Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

lunes, 18 de junio de 2018

"Zuckerman encadenado" Philip Roth. I

A ver si me explico. Nathan Zuckerman es el protagonista de dos relatos con los que empieza el libro de Philip Roth "Mi vida como un hombre" (1974), concretamente, la primera parte del libro empieza con esos relatos. La segunda parte, titulada "Mi verdadera historia", está contada por un escritor judío llamado Peter Tarnopol que confiesa ser el autor de esos dos relatos iniciales. Por lo tanto, Tarnopol es el autor que creó a Nathan Zuckerman, pero Philip Roth es el autor que creó a Tarnopol por lo que estamos en un laberinto en que un autor crea un personaje que a su vez crea un personaje que a su vez... ¿No es maravilloso?
Sí, el mundo de Natahn Zuckerman es maravilloso, pero el mundo de Zuckerman es el maravilloso mundo creado por Philip Roth en todas y cada una de sus novelas (al menos las que he leído), aparezca en ellas o no aparezca Nathan Zuckerman.
Nathan aparece no obstante en muchas de las novelas de Roth. En la "Trilogía Americana" ("Pastoral Americana" [1997], "Me casé con un  comunista" [1998] y "La mancha humana" [2000]) es un personaje secundario que nos cuenta diferentes historias, pero manteniéndose más al margen que los personajes centrales a los que cede el protagonismo.  
No es el caso de la "Trilogía de Nathan Zuckerman"  en la que Nathan es el total y absoluto protagonista. Tampoco es el caso de la última obra en la que aparece Nathan Zuckerman, "Sale el espectro" de 2007, donde es un hombre de 71 años que vuelve a Nueva York tras vivir más de diez años en Nueva Inglaterra y recupera el protagonismo que ya había tenido en la trilogía que lleva su nombre.
Aunque se la llame trilogía, en realidad consta de tres novelas principales ("La visita al maestro", "Zuckerman desdencadenado" y "La lección de anatomía") y una novela corta que en español casi siempre se ha publicado con la tercera mencionada, y que funciona como epílogo de toda la serie, "La orgía de Praga". 
En 1985 las cuatro novelas se publicaron en un solo volumen con el título de "Zuckerman encadenado" y ese es el libro que yo he leído en una edición de Galaxia Guttemberg, concretamente, la que hizo en 2012 para Círculo de Lectores. 
Empecé la obra con la idea de ir alternando las novelas con otras lecturas. No voy a engañar a nadie: me costó un poco entrarle a la primera, hacerme con ella, empezar a disfrutarla. Desde luego, mi estado de ánimo no era el más adecuado; hay veces en que la incertidumbre de la tristeza presentida agobia más que la propia tristeza cuando llega. Ahora bien, en cuanto la hube asimilado y me hice con la historia, me arrastró de tal manera que he leído las cuatro novelas de un tirón. 
No son novelas que se puedan leer independientemente. Cada una viene de las otras, cada historia sale de la anterior y en realidad, todas las novelas forman una sola historia, la de un escritor judío, crítico con aquellos aspectos de su cultura y su religión que cree que debe criticar, que no es entendido por nadie, y menos aún por su propia familia.

"La visita al maestro" (1979).
(título original "El escritor fantasma") Zuckerman es un muchacho de 23 años que viaja a conocer a un escritor al que admira y que le ha invitado a su casa. Se trata de E. I. Lonoff, y Nathan ha ido a visitarle "para presentarle mi candidatura a hijo espiritual suyo [...]. Ni que decir tiene que ya tenía padre, y bien devoto que era, y bien que podía pedirle cualquier cosa en cualquier momento; pero era podólogo, no artista, y últimamente estábamos teniendo bastantes problemas familiares por culpa de un nuevo relato mío".
Efectivamente, en esta novela aparecen los primeros enfrentamientos entre Nathan y su padre por culpa de un relato, "Enseñanza superior", en el que el joven escritor cuenta una anécdota familiar que a su padre le parece que no deja en muy buen lugar a los judíos que serán vistos por los goyin (gentiles) como perros judíos con su amor al dinero. Lo que Nathan realizó como un homenaje a su familia, su padre lo ve como una afrenta al pueblo judío. Pero es que su padre aún vive lamentando algo que para Nathan ya queda lejano, algo que les ocurrió a los judíos "¡En Europa! ¡No en Newark! Nosotros no somos los condenados de Belsen. Nosotros no somos las víctimas de aquel crimen".
En casa de Lonoff, Zuckerman conoce a una joven que pasa allí unos días, se trata de Amy Bellette, cuya historia nos va dejando alucinados a la vez que la vamos conociendo y nos entra la duda de si está loca y todo se lo ha imaginado, si estamos locos nosotros y todo será cierto, o si todo es un producto de la imaginación de Nathan. No quiero desvelar nada, pero lo que esconde la vida de Amy y las reflexiones a que da lugar, son de lo mejor de toda la novela. Reflexiones que la llevan al punto de darse cuenta de que vale más muerta que viva y es mejor dejarlo estar. "Muerta, en cambio, bien podía ofrecer algo más que sano esparcimiento para jóvenes comprendidos entre los diez y los quince años; muerta había escrito, sin intención o sin proponérselo, un libro con la fuerza de una obra maestra para abrirle por fin los ojos a la gente".
Otra de las derivas argumentales de esta novela es la relación entre Lonoff y su mujer, genialmente expresada en un capítulo cuyo título, "La mujer de Tolstoi", lo dice todo.

"Zuckerman desencadenado" (1981).
Han pasado varios años y estamos en 1969. "Vietnam se había convertido en un matadero, y muchos norteamericanos, tanto en el campo de batalla como fuera de él, se habían vuelto completamente locos. Haría cosa de un año que Martin Luther King y Robert Kennedy habían sido muertos a tiros por asesinos". Nathan tiene ya treinta y seis años, tres divorcios en su biografía y se ha hecho célebre y millonario tras escribir una novela, "Carnovsky", que lo ha catapultado a la fama sin casi tener tiempo a asimilarlo. 
La experiencia se basa en lo que le ocurrió al propio Roth en 1969 a raíz de la publicación de "El lamento de Portnoy". Ambas novelas además son similares pues tratan de la adolescencia de un muchacho judío y sus problemas con el sexo, la culpa y una madre demasiado posesiva. No sé si los problemas posteriores al éxito fueron los mismos en Roth y en Zuckerman o si tan solo comparten la fama que les dieron sus novelas respectivas.


