Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

sábado, 7 de diciembre de 2019

"La analfabeta" Agota Kristof

"Leo. Es como una enfermedad. Leo todo lo que me cae en las manos, bajo los ojos: diarios, libros escolares, carteles, pedazos de papel encontrados por la calle, recetas de cocina, libros infantiles. Cualquier cosa impresa.
Tengo cuatro años. La guerra acaba de empezar. Vivimos en un pueblecito que no tiene ni estación, ni electricidad, ni agua corriente, ni teléfono".
Cuando una novela empieza así, una persona como yo empieza a preguntarse si alguien ha escrito su propia vida y no se ha enterado. Así es que se engancha a la lectura y aunque pronto lo contado se va alejando de su (mi) vida, no puedo parar hasta terminar el libro. Son apenas ochenta páginas poco densas. Creo que no me lleva más allá de una hora leer "La analfabeta". Me planteo hacer una reseña y pienso que me va a salir más larga que la novela por lo que decido leer también "Ayer" y hacer una entrada conjunta con ambas obras de Agota Kristof, pero se van torciendo las cosas. Por unas u otras razones leo otros libros y me encuentro con que ya ha transcurrido más de un mes desde que leí "La analfabeta" y me decido a hacer la reseña.

Yo creo que empecé a leer con cinco años. No recuerdo cuándo aprendí. No recuerdo un momento en que yo no supiera leer. Yo también leía todo lo que caía en mis manos. Cuando iba de visita con mis padres, esas visitas que recuerdo mortales de aburrimiento, buscaba libros, revistas, periódicos... No en todas las casas los había. Me metía en el baño, cerraba por dentro y leía prospectos de medicamentos y las leyendas de los frascos y botes de cosméticos y de jabones, no había gel de ducha por entonces. Por la calle iba leyendo los carteles de tiendas.

Agota Kristof nos cuenta en este primer capítulo cómo leía con cuatro años mientras la guerra acababa de comenzar y su padre era el único maestro del pueblo. Su afán por la lectura no era suficientemente apreciado, salvo por su abuelo. "Dejando de lado este orgullo de abuelo, mi enfermedad de la lectura me traerá sobre todo reproches y desprecio". Cuántas veces he oído a mi madre quejarse de que no hacía nada en todo el día más que leer, cuántas veces me han castigado sin leer hasta que aprobara todas las asignaturas, cuántas veces he camuflado a Tom Sawyer o a Jo March o a John Silver el Largo o a Los cinco entre el libro de texto porque estaba castigada y solo simulando estudio podía darme a mi placer favorito.

Y creo que hasta ahí llegan las similitudes entre mi vida y la de Agota Kristof. Ella en un país en guerra, en un país sufriendo más tarde una dura y penosa posguerra, "Años cincuenta. Exceptuando algunos privilegiados, en nuestro país todo el mundo es pobre. Algunos son incluso más pobres que otros"; ella pasando de la lectura a la escritura como jamás pude pasar yo porque escribir me quita tiempo para leer y solo me avengo, y muy recientemente, a escribir de lo que leo y poco más. Aunque tal vez es que yo nunca necesité distraer la tristeza con la escritura. Siempre arropada por el calor familiar, siempre acompañada y sin falta de afectos, me pude permitir el lujo de leer sin tener que trasladar al papel todo un mundo de desposesiones y pérdidas. "Las ganas de escribir vendrán más tarde, cuando el hilo de plata de la infancia se haya quebrado, cuando vengan los días malos y lleguen los años de los que diré: «No me gustan». Cuando, separada de mis padres y mis hermanos, ingreso en un internado de una ciudad desconocida, donde, para soportar el dolor de la separación, sólo me queda una solución: escribir".

Avanzan los capítulos, once en total, y avanzan las memorias de Agota Kristof, con palabras breves y contundentes. Su descubrimiento de las otras lenguas cuando con nueve años se muda a una ciudad fronteriza donde la mayoría de la población habla alemán y se encuentra con que hay gente que no entiende lo que ella dice ni ellas les entiende. "Yo no podía imaginar que pudiera existir otra lengua, que un ser humano pudiera pronunciar una palabra que yo no comprendiera". Era una lengua enemiga, era la lengua de los militares que ocupaban su país, la de los austriacos que les habían dominado anteriormente. Un año después tendrá que aprender ruso. Nuevos militares invaden Hungría con un nuevo idioma. Cuando muere Stalin en 1953 ella tiene diecisiete años.

