Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

lunes, 13 de agosto de 2018

"LLamada para el muerto" John Le Carré

Para ser tan aficionada a la novela negra llegué muy tarde a John Le Carré. Es cierto que después sus novelas fueron cayendo una detrás de otra y con esta son ya trece las que aparecen en mi lista de leídos. También es verdad que hacía mucho que no lo visitaba, concretamente desde principios de 2014, por lo que no tiene ninguna reseña en mi blog que se abrió a finales del mismo año.
Mi lectura de este autor ha sido un poco errática y he ido saltando de unas a otras novelas; de las recién publicadas a las antiguas, sin criterio lógico. A Smiley lo había ido encontrando en unas y otras; en algunas como protagonista, en otras como personaje accesorio, pero nunca me había planteado leer la serie en orden como hago con otros y es que cuando empecé con el autor, allá por 2001, las series no estaban tan de moda como han llegado a estarlo después.
Smiley aparece en el mundo de la literatura a la vez que su creador, John Le Carré, en 1961 con "Llamada para el muerto". En el primer capítulo titulado Breve historia de George Smiley se nos cuenta cómo, al final de la Segunda Guerra Mundial, se casó con lady Ann Sercomb que se lo describió a sus amigos como "tremendamente vulgar" y es que Smiley "sin haber ido a una buena escuela, sin padres importantes, sin glorias militares ni profesión conocida, sin ser rico ni pobre, viajaba sin etiquetas en el furgón de equipajes del expreso social". Eso por lo que a su origen y posición social se refiere, porque en lo relativo a su aspecto físico, "bajo, gordo y de carácter apacible, parecía gastar mucho dinero en trajes francamente mal cortados, que colgaban alrededor de su rechoncha figura, como la piel de un sapo encogido" lo que hizo que alguien afirmara "en un momento de la boda que «Sercomb se unía a una rana con impermeable». Y Smiley, que ignoraba este comentario, avanzó anadeando por la nave de la iglesia, en busca del beso que le convertiría en un lord".
No he podido resistirme a abusar de las citas porque creo que con la pluma del autor es cómo mejor descritos quedan ambos, Le Carré y Smiley. Como podemos apreciar, el primero posee un afilado sentido del humor y una notable calidad literaria, y el segundo responde con creces a la tremenda vulgaridad que su esposa le achacaba. 
Pero no solo hay vulgaridad en Smiley que de su paso por Oxford (no por uno de sus mejores colegios, es cierto) conserva cierta devoción por poetas alemanes poco conocidos del siglo XVII y es todo un filósofo de la vida cuyo discurso (nunca muy prolijo) suele estar adornado con citas de Goethe o de Herman Hesse.
Durante los años treinta trabajó infiltrado en una universidad alemana desde la que buscaba jóvenes susceptibles de ser captados para el Servicio Secreto inglés. Allí asistió al auge del nazismo y, aunque en ningún momento se nos habla de su posible ideología política, "hubo una noche, una terrible noche del invierno de 1937, en que Smiley, tras la ventana, observó una gran hoguera en el patio de la Universidad. [...] Y a esa pira pagana arrojaron centenares de libros. Él sabía de quiénes eran esos libros: de Thomas Mann, de Heine, de Lessing, y muchos otros más. Y Smiley, protegiendo con su húmeda mano el extremo del cigarrillo, observaba lleno de odio, pero sintiéndose triunfante porque, al menos, sabía quién era su enemigo". Y es que no se puede sentir sino odio frío y vengativo hacia los pirómanos cuando ves a tantos autores amados, a tantos libros con los que has disfrutado, aprendido, dudado, con los que te has emocionado o con los que te has identificado, siendo asesinados delante de tus ventanas; porque asesinato y no otra cosa es para un escritor que quemen sus obras y para un lector que le priven del placer y de la libertad de su lectura.
Al inicio de la novela, finales de los años cincuenta, Smiley está trabajando para el Servicio Secreto, para el que, a su vez, fue reclutado a finales de los años veinte, mientras estudiaba en Oxford, y para el que ha trabajado intermitentemente desde entonces. Hace ya muchos años que lady Ann "lo abandonó por un cubano, campeón de carreras automovilísticas" y vive solo en una casita del barrio londinense de Chelsea. 
Cuando Samuel Fennan, miembro del Foreing Office, se suicida y deja una carta explicando su decisión por las sospechas que sobre él tiene el Servicio Secreto acerca de sus simpatías comunistas, Smiley no entiende nada. Fue él quien se encargó de entrevistarle como parte de la investigación, y fue él mismo quien le dijo que no había nada de qué preocuparse pues las sospechas quedaban totalmente descartadas. Además antes de suicidarse llevó a cabo acciones y actividades que no cuadran con quien piensa quitarse la vida momentos después. Pero el caso es que Fennan se ha pegado un tiro y Smiley decide saber el por qué de tan innecesario acto.
A lo largo de su investigación se encontrará enfrentado a su propia conciencia y a sus contradicciones. Porque una cosa son los fríos expedientes con los que trabaja y otra las personas de las que tratan, y a veces, como le reprocha la esposa de Fenan, "a los expedientes les nacen cabezas y brazos y piernas, y es un momento terrible, ¿verdad? Los nombres tienen familias, además de informes, y razones humanas que explican sus tristes expedientes y sus pecados ficticios. Lo que ocurre entonces lo siento por usted". Y, aunque Smiley no llega a sentirse culpable porque al fin y al cabo cree que Samuel Fennan fue asesinado, no puede dejar de pensar en esas palabras y en lo que Fennan le había contado acerca de la situación equívoca de los intelectuales comunistas durante los años treinta (entre los que de hecho sí se había contado); una situación en la que se dieron cuenta de que al partido no le interesaban demasiado, porque frente a los mineros galeses y sus acuciantes e indiscutibles necesidades, se sentían avergonzados de sus comodidades y de su talento; "estaban avergonzados de tener lápices y papel. Pero no sirve para nada tirarlos, ¿verdad? Eso es lo que acabé por aprender. Supongo que por eso dejé el partido". Y Smiley le creyó y le exculpó y se lo dijo y por eso ahora, aunque sabe que no debe sentirse culpable, no puede evitar un cierto resquemor que le hace pensar que no siempre su trabajo está libre de miserias, injusticias y ejecuciones, aunque sean vicarias y por agente interpuesto.
Una investigación, por otra parte, que nos tiene con el alma en vilo, porque Smiley se encontrará con algunos fantasmas de su pasado, habrá más muertos, varias hipótesis hasta llegar a la verdadera y, en resumen, una novela negra con todos y cada uno de los ingredientes de la mejor novela negra. 


