más próximo. La Guerra y el fascismo dejan su impronta en la vida de todos y en la muerte de algunos.

Leone y Natalia Ginzburg
La prosa de Natalia Ginzburg es de una sencillez que emociona. Aparentemente, porque es una sencillez llena de matices, de detalles semiocultos que hacen que la novela tenga espacio suficiente para bucear en ella y sumergirse más o menos en sus profundidades. Podemos apenas meter la cabeza y merodear por la superficie, y disfrutaremos mucho; podemos hundirnos y disfrutar y sufrir y compartir sus esperanzas y miedos y sentimientos con los maravillosos personajes que nos describe.
Natalia Ginburg vivió algunas de las cosas que cuenta en "Todos nuestros ayeres". Su padre pertenecía a una familia judía y antifascista. Su primer marido, Leone Ginzburg, también antifascista y de origen judío, estuvo en la cárcel varias veces y  fue desterrado a un pueblo de los Abruzzos al que le siguió Natalia. Finalmente en 1944 murió en Roma tras ser detenido y torturado por la Gestapo.
Y, sin embargo, la historia de "Todos nuestros ayeres" no es la historia de Natalia, o no solo su historia. En "Todos nuestros ayeres" nos podemos encontrar todos porque sus sueños y esperanzas y miedos son de todos y porque ese pasado que determinó el presente de Europa también determinó nuestra vida, así es que retomando las palabras de Elena Medel en el prólogo, que por cierto recomiendo leer después de la novela, "Natalia Ginzburg nos devuelve página a página los gestos de su gente y los años que cambiaron para siempre el destino de Europa: en la mirada de Anna está nuestro pasado".

Esta novela entra además en el II reto "Nos gustan los clásicos" por estar publicada antes de 1990. "Todos nuestros ayeres" está publicada en 1952.

martes, 4 de septiembre de 2018

"Siempre hemos vivido en el castillo" Shirley Jackson.