Cuando cruza la frontera hacia Austria tiene veintiún años recién cumplidos, lleva dos de casada y tiene una niña de cuatro meses. "Me dejé en Hungría mi diario de escritura secreta, y también mis primeros poemas. También dejé a mis hermanos, mis padres; sin avisarles, sin despedirme de ellos, sin decirles adiós. Pero sobre todo, ese día, ese día de finales de noviembre del año 1956, perdí definitivamente mi pertenencia a un pueblo". Y es que en noviembre de 1956, el ejército ruso invadió Budapest y terminó así con la revolución del pueblo húngaro que pedía la retirada del Pacto de Varsovia. Unos doscientos mil húngaros huyeron del país, entre ellos Agota Kristof con su marido.

Se instalan en la zona francófona de Suiza, concretamente en Neuchâtel, donde otra nueva lengua viene a sumarse a las ya conocidas por la autora, una lengua que le resulta totalmente desconocida, que aprenderá a hablar y a escuchar, pero que tardará en aprender a escribir; una lengua que, treinta años después de hablarla y veinte después de escribirla, percibe como lengua enemiga porque aún es incapaz de escribir sin varios diccionarios alrededor y, sobre todo, porque siente que está matando a su lengua materna. Una lengua, la francesa, que convirtió a Agota Kristof en analfabeta. Sabe las palabras, pero no las reconoce escritas. "Cinco años después de haber llegado a Suiza, hablo francés, pero no lo leo. Me he convertido en una analfabeta. Yo, la que sabía leer cuando tenía cuatro años"

Agota Kristof
Una analfabeta en francés que escribe sus libros en francés. Y puede que precise de varios diccionarios a su alrededor, pero jamás una analfabeta y unos cuantos diccionarios han dado tanto de sí y tanto a la Historia de la Literatura, así, con mayúsculas.

En ochenta páginas, que bien pudieron quedarse en la mitad con otro tamaño de letra; en once capítulos cortos, Agota Kristof nos cuenta su vida y lo hace con frases cortas, sin aditivos, sin retruécanos literarios, sin quejas, sin autocompasión, sin piedad, sin anestesia... directo al corazón y al intelecto del lector que se verá envuelto y no cerrará el libro hasta haber terminado con él.

Es larga la reseña, tanto como cualquier otra sobre cualquier libro mucho más largo y pródigo en páginas. Cuento cosas de la vida de la autora y las cuento en orden (más o menos; más que ella, que guarda un orden relativo), cito textos suyos, como siempre, pero que nadie piense que lo cuento todo, que destripo su vida disponible por otro lado en la Wikipedia. Este pequeño texto es un pálido comentario sobre un libro tan pequeño en extensión como grande en contenido. Pocas palabras, pero muchos matices. Hay que leerlo para poder apreciar en todo lo que vale esta pequeña muestra de lo que son los recuerdos de una vida.

Tras "Claus y Lucas", su maravillosa novela leída hace unas semanas, me ha fascinado saber algo de la vida de la autora y percibir lo que de ella ha volcado en la novela.

Título del libro: La analfabeta
Autora: Agota Kristof
Nacionalidad: Hungría
Título original: L’analphabète
Traducción: Juli Peradejordi
Editorial: Obelisco
Año de publicación: 2006
Año de publicación original: 2004
Nº de páginas: 80


miércoles, 4 de diciembre de 2019

"Las lealtades" Delphine de Vigan

"Las lealtades. Son lazos invisibles que nos vinculan a los demás –lo mismo a los muertos que a los vivos–, son promesas que hemos murmurado y cuya repercusión ignoramos, fidelidades silenciosas, son contratos pactados las más de las veces con nosotros mismos, consignas aceptadas sin haberlas oído, deudas que albergamos en los entresijos de nuestras memorias. 
Son las leyes de la infancia que dormitan en el interior de nuestros cuerpos, los valores en cuyo nombre actuamos con rectitud, los fundamentos que nos permiten resistir, los principios ilegibles que nos corroen y nos aprisionan. Nuestras alas y nuestros yugos. 
Son los trampolines sobre los que se despliegan nuestras fuerzas y las zanjas en las que enterramos nuestros sueños.

No he podido resistirme a citar entero esta especie de preámbulo con el que Delphine de Vigan empieza su última novela, "Las lealtades". Voy leyendo y voy sonriendo de puro placer. No solo el placer que causan las bellas palabras que construyen bellas frases, sino el placer, cómplice de la vanidad, de ver cómo lo que una siempre ha pensado lo comparte una escritora a la que se admira. Porque yo he pensado mucho en este tema. No le he dado el nombre de lealtad; en mi pensamiento no tiene un nombre concreto, es más bien un concepto que puede resumirse en el deber hacia los demás, lo que tenemos que hacer por los otros. Esas cosas que no nos apetecen en exceso, que interfieren con nuestros propios intereses, planes o deseos, pero que indefectiblemente nos vemos llevando a cabo de mejor o peor talante.

