Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

sábado, 19 de octubre de 2019

"Una habitación propia" Virginia Woolf

Tal vez a alguien pudiera parecerle una frivolidad el que Virginia Woolf anuncie que lo que necesita una mujer para poder dedicarse a la escritura sea una habitación propia. Se ha interpretado que la autora estaba expresando con esa idea una metáfora. Puede que sí, pero no solo. Yo nunca lo he creído así, no al menos de forma absoluta. Sobre todo cuando añade a la habitación propia, quinientas libras anuales de renta. "La noticia de mi herencia me llegó una noche, más o menos al mismo tiempo que se aprobaba una ley que les concedía el voto a las mujeres. Una carta de un notario cayó en mi buzón y al abrirla me encontré con que mi tía me había dejado quinientas libras al año hasta el resto de mis días. De las dos cosas —el voto y el dinero—, el dinero, lo confieso, me pareció de mucho la más importante". Y es que si el derecho al voto te da la opción de elegir a tus gobernantes y, por lo tanto, de intervenir y controlar hasta cierto punto el devenir de la política y de la vida en tu país, una herencia de quinientas libras anuales te da la oportunidad de tomar las riendas de tu propia vida, de decidir como quieres vivirla a partir de ese momento y a qué te quieres dedicar, que bien podría ser a poner un pestillo en una habitación y encerrarte a escribir sin que nadie te moleste.

Cuando en 1928 le piden a la autora que dé unas charlas sobre la mujer y la novela, no se conforma con dar unas charlas convencionales con "unas cuantas observaciones sobre Fanny Burney; algunas más sobre Jane Austen; un tributo a las Brontë y un esbozo de la rectoría de Haworth bajo la nieve; algunas agudezas, de ser posible, sobre Miss Mitford; una alusión respetuosa a George Eliot; una referencia a Mrs. Gaskell y esto habría bastado". No, ella decide ir mucho más allá y contarles un cuento. Un cuento en el que se analiza la historia de la incorporación de las mujeres al mundo de la literatura y las diferentes etapas en que se produjo. 

Pero antes compara los colegios universitarios masculinos y los femeninos como preludio a la diferente educación que reciben los hombres y las mujeres (cuando la reciben) y que será de donde parte la diferente preparación de unos y otras para enfrentarse a la escritura y a cualquier otra cosa que deseen emprender.  Compara los jardines, las bibliotecas e incluso la cena que se sirve en un colegio de hombres y en uno de mujeres. ¿Cuál es la diferencia entre uno y otro? La diferencia está en el dinero que los hombres, antiguos alumnos o padres de alumnos, ceden al colegio masculino para sus instalaciones y para sus comidas mucho más lujosas que las que encontramos en los colegios femeninos. "¿Qué habían estado haciendo nuestras madres para no tener bienes que dejarnos?" Probablemente tener hijos, y cuidarlos y cuidar del marido y de la casa. Todo ello da muy poca oportunidad y tiempo para hacer dinero. Si alguna madre hubiera podido amasar una fortuna y legar parte de ella al colegio femenino de su hija "aquella noche hubiéramos podido estar sentadas confortablemente y el tema de nuestra charla quizás hubiera sido arqueología, botánica, antropología, física, la naturaleza del átomo, matemáticas, astronomía, relatividad o geografía". Pero eso es impensable, porque aquellas mujeres nunca hubieran podido ganar dinero y, de haberlo hecho, nunca hubieran podido administrarlo. Hubiera sido propiedad del marido. Tan solo hace "cuarenta y ocho años que Mrs. Seton posee un solo penique propio". Y pienso yo que feliz Mrs. Seton. En España, en 1928, aún hubiera tenido que esperar cincuenta años para poder disponer de su dinero.