"Más allá del ayuntamiento, a la izquierda, está Blackwood Road, que conduce a nuestra casa. La Blackwood Road rodea las tierras de los Blackwood y a lo largo de toda la Blackwood Road hay una alambrada que colocó nuestro padre. Poco después de pasar el ayuntamiento, una gran roca negra indica la entrada al sendero donde está la puerta que abro y cierro con llave tras de mí; luego cruzo el bosque y ya estoy en casa.
La gente del pueblo siempre nos ha odiado".
Quien así habla es Mary Katherine Blackwood (Merricat), una joven de dieciocho años. Vive con su hermana Constance (Connie) y su tío Julian porque, desde el primer párrafo lo sabemos, el resto de la familia ha muerto. Viven en una de las pocas casas bonitas del pueblo. Las otras son las de los Clark, los Carrington y, por supuesto, la casa Rochester, la más bonita del pueblo, en la que había nacido la madre de Merricat y de Connie. Pero la madre de las muchachas se casó con John Blackwood y se trasladó a vivir a la casa Blackwood y ahora está muerta como el resto de la familia.
Por lo demás, el pueblo es un pueblo más, en el que la gente vive "en pequeñas casas sucias en la carretera principal o en las afueras" y en el que los hombres pasan las horas muertas sentados a la puerta de la tienda, esos hombres que "se mantenían jóvenes y se dedicaban al chismorreo, mientras que las mujeres envejecían con un maligno cansancio gris esperando en silencio a que los hombres se levantasen y regresaran a casa".
Cuando empieza la narración de Merricat, tras el primer párrafo, sabemos ya muchas cosas, algunas inquietantes, como su amor por la Amanita phalloides o su rechazo a lavarse o su deseo de haber sido mujer lobo. También sabremos pronto que es el único miembro de la amputada familia que sale de casa. Dos veces por semana, martes y viernes, se dirige al pueblo donde se surte de comida en el colmado y libros en la biblioteca.
Aunque parece que hace meses que ni siquiera Merricat sale de casa porque los libros de la biblioteca que reposan en el estante de la cocina debieron ser devueltos cinco meses atrás. Puede que desde hace cinco meses Merricat ya no tenga que enfrentarse dos veces por semana a las burlas, el desprecio y las coplas siniestras de niños y mayores:
"Merricat, dijo Connie, ¿una taza de té, querrás?
Oh, no, dijo Merricat, me envenenarás.
Merricat, dijo Connie, ¿quieres ir a dormir?
¡Bajo tierra te vas a pudrir!"
Unas coplas que dan idea del terrible secreto que se esconde en la casa Blackwood. Unas coplas de cuento de hadas, de esos en los que siempre hay brujas (brujas buenas, brujas malas), aunque tardemos en identificarlas y para ello tengamos que leer entre líneas, porque si es cierto que las cosas no siempre son lo que parecen, eso es especialmente cierto en esta fascinante historia.
Del terrible secreto iremos sabiendo cada vez más hasta saberlo todo, hasta saber qué fue lo que sucedió hace seis años alrededor de la mesa del comedor en la que "la familia se reunió para cenar [...]. Nunca hubiéramos imaginado que iba a ser la última vez". Sin ninguna dificultad sabremos lo que sucedió. Lo que nos exigirá un poco más de perspicacia y atención es saber por qué sucedió y quién fue el culpable. Los ojos se nos irán hacia una u otra de las hermanas, hacia el tío Julian e incluso hacia Jonas (¿que no te he dicho aún quién es Jonas? Bueno no es posible imaginar ciertas historias sin un gato).
Connie es buena, amable y un poco bobalicona... Bastante ingenua para los veintiocho años con los que ya cuenta, aunque a veces la bondad puede esconder altas dosis de perversidad e hipocresía, sobre todo si tienes que proteger a alguien a quien amas. Merricat es espontánea, decidida, capaz de vencer sus temores y aguantar un poco más, una burla más, una insinuación maliciosa más; pero destila una cierta perversidad que nos desconcierta porque no le pega. "Desearía que estuvierais todos muertos, pensé, y me sentí tentada de decirlo en voz alta. «Nunca dejes que vean que te afecta —me decía Constance y añadía—: Si les haces caso, será peor». Y probablemente tenía razón pero yo deseé que estuvieran muertos. Me habría gustado llegar al colmado una mañana y verlos a todos, incluso a los Elbert y a los niños, agonizando en el suelo entre gritos de dolor". ¿Protege también a alguien?
El tío Julian consume sus días y la vida que le queda en una crónica exhaustiva de los hechos de hace seis años, demasiado exhaustiva pretende que sea teniendo en cuenta que su estado mental está un poco deteriorado y ni siquiera tiene muy claro quién vive y quién pereció aquella última noche.
Y Jonas... Jonas es el gato de Merricat.
Y la comida, siempre la comida. La que elabora Connie, la que les da el huerto, las compotas y conservas de generaciones de mujeres Blackwood acumuladas en el sótano, la que llevan los vecinos, el niño que Merricat se pregunta si sería capaz de comerse al final de la novela y que Connie no sabe si sería capaz de cocinar... pero esto de la comida no es cosa mía. Esto es cosa de otra bruja, en este caso buena, que asoma sus artes una vez terminada la novela y de la que hablaré en breve.
Este libro me llegó a través de dos amigas blogueras a las que ya he mencionado en más ocasiones, pero es que ellas son "culpables" de una buena proporción de lo que leo y jamás me he equivocado siguiendo sus directrices. Son Lorena, que se rindió a Merricat, y Ana, quien no se atrevió a tanto aunque le faltó muy poco. Yo no sé a qué carta quedarme porque Merricat me fascina a la vez que me asusta, y he decidido rendirme a Shirley Jackson.