Philip Roth

A Nathan, "Carnovsky" le dio la fama y le permitió mudarse a un caro apartamento en el Upper East Side, tras separarse de Laura, su última mujer, gentil y WASP. Pero no a todo el mundo le ha gustado el libro de Zuckerman. "Ya eran muchos los que le habían escrito echándole la bronca. «Por pintar a los judíos en un ambiente de peep-show de total perversión, por pintar a los judíos cometiendo actos de adulterio, exhibicionismo, masturbación, sodomía, fetichismo y proxenetismo», alguien con más membrete en el papel de cartas que el mismísimo Presidente había llegado a sugerir que «habría que pegarle un tiro». Y eso, en la primavera de 1969, ya no era hablar por hablar".
Nathan se ve perseguido por Alvin Pepler, un hombre sin sentido de la discreción, incontinente verbal y obsesionado por su pasado de campeón de concursos televisivos, de los que tuvo que prescindir para dar paso a concursantes a los que se les daban las respuestas por parte de los productores. Aunque llegamos a dudar de si él no se benefició también de tales prácticas contra las que despotrica pues entre tanta vana palabra cualquier cosa puede ser posible. Tal vez alguien recuerde el caso. A mi me sonaba de una película vista hace unos años e investigando, descubrí que se trata de "Quiz Show" (Robert Redford, 1994).
Por si algo faltaba, el padre de Nathan muere en Florida, a donde se había trasladado el matrimonio tras jubilarse, y al morir dice una última palabra que perseguirá a Nathan durante muchos años y le supondrá la rotura de relaciones con su hermano Henry.
(continuará)

viernes, 15 de junio de 2018

"Babilonia" Yasmina Reza

"¿Qué importa lo que somos, lo que pensamos, lo que será de nosotros? Estamos en algún lugar del paisaje hasta el día en que dejamos de estar en él". Y para demostrarlo, Elisabeth comienza esta historia abstraída en un libro de fotos, "Los americanos" de Robert Frank, de 1958. Allí contempla a un hombre con traje y corbata con orejas de soplillo y un ejemplar de la revista "Awake" en la mano. Estaba vivo en 1955 cuando se sacó la foto. "Murió hace tiempo. Vestía con decoro para repartir sus folletos religiosos. Estaba solo, penetrado de una perseverancia triste y torva". Estaba en aquel rincón del mundo, en Los Ángeles, hasta que dejó de estar. Como muchos de los personajes retratados en el libro del suizo Robert Frank, como todos los personajes de todos los paisajes, de todas las fotos, de todos los tiempos. Antes o después dejamos de estar. 
A veces lo que deja de estar es toda una vida que se trunca y se convierte en otra. Un detalle casual, tan inesperado como innecesario, nos puede cambiar la vida para siempre.
Testigo de Jehová Los Ángeles
Robert Frank
(Los Americanos 1958)
Elisabeth tiene sesenta y dos años y no considera que su vida haya sido muy feliz. Tampoco desgraciada. Si tuviera que calificar su vida, le daría un seis; un seis haciendo trampa para no ser ingrata o herir a alguien. Ahora echa de menos a su madre que murió hace diez días y a su hijo que ya no vive en casa. Es feliz con Pierre su marido, aunque echa algo en falta en su relación de pareja, algo que tal vez siempre ha echado de menos, no solo ahora por la edad y la costumbre. "Estoy bien con mi marido. Pierre es alegre, de fácil convivencia. Nada charlatán, no me gustan los hombres charlatanes. Siempre a mi disposición, sin ser un blandengue ni un calzonazos. Es tierno. Me gusta su piel. Nos conocemos al dedillo. Le reprocho su amor demasiado incondicional. No me pone en peligro. No me magnifica. Le gusto incluso fea, lo cual no resulta nada tranquilizador. No existe electricidad entre nosotros, ¿ha existido alguna vez? ¡Deplorable balance!"
Tiene un vecino, Jean-Lino Manoscrivi, con el que sube las escaleras "los dos subíamos andando, yo para conservar un tipo pasable, él por su fobia a los sitios cerrados", y con el que, escalón a escalón, ha ido tejiendo la amistad suficiente para ir a las carreras o a tomar un café y pasear por las cercanías de su casa. Jean-Lino es nieto de inmigrantes judíos italianos por parte paterna. No es religioso, pero recuerda cuando su padre le leía el Libro de los Salmos, siempre el mismo pasaje inmortalizado por un marcapáginas deshilachado que su padre nunca movía de sitio "A orillas de los ríos de Babilonia, nos sentábamos y llorábamos al acordarnos de Sión". Y Sión no solo es Jerusalén, es la Tierra Prometida de los judíos; el Paraíso, añadiría yo, de los cristianos, y no hay nada peor que vivir con los ojos puestos en un Paraíso que no existe o en una Tierra Prometida que, tal vez, se basa en una promesa falsa. Afortunadamente, ni Jean-Lino, ni su padre según él, entendieron nunca los versos, con lo que no tuvieron sus esperanzas puestas en fantasías inexistentes.


Yasmina Reza

Elisabeth tiene sus ojos en fantasías del pasado. Al menos fueron existentes en el pasado, en forma de Joseph Denner, su enamorado de los diecisiete años, amante de la fotografía y al que recuerda cada vez más. 
Elisabeth se hace mayor y va caminando hacia el final. Cada vez más sola, sin padres que la ayuden a envejecer, (¡ah, si no se llegase huérfano a ese trago! como dice Serrat), sin un hijo con presencia constante, alborotando la casa y conjurando el paso de los años. 
Elisabeth envejece y ha decidido hacer una fiesta de la primavera. Ha decidido invitar a amigos y familiares para levantar el ánimo, para celebrar que sigue viva, para festejar el fin del duro invierno parisino, para no sentir que envejece en soledad. "Así somos, me dije. Tú también vas haciéndote mayor como todos tus conocidos, y sentí que formaba parte de esa multitud en marcha, cogida de la mano, haciéndose mayor hacia algo desconocido".
Una fiesta de primavera a la que acuden dieciocho personas entre compañeros de Elisabeth, amigos de Pierre, familiares... y los vecinos Manoscrivi, Jean-Lino y Lydie; una fiesta que transcurre entre las risas, los cotilleos, las anécdotas relatadas por unos y otros... y es una anécdota relatada por Jean-Lino acerca de Lydie y su manía de no comer pollo que no se haya "encaramado a los árboles", lo que desencadenará los acontecimientos posteriores. Unos acontecimientos que comienzan cuando ya ha terminado la fiesta y Pierre y Elisabeth están en la cama, dormida una, leyendo el otro. Es entonces cuando llaman al timbre y aparece Jean-Lino para darles la noticia que les cambiará la vida a todos.
No había leído nada de Yasmina Reza. La consideraba, sobre todo, una autora de teatro. Esta novela me la recomendó una amiga y me ha gustado tanto, que seguiré con otras novelas de las muchas que he visto que tiene la autora.
Solo conocía a Yasmina Reza, aparte del nombre, por la película "Un dios salvaje", dirigida en 2011 por Roman Polanski y que es adaptación de una de sus obras de teatro. La película consiste en la conversación entre dos parejas cuyos hijos respectivos han tenido una pelea en un parque. En principio, ambos matrimonios se comportan de manera culta y civilizada, pero poco a poco, la conversación comienza a discurrir por caminos insospechados. 