Después, Virginia Woolf va analizando la paulatina incorporación de las mujeres al mundo de la literatura. Aquellas para las que fue imposible porque, como la supuesta hermana de Shakespeare en el siglo XVI, tuvieron otro tipo de vivencias más femeninas y con final más trágico; aquellas que lo lograron, pero no consiguieron dejar de traslucir en sus escritos el rencor, un rencor debido a la opresión y al arrinconamiento ancestral de las mujeres por parte de los hombres, un rencor "que contrae aquellos libros, por espléndidos que sean, con un espasmo de dolor"; aquellas que escribían ateniéndose a los valores masculinos predominantes y las que se libraron de ellos como Jane Austen o Emily Brontë  las cuales, "qué genio, qué integridad debieron de necesitar, frente a tantas críticas, en medio de aquella sociedad puramente patriarcal, para aferrarse, sin apocarse, a la cosa tal como la veían"; las mujeres que escribían novelas porque era lo que menos concentración requería, lo que permitía escribir la vida vista desde una rectoría, lo que no exigía la abstracción que no se les podía exigir a aquellas mujeres que fueron pioneras en el arte de la literatura, pero con escasa formación. 

Virginia Woolf (Culture Club / Getty Images)
Solo cuando la mujer ha tenido una habitación propia y quinientas libras de renta, el caso de Virginia Woolf, puede escribir cosas que no reflejen la vida de su ambiente más inmediato, pueden dedicarse a escribir sobre Ciencia o Geografía o Arqueología. Solo cuando ha tenido quinientas libras, ha tenido la mujer "asegurados para siempre la comida, el cobijo y el vestir. Por tanto, no sólo cesan el esforzarse y el luchar, sino también el odio y la amargura. No necesito odiar a ningún hombre; no puede herirme. No necesito halagar a ningún hombre; no tiene nada que darme". Entonces ha tenido la suficiente paz de espíritu y la concentración suficiente y la suficiente libertad para escribir poemas o novelas o ensayos de todo tipo.

Y la propia Virginia Woolf se pone la objeción de que quizás la acusen de ser demasiado materialista por llegar a la prosaica conclusión de que es imprescindible tener quinientas libras que nos permitan contemplar la vida alrededor sin afanes ni trabajos y una habitación con pestillo que nos permita pensar por nosotras mismas sin distracciones. Y sin embargo ha sido gracias a mujeres que no tuvieron quinientas libras ni una habitación propia y, "gracias, por una curiosa ironía, a dos guerras, la de Crimea, que dejó salir a Florence Nightingale de su salón, y la Primera Guerra Mundial, que le abrió las puertas a la mujer corriente unos sesenta años más tarde, estos males están en vías de ser enmendados. Si no, no estaríais aquí esta noche y vuestras posibilidades de ganar quinientas libras al año, aunque desgraciadamente, siento decirlo, siguen siendo precarias, serían ínfimas".

Un interesante ensayo que, a día de hoy y aun escrito hace más de noventa años, sigue manteniendo intacto todo el interés y gran parte de la vigencia. 

Esta novela entra en el III reto "Nos gustan los clásicos" por estar publicada antes de 1980. "Una habitación propia" está publicada en 1929.

Esta novela entra también en el I reto "Cabalgando entre clasicospor estar publicada antes de 1970. 

Título del libro: Una habitación propia
Autora: Virginia Woolf
Título original: A Room of One's Own
Traducción: Laura Pujol
Editorial: Austral
Año de publicación: 2016
Año de publicación original: 1929
Nº de páginas: 160

miércoles, 16 de octubre de 2019

"El viaje" Manuel Cerdá

El viaje narra un verdadero viaje, y no solo porque se trate de un hombre que debe volver al pueblo en que nació y que, como nos dice reiteradamente, abandonó a los dieciocho años, sino porque es además un viaje del pasado al presente (2014) o, tal vez, del presente al pasado; “El viaje” es la crónica de los cambios que los años imprimen en todo lo que tocan que es, ni más ni menos, todo. Cambian las ciudades, las personas, la casa de la infancia, los amigos, las clases sociales, la economía que deviene en una gran crisis. Cambian hasta los recuerdos cuando se enfrentan a la realidad y nos damos cuenta de que lo recordado es falso. Aunque bien pudiera ser que lo falso y engañoso sea la realidad y solo los recuerdos existan. “Llegaba a repelerme la idea de volver a transitar por las calles y lugares donde habían transcurrido mis primeros dieciocho años de existencia, no fuera que hubiese alguna huella visible que me obligara a alterar todo lo que la memoria había ido revelando, aunque fuese deformando o falseando lo que sucedió, si bien eso es lo de menos: lo que sucedió es lo que se recuerda”.