Shirley Jackson
Shirley Jackson murió en 1965 a la edad de 49 años. Yo no la conocía hasta esta novela, pero ya tengo echado el ojo a alguna más porque su forma de escribir me ha fascinado y sus personajes me parecen formidables. Su Merricat tiene el gran mérito de producirnos ternura a la vez que un escalofrío nos recorre la espalda, y Connie nos da grima de tan ingenua y fácil de manejar y nos cautiva con su bondad a pesar de que...
Mientras leía las reseñas, primero de Ana y después de Lorena, no podía dejar de pensar en otra bruja ante la que estoy rendida sin condiciones: Joyce Carol Oates, que me parecía que bien podría haber sido la autora de "Siempre hemos vivido en el castillo", pues lo que leía acerca de esa novela me traía a la cabeza muchos de los libros de la autora. Cuando por fin tuve mi ejemplar de la novela, vi esto en la parte de abajo de la portada:




Y no me lo podía creer. A veces las casualidades... aunque no, seguro que no es una casualidad. Quién mejor para hacer un comentario final a la novela que una autora que también cultiva el género y el estilo. 
Y en ese comentario, en ese posfacio descubro cosas que no sabía. Descubro que el pueblo que aparece en la novela es un pueblo situado en Nueva Inglaterra. O eso dice Oates, aunque no sé muy bien por qué. Pero sobre todo descubro (podía haberme dado cuenta yo misma, pero no ha sido el caso) la importancia de la comida "Nos tragamos el año. Nos comemos la primavera y el verano y el otoño. Estamos esperando a que crezca algo para luego comérnoslo". Así empieza el posfacio. Y luego lo analiza como analiza a Merricat y a Connie y todo el libro, porque como ya lo hemos leído, no hay miedo al destripe ni al revelado indiscreto de la trama o del final. Y entiendo el porqué de un posfacio en lugar de un prefacio. Que nadie ose leerlo antes de adentrase en el mundo mágico de "Siempre hemos vivido en el castillo".

Esta novela entra además en el II reto "Nos gustan los clásicos" por estar publicada antes de 1990. "Siempre hemos vivido en el castillo" está publicada en 1962.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Septiembre 2018


Pacita tenía los ojos verdes, siempre abiertos, y labios de india, como los míos, que cerraba rozándolos apenas, entre las comisuras el hueco suficiente para franquear el paso a un delgado hilo de baba blanca que se escurría despacio, estancándose a veces al borde de la barbilla. Era una criatura abrumadoramente hermosa, la más guapa de las hijas de mi abuela, el cabello espeso, castaño y ondulado, una nariz difícil, perfecta en cada perfil, el cuello largo, lujoso, y una línea impecable, de arrogante belleza, uniendo la rígida elegancia de la mandíbula con la tensa blandura de un escote color caramelo, al que aquellos grotescos vestidos de mujer consciente de su cuerpo que ella nunca eligió otorgaban una fabulosa y cruel relevancia.