Una escena de "Un dios salvaje". Roman Polanski 2011

Eso es también lo que sucede en esta novela: una desafortunada anécdota contada en una fiesta, una conversación que comienza cuando la mujer se queja de esa indiscreción por parte del marido, una charla de la que se va perdiendo el control y que conduce a hechos inesperados. Y todo porque, tal vez, ese diálogo entre marido y mujer responde a esa mutación minúscula que según Svante Pääbo, profesor de Biología de Elisabeth, nos separa de los neandertales y nos lanza hacia un mundo de aventura que no sabemos controlar, "una mutación insólita del genoma que al parecer permitió el lanzamiento a lo desconocido, la travesía de los mares sin ninguna certeza de tierra en el horizonte, toda la fiebre humana de exploración, de creatividad y de destrucción. En suma, un gen de la locura".

martes, 12 de junio de 2018

"Frente al abismo" Lucas Berruezo

"Si seguía así, iba a terminar de almorzar para la hora de merendar. Pendeja de mierda, siempre lo mismo, con sus caprichos y sus « yo quiero hacer lo que quiera». Obvio que no decía eso, tenía sólo siete meses y no pronunciaba más que algunas sílabas sin sentido, pero detrás de su llanto, de su correr la cabeza cuando la cuchara se acercaba, estaba esa postura egoísta y malcriada".
Así comienza el primer relato de Lucas Berruezo en "Frente al abismo". Se trata de un libro que me llegó a través de la editorial: Ediciones Erradícame. Cuando la editora, Estefanía Farias, me ofreció este libro, el hecho de ser de relatos me resultó un poco disuasorio, pero que el escritor fuera argentino y la descripción de Estefanía como "15 relatos inquietantes que te enfrentan a situaciones que bien podían ser reales por muy aterradoras que parezcan", me animaron a aceptarlo junto con el libro de la propia Estefanía Farias, "Buenos días, me voy a dormir", sobre sus aventuras en Holanda durante su primer año de estancia en ese país. De ese último libro ya hice la reseña hace unos meses y tenía pendiente la de "Frente al abismo" que hago ahora.
Se trata, como dice Estefanía, de quince relatos estremecedores; se trata de llevarnos a esas situaciones límite en las que nunca creemos que podemos llegar a encontrarnos, pero en las que se ven inmersos personajes tan ingenuos y confiados como nosotros mismos, personajes que confían en no encontrase nunca ante situaciones en las que se entra sin darse cuenta y se sale... como se puede y ya es bastante. 
Personajes inmersos en situaciones como las que muchos hemos vivido; situaciones que, en manos de según quién, devienen en auténticos desastres, en escenarios de las más negras historias: una madre que se siente superada por el hecho de tener que cuidar sola a su bebé; un padre que se siente obligado a asistir a un cumpleaños infantil; una despedida de soltero que empieza feliz entre cuatro amigos... hasta que uno bebe más de la cuenta; una hija que teme la llegada de su padre a casa por las noches; una niña que quiere ser hada siguiendo las instrucciones de un vídeo infantil en Youtube; una inocente tradición navideña; un escarmiento que se nos escapó de las manos... 
Muchos personajes y muchas situaciones para estos estos quince relatos vertebrados sobre todo por el miedo: "Lo malo del miedo a enfermarse es que uno, después de haber estado en contacto con un posible foco infeccioso, lleva la marca en sí mismo. El miedo a ser asaltado por un ladrón se termina cuando uno, sano y salvo, se encierra en su casa; el miedo a volar se acaba cuando apoyamos el pie en tierra; pero el miedo a enfermarse no se termina ni aun alejándonos del enfermo que pudiera habernos contagiado".

Lucas Berruezo
Miedo a enfermarse, sí, pero también miedo a ser descubierto, al desamor, a la soledad, a la agresión, a descubrir que el sentido de la vida es que no tiene sentido. 

Relatos vertebrados por el miedo, aunque no solo por el miedo: la obsesión, la desesperanza, los deseos frustrados... son otros de los sentimientos que pueden provocar esas situaciones inesperadas y, a veces, irremediables. 
En estos relatos hay de todo. Hay quien se inventa su vida y los personajes con los que la comparte; hay quien se esconde de la realidad con juegos y tradiciones; hay quien intenta salvarse de la cárcel haciendo lo posible por terminar en ella. Hay muchas cosas en estos quince relatos, inquietantes como dice Estefanía, negros y macabros, pero que ponen los pelos de punta por lo reales que, por otra parte, llegan a resultar. 
Y es que como dice el propio autor: "Me gustan los personajes normales, corrientes, como cualquiera de nosotros, y para lograr plantear personajes semejantes mi vida cotidiana es una fuente inagotable de inspiración". Sus personajes son, efectivamente, normales, como muchos de nosotros y por eso sus relatos resultan tan escalofriantes, porque nos vemos retratados en ellos, porque por terribles que sean, unos en uno y otros en otro, todos nos reconocemos en alguno de los protagonistas y todos sentimos que en determinadas circunstancias, su tragedia podría ser la nuestra.
Y de ahí el miedo que nos asalta como asalta a los personajes en sus relatos. Un miedo que es consustancial a la vida y que se hace más abrumador cuando no se espera que nada ni nadie venga a mitigarlo. "Replantéese sus creencias. Un Dios que no le sirve para perder el miedo es un Dios que no sirve para mucho".


viernes, 8 de junio de 2018

"Postales de invierno" Ann Beattie

Hace unos días publiqué la reseña de "La reina de las nieves", una novela que transcurría en una Nueva York cubierta de la quietud y paz que transmite la nieve; una Nueva York blanca y mullida. 
Hoy traigo una novela que tiene algunas semejanzas con ella. "Postales de invierno" transcurre en "una ciudad a la que nunca se nombra (pero que es Washington)" dice Rodrigo Fresán en el prólogo que acompaña a la edición  El Asteroide, confuso por el estilo, pero interesante por el contenido; una ciudad igualmente cubierta por la nieve que bloquea las cerraduras de los coches y hiela los deseos de supervivencia de unos jóvenes que se quedaron en tierra de nadie tras la revolución, el amor libre y el LSD de los sesenta, y se ven de pronto en los setenta, perdidos y desengañados; con treinta años, amores fallidos en los bolsillos, trabajos que no son lo que esperaban y un mundo que para nada ha cumplido sus promesas. 
"Susan: paso cinco días a la semana en un trabajo de mierda y por las noches me acuerdo de mi amante. El fin de semana salgo a emborracharme con Sam y luego me encuentro mal. Tu madre también se encuentra mal y me llama en plena noche, y también al trabajo. No estoy de muy buen humor, eso es todo". Esas palabras que le dice Charles a Susan, su hermana,  a poco de iniciarse la novela, revelan con claridad cuál es su situación. 
Está a punto de empezar 1975. Charles vive solo aunque ahora su hermana Susan ha venido de visita para pasar la Navidad y el Año Nuevo. Charles ha perdido a su amante, Laura, que ha decidido volver con su marido y con la hija del anterior matrimonio de él a la que quiere como propia. Para él Laura es una obsesión que le lleva a recorrer su calle de madrugada tan solo para ver la luz en las ventanas de su casa e imaginarla en el interior.