El narrador de esta historia se ve obligado a volver a su pueblo natal. La casa en la que nació y vivió hasta los dieciocho años se ha incendiado y su hermano, impedido por la rotura de una pierna, le pide a él que vaya y se encargue de firmar los papeles mediante los cuales donan al Ayuntamiento el terreno donde estaba la casa para construir un parque. Un parque que, como es lógico, llevará el nombre del abuelo, “prócer local que hizo construir la casona nada más conseguir formar parte de la élite municipal gracias al negocio del vino cuando pocos años antes era un simple agricultor que nada tenía”.

La casa que sirvió para mostrar el dinero y la supremacía de su familia en el pueblo, sin interés económico tras el incendio, servirá ahora para seguir manteniendo la fama y la gloria del abuelo y del hermano, abogado y hombre de pro al igual que aquel.

El primer inconveniente del narrador es que para realizar el viaje tiene que atravesar la ciudad en la que vive, en la que se instaló a los dieciocho años para estudiar y en la que terminó estableciéndose. Desde que él llegó la ciudad ha sufrido tantos cambios que le duele pasear por sus calles y ver el deterioro disfrazado de modernidad a que se la ha sometido. Y no es que a su llegada la ciudad fuera el paraíso, puede que por entonces “la ciudad fuese miserable, pero ahora es mezquina”. Y si entonces había esperanza de que todo fuera a mejor, pasado el tiempo se ha visto que todo ha ido a peor y ya no queda ni siquiera la esperanza. Por ello el narrador no suele salir de su barrio, y el barrio se encuentra en la otra punta de la ciudad respecto a la salida hacia la autopista que le llevará al pueblo. "Atravesar la ciudad sin sentir desasosiego me resultaba impúdico, me indigna tanta presunción”.

El narrador se nos muestra como un hombre solitario y poco sociable. Poco dado a establecer relaciones. En el barrio, donde lleva viviendo más de veinte años, tan solo recientemente ha empezado a tratar con Cosme, un vecino con quien coincide en el bar de Paco, el lugar donde suele desayunar. Con Cosme le ha unido el amor al wisky y ahora, además del desayuno, comparte con él mesa y botella vespertinas de vez en cuando.

Ya de niño era solitario y pasaba las tardes en el jardín de la casa hasta que su madre le obligó a entrar en la pandilla de Juan Luis, el hijo del farmacéutico "Como advenedizo que era y sin posibilidad alguna de disimular lo pusilánime de mi carácter, nunca llegamos a acoplarnos y era frecuentemente criticado, cuando no objeto de burla, por mi acusada torpeza con las habilidades motoras que se suponen son las propias de los chicos de esa edad”Tal vez por la hepatitis que sufrió de pequeño, se acostumbró más a leer que a jugar al fútbol y no parece que el intento de su madre sirviera nada más que para reafirmarle en las ventajas de la soledad.

A medida que viaja, que se acerca al pueblo, que visita la ruina en que ha quedado convertida la casa, que realiza las gestiones con los prebostes del ayuntamiento, va recordando el pasado, viajando hacia atrás y hacia adelante en el tiempo, en la historia y hasta en la Historia. Y recordando, nos llevará a su bisabuelo que, gracias al cambio de las reglas del juego, pudo sustituir con el dinero ganado en el cultivo de olivos y viñas, el abolengo y la alcurnia de los que carecía su familia de campesinos. Y nos llevará al matrimonio, desigual y poco afortunado, de su madre, la hija de Don Tomás, el Abogado, con el hijo de un padre asesinado por los que habían ganado la guerra, sin estudios ni capital ni alcurnia de ninguna clase. "Encontró en él la ilusión ─mi madre en mi padre─, pero pronto se transformó en espejismo. Los negocios no eran para alguien como él, que a duras penas sabía leer y escribir, y don Liberto lo empleó en su fábrica de papel a instancias de mi abuela. Para los trabajadores de la fábrica, […]  era un protegido, […]que había dado un buen braguetazo; para el resto […] un inútil que no servía más que para trabajar. ¿Qué era él para sí mismo? Nunca lo sabré, pero no hace falta mucha perspicacia para colegir que, además de incómoda, una situación tal difícilmente se supera sin recurrir a la alienación voluntaria”.