Muchas veces me he sorprendido liada por planes que rompen los míos, sin saber cómo resolver un asunto personal que asuntos ajenos desbaratan en un momento. Muchas veces me he escuchado decir: me voy a dedicar a mis cosas y los demás que se las apañen como puedan. Y no, no es un favor que te pide un amigo (al menos casi nunca lo es), suelen ser esas servidumbres que, forjadas durante la infancia, durante demasiados años, se nos van quedando pegadas en los pliegues de la conciencia y de la culpa y nos obligan a romper el egoísmo, incluso aquel al que tenemos derecho, para responder a egoísmos ajenos, del padre, de la madre; de los abuelos antes, de los tíos... de nadie más tarde, cuando hasta esas servidumbres serán echadas de menos y formarán parte de la nostalgia.

Pero no es exactamente este tipo de lealtad el que Delphine de Vigan disecciona en esta corta novela, o no del todo, porque desde luego tiene mucho que ver con él. Este libro trata de lealtades llevadas hasta el extremo, hasta el extremo de enmudecer de puro instinto. Un silencio que oculta lo que nadie ha pedido que se calle, aquello que se intuye que puede desencadenar la catástrofe de revelarse. Y el silencio atrae sobre las espaldas toda la pesadumbre del mundo, atrae una carga enorme que, cual Sísifo redivivo, se lleva encima más allá de lo humanamente posible, día tras día, hasta la quiebra final, hasta que la carga pero también el sujeto se vean derrumbados y se precipiten colina abajo y ya no haya más carga ni piedra que sustentar.

"Pensé que el chiquillo sufría maltratos, lo pensé enseguida, quizá no los primeros días pero no mucho después de la vuelta a clase, era algo en su modo de comportarse, de sustraerse a la mirada, sé lo que me digo, sé perfectamente lo que me digo, una manera de fundirse con el entorno, de dejarse traspasar por la luz. Solo que conmigo eso no funciona. Los golpes los recibí cuando era cría y las señales las oculté hasta el final, o sea que a mí no me la dan". ¿O sí se la dan a pesar de todo? ¿O hay malos tratos que se salen de lo convencional y dejan sus huellas invisibles alejadas de la piel, en el interior del alma? Quien así habla es Hélène, la profesora. Y mientras nos cuenta sus preocupaciones por su alumno, nos va relatando sus propias peripecias y vemos cómo su empatía con el muchacho la lleva a extralimitarse en lo que es la función de una simple profesora, a obsesionarse incluso. Y nosotros veremos, impotentes desde este lado del papel, que la obsesión puede estar justificada... por más que no deja de ser obsesión "Me despierto todas las noches sofocada por la angustia, y con frecuencia tardo dos o tres horas en volverme a dormir. Se me han pasado las ganas de salir con mis amigos, de ir al cine, me niego a distraerme".

Pero no es Hélène la única que habla en esta novela. Afortunadamente, las percepciones de la profesora y sus obsesiones no son la única información de que disponemos y que nos podría llevar a equívocos de ser así. 

El siguiente en hablar es Théo que tiene doce años y medio, pero le han robado la infancia y con la infancia, las esperanzas. No es que su vida carezca de ellas, es que no tiene tiempo de contemplarlas. Las ha tenido que dejar aparcadas porque cosas más perentorias e importantes ocupan su mente y su tiempo. Los padres de Théo están separados y, por la custodia compartida que ha decretado el juez, cada viernes Théo carga con sus pertenencias en una mochila y pasa de casa del padre a casa de la madre y en cada casa encuentra una realidad hilvanada de rencores, frustraciones y soledad.

No podría responder a esas preguntas que con tanta frecuencia se les hacen a niños y adolescentes:  "«¿ qué profesión te gustaría ejercer?», «¿ cuáles son tus pasiones?», «¿ a qué te gustaría dedicarte?»", no sabría qué responder porque él solo tiene claro lo que le gusta ahora, en este presente que es lo único que tiene, y lo diría, lo confesaría "si no temiera que los últimos puntos de apoyo que parecen perdurar a su alrededor se desmoronasen en el acto" porque lo que más le gusta no es algo que deba ser del gusto de un niño de doce años y medio por muy comprometido que tenga el presente e indeciso el futuro. 