Susan estudia en la universidad. Ella no está desengañada ni frustrada, o al menos no lo sabe. Se muestra segura y aspira a casarse con su novio estudiante de medicina y tener una vida fácil. Ella no recuerda con nostalgia la década anterior. Es demasiado práctica para enredarse en nostalgias que no conducen a ninguna parte.
Por allí anda también Sam, amigo de Charles desde primaria, que recién ha perdido a su perra y pasa más tiempo en la confortable casa que Charles heredó de su abuela que en su destartalado y frío apartamento. "Sam está de pie en la entrada con una caja de cervezas. Desde que su perra murió, Sam bebe mucha cerveza. Llueve y el cabello de Sam le chorrea sobre la cara". Sam quería ser abogado, pero no tiene dinero y los padres no se lo van a proporcionar porque lo necesitan para mantener las dos viviendas, casa y apartamento, que utilizan cuando están separados, aunque la mayor parte del tiempo están juntos y si vendieran la casa podrían costear la carrera de Sam "pero ni el uno ni el otro quieren a Sam tanto como para hacerlo" y Sam malvive vendiendo chaquetas para hombre.
También está Clara, la madre de Charles y Susan. Clara está trastornada. Pasa el día desnuda en la bañera rodeada de mantas eléctricas enchufadas. Es una hipocondríaca que mantiene en vilo y pendientes de ella a todos los que la rodean, sobre todo a Pete su segundo marido. Pero ahora Pete está de viaje en Chicago y son Charles y Susan los que se tienen que hacer cargo de su vulnerable madre hasta que llegue Pete y tome el relevo.
Pete solo aspira a que Charles y Susan lo quieran como a un padre, pero eso nunca sucederá. "A Charles le gustaba su padre. Se murió de repente, a los treinta y nueve años, volviendo del trabajo a casa en autobús. Charles recuerda vagamente a Pete en el funeral: Pete trabajaba con su padre. Cuando su padre murió, Pete apareció en casa una noche con una bolsa de naranjas. Volvió a aparecer otras noches, invitado por su madre; traía manzanas, pomelos, peras y, al final, cajas de bombones Whitman’s, flores y una maletita con el pijama y el cepillo de dientes"


Ann Beattie

"Postales de invierno" es una preciosa novela sobre la perplejidad y el desencanto. Con treinta años, nuestros personajes se sienten expulsados del pasado y y con un futuro que se presenta hostil ante ellos. Resignados a pasar por el aro del matrimonio, "El matrimonio es la muerte. No dejamos de esparcir las cenizas de la institución, pero el viento vuelve a echárnoslas a la cara. Al final lograremos arrojar este atavismo al viento"; incluso deseándolo aunque no encuentren con quién llevarlo a efecto; temerosos de su futura vejez sin unos hijos en los que apoyarse o que les acompañen, aunque solo sea por Navidad. 
"Postales de invierno" está llena de referencias literarias, musicales y cinematográficas. Pasear por sus páginas es meterse en el mundo de "El Graduado" y "2001, una odisea del espacio" y "Jules et Jim" y "El último tango en París"; en el mundo de gran Jay Gatsby que esperó a Daisy Buchanan toda su vida y la perdió, de "El guardián entre el centeno", de Austen, Pynchon, el Humbert Humbert que sedujo a Lolita; de las canciones de John Lenon y Bob Dylan y Lou Reed y George Harrison... y Janis Joplin.
Termino con unas palabras de Rodrigo Fresán para el prólogo mencionado al principio. Creo que son bastante descriptivas de lo que puede ser la novela leída en estos días, más de cuarenta años después de su publicación. "Vuelvo a leer en estos días Postales de invierno después de tanto tiempo. La leo —para escribir este prólogo— en el aire, en un par de aviones que hacen la ruta Barcelona-Newark-Barcelona y descubro que —tanto tiempo después, aunque yo ya esté tan lejos de todo eso y de esto— Postales de invierno sigue siendo una gran novela.
   Y me sigue haciendo temblar de emoción y de risa y de frío"

Esta novela entra además en el II reto "Nos gustan los clásicos" por estar publicada antes de 1990, concretamente, "Postales de invierno" es de 1976.



miércoles, 6 de junio de 2018

"Filek. El estafador que engañó a Franco". Ignacio Martínez de Pisón

De Ignacio Martínez de Pisón solo había leído novelas y siempre me habían gustado mucho. Creo que es un gran narrador. Cuando vi su nuevo libro, he de confesar que pensé que se trataba de otra obra de ficción. El nombre del personaje del título y el episodio en sí, son tan poco conocidos que no me sonaban de nada. Enseguida descubrí que era un ensayo en el que se contaba la historia de lo que pudo ser una de las mayores estafas en que hubiera caído todo un Gobierno y todo un Jefe de Estado. 
Albert Eduard Wladimir Fülek Edler von Wittinghausen había nacido en 1889 en Carintia una región situada al sur de Austria. Su partida de nacimiento también revela otra cosa; al dejar en blanco la casilla correspondiente al progenitor, nos informa de que a pesar de aparecer en su documentación española como hijo de Vladimiro y María, Filek era hijo ilegítimo. A esa vergüenza (lo fue para él y puede que nunca llegara a superarla) añade la de haber perdido la Gran Guerra sin haber caído en combate. "Hasta sus parientes más cercanos le desdeñan porque no ha cumplido con el deber de ganar la guerra o al menos de caer en combate: mientras un hijo muerto siempre habría sido el orgullo de la familia, un teniente desmovilizado no es más que un lastre...".
Cuando Albert von Filek llegó a España en 1931 ya venía huyendo de toda una serie de robos, mentiras y timos en Austria y no fue menos en España. 
Poco después de llegar, en septiembre de 1931, ya tenía una denuncia por estafa y a ella siguió un puñado más. Lo que le pondría en camino de hacerse famoso fueron sus intentos de patentes para un "«procedimiento para la obtención de gasolina sintética»". En cada intento se presentaba con un socio distinto y de cada uno se olvidaba de pagar los derechos de inscripción, con lo que poco después, las patentes quedaban anuladas... hasta que volvía a intentarlo con otro socio.
Políticamente estaría más cerca de los enemigos del Régimen que de las autoridades republicanas del bienio reformista de Azaña. No debemos olvidar que había sido militar durante la Gran Guerra, componente del ejército de un gran imperio que el Tratado de Versalles había finiquitado. Por todo ello es lógico pensar que buscaría la compañía de los militares que suspiraban por ese otro gran imperio, un poco más antiguo pero también más glorioso, que había sido el español. De hecho, poco después del intento de golpe militar de Sanjurjo (la sanjurjada), Filek se movía en círculos próximos al militar golpista encarcelado. Incluso intentó hacer negocios con ellos. Queda así probado que Filek buscaba sus amistades entre los "militares que se mantenían leales a la fenecida monarquía, muchos de ellos apartados del ejército por la llamada Ley Azaña, que había enviado a la reserva a casi nueve mil oficiales".
Pero sus lealtades no le impiden renunciar al trato con personas menos afines si con ello consigue algún beneficio. En su afán de grandeza y en su avaricia, le pareció poco la estafa a particulares y lo intentó con el Gobierno de la República. No se sabe muy bien con cual de sus inventos porque no solo intentó patentar la gasolina. "¿Cuál de sus inventos intentó venderle? ¿El procedimiento químico de soldadura de metales? ¿La tan traída y llevada gasolina sintética? ¿El sistema para la obtención de líquido gaseoso?". Como vemos ingenio no le faltaba. Ni osadía.