Tal vez del padre heredó el narrador su gusto por el silencio, la soledad y el anonimato. Su hermano pequeño, abogado, salió más bien a la familia materna y por eso, tras concebirlo en reparación del error que suponía el hijo mayor, se permitió el padre, cumplida su misión fecundadora, el atrevimiento de morirse.

El narrador se ha sentido como un acto fallido, engendrado con más pasión que amor y defraudador de lo que su familia materna esperaba de él. Puede que también eso contribuyera a confinarle entre las paredes de su casa y los muros del jardín, aunque ya a los ocho años, cuando le vio el culo a Sara, la casa dejó de interesarle más allá de su función como refugio pasajero. Por eso, ahora, no siente que se haya quemado, ni siente que su hermano ceda el terreno al Ayuntamiento. Su viaje al pueblo es una tarea molesta, pero necesaria, y la encara con total neutralidad y asepsia. Aunque los recuerdos…

Los recuerdos no concuerdan con la realidad que muestra el pueblo y si nos alteran la realidad de los recuerdos es como si nos robaran el pasado y, ante un futuro que aún no llega, el presente nos tiraniza y nos deja inermes y descolgados de nuestra historia y de la esperanza. “Nada del pasado que yo conocí existía. Ningún vestigio, nada que pudiera recordar, y lo que no recordamos es como si no hubiera sucedido. Lo que no se recuerda no existe”.

Tras cumplir su cometido, regresará al barrio en la ciudad y otra vez el presente lo golpeará robándole parte del pasado y de la vida tal como la ha ido acomodando a sus gustos y necesidades. Los viajes nunca son viajes de ida y vuelta. El paisaje al que se regresa nunca es el mismo que se abandonó.

Manuel Cerdá
El viaje” es una novela densa, en la que encontramos muchas reflexiones, muchos análisis del mundo pasado y presente, de una sociedad en crisis económica, pero sobre todo en crisis moral y de valores. Un libro para leer despacio y para digerir sin prisas, con el que he completado, terminando por el principio, la bibliografía completa hasta la fecha de Manuel Cerdá.

Más reseñas de libros de Manuel Cerdá en:

Título del libro: El viaje
Autor: Manuel Cerdá
Editorial: Autoedición
Año de publicación: 2019
Año de publicación original: 2014
Nº de páginas: 235


domingo, 13 de octubre de 2019

Una vida mágica

Mi padre siempre vivió rodeado de magia. Sus amaneceres eran dorados y suaves como el soplo fresco de la primavera. Cuando llegaba de trabajar la casa se abría ante él con la magia de un palacio encantado y cualquier cosa podía suceder. Cualquier cosa buena, claro, las desgracias y contratiempos no tenían cabida en aquel mundo. 

Mi padre nos contaba la vida como si de un cuento de hadas se tratara. Decía que nada malo nos podía suceder porque desde muy joven un hada le había tocado con su varita mágica trocando su vida, bastante buena hasta entonces, en un jardín lleno de árboles encantados, fuentes rumorosas y duendes benéficos.

En el desayuno la casa se llenaba del olor de las tostadas y el café; las comidas estaban llenas de risas y las meriendas de sorpresas inesperadas; las cenas anticipaban, con la leche caliente y las galletas, el descanso presentido que nos hacía bostezar y dejar caer los ojos mientras apurábamos las últimas gotas blanquecinas.

Los fines de semana en verano, tenían el olor del campo y el color de las flores; el sonido del agua del río y de los saltos y gritos del baño en la poza helada; el sabor de la tortilla de patata, los filetes empanados y los flanes de huevo en flaneras individuales cuidadosamente situadas en la cesta. En invierno, los domingos se convertían en bufandas y guantes camino del cine, en el calor del chocolate y la tersura de los churros al regreso.

Papá fue envejeciendo sin que nada perturbara su paz y su felicidad. Ni la nuestra. La suerte no nos agasajó con bienes materiales. El dinero no sobraba, aunque tampoco faltaba. No se nos libró de la maldición bíblica del trabajo, pero tampoco se nos castigó con la maldición aún peor de su falta. Siempre tuvimos trabajo todos, padres y hermanos, trabajos agradables que desempeñamos con grata satisfacción.