John Le Carré
Y es que John Le Carré es uno de los grandes, uno de los mejores. No en vano trabajó para el MI5 y el MI6, por lo que cuando escribe sobre espías, guerra fría, contraespionaje... etc, sabe bien de lo que habla. Fue solo en 1963, tras el éxito de su tercera novela, "El espía que surgió del frío", cuando pudo abandonar el Servicio Secreto británico para dedicarse en exclusiva al Servicio Secreto literario.
Como él mismo ha declarado La gente que tuvo una infancia infeliz es muy buena para inventarse a sí misma”. Y eso ha sabido hacer él cuya infancia no fue desde luego feliz y que, tras escribir acerca de la Guerra Fría, supo superar el fin de la misma para abordar otros problemas que fueron surgiendo, o que se hicieron más patentes, cuando la amenaza comunista dejó de ser tal para hundirse lentamente en las ondas de la Historia. 
Sus novelas posteriores a la caída del Muro abordan la actualidad más convulsa y conflictiva. Desde las dificultades que supuso el propio desmembramiento de la maquinaria soviética con la nueva configuración de los países surgidos y las mafias de todo tipo que florecieron en los mismos, hasta la corrupción de la industria farmaceútica o el terrorismo fundamentalista islámico, cualquier tema de interés y actualidad ha tenido cabida en las novelas de este escritor, y siempre tratados con profundidad y sin sectarismos. Y sobre todo con una humildad no muy acorde con un escritor de tanta fama, porque es la humildad, que no la soberbia o la prepotencia, lo que le ha llevado a rechazar honores y premios y a no conceder entrevistas; una humildad que le ha contagiado a su personaje, George Smiley; esa misma humildad  que solo a los grandes les hace darse cuenta de que es más lo que se ignora que lo que se sabe. "No sabemos nada unos de otros, nada, reflexionaba Smiley. Por muy estrechamente que vivamos, en cualquier momento del día o de la noche en que nos sondeemos mutuamente con los más profundos pensamientos, no sabemos nada".