Ignacio Martínez de Pisón
No lo logró con el gobierno de la república con quien lo intentó en 1932. A poco que Joaquín Fanjul, subsecretario del Ministerio de la Guerra, con el que intentó negociar, conociera sus antecedentes no estaría muy dispuesto a fiarse del austriaco. O tal vez fue por falta de tiempo: tanto Gil Robles, ministro de la Guerra, como Fanjul, no duraron mucho tiempo en sus cargos. Poco más de seis meses. 
En 1936 lo volvió a intentar con Largo Caballero, pero en aquellos momentos el ministro estaba ocupado y preocupado con la Guerra Civil que había empezado tres meses antes y no le hizo demasiado caso. Eso además de que si con Gil Robles y Fanjul le podía unir alguna afinidad ideológica, ninguna tenía en común con el socialista Largo Caballero. Es extraño por eso que, tan solo cinco días después de ser nombrado para el ministerio, Filek se atreviera a presentarse en su despacho con pretensiones fraudulentas. No podía salir bien. "O confiaba mucho Filek en su capacidad de persuasión o estaba verdaderamente desesperado, porque un movimiento como ése entrañaba riesgos muy serios y ofrecía muy escasas perspectivas de éxito. La mejor prueba de que estaba arriesgándose demasiado es que fue detenido allí mismo, en la entrada del ministerio".
No podía salir bien y no salió bien, pero unos años más tarde, con Franco estuvo a punto de conseguirlo.
Sus credenciales eran impecables. Había pasado la guerra prisionero de los republicanos en distintas cárceles. Desde que fue detenido tras intentar estafar a Largo Caballero, no volvería a salir en libertad hasta terminada la Guerra Civil. 
Cuando se produjo la entrada de los sublevados en Madrid, en marzo de 1939, se mostró como el más fiel seguidor de la causa franquista. 
No voy a contar más. A partir de aquí, vienen los hechos que realmente le hicieron conocido y que han llevado a Ignacio Martínez de Pisón a indagar en su historia y escribir este ensayo biográfico, pero esos hechos los dejo para que cada lector los descubra por sí mismo. También hay mucho que descubrir en la época a la que me he referido y de la que he contado sucesos y aventuras de Filek, un personaje sin duda muy interesante y que da mucho juego literario, tal vez porque su vida es muy literaria. Si bien nada heroica: Filek llega a manifestarse como un ser bastante miserable, pero habrá que acercarse a este libro para descubrir el porqué.
Este es el octavo libro que leo de Martínez de Pisón, aunque solo uno haya aparecido en mi blog, concretamente su última novela "Derecho Natural". Supe de él a raíz de ver una película que me gustó mucho. Era la tarde de Navidad de 1997 y, aunque no suelo ir al cine en esas fechas, quería ver "Carreteras secundarias" estrenada con éxito hacía poco tiempo y de la que se hablaba mucho. Luego supe que se basaba en una novela de un autor del que nunca había oído hablar. Es extraño, pero tuvieron que pasar aún nueve años para que me decidiera a leer un libro de Ignacio Martínez de Pisón y, curiosamente, no fue "Carreteras secundarias", de hecho nunca lo he leído, aunque forma parte de mi montón de pendientes desde hace más años de los que puedo recordar.
Hace ya tiempo que le sigo y leo todo lo que publica y "Filek. El estafador que engañó a Franco", tal vez hubiera quedado fuera de ese seguimiento de haber sabido que era un ensayo, pero no lo sabía cuando compré el libro y me alegro porque una vez en casa, no podía dejar de leerlo. Como sé que no puedo dejar de leer todos los que aún me faltan del autor, entre ellos, claro está, "Carreteras secundarias"



lunes, 4 de junio de 2018

Papá, In memoriam


Se llamaba José Antonio y murió el 1 de junio. Nadie, fuera de familiares y amigos, le conocía.  No era un escritor, pero era un gran autor.
Fue el autor de mis días y de mis noches, de mi infancia, de mi adolescencia, de todas mis edades; fue, en una palabra, el autor de mi vida. Fue también el autor de la vida de mi hermana, de las de mi hijo y mis sobrinos.
Escribió con su caligrafía pulcra de escolar de los años cuarenta mi gusto por la literatura. De él lo aprendí, o lo heredé, porque no sé muy bien cuánto de herencia y cuánto de aprendizaje hay en estas cosas. En sus libros de adolescencia aprendí a leer y a amar los libros. No eran libros con dibujos luminosos y letras grandes, sino volúmenes avejentados por los años (tampoco tantos como me parecía entonces; tal vez veinte como mucho), letra pequeña, ilustraciones en blanco y negro, algunos a doble columna. Verne, Salgari, Twain, Stevenson, Burroughs y su colección de Tarzán, infinitamente más apasionante que las mejores películas...