La magia no libró a mi padre de la muerte. Con más de noventa años, habiendo apurado al máximo las oportunidades que nos da la vida para ser felices, sin traumas ni desgracias notables, con el cuerpo agotado y caduco, pero el alma tan positiva y clara como a los veinte años, se fue apagando un amanecer de primavera tan luminoso como casi todos. Poco antes del final, me miró fijamente y me pidió que acercara mi oreja a su boca. Con voz casi inaudible, me preguntó: "¿Sabes por qué nuestra vida ha sido mágica?" y sin darme tiempo a responder, mirando con picardía y cariño a mi madre que estaba sentada al otro lado de la cama, me dijo en un susurro: "Porque tu madre es un hada".

(445 palabras)

El relato anterior pertenece al segundo microrreto "El tintero de oro" que debe contener un objeto mágico y tener un máximo de 450 palabras. Y por si me preguntáis, ya os adelanto que poco tiene que ver con mi propia vida, salvo la pura casualidad. En mi familia, las mujeres tiramos más a brujas que a hadas.


jueves, 10 de octubre de 2019

"Las lágrimas de Claire Jones" Berna González Harbour

"El asunto no tenía mala pinta. Una mujer había envenenado a su marido, primero poco a poco y luego descaradamente, adobando unas puntas de lomo en matarratas con tal maña de cocinera y mala suerte que el perro se encaramó a la mesa y le rapiñó una sin darle tiempo a reaccionar. El animal se la zampó en la calle y no tardó ni dos horas en ir a morir a la plaza, frente a los hombres que mataban la tarde jugando al dominó mientras las mujeres fregaban. Expiró acurrucado, entre convulsiones, con una pata posada en su hocico embadurnado. El marido le sobrevivió un par de horas más". No, el asunto no tenía mala pinta, pero había sucedido en 1954 y la presunta asesina, de seguir viva tendría ya ciento un años. Eso es todo lo que María Ruiz se encontró cuando llegó a Soria y pidió los archivos de casos sin resolver. Queda ese y porque la sospechosa despareció de la ciudad de la noche a la mañana sin dejar rastro. Eso y una meada que no se llegó a juzgar.

Cuando empieza "Las lágrimas de Claire Jones" María Ruiz se ha reincorporado recuperada ya tras su caso anterior, pero no en su comisaría de Madrid, sino en Soria, donde el nuevo Jefe Superior de la policía ha decidido sepultarla con la excusa de que allí necesitan una "comisaria sagaz". María reparte su tiempo entre el mortal aburrimiento de la ciudad y sus visitas de fin de semana a Ávila donde pasa los dos días en el hospital en el que Tomás sigue en coma.

Cuando, en el puente de la Constitución, decide ir a pasar dos días a Santander y celebrar el cumpleaños de Carlos, su amigo y mentor ya a punto de jubilarse, no se imagina que allí se va a encontrar con un caso en el transcurso del cual se va a jugar mucho más de lo que supone y se va a confirmar quién es amigo, con quién puede contar y de quién tiene que guardarse. El coche que llevaba tres meses abandonado en la zona cercana al puerto y cuyo requisamiento rutinario decidió acometer Carlos en persona animado por María, olía demasiado mal para esconder tan solo un gato muerto y restos de un ave medio acartonados. Olía tan mal que cuando María abrió el maletero a punta de ganzúa no se extrañó nada de lo que se escondía en él. "Un cuerpo encogido [...] acurrucado, como si se hubiera dormido en el lugar equivocado". La ropa y las manoletinas que reposaban junto al cadáver indicaban que había muerto en verano. En el asiento del copiloto había además un ejemplar amarillento del Times con una noticia recortada. El periódico estaba fechado en 1998.

Todo se ha complicado con ese coche para conseguir que lleve tres meses abandonado: el dueño, Alexander Jones, muerto desde 2013, y el lugar de abandono, cercano al puerto, pero sin ser territorio del puerto ni estar bajo la jurisdicción de la Autoridad Portuaria de Santander. 