No fue esta la primera novela que leí de su autora, pero sí fue la que me enamoró totalmente de ella. Desde entonces, ni una sola de sus novelas ha dejado de pasar por mis manos. Puede que las tenga mejores; las tiene de hecho, pero ninguna ha vuelto a sorprenderme y fascinarme tanto como esta.
No sé por qué (en poco nos parecíamos en cuanto a familia y entorno social) me sentí bastante identificada con Malena, con ese personaje de nombre de tango que protagonizaba "Malena es un nombre de tango" de la escritora Almudena Grandes.
Malena, en su infancia, como yo en la mía, era un desastre que ansiaba parecerse a las demás niñas y nunca lo conseguía: pelo alborotado con guedejas colgando, calcetines caídos sobre el borde de los zapatos, blusa del uniforme parcialmente por fuera de la falda, cuadernos desordenados... En realidad, Malena rezaba cada noche para amanecer siendo niño, pero ya que parecía tarea imposible, al menos quería ser igual que las de más niñas, igual que su hermana Reina. Yo me conformaba con mantener los calcetines en su sitio y los pelos dentro de la goma. Mira que lo intentábamos (Malena y yo), pero nunca fue posible. 
Y crecimos sin llegar a conseguirlo con lo que durante muchos años de adolescencia y juventud, nos sentimos como bichos raros a los que no les interesaba lo que debía interesarles y que no disfrutaban con lo que disfrutaban los demás bichos que no eran raros. Malena, como su abuelo y su tía Magda, tenía la mala sangre de Rodrigo, su antepasado conquistador de Perú. Yo no tengo conocimiento de ningún antepasado con mala sangre. Tendré que indagar un poco más en mi árbol genealógico.
Afortunadamente yo no tenía una hermana melliza y perfecta como Reina para recordarme y hacerme más patentes mis fallos y defectos. Por desgracia, yo no tenía un abuelo que me regalara una esmeralda, ni una tía Magda que, siendo tan rara como yo, me hiciera reconciliarme con mis rarezas. 
Sí, Malena tenía un abuelo que cuando tenía doce años le regaló una esmeralda; una esmeralda de la que no podía hablar con nadie, pero que un día podría salvarle la vida, una esmeralda que tenía nombre: Reina, igual que su madre y su hermana. Ella se llamaba Magdalena, igual que la tía Magda, la melliza de su madre. Porque su madre, al igual que ella, tenía una hermana melliza y ambas parejas de mellizas eran Reina y Magdalena. Y parece que los nombres imprimen carácter porque las llamadas Reina, madre y hermana de Malena, eran mujeres perfectas, como atendiendo a las exigencias de su nombre: hermosas, rubias, aseadas, siempre impecables, sabiendo comportarse en todo momento como correspondía a su sexo y a su posición. Las Magdalenas, la propia Malena y la tía Magda, en cambio, siempre fueron rebeldes, extrañas, desastrosas, con un comportamiento extemporáneo y poco acorde con su medio social. No en vano se lleva en las venas la mala sangre de Rodrigo.
Malena nos cuenta su historia desde que tiene unos diez años hasta los treinta y tres "Tengo la edad de Cristo, y una hermana melliza, muy distinguida, que no colecciona fantasmas y nunca se ha parecido a mí".
Y del colegio de monjas del invierno, al pueblo de Extremadura de los veranos y al Madrid de la movida de los ochenta; de la infancia y la adolescencia con su descubrimiento del amor y el sexo, a la juventud y los primeros fracasos y a la madurez del sosiego... aunque no tanto.
Y con Malena asistimos a algunas pinceladas, a algunos acontecimientos de la Historia en los que se han visto envueltos algunos de sus antepasados: la conquista de Perú, la Guerra Civil...
"Malena es un nombre de tango" es una novela que nos llega porque creo que, unos por unas cosas y otros por otras, todos terminamos por encontrar en ella nuestro sitio, por identificarnos con alguna de sus situaciones o alguno de sus personajes. 
Leí esta novela por primera vez en 1994. Volví a leerla en 2009 y no descarto que vuelva a visitarla en cualquier momento porque al hablar aquí de esta novela, me he quedado con unas enormes ganas de volver a ella y descubrir si me sigo sintiendo identificada con Malena o ahora, tal vez con el paso de los años, es Magda quien me sirve de referente.

Las novelas que aparecen en esta sección, "Bienvenido nuevo mes literario", no están recién leídas, pero están leídas. Se trata de novelas que empleo para comenzar cada mes, y por eso empieza la entrada con el inicio del libro. No pretende ser una reseña, sino el comentario sobre una historia que me marcó lo suficiente como para poder hablar de ella aunque haga ya muchos años que la leí. Por ello, espero que me perdonéis si incurro en algún error.




martes, 28 de agosto de 2018

"Vidas minúsculas" Pierre Michon.