Algunos de los libros de la biblioteca adolescente de mi padre que llegaron hasta mí.
Los he sacado de Internet porque los suyos están en cajas en el trastero de su casa
de donde tendré que rescatarlos ahora 

Él, junto con mi madre, fue el autor de mi afición por el cine. Entre ellos y mi abuela paterna, me llevaron a las salas desde muy pequeña. Con cuatro, o cinco años yo veía películas de Tarzán, de Marisol, del oeste... "Mary Poppins", "Sonrisas y lágrimas"; un poco más tarde fue con mis padres con quienes descubrí "Lo que el viento se llevó" y unos años después, yo se la descubrí a mi hermana. La sigo considerando una de las mejores películas de todos los tiempos. Mucho mejor que el libro como a veces sucede, aunque sea pocas veces. 
Fue el autor de mi timidez enfermiza, de mi gusto por los interiores y por la actividad más mental que física; de mi resistencia a tirar trastos viejos que para nada sirven; de mi falta de habilidad social, de mi gusto por el anonimato; fue el autor de casi todos los rasgos de mi cara, de casi todos mis gestos.
Fue el autor de mis orgullos infantiles (había que verle saltar del último trampolín en la piscina, entrar en el agua con la cabeza por delante como una flecha y hacer los largos con un estilo impecable); de mis iras y rebeliones adolescentes (nuestras discusiones eran épicas, ridículas desde la distancia del tiempo, como corresponde a dos personas igual de cabezotas); de mi redescubrimiento con la edad madura, como pasa siempre tras superar las fiebres del caótico paso de la infancia a la juventud.
Me enseñó matemáticas y física mientras sus conocimientos se lo permitieron, porque no llegó a terminar el Bachillerato, pero su formación para poder conducir las distintas máquinas que en este país arrastraron un tren desde los años cincuenta, le permitieron llegar a tener de esas materias un conocimiento superior al que podía corresponder a sus estudios. 

Muchos años separan estas fotos; los que van de la máquina de vapor
a la eléctrica, de la juventud a la madurez.

Sí, fue maquinista de RENFE; condujo máquinas de vapor y después máquinas eléctricas, de las que se paraban cuando se caía la catenaria, una cosa misteriosa de la que oía hablar sin saber qué podía ser, hasta que me enteré muchos años después, pero no por él, a quien nunca se me ocurrió preguntar. La catenaria era uno de esos misterios inabordables de los que nunca pensé que pudieran tener explicación y por lo tanto nunca pretendí averiguarla.
Tenía un sentido del humor fino e irónico que tardé muchos años en descubrir. Me ha sorprendido la cantidad de gente que en estos día de velatorio recordaba lo mucho que se reía con él. Incluso en los últimos días en que lo vi (hace ahora dos semanas) tenía la risa fácil, pronta a estallar por cualquier nimiedad.
Era bueno en el buen sentido de la palabra; honrado hasta límites que podían rozar el ridículo (así de escasa es nuestra adaptación a la honradez); cabezota hasta la exasperación; maniático... como solo él sabía ser maniático; adorable con todas las letras. 
Murió como vivió: discretamente. En silencio se dejó ir como la vela que, definitivamente, se queda sin pábilo. El suyo llevaba en crisis más de catorce años, pero en el último mes entró en barrena y se agotó de repente, sin estridencias y, afortunadamente, sin sufrimiento excesivo.
Se llamaba José Antonio, había nacido en 1934 y tenía 83 años. Estaba leyendo "Patria" y hace quince días me dijo que le estaba gustando mucho. No le dio tiempo a terminarlo.
No voy a cerrar el blog por duelo. Como tampoco voy a dejar de leer. Mi duelo sería mucho mayor. La literatura es la cuerda a la que me agarro. Es mi salvación frente al abismo, lo que me libra de la locura en los peores momentos, lo que ayudará a que mi dolor, si no menor, al menos sea más llevadero.
Sit tibi terra levis, papá.

Con mi padre en Gijón. Yo tenía cinco años (1-septiembre-19..)


viernes, 1 de junio de 2018

Junio 2018


Corría el verano de 1998 cuando mi vecino Coleman Silk, quien, antes de retirarse dos años atrás, fue profesor de lenguas clásicas en la cercana Universidad de Athena durante veintitantos años y, a lo largo de dieciséis de ellos, actuó también como decano de la facultad, me dijo confidencialmente que, a los setenta y un años de edad, tenía relaciones sexuales con una mujer de la limpieza que contaba treinta y cuatro y trabajaba en la universidad. Dos veces a la semana la mujer limpiaba también la oficina de correos rural, una pequeña cabaña de grises tablas de chilla que evocaba el refugio de una familia okie, como se conoce a los trabajadores agrícolas migratorios, procedente de la región seca del sudoeste, allá por los años treinta y que, solitaria y con aspecto de abandono frente a la gasolinera y la única tienda del pueblo, exhibe la bandera norteamericana en el cruce de las dos carreteras que constituye el centro comercial de esta localidad en la ladera de una montaña.


Esta historia nos la cuenta Nathan Zuckerman. ¿Os suena? Para los que conozcáis al autor de la novela no puede resultar extraño este nombre y ya sabréis, al menos, parte de la adivinanza de este mes. Ahora solo os queda averiguar el título. 
Estamos a finales de los años noventa y Zuckerman nos cuenta la historia de  Coleman Silk, un vecino al que apenas conoce, pero que acude a él, como escritor, para que narre la mancha que ha caído sobre su reputación, que lo ha condenado al ostracismo y lo ha obligado a jubilarse. 
"La mancha humana" de Philip Roth es una de las novelas que, hace ya unos años, me reenganchó a la nueva novela estadounidense (a la novela de autores vivos). Ya había estado enganchada ya con Steimbeck, Scott Fitgerald, Faulkner, algo de Edith Wharton... pero entonces entendí que había muchos autores vivos que aún tenían mucho que contar, que el "paraíso americano" en particular, y el occidental en general, aún tenía autores empeñados en mostrarnos su cara más oculta, sus vergüenzas más patentes; que la gran novela americana nunca deja de escribirse.  
En "La mancha humana", Philip Roth nos habla de lo políticamente correcto y de lo peligroso que puede ser cuando cae en manos de fanáticos de uno u otro signo, según lo que toque en cada momento, en cada situación.
Coleman Silk fue durante años rector de la Universidad de Athena. Un comentario desafortunado, o mejor dicho, mal interpretado, en una clase, hace que sobre él caiga como una losa pesada y vergonzante la acusación de racista. Coelman se ve obligado a jubilarse y poco después su esposa muere, según el ex profesor, como consecuencia de la tensión vivida por su acusación.
La historia que termina escribiendo Zuckerman no es la que Coleman Silk quería contar y es que Silk tiene un secreto, un secreto que por nada del mundo quiere revelar, pero Zuckerman lo descubre y, él sí, decide contarlo, porque sabe que puede ser lo que salve la reputación del profesor. Se trata de un secreto que vive escondido en lo más profundo de Coleman, algo que nadie ha sabido, ni siquiera su mujer o sus hijos, algo que puede redimirlo de la acusación de racista, pero algo que él prefiere no divulgar aunque sobre él siga cerniéndose la injusta sospecha.
La novela está publicada en el año 2000. Mientras el autor la escribía tenía que tener muy presente todo el asunto de Clinton con la becaria Mónica Lewinsky. De hecho la novela comienza en 1998, el año del escándalo. "No habíamos vivido una temporada semejante desde la época en que alguien tropezó con la nueva Miss América desnuda en un viejo número de Penthouse [...] No, si no habéis vivido en 1998, no sabéis lo que es la gazmoñería". Estas palabras nos dice Nathan Zuckerman al principio de la novela. Una época de gazmoñería en Estados Unidos puede ser terrible, porque puestos a ser ñoños y mojigatos, allí son campeones; como lo son en otras muchas cosas, algunas muy positivas, muchas muy positivas, pero cuando la parte con tendencia a la mojigatería se pone puritana, intolerante y rígida no hay quien la iguale. Puede llegar al punto de poner en la Casa Blanca a un presidente que se tiñe el pelo con cúrcuma (¿o será colorante para paella?)
Creo que Nathan Zuckerman tendría mucho que decir de esta época en su país.