Carlos se hará cargo de la investigación en Santander y María echará una mano desde Soria hasta que lo complejo y apasionante del caso y su preocupación por Carlos le hace pasar de todo y largarse sin decir nada en medio de una ceremonia de inauguración con ministro incluido. A partir de ese momento, la acción se traslada a Santander y desfilarán por las páginas del libro enclaves que me son de sobra conocidos y otros que desconozco del todo. De todos los libros de la autora santanderina, este es el que más parte tiene ambientada en la ciudad. El puerto, los paseos, el Sardinero, el edificio Savoy... lugares que conozco y reconozco; el cementerio protestante del que no tenía ni idea (en muchas cosas se nota que no soy de Santander), perfectamente ubicable en la realidad de la ciudad, y un bar, más bien club de alterne, seguramente imaginario, que no consigo ubicar.

La historia transcurre en dos tiempos porque además del momento actual, con la investigación y las relaciones entre los personajes ya conocidos de otras novelas de la serie, iremos viendo la vida de Claire Jones, la hija del propietario del coche, en un pasado no muy lejano. Todo se le desmorona sin poderlo evitar mirando un móvil que se mantiene en silencio, un móvil en el que espera una llamada o un mensaje que nunca llega. 

Encontramos una mujer muy joven, de unos veinte años, vulnerable y sola. Se nos muestra inestable, medicada, echándole la culpa de todo a un padre al que en realidad echa de menos  y se pregunta cuando se rompió todo entre Marcos y ella. "En qué instante cayó la primera piedrecita al charco, la que había roto la quietud, quién la había tirado y por qué en lugar de generar ondas crecientes, pero paulatinamente llamadas a desaparecer, había desatado aquel tsunami en un lugar tan pequeño donde antes nadie había molestado a nadie. Le había dado muchas vueltas y había decidido que esa piedrecita la había lanzado un tal Philip Wood".

Porque Claire también nos hará partícipes de sus recuerdos, de su soledad desde que su madre desapareció y de su educación en aquel piso enorme con la única compañía del padre. También recuerda a su abuela, Mary, pero la abuela se fue de casa por la misma época en que desapareció la madre y ya solo la veía a escondidas del padre. Sola, abandonada por las mujeres que la querían desde tan niña que "cuando la abuela se fue y su presencia se volvió un acontecimiento precedido de un timbrazo y un beso en el portal, sin subir jamás, era tan pequeña que no lo comprendió. Realmente ahora tampoco lo entendía. Por la noche seguía yendo a la cama que había sido de su abuela, ahora vacía, y se metía en ella, pero eso ya no la aliviaba".

Argelés-sur-Mer Abril de 2007
"Las lágrimas de Claire Jones" es una novela que trata un tema desconocido para la mayoría de los españoles: la intervención de los cuáqueros en la Guerra Civil ayudando a los refugiados republicanos que llegaban a Francia y paliando el hambre de la población en algunas ciudades españolas. No sería capaz de asegurarlo, pero puede que sea la primera novela en la que se nos cuenta acerca de "la misión cuáquera en Colliure, en la costa francesa, a donde llegaban miles de republicanos españoles que huían de los nacionales en condiciones atroces, hambrientos y con el frío pegado a los huesos". Nos cuenta como intentaban conseguir visados y salvoconductos para sacar al mayor número posible de españoles de las playas convertidas en campos de refugiados en los que se les había confinado. Playas como la de Argelés-sur-Mer, Saint Cyprien y otras muchas en las que los españoles republicanos huidos encontraron la miseria del hambre, la humedad y el frío que estas comunidades cuáqueras intentaban aliviar.

María Ruiz se enfrenta en esta novela a un caso apasionante que me ha tenido pegada al libro hasta terminarlo en un par de días. Resolverá este caso y resolverá el de la envenenadora de Soria, pero por el medio se verá condenada a la soledad, al destierro, a la pérdida, a recuerdos que querría que los demás olvidaran, a convivir con la idea de que pertenece a un cuerpo en el que hay individuos corruptos. María Ruiz no podrá resolver el propio crucigrama de su vida en el que se entrecruzan el pasado, el presente y un futuro que se dirime en la cama de un hospital en Ávila.