Esta novela entra además en el II reto "Nos gustan los clásicos" por estar publicada antes de 1990. "Llamada para el muerto" está escrita en 1961.



viernes, 10 de agosto de 2018

"El refugio de los canallas" Juan Bas

"Dos ancianas se sientan al atardecer en un banco de un jardín público de Bilbao. No son familiares ni amigas, la causa de su relación es un hecho del pasado que marca todavía el presente: la hija de una de ellas mató de un tiro al hijo de la otra hace casi treinta años".
Así empieza "El refugio de los canallas", una novela que hallo a medio camino entre la ficción y el ensayo; escrita como a latigazos (algunos capítulos tienen poco más de dos páginas), que van dejando marcas en el alma; con nombres ficticios que parecen muy reales y situaciones reales contadas como si fueran ficción. 
No es difícil esto último: los acontecimientos reales vividos en el País Vasco durante la segunda mitad del siglo XX son tan alucinantes que cuesta pensar que no son una trama más (bastante inverosímil) creada por la mente calenturienta de algún autor mediocre de novela negra. Y sin embargo, nada más lejos de la realidad como todos por desgracia sabemos. Los hechos fueron reales, sucedieron tal cual se vivieron, tal cual los recordamos, tal cual nos los cuentan, y se necesita un muy buen escritor de novela negra, o de cualquier tipo de novela, para escribir un libro que no parezca una broma macabra, que no recuerde a un sainete, que no aparente una pura burla a lo verosímil.
Las dos ancianas del comienzo de la novela, o mejor dicho sus hijos, representan los dos polos esenciales de lo que se dio en llamar el conflicto vasco: los asesinos de la banda y los jóvenes guardias civiles enviados como carne de cañón a contenerlos. En medio estaba, como siempre, la mayoría más o menos silenciosa, la que entre la repulsa y el aplauso, por miedo o indefinición, calla y otorga y da cuerpo a las situaciones más rocambolescas (pocos héroes en estas circunstancias). 
Margarita Mendieta Valdelomar es la madre de "Margarita Pérez Mendieta, más conocida como Itxaso y sobre todo la Pantera", una terrorista de larga melena rizada e impresionantes ojos verdes a quien a poco que sepamos de los hechos, no podemos dejar de ponerle una cara y un nombre más reales; Margarita es la madre de una asesina que purga sus crímenes en la cárcel desde hace veintisiete años. La Pantera, en 1981 "le metió una bala en la cabeza al hijo de María Teresa Altamira, que era un número de la Guardia Civil que servía en una casa cuartel situada cerca de Vitoria y tenía veintitrés años"María Teresa Altamira es la otra anciana, protagonista del primer párrafo de "El refugio de los canallas".
Margarita Mendieta va todas las tardes a la residencia en la que Teresa Altamira languidece de Alzheimer, y la ayuda a merendar, la pasea por Bilbao, intenta de alguna manera restañar las heridas que su propia hija causó. Margarita no es de esas madres que alentaron las veleidades asesinas de sus hijos, tampoco de las que, ante los hechos consumados, se pusieron sin fisuras del lado de sus exaltados retoños. Y es que para terminar de complicar la situación, Margarita Mendieta estuvo casada con un guardia civil; el padre de la Pantera fue también un guardia civil asesinado por ETA en 1976, tan solo unos meses antes de que su hija, que por entonces contaba diecinueve años, se uniera a la banda para llegar a ser uno de sus miembros más sanguinarios e indisciplinados.