"Un día del verano de 1947, mi madre me lleva en brazos, bajo el gran castaño de Cards, al lugar donde se ve desembocar de pronto el camino comunal, ocultado hasta allí por el muro de la porqueriza, los avellanos, las sombras; hace buen tiempo, mi madre seguramente lleva un vestido ligero, yo parloteo; en el camino, su sombra precede a un hombre desconocido para mi madre; se detiene; mira; está conmovido; mi madre tiembla un poco, lo inhabitual pone su nota sostenida entre los ruidos frescos del día. Por fin el hombre da un paso, se presenta. Era André Dufourneau".
Pierre Michon tenía 39 años cuando publicó "Vidas minúsculas". Era 1984 y esta fue su primera obra. Pierre Michon había nacido en 1945 por lo tanto tenía dos años cuando, bajo el castaño de Cards, en brazos de su madre, se encontró con André Dufourneau. Dufourneau será la primera vida minúscula que Michon nos relatará; una de esas vidas minúsculas de las que se servirá para irnos contando otra vida, también minúscula, aunque no para él: la suya propia. 
Su vida que, como la de todos, empieza antes de que vengamos al mundo, mucho antes, aunque no seamos capaces de remontarnos más allá de tres o cuatro generaciones para dar cuenta de nuestra historia. André Dufourneau, será el primero porque llegó a la familia en tiempos de los bisabuelos del autor. Y llegó como un niño enviado por la asistencia pública a petición de la bisabuela para ayudar en los trabajos de la granja; un niño afortunado porque en lugar de padecer hambre, exceso de trabajo y malos tratos, sería como uno más de la familia, aprendería a leer bajo la enseñanza de la abuela del autor, para la que sería un hermano y terminaría por buscarse fortuna en África; un niño este André Dufourneau heredado en la memoria por vía materna como el ADN mitocondrial: de la bisabuela innominada a Élise, la abuela, y de esta a Andrée, la madre.
En la familia de la abuela Élise hay una reliquia:  la Reliquia de los Peluchet. Se trata de una inexpresiva Virgen con un niño en brazos, que esconde, en el doble fondo del estuche de vidrio que la contiene, unos pequeños restos de un santo que no se nombra. "La llevaron a sus lechos de agonía [...], la llevaron antes de que ganara la nada, ellos la miraron antes de naufragar, el ojo espantado de unos y el ojo enmudecido de los otros, la besaron o la maldijeron, [...]. Y el mismo impávido objeto los había recibido cuando, no menos aterrados y negándose con todas sus fuerzas, habían salido del seno de su madre [...] pues la reliquia ayudaba a las mujeres en su trabajo de parto, cuando el nombre con grandes gritos se perpetúa".
Los Peluchet desaparecieron con el siglo (XIX) y el último fue Antoine Peluchet, la segunda vida minúscula. Murió sin descendencia, por lo que la reliquia pasó a manos de su hermana mayor, que se la pasó a su única hija Marie "que casó con un Pallade. Esos Pallade engendraron a su vez dos hijas: una, Catherine, murió sin descendencia [...]; la otra, Philomène, se casó con Paul Mouricaud, de Cards, con quien concibió sólo a Élise, mi abuela; ésta, de su relación con Félix Gayaudon, sólo trajo al mundo a mi madre, que dio a luz a una hija que murió pronto, y luego a mí". También por vía materna, entre Antoine Peluchet y el autor, se heredó esta reliquia.
También son minúsculas las vidas de los abuelos Michon, Eugène y Clara, aunque menos minúsculas que las de su padre Aimé al que no conoció, desaparecido sin dejar rastro cuando el autor tenía dos años. También será minúscula la vida de su hermana, muerta antes de nacer él, y también lo será menos que la de su padre porque a esa muerta pequeña la llegó a conocer "Era ella, «la pequeña muerta, detrás de los rosales». Estaba ahí, delante de mí. Estaba muy natural, aprovechaba el sol. Tenía diez años de edad terrestre, había crecido, ciertamente menos rápido que yo, pero los muertos tienen tiempo para atrasarse, ningún deseo desenfrenado de su fin los empuja hacia adelante".
Y hay más vidas de personas que pueblan la infancia del autor y vuelven después de los años a aparecer como fantasmas del pasado. O simples fantasmas que llegan en la juventud aunque no hubieran estado presentes en la infancia. 
Como Georges Bandy, este sí párroco de su infancia en la iglesia de Mourioux, reencontrado en el hospital pisiquiátrico de La Ceylette en el que el autor se recupera del abandono, el alcohol, las drogas y la desilusión de no encontrar la Gracia; o de haberla perdido. "En esos meses funestos en que buscaba la Gracia, perdí la gracia de las palabras, del habla simple que calienta el corazón que habla y el que escucha; olvidé cómo hablar a la gente sencilla entre la que nací, a la que todavía quiero y de la que debo huir".
Como el tío Foucault que tenía nombre de filósofo y misionero. Le conoció en un hospital en el nuestro autor que se recuperaba de una paliza más que merecida (si eso se puede merecer en algún momento). Foucault estaba ingresado por un  cáncer de garganta del que no quería curarse. O tal vez sí quería, pero razones para él fundamentales le hacían preferir no desplazarse a París, único lugar de tratamiento.