Berna González Harbour
Berna González Harbour ha creado en María Ruiz a un personaje cuya personalidad se ha ido forjando a lo largo de las tres novelas que he leído. Las dos anteriores,  "Verano en rojo" y "Margen de error" aparecieron en dos entregas de "Sin reseña" como suele suceder con las novelas policíacas, y más si son series. El hacer una reseña de ellas se hace difícil por lo poco que generalmente se puede contar sin destripar la trama. "Las lágrimas de Claire Jones", me ha gustado tanto que no he podido resistirme a dedicarle una entrada completa.

Título del libro: Las lágrimas de Claire Jones
Autora: Berna González Harbour
Editorial: Destino
Año de publicación: 2017
Año de publicación original: 2017
Nº de páginas: 352

lunes, 7 de octubre de 2019

"Niños de tiza" David Torres

"En mi barrio vivía una sirena. A veces la oíamos cantar por la mañana temprano, cuando pasábamos bajo su casa de camino al colegio. Cantaba, con una voz que no logro recordar, una de esas canciones infantiles que no se borran jamás de la memoria y que son como huellas de botas en el cemento fresco. Al pasar la barca, me dijo el barquero". Roberto ha vuelto al barrio, después de muchos años, para cuidar de su madre operada de varices. Roberto ha dado muchas vueltas y ha llegado incluso a ser campeón europeo de los pesos medios, y pudo haber aspirado al título mundial, pero una derrota en México cortó de cuajo sus aspiraciones pugilísticas y le dejó una sordera de anfibio "cuando un puñetazo de más me rompió algo por ahí dentro, cerca del tímpano". Desde entonces oye poco y pega mucho, porque lo que aprendió en el boxeo, despejado del lastre de las normas y sin la vigilancia de un árbitro, es lo que le sirve ahora para ganarse la vida y es que finalmente se quedó "en matón de barrio, en justiciero por encargo que recogía la basura que nadie —ni la policía, ni los abogados, ni nadie— quería recoger".

Pero ahora ha vuelto al barrio, a San Blas, y el pasado le va saliendo al encuentro en cada esquina. El barrio ya no es lo que era, nada es lo que era. Han desaparecido amigos y compañeros; unos comercios han sido sustituidos por otros; la sirena ya no está en el tercer piso, asomada al balcón cantando sus canciones infantiles, y tampoco hay rastro de la Mano Negra cuyas primeras pintadas aparecieron un día de abril en las paredes del pasadizo que llevaba al colegio.
Tampoco está Pedrín, su mejor y más viejo amigo, pero él ya se había marchado mucho antes que Roberto. "Pedrín es el amigo más antiguo del que guardo memoria. Fuimos juntos hasta séptimo de EGB, cuando su familia se cambió de barrio, y los dos vivimos esa separación como si fuese una agonía, una auténtica catástrofe. No he tenido, y probablemente no vuelva a tener jamás, una relación más íntima con nadie".

Muchas cosas han cambiado en el barrio, pero otras siguen como siempre, si es que algo puede estar como siempre después de tantos años. Allí sigue Lola, tan atractiva como siempre, con tanto carácter como siempre y además con una hija y un divorcio a las espaldas. Allí sigue Romero, el gitano con ojos como chinchetas de un color azul eléctrico, más matón y desalmado que nunca tras su paso por la cárcel y con ese carácter que las drogas y la vida le han agriado cada vez más. Allí está el Lenteja con la lenteja más grande y repulsiva que nunca. Allí está el Chapas, tan chistoso como siempre, pero dedicándose a lo que jamás hubiera pensado Roberto que se pudiera a dedicar: el Chapas, junto con Pedrín y Vázquez, los mejores amigos, aunque de tener que elegir uno como el mejor, sería Pedrín. Allí sigue la piscina en la que casi se ahoga de niño perseguido desde el borde por un padre que no sabía qué hacer con su dolor y su frustración. 