No es el caso de Amaia, la madre de Mailu, quien desde muy pequeño le fue transmitiendo "ese odio, el sufrimiento por la patria a la que se niega su derecho a la independencia". A ese sufrimiento se ha sumado desde hace veintisiete años, la desaparición de su hijo,  Joseba Zubia Zaldua, Mailu, jefe del comando Donosti en 1983 y, presumiblemente, víctima de la guerra sucia contra ETA.
Porque esta novela no se limita a explicar la situación creada en los pueblos y ciudades de Eskadi por la sinrazón y la barbarie de ETA, sino que además, como sin querer reflejar la historia, con nombres fingidos y situaciones que tan solo imitan lo real, nos transmite la locura en la que fue capaz de caer todo el aparato del Estado: secuestros, torturas, asesinatos, desapariciones... todo ello fuera de la ley, a escondidas, con dinero público (entonces nos enteramos muchos de que existía una cosa llamada fondos reservados), con guardias civiles y funcionarios y cargos políticos de altura (de mucha altura) y sicarios contratados como vulgares asesinos a sueldo.
Y sí, la sangría era excesiva, los atentados continuos, y cuando tres granadas de fragmentación terminan con la vida de trece militares, alguien se siente en la necesidad de decir: "Esto se está yendo demasiado de las manos. Hay que darles en sus madrigueras de Francia, duro y bajo cuerda. Unas dosis de su mismo jarabe. Tenemos que debilitarlos y sobre todo acojonarlos. Y que Francia reaccione de una vez y les meta mano. Organízalo. Como quieras y con quienes quieras, pero con resultados y sin cabrear mucho a los franceses. Yo no quiero saber nada en ningún momento. Nada de nada. ¿Entendido, Juan?". Y quien habla es el presidente Fernando Gómez y quien escucha el ministro del Interior, Juan Barriuso. Todo personajes ficticios porque esto es una novela, aunque los parecidos con la realidad no sean pura coincidencia.
La novela está escrita, como he dicho, a base de capítulos muy cortos cuyo título es el año en que transcurren los hechos que en él ocurren. Desde 1946 hasta 2015, saltamos de unas fechas a otras, adelante y atrás en el tiempo, con unos u otros personajes, en distintos lugares, para ir componiendo un mosaico a base de las teselas del tiempo y de la historia, una historia donde no hay buenos, pero sí hay muchos malos. Una historia donde los malos florecen en todos los bandos, porque ser víctima (algunas víctimas, de algunas guerras, sobre todo si son sucias) no te convierte en bueno, tan solo te convierte en víctima, querer hacer justicia no siempre es justo y la venganza nunca puede estar en manos de un Estado.
Al final todo se puede resumir en una triste "ensalada de sangre aliñada con cristales rotos" que diría mi querido Sabina. Como reflexiona al final de esta novela el que, ficticiamente, había sido gobernador civil de Guipúzcoa en aquellos tristes años, José Ángel Elorriaga, "sin la muerte y su trágica gravedad, a ver qué es ahora de ellos y de los que los amparaban y de los que los seguían y de todos los demás canallas al socaire. Los canallas de un sesgo y de otro, que en realidad es el mismo, el de la impostura y la ignominia. La sacralidad de la muerte, lo único que daba entidad y relevancia a su causa o que ocupaba el lugar de la misma; no había más que muerte, miedo y odio, nada más". Pero nadie nunca llegó a pensar esto porque esto es una novela y todos los personajes son ficticios.