Pierre Michon
Hay casi más rojo que negro en esta reseña o comentario o lo que sea. El lenguaje del autor me embriaga de belleza y dificultad. Muchas frases tengo que leerlas varias veces; parece que se pierde en la sintaxis, que se olvida de añadir la frase principal tras enlazar una a otra varias subordinadas; parece que se olvida de cerrar los paréntesis, que se despista y se va por las ramas. Pero somos nosotros los que nos despistamos, nos perdemos entre las comas, los punto y coma, los guiones que acotan y los paréntesis. Y tenemos que releer con más atención para descubrir que nada falta y nada sobra; el autor da siempre con la frase perfecta, la expresión precisa, el párrafo seductor. Y recuerdo otra lectura hecha en las mismas condiciones hace ya varios años, y no me extraña, ya avanzada la novela, ver que menciona a Proust; y no me extraña, al buscar información tras terminar el libro, enterarme de que Proust es uno de sus referentes. "Vidas minúsculas" podría estar sacada de alguno de los volúmenes de "En busca del tiempo perdido". También se menciona la influencia de Faulkner (y de otros a los que no conozco o no he leído) y, aunque menos, también me doy cuenta de que la he encontrado.
Como Proust, como Faulkner, Pierre Michon no es el autor que una busca para pasar el rato y entretenerse una tarde perezosa de verano (o de invierno, con un chocolate caliente y la chimenea encendida en una tarde nublada y tormentosa del Cantábrico). No, al Pierre Michon de "Vidas minúsculas" hay que buscarlo para desentrañar su compleja literatura, para extasiarse ante su belleza, para emocionarse con la forma y con el contenido. Hay que buscarlo para ver como se puede contar una vida a través de otras vidas, porque ninguna vida se fragua en soledad. Cada uno vive por, para, a través, a pesar, en contra de los demás. Cada una de las vidas que se nos relatan sucede alrededor de alguna vivencia, provocan alguna vivencia, surgen de alguna vivencia del propio autor y así, uniéndolas como pequeñas piezas de un puzzle, conformamos una imagen total que es la vida del autor en sus primeros treinta y nueve años y algo antes.
De la misma manera, su vida minúscula al evocar esas vidas las dota de contenido, las resucita para nosotros y para él mismo, impedirá que se esfumen en el olvido por unos años más, por unos instantes más. "La juventud está llena de inventos y exageraciones, pero ésta no lo era totalmente: mi hermana, sí, de veras me pareció que esa niña era ella en el instante en que la vi;[...] una hija de obreros suburbanos en vestido de verano dio cuerpo al paradigma de todas las desapariciones, [...] Cuando la risa de la última mañana cae sobre Bandy borracho, cuando en un salto los ciervos ficticios se lo llevan, yo estaba ahí con toda seguridad, [...] Creo que los suaves tilos blancos de nieve se inclinaron en la última mirada del viejo Foucault más que mudo, lo creo y quizás es lo que él quiere. Que en Marsac siempre nazca una niña. Que la muerte de Dufourneau sea menos definitiva porque Élise lo recordó o lo inventó; y que la de Élise sea aliviada por estas líneas. Que en mis veranos ficticios, su invierno vacile. Que en el cónclave alado que tiene lugar en Cards sobre las ruinas de lo que hubiera podido ser, ellos sean". 