Y también está allí el cura, Osorio, el mismo que le aficionó y le enseñó a boxear; el mismo que hoy enseña a boxear a los inmigrantes a los que conviene dar una actividad que les ocupe la mente y el tiempo que, de otra forma, ocuparían en las calles y en el peligroso aburrimiento que eso trae consigo. El padre Osorio sigue igual, solo es un poco más viejo, pero sigue siendo el cura grande con la nariz abollada y la cara cosida a cicatrices; el cura que tronaba desde el púlpito para despertar a los fieles que se dormían al calor de la iglesia; el cura que daba cobijo a los izquierdosos del barrio que tocaban la guitarra en sus misas; el cura que "en tiempos del franquismo solía ir de paisano y ni siquiera se ponía el intermitente del alzacuellos, pero cuando cambiaron las tornas le gustaba lucir la sotana. Cuando le preguntaban por qué, decía: «Por llevar la contraria. Al poder siempre hay que llevarle la contraria»"Uno de aquellos curas.

"Niños de tiza" tiene un ritmo que va in crescendo, sin parar de acelerarse. Tras presentarnos el barrio, sus recuerdos y sus personajes, comienzan a complicarse las cosas y la novela se mete en una trama negra cuya tensión va en aumento de un modo sostenido. Mafias inmobiliarias tratando de aprovechar la probable elección de Madrid como sede de las Olimpiadas y la construcción en el barrio del estadio olímpico, en el mismo erial donde antes hubo actividad comercial y después ruinas abandonadas. "Tenía gracia que ahora, tantos años después, quisieran construir ahí al lado un estadio olímpico. Cuando apenas levantábamos un metro del suelo ya nos dedicábamos a lanzar piedras contra los cristales de las factorías desahuciadas y a pegar balonazos contra porterías dibujadas con tiza"; la tía Angustias que se niega a vender su casa para las obras; un niño de nombre Rashid que asalta neveras y fruteros, y de cuyo cuello cuelga una llave que oculta una terrible historia; una empresaria en silla de ruedas que nos recuerda otra silla de ruedas; unos matones con un trabajo actual que realizar y deudas antiguas que cobrar y que pagar; una muerte del pasado que no quedó clara y que tal vez ahora se pueda resolver.

No, la vuelta de Roberto al barrio no ha sido tan tranquila y aburrida como el simple cuidado de su madre hacía suponer. Roberto se encontrará con el pasado en el más amplio sentido de la palabra: con sus deseos más secretos, con los recuerdos de aquella niña de la que fue el único amigo que tuvo y que cantaba "al pasar la barca me dijo el barquero...", con el amigo casi olvidado, con los enemigos que nunca lo olvidaron, con la mujer de sus sueños. Roberto, matón a sueldo, ex boxeador y ex alcohólico, piensa por un momento que su destino no tiene por qué estar escrito en tinta roja, cicatrices y huesos rotos. "Resulta que sí se podía cambiar, que todavía estaba a tiempo de aceptar el trabajo que me ofrecía la viuda de Sampere, casarme con Lola, llevar una vida que no consistiese únicamente en dar tumbos y pegar hostias. Siempre estaba a tiempo de buscar un trabajo de verdad, empezar a fumar, sentar la cabeza, echar tripa". Pero a ciertas edades y con un bagaje tan marcado desde hace tantos años, el peso de lo que se lleva a la espalda es demasiado grande como para levantar la cabeza y poder mirar el futuro con tanto optimismo. Al fin y al cabo, "la muerte no es más que un chiste malo que pone fin a una mala película cómica".

David Torres
No conocía a David Torres, pero me vino recomendado, y muy bien recomendado, por Kirke, del blog "Leer, el remedio del alma". Luego vi que esta novela en concreto, se llevó el Premio Dashiell Hammett en 2009, y puesto que es un premio que me gusta mucho, no dudé en empezar por "Niños de tiza" a leer al autor. Todo un acierto que hará que no me quede en este simple acercamiento. Indagando un poco como suelo hacer tras leer los libros, veo que recién termina de obtener el Premio de Novela Ateneo-Ciudad de Valladolid, por su última obra, "Dos hermanos" que no tardaré en leer en cuanto se publique.

Título del libro: Niños de tiza
Autor: David Torres
Editorial: Algaida
Año de publicación: 2010
Año de publicación original: 2008
Nº de páginas: 464

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