Juan Bas
El autor, Juan Bas, obtuvo con esta novela el Premio Dashiell Hammett 2018 en la Semana Negra de Gijón. Un Premio que creo que es muy necesario seguir de cerca. El año pasado se lo llevó David Llorente con "Madrid: frontera", una de mis mejores lecturas de 2017.
"El refugio de los canallas" me ha gustado mucho. Me ha gustado más que "Patria". Nunca llegará a ser un best seller, pero no siempre los mejores libros se convierten en los más vendidos y los más leídos. Ya sé que no hay ninguna necesidad de comparar y que cada una de las dos novelas  es diferente. Que nadie olvide que "Patria", cuya reseña podéis leer pinchando en el título, me gustó; y me gustó mucho, pero creo que "El refugio de los canallas" es una novela más completa, y supone una propuesta más original en la forma. Sobre todo, me llama la atención cómo algunas obras se difunden rápidamente por los medios y la opinión pública y saltan a las listas de más vendidos donde permanecen por meses, y otras, tan buenas o mejores, se quedan en el conocimiento de una minoría. A pesar de contar con un premio como el Dashiell Hammett.

martes, 7 de agosto de 2018

"Atrapando la luz" Sara Mañero Rodicio.

"¡Si se pudiera elegir el momento de la muerte, quizá hace tiempo ya que habría dejado de molestar! Tal vez esa misma mañana aciaga de mis noventa y cinco cumpleaños. O quizá no. ¿Cómo saberlo? De todos modos, no es posible escoger y aquí sigo, procurando mantener la cordura frente a un cuerpo que me insulta y desobedece, tratando de no ser una carga excesiva para los míos".
Elvira desea dejar de vivir. Hay acontecimientos que hacen que una prefiera la muerte antes que tener que vivirlos, y lo que ella tuvo que experimentar el día de su noventa y cinco cumpleaños es uno de esos acontecimientos. 
Pero antes de llegar a él Elvira había vivido noventa y cinco años plenos, intensos, llenos de muchas más vivencias y situaciones de las que cualquier mujer de su época creyó nunca que se podrían vivir. 
Elvira le irá contando a Inés, su nieta, toda su historia en su lecho de muerte y así nosotros también nos iremos enterando. Pero nosotros tenemos una ventaja respecto a Inés y es que además de lo que su abuela le cuenta, nosotros asistimos a lo que no le cuenta, a lo que solo son pensamientos que su abuela no quiere compartir con nadie, pero que por obra de ese maravilloso milagro que es la literatura irá compartiendo, tal vez sin saberlo, con todos los que nos acercamos a este libro de lucha y superación; a la vida de una de esas mujeres que nos fueron abriendo el camino a todas las que vinimos detrás para que lo encontráramos despojado de hierbajos, pedruscos y todo tipo de obstáculos. Lo han conseguido en gran parte, aún queda alguna piedrecilla que se nos mete en el zapato; aún hay charcos que nos salpican los pies y barro en el que podemos resbalar, pero gracias a ellas, ese camino es transitable con bastante comodidad. Al menos en este mundo que llamamos civilizado. 
Y es que Elvira, que nació en 1889, dejó muy pronto de ser una mujer al uso para enfrentarse a todo tipo de convencionalismos sociales y familiares, cosa más difícil si tenemos en cuenta que su padre era un guardia civil condecorado con una medalla al mérito militar; un hombre sumiso que desde pequeño aceptó el futuro que para él, como huérfano de guardia civil, habían decidido su madre y sobre todo su tío. "Y en el reconocimiento de su resignación me pregunto de quién heredé yo mi rebeldía, de dónde extraje las fuerzas para inventarme otro mañana, por qué en mí no hicieron mella gestas y lealtades. O cómo alcancé a escaparme de su huella".
Cuando su padre por fin reparó en ella (era la cuarta quinta hija de un hombre que lo que más deseaba era tener un hijo varón) fue cuando ayudó a venir al mundo, finalmente, a su hermano Alfonso. Tenía ocho años y tuvo que ser por medio de su hermano como consiguió dejar de ser invisible para su padre, la persona a la que más quería y admiraba. Por fin su padre supo que su hija menor no se parecía en nada a las otras cuatro. Aquella niña era distinta y esa percepción paterna le permitió cosas inauditas en la época: continuar en la escuela a una edad a la que todas las demás se quedaban en casa para preparar su futuro de madres y esposas; prepararse el examen para acceder al bachillerato; desplazarse a Madrid para estudiar en la universidad... 
Pero lo que de verdad le abrió los ojos a un nuevo, desconocido y maravilloso mundo fue un regalo que le hizo Gonzalo. Gonzalo fue su primer amor, el primero que le dio un trabajo para que le ayudara con la contabilidad. Estaba reconstruyendo una casa en el pueblo por recomendación paterna y tenía que dar cuenta de los gastos, pero tal trabajo no fue más que un pretexto para poder estar juntos sin provocar murmuraciones maliciosas. 
El primer amor no suele durar, pero lo que nunca abandonó a Elvira fue la pasión que el regalo de Gonzalo suscitó en ella, y tal regalo no fue sino una cámara fotográfica. "Lo importante es que aquel extraño aparato me descubrió un mundo de posibilidades en el que pronto deseé sumergirme. Por supuesto, en diversas ocasiones nos habíamos hecho fotografías en familia, [...] pero esa nueva cámara me sorprendió con su capacidad de capturar la vida en cualquier instante. Se trataba de una Verascope de bolsillo, de fabricación francesa, para vistas estereoscópicas no demasiado grandes"

Verascope estereoscópica (circa 1895) ¿Sería como esta la cámara de Elvira?