*Esta entrada estaba dedicada a dar la bienvenida al mes de mayo, pero la entrega del Premio Cervantes a Sergio Ramírez hizo que decidiera posponerla para junio. Aclaro esto para hacer saber que no pretendía, en principio, ser un homenaje post mortem; el In memoriam a Philip Roth ya lo publiqué hace unos días. Ha coincidido así. 

Las novelas que aparecen en esta sección, "Bienvenido nuevo mes literario", no están recién leídas, pero están leídas. Se trata de novelas que empleo para comenzar cada mes, y por eso empieza la entrada con el inicio del libro. No pretende ser una reseña, sino el comentario sobre una historia que me marcó lo suficiente como para poder hablar de ella aunque haga ya muchos años que la leí. Por ello, espero que me perdonéis si incurro en algún error.




lunes, 28 de mayo de 2018

"Vinieron como golondrinas" William Maxwell

Cuando la Gran Guerra estaba en su apogeo, una tremenda epidemia se extendió por el mundo. Llegó a todos los rincones del planeta excepto a la Antártida. La guerra y el movimiento de tropas lo hicieron posible en una época en que aún no había turismo ni había nacido ese ansia por moverse y visitar todos los lugares (sobre todo los de moda) que nos acomete ahora.
Entre cincuenta y cien millones de personas murieron en el mundo a causa de la gripe española... la gripe española que se inició en un campamento militar en Estados Unidos, concretamente en Kansas, y que llegó a España cuando ya en Estados Unidos, además de Francia, Italia e Inglaterra, contaban los muertos por centenares. 
Pero estos países estaban en guerra. Su preocupación prioritaria, en lo que a propaganda se refiere, los tenía más preocupados por ocultar a sus poblaciones un desastre más, bastante había con los soldados muertos en combate, la hambruna de la población civil y las epidemias típicas de un estado de guerra. Nadie se quiso hacer eco de la nueva y extraña enfermedad que diezmaba soldados y que pronto llegó a la población civil. Tuvo que llegar a España, país neutral, para que salieran noticias en los medios de comunicación con lo que nos quedamos con el discutible honor de ser los primeros en anunciar el acontecimiento y de ser sospechosos de haber sido la fuente de la infección. Eso además de pagar el tributo de 300 000 muertos de los ocho millones de infectados, casi la mistad de la población española en aquellos momentos: veinte millones.
Cuando les cuento esto a mis alumnos, todavía se indignan. La adolescencia no entiende de injusticias ni aunque cien años de historia hayan convertido esta (porque injusticia fue) en un simple dato histórico. 
Esta no es una novela sobre la gripe española, aunque sí habla de la enfermedad y sí tiene la enfermedad su papel importante en la historia, y lo tiene desde antes de escribirse, desde muchos años antes, porque la madre del autor murió de gripe española cuando él tenía 10 años, en 1918, como la madre del personaje. Tal vez en ese instante comenzó a formarse en la mente del escritor, de manera inconsciente, el germen de "Vinieron como golondrinas".
Esta es la historia de una familia de clase media en el Medio Oeste americano, concretamente en Logan, Illinois. Una familia feliz compuesta por los padres, Elizabeth y James, y sus dos hijos, Robert y Bunny. Ella es ama de casa y es el centro alrededor del cual orbita el resto, aunque alguno no lo sepa o quiera ignorarlo. 
Peter Morison, a quien todos llaman Bunny, tiene ocho años cuando se despierta esa mañana, es una mañana de otoño como cualquier otra, la mañana del segundo domingo de noviembre de 1918. Un día más para estrenar y vivir. "Estaba lloviendo.
Afuera, las ramas del tilo subían y bajaban con el viento, subían y bajaban, y las hojas de noviembre caían. Bunny se volvió, apoyándose sobre el pequeño y rígido cuerpo de Araminta Culpepper". Araminta es su muñeca, una india papoose que ya solo comparte sus noches desde que se le considera demasiado mayor para jugar con ella; durante el día reposa colgada del cabecero de la cama.

La noticia del armisticio en el Chicago Daily Tribune

Es el segundo domingo de noviembre. Él no lo sabe, pero ese domingo será un día histórico, porque las vísperas de los días históricos también se convierten en históricas: son siempre los últimos días de algo, y este 10 de noviembre de 1918 es el último día de una guerra que dura ya más de cuatro años en Europa, aunque Estados Unidos tan solo hace un año que se involucró en ella. El 10 de noviembre es la víspera del 11 de noviembre y el 11 de noviembre de 1018 se firmó el armisticio que puso fin a la Gran Guerra.
Lo que Bunny no puede imaginar en ese día lluvioso y triste, en esa víspera que es la víspera de muchas cosas, mientras su padre lee en el periódico noticias inquietantes "¿Qué es la gripe española?… ¿Es algo nuevo?… ¿Procede de España? [...] Pese a que la presente epidemia se llama “gripe española”, no hay razón alguna para pensar que se haya originado en España. Varios investigadores que han estudiado el asunto creen que la epidemia procede de Oriente"; lo que no imaginará a la mañana siguiente, cuando en el desayuno le anuncien el fin de la guerra, es que para su familia ha comenzado la peor etapa, la que determinará todo el resto de su infancia, la que recordará toda su vida. 
Bunny enferma la misma mañana del armisticio. En el plazo de un mes o poco más habrá enfermado toda la familia. Todos sobrevivirán a la enfermedad excepto la madre.
"Vinieron como golondrinas" está organizada en tres libros titulados respectivamente, Bunny, Robert y James. Ellos y el bebé recién nacido son los supervivientes de esta historia. Cada uno nos irá contando una parte de ese mes que transcurre entre noviembre y diciembre de 1918, un mes como otro cualquiera, un mes a partir del cual nada volverá a ser lo mismo. 