Esta novela entra además en el II reto "Nos gustan los clásicos" por estar publicada antes de 1990. "Vidas minúsculas" está publicada en 1984.

sábado, 25 de agosto de 2018

"Subsuelo" Marcelo Luján.

"No fue la noche.
Ni el verano ni el hielo.
Ni los altos árboles que todo lo ven.
No. No fue nada de eso.
Bajo el cielo azul oscuro del valle, las cosas son un poco mágicas para los que vienen de la ciudad.
O tal vez haya sido todo".
Sí, tal vez fue la magia, porque nada supone que la magia tenga que ser buena. 
"Subsuelo" es una novela sumamente inquietante; una novela mágica; una historia que a veces tiene reminiscencias de cuento de hadas (tampoco las hadas son siempre buenas): Una casa en un valle, cerca de un pantano, rodeada de un bosque de abedules al que rodean a su vez las montañas; una fiesta de fin de semana entre amigos: parejas adultas adolescentes, el flash de un amor de verano; el flash de unos celos, el flash de unas luces brillantes, demasiado brillantes en la noche negra de verano. 
La magia empieza al borde de una piscina donde tres jóvenes, dos chicos y una chica, se refrescan las piernas tras la cena. Porque sí, ya lo hemos dicho, es verano. Toda esta novela transcurre en verano, aunque no sea el mismo verano, con vaqueros cortos, bikinis de colores o lisos, chancletas, bermudas... Los jóvenes se refrescan y dos de ellos tontean con los pies bajo el agua; la chica morena y el chico moreno, se acarician los pies, o él le acaricia los pies a ella con sus pies y ella siente un flash (uno de los primeros flash de esta novela) porque, aunque se conocen desde hace ocho años y pasan juntos todos los veranos en la parcela del valle, nunca se habían fijado uno en otro. Pero ayer el chico moreno la enseñó a conducir por el camino del pantano y tiene tres años más que ella que recién acaba de cumplir los dieciséis y esos pequeños detalles son el flash que está a punto de iniciar la historia y cambiarlo todo, y es que "ellos no lo saben, pero en efecto algo muy importante en sus vidas está a punto de ocurrir. Y en las de sus padres, por supuesto, también".
El otro chico es rubio; no para de hacer vídeos, o de intentarlo, con su móvil. También mata sapos. Es nervioso y colérico. Es el mellizo de la chica morena. Es retorcido y perverso, aunque eso, de momento, solo se intuye levemente. A mí, desde el principio, me resultó siniestro.
En el primer capítulo, se nos describen los hechos de esa noche de verano desde el punto de vista de los tres jóvenes. Está narrado, como toda la novela, mayoritariamente en presente y en tercera persona, pero en esta parte los chicos son los protagonistas; el resto de los personajes aparecen de forma tangencial, vistos por ellos y en relación con ellos.
En el primer capítulo tendrán lugar los acontecimientos que todo lo cambian; el resto de la novela será consecuencia de esos hechos e irá caminando, como una tragedia griega, hacia un desenlace que no tiene alternativa ni remedio porque, como en toda tragedia griega, el destino se tiene que cumplir inexorablemente y se cumplirá como no puede ser de otra manera.
Después del primer capítulo, en ese viaje hacia el destino, saltaremos dos años en el tiempo y sabremos que los mellizos se llaman Fabián y Eva y el chico moreno, Javier. El hermano del chico moreno se llama Ramón. También sabremos más cosas de los padres de los mellizos, Alberto y Mabel. Y sabremos que Ramón tiene una madre que se llama Ana y es muy amiga de Mabel. Su padre ya no vive con ellos pues desde los hechos de hace dos años, Ana y él se han separado. Volvemos a encontrarnos en la parcela del valle a donde nadie ha regresado en esos dos años. Una colonia de hormigas centenaria tiene tomada la parcela desde tiempos inmemoriales; ahora ya se ha convertido en una plaga y desde el subsuelo amenaza la estabilidad. Alberto ha decidido terminar con la colonia que pone en peligro las raíces de los cerezos. A Mabel "le dan igual los