Quien sea capaz de visión estereoscópica (yo no lo soy) es capaz de ver en relieve cuando superpone en el cerebro las dos imágenes de los dos ojos, muy similares, pero no idénticas. Con esta cámara se conseguía imitar la visión humana. La separación de los dos objetivos, similar a la de los ojos, permitía "obtener dos fotografías casi idénticas que llamábamos par estereoscópico". Dos fotografías que, al combinarse, producían imágenes en tres dimensiones ya a finales del siglo XIX.
A partir de ese momento todo un mundo se abre ante Elvira, un mundo que aunque ella no lo sabe va a constituir su profesión y su vida, porque cuando llegue a Madrid, tras escaparse de casa y romper con su familia, será en el estudio de un fotógrafo donde empiece a trabajar para mantenerse y poder estudiar; con la cámara se irá a Melilla huyendo de una persecución que podría terminar con todas sus ilusiones y se encontrará fotografiando el horror y teniendo que elegir entre lo que le pide su impulso y lo que le dicta la razón
"Fue bien difícil seguir haciendo mi trabajo mientras a mi alrededor todo era dolor y angustia, te lo puedo asegurar. Pero pensé que dos manos más no representarían una ayuda esencial,  mientras que mis imágenes bien podrían ayudar a transmitir el horror de lo acontecido". Y en Melilla la pillará en 1909 el desastre del Barranco del Lobo y años después, en 1921, asistirá al Desatre de Annual, ahora sin huir de nada, solo porque cree que es su deber dar noticia de lo que allí sucede, aunque para entonces se traslade ya con su marido y deje a sus cuatro hijos al cuidado de sus abuelos paternos (la quinta nacería a la vuelta de Marruecos).
Pero Elvira no se vio libre del tributo que toda madre, aun en nuestros días, tiene que pagar cuando siente que su vida e independencia se mantienen a costa de lo que se le roba a la familia. Un tributo que nunca se les exige a los hombres, pero del que las mujeres no nos hemos liberado aunque ya haya pasado bastante más de un siglo. 
"Repartía mi tiempo entre un trabajo que me apasionaba y unos hijos a los que adoraba, pero a los que, muy a mi pesar, no podía convertir en único centro de mi existencia. [...] La vida se me fue en un perpetuo desasosiego, en una desazón continua, entre el arrepentimiento por lo que negaba a los míos y la terquedad que me obligaba a aferrarme a mis sueños. Lo cierto es que me pasé la infancia de mis hijos tratando de compensarles por mis ausencias".
Sara Mañero Rodicio
Sara Mañero nos regala una novela perfectamente escrita y aún mejor documentada: la situación de la Guardia Civil en la segunda mitad del siglo XIX ("era bastante habitual que los guardia civiles, dados sus escasos ingresos, recibiesen una cantidad en concepto de adelanto para poder hacerse con el equipo, la vestimenta, el caballo y la montura. Todo debía correr de su cuenta y era bien difícil disponer de una suma tan cuantiosa, por lo que o se les proveía de los cuartos necesarios o nadie podría afrontar ese dispendio"); la fotografía en sus albores con sus técnicas hoy ya olvidadas y/o desconocidas por obsoletas y que entonces eran la vanguardia de la tecnología ("aprendí a usar las placas secas, los papeles de revelado químico, las cianotipias; luego, poco a poco, ambos fuimos descubriendo los colodiones mate de ennegrecimiento, que viraban al oro o al oroplatino, así como los restantes procesos argénteos de ennegrecimiento directo para evitar los virados"); las guerras de Marruecos, con su saldo de dolor en ambos bandos, con sus causas bien explicadas, con los sentimientos que algo así puede producir en quien lo contempla al otro lado de un objetivo con el que pretende dar noticia al mundo de lo que allí sucede y los políticos tratan de ocultar ("¿Miedo? No, el miedo se quedó junto a los cuerpos fragmentados, en el aire plagado de gemidos, en el olor a pólvora. ¿Vergüenza? No, la vergüenza está lejos, en las manos de quienes les han mandado a la muerte, en la conciencia de aquellos para quienes solo son números. ¿Alegría? Tampoco. La alegría quedó allá, en mi tierra, cuando la vida era fácil aunque no me lo pareciese").
Una novela madura de una escritora que ya me había gustado con su anterior novela, "Mientras sorprendan los días", y que con esta, mucho más completa y profunda, se manifiesta como una gran novelista madura y comprometida.

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