Enfermeras voluntarias 

En el primer libro, Bunny se nos muestra como lo que es, un niño para el que su madre es el centro de su vida. "Había cumplido ocho años el agosto pasado, pero aún parecía incapaz de valerse por sí mismo y volvía a ella una y otra vez, para que le tranquilizara [...] Si su madre no estaba, si estaba arriba en su cuarto, o abajo en la cocina, explicando a Sophie cómo tenía que hacer la comida, a Bunny le parecía que nada era real, ni estaba vivo". Su madre le defiende de Robert y le conforta ante la severidad de su padre. Le abraza, le mima y le rodea de calor y ternura. Mientras su padre lee noticias sobre la gripe, él oye estornudar a su madre y teme por ella.
El segundo libro está narrado por Robert. Ya tiene trece años y empieza a sentirse mayor. Su actitud hacia la familia es de un desapego un tanto altanero y autosuficiente. Se muestra desafecto, poco dado a efusiones cariñosas y, a la vez, se siente protector de los miembros que él percibe como más débiles en la familia: Bunny y su madre.
El lado más oscuro le toca al padre. Él cuenta los hechos a partir del fallecimiento de la madre, por lo que solo por él sabremos directamente los sentimientos que tal hecho produce en los miembros de la familia. Los sentimientos de esos otros personajes, los hijos, pero también las hermanas de Elizabeth, los sabremos indirectamente, por lo que ella significaba para ellos viva y por todo lo que les faltará con su ausencia.
"Vinieron como golondrinas" es una historia llena de cosas sencillas, de acontecimientos cotidianos, de recuerdos entrañables; es la sencillez de la vida que tiene que continuar a pesar de la complejidad y el dolor de algunos sucesos. Los juegos de un niño en un domingo lluvioso de otoño; la ansiedad de un adolescente ante el cierre del colegio y la prohibición de salir de casa por miedo al contagio; la perplejidad de un hombre que se encuentra solo ante responsabilidades familiares que, hasta ahora recaían sobre otros hombros. 
Es la cotidianidad de la vida que viene a ser interrumpida por otra cotidianidad de orden superior, porque ¿hay algo más cotidiano en el transcurrir de la existencia que la enfermedad y la muerte? Aunque a cada uno, en nuestra vida limitada y estrecha, nos parezcan hechos extraordinarios, son solo una parte más del complejo (y tan sencillo) ejercicio que es vivir. 
Y ante esos hechos, otra cotidianidad acontece: un hombre que se pregunta cómo podrá salir adelante, qué hacer con sus hijos ahora que su mujer no está, a qué tía o familiar encomendar su cuidado. 
Nunca sabemos el punto de vista de la madre. Tampoco sabemos, como ya se ha apuntado, lo que los niños sienten ante su muerte; ellos dejan de hablar antes, esa parte queda en manos de James porque tal vez es el más preparado para enfrentarse a ella. Tal vez el autor no quiso enfrentarse al hecho de volver a sentir todo aquello, de ponerse en el lugar del niño que era él cuando falleció su propia madre y prefirió ver los hechos más terribles desde otros ojos distintos de los propios, unos ojos con los que él no contempló la realidad tantos años atrás.
William Maxwell
William Maxwell trabajó como editor literario en la prestigiosa revista neoyorkina The New Yorker. Allí editó a muchos escritores que adquirirían gran fama, mucha más que él desde luego: John Updike, J.D. Salinger, Isaac Bashevish Singer, Vladimir Nabokov (por citar solo a los que he leído; hay otros que conozco solo de nombre). En 1980 consiguió uno de los premios más prestigiosos de Estados Unidos: el American Book Award, por su novela "Adiós, hasta mañana" que espero traer pronto a este blog.
Y, para terminar, quiero añadir una cita de otro autor que sufrió también las consecuencias de la mal llamada "gripe española". En este caso se trata de Anthony Burges, el autor de la novela "La naranja mecánica", quien en su libro autobiográfico de relatos "El pequeño Wilson y el gran Dios", relata este terrible suceso: "A principios de 1919 mi padre, aún no licenciado, llegó a Carisbrook Street en uno de sus permisos [...] y encontró muertas a mi madre y a mi hermana. [...] Por lo visto yo cloqueaba en la cuna mientras mi madre y mi hermana yacían muertas en una cama en la misma habitación". 

Esta novela entra además en el II reto "Nos gustan los clásicos" por estar publicada antes de 1990, concretamente, "Vinieron con las golondrinas" es de 1937.



viernes, 25 de mayo de 2018

Philip Roth, In memoriam

Philip Roth
Murió el 22 de mayo de 2018. Tenía 85 años. Era judío y pertenecía a una familia proveniente de Galitzia, una región que hoy se encuentra repartida entre Polonia y Ucrania. Era judío y provenía del este de Europa, pero era más estadounidense que el puente de Brooklyn. Sus novelas destilan amor por el país, un amor que se materializa en su despiadada e irónica crítica, en su afán por poner de manifiesto todo lo que le incomodaba de su país en un afán, tal vez, por contribuir a corregirlo.
De sus novelas no hay ninguna en mi blog; las nueve que he leído, lo fueron antes de tenerlo, pero ya me estaba llamando otra vez su literatura y, ahora que sé que ya no puedo esperar nada nuevo, me iré poniendo al día con lecturas y relecturas.
Sus historias analizan distintos aspectos de la realidad americana: el mito del paraíso americano, la obsesión con el comunismo, la gazmoñería y el papanatismo que puede padecer una parte de la sociedad, el peligro de lo políticamente correcto... y lo analizan con seriedad y con humor, porque tiene novelas realmente cómicas, en las que los acontecimientos son tan esperpénticos que llevan al ridículo de manera muy explícita los aspectos que quiere resaltar o criticar. Ni siquiera el judaísmo escapa a la acidez de su ironía.
Miro su foto y nunca sé si es la de Philip Roth o la de Nathan Zuckerman, el personaje más complejo, creo, de toda la literatura. Comenzó como un alter ego de un alter ego del autor y terminó por confundirse hasta tal punto con Philip Roth que no puedo dejar de imaginar a ambos con la misma cara.
Tenía los premios más prestigiosos a los que puede aspirar un escritor estadounidense. Dos veces, 1960 y 1995, el Premio Nacional de Literatura (National Book Award); tres veces, 1994, 2001 y 2007, el Premio Faulkner; el Premio Pulitzer en 1999. También se le concedió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2012.
Estuvo siempre en las listas de los posibles ganadores del Premio Nobel, pero no llegó a conseguirlo. Tal vez era poco internacional, quizás estaba demasiado apegado a lo estadounidense y sus peculiares características.
Philip Roth estaba ya a punto de aparecer en mi blog. Lo hará en breve (además de esta in memoriam que me hubiera gustado no escribir). Ahora, su muerte le da aún más sentido a un homenaje que yo no esperaba que fuera a serlo. Y lo siento, porque aunque morir con 85 años es pura ley de vida, hay personas que deberían tener una prórroga con la que seguir contribuyendo a hacer más felices nuestras vidas.
Sit tibi terra levis.

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