cerezos de la parcela. Le dan igual las hormigas negras que se los están comiendo. Le da igual la empresa desinsectadora". Mabel solo quiere mantener a salvo a su hija de lo que pasó hace dos años y mantenerse a salvo de sus recuerdos aun recordando. Porque Mabel no es de este país que, aunque no se menciona yo imagino que es España. Mabel es argentina y, mientras ceba un mate bien cargado y amargo que chupa con la bombilla, contempla el calendario "Dieciseis. Todo el mes de julio ahí, [...] Y el número escorado a la izquierda porque este año también cae lunes, como en 1979. Solo es una coincidencia pero aun así le sorprende. O mejor: no es sorpresa lo que experimenta sino una leve palpitación a la altura de las sienes, constante y abrasiva. Siempre que es dieciséis de julio es, para ella, al menos durante unos minutos, 1979". Dieciséis de julio en Argentina, un frío día de invierno, tan frío como el país helado en su saldo de detenidos, torturados, desaparecidos, muertos; muertos como Guaya y Emilse y Pablo. Muertos de otra vida que abandonó "el día en que se montó en aquel avión con un pasaporte falso que su padre tuvo la inmensa fortuna de conseguir"
Y en el calor de julio, mientras las hormigas centenarias agonizan en el subsuelo, como un reflejo aéreo del que la piscina y el césped fueran el espejo, aquí arriba, sobre la colonia que está próxima a su fin, las vidas de nuestros protagonistas se aproximan a su destino, a un destino inexorable que empezó a gestarse hace dos años, una noche de viernes, el último viernes de agosto, en que cuatro parejas con sus hijos se reunieron para una inocente cena veraniega. Una noche envenenada sobre la que volverá el autor en un penúltimo capítulo en el que nos relatará de nuevo, pero en este caso, desde el punto de vista de los adultos, aquella noche de agosto; desde el punto de vista de las mujeres, amigas desde hace años Mabel y Ana, desconocidas casi Alicia y Sofía. También desde el punto de vista de los hombres que beben aunque quedan más desdibujados. Alberto y Jose, que aún vivía con Ana, innominados los otros.
Los sentimientos y hechos a los que asistimos sobre el subsuelo, por encima de la agonía envenenada de la colonia de hormigas, más aquellos de los que da cuenta el recuerdo son terribles; espantan por su crudeza y crueldad, y prefiguran un final que nada bueno puede traer; un final, como ya he dicho, de tragedia griega,  porque las víctimas no siempre se comportan como tales; las afrentas van creando resentimientos y frustraciones que solo se resuelven cuando el precio a cobrarse es total y supera todo el horror y el miedo acumulado a lo largo de los años creando más horror en venganza, aunque, a veces, no todo está tan controlado como creemos. 
Mientras todo llega a su fin, una última hormiga, la última superviviente, intenta abandonar los corredores envenenados del subsuelo para caer al agua de la piscina donde morirá al aire libre, fuera del agobiante y tóxico subsuelo, porque como bien sabe Mabel desde hace mucho tiempo, "a nadie le importa dónde aparecen los muertos".


Marcelo Luján
Termino de leer la novela y me doy cuenta de que, aunque a partir de un determinado momento el final se me hizo predecible, la historia tiene magia, aunque sea negra, y está tan bien contada y es tan original, por lo demás, que se le puede perdonar ese final previsible. 
Marcelo Luján, argentino establecido en Madrid, obtuvo con "Subsuelo" el Premio Dashiell Hammett en la Semana Negra de Gijón en 2016. Con esta lectura, por tanto, completo los cuatro últimos Premios Dashiell Hammett. Por si os interesa acercaros a este Premio, que cada vez me parece que ofrece más garantía, os dejo los enlaces a mis reseñas de los otros tres de los últimos cuatro años:
"Yo fui Johnny Thunders". Carlos Zanón (2015).
"Madrid: frontera". David Llorente (2017).
"El refugio de los canallas" Juan Bass (2918).



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