Otro de los personajes que nos cuentan la historia es Cécile, la madre de Mathis, el mejor amigo (el único amigo en realidad) de Théo. Cécile habla sola. No es que esté loca, solo lo hace en casa cuando está sola o en la calle cuando nadie la ve. Más que hablar sola, habla consigo misma. Pero no solo consigo misma, también habla con el doctor Felsenberg, con el que tuvo que someterse a varias sesiones "para cobrar conciencia (y admitir) de que la voz apareció al poco de descubrir lo que descubrí en el ordenador de mi marido. Y unas cuantas sesiones más para evocar de manera explícita ese descubrimiento en la consulta del doctor Felsenberg". Siempre he pensado que no se debe tratar de indagar acerca de lo que se nos oculta. Primero porque todo el mundo tiene derecho a sus propios secretos y segundo y más importante, porque a veces nos encontramos con lo que no buscamos y pienso también que no hay mayor muestra de fidelidad que ser capaz de ocultar ciertas cosas. Puede que no sea ese el caso del marido de Cécile, pero de todas formas más le habría valido no indagar tanto.

Y otra vez el silencio y la lealtad mal entendida (?). Ocultar las faltas del marido, seguir siendo su coartada, su obra, porque ella es obra de su marido, ella fue capaz de escapar de las lealtades de su familia gracias a él, pero ahora ha caído en la propia red que la salvó. Ahora ha transmutado lealtades de sangre por lealtades de agradecimiento. "Vengo de una familia en la que se dice delante tuyo o detrás nuestro. O se dice «tita Nadine» y «tito Jacques». Estoy seguro que vendrá. Andé hasta su casa. Comemos todas las noches a una hora fija ante el noticiario". William la sacó de ese mundo y la trasladó a otro en el que se está "delante de ti", "estoy seguro de que" "anduve hasta su casa"; nunca se habla de la familia con apodos como yaya o tito y jamás se come, sino que se almuerza o se cena, dependiendo de la hora.

Entre la ocultación de los secretos de su marido y su repulsa por el nuevo amigo de su hijo, Cécile pasa los días hablando consigo misma. No le gusta Théo. Piensa que arrastra a Mathis por el mal camino, pero, de nuevo, calla a los demás lo que se dice a sí misma. Y cuando finalmente lo intenta, se le piden pruebas, hechos concretos que no puede aportar porque todo es una sensación, un mal presentimiento de esos que las madres tenemos a veces y a los que temo más que a un nublado de mayo

El último narrador de esta historia que se precipita hacia un final imprevisible, pero poco prometedor para sus personajes, es Mathis, el amigo de Théo. Tan tímido que se sentó solo en medio del aula el primer día de clase cuando empezó sexto. Tan solo que cuando llegó Théo, con diez minutos de retraso, el sitio lógico para que el profesor lo colocara fue en el asiento vacío a su lado. Y desde entonces se sientan juntos y cada uno es el único amigo del otro. Pero si Mathis aparenta los doce años que tiene, Théo parece mucho mayor por sus gustos y manera de comportarse, aunque a Mathis "a veces le da la sensación de que Théo interpreta un papel, de que finge. Está allí, junto a él, pasa de una a otra aula, hace cola en el comedor, ordena sus cosas, su taquilla, su bandeja, pero en realidad se halla al margen de todo"

Y el gran secreto que comparten los amigos (se puede decir, en el libro se descubre muy pronto) es que, a instancias de Théo, se esconden para beber. Vodka, wisky, ron, ginebra. Lo que sea siempre que sea lo suficientemente fuerte. Sí, si a Théo le preguntaran cuál es su mayor afición, si se atreviera, si no supiera la mueca de espanto que se iba a dibujar en el rostro de su interlocutor, respondería: "me gusta notar el alcohol dentro de mi cuerpo. Primero en la boca, ese instante en que la garganta recibe el líquido, y luego esas décimas de segundo en que el calor desciende por su vientre, podría seguir el recorrido con el dedo. Le gusta esa ola húmeda que le acaricia la nuca y se difunde por sus miembros como una anestesia".

Bebe para sentir la anestesia que es como no sentir nada, bebe para olvidar lo que calla, lo que vive durante una semana y oculta durante la siguiente, y Mathis, que no sabe nada de la vida de Théo, va notando que el amigo se escapa de entre sus manos, y a él ya no le gusta beber, pero lo hace para acompañarle, por lealtad y por lealtad calla aunque se da cuenta de que la actitud de Théo es peligrosa. Y es que Mathis ha observado que "«Théo bebe alcohol como si quisiera morirse.»".

Delphine de Vigan
Y así, cuatro personajes componen el fresco de esta historia que se nos cuenta. Théo en medio, sufriendo y tratando de olvidar a base de alcohol una carga excesiva para sus doce años y medio; Mathis que, sin saber la causa, sabe de la adicción de Théo y teme por él, pero no sabe cómo gestionar sus temores; Hélène viendo en Théo su propia infancia de maltratada y tratando de darle la tabla de salvación que ella no tuvo; Cécile, agobiada entre el marido que se ha revelado muy distinto a cómo ella lo suponía, y el hijo al que ve peligrar en malas compañías. Los relatos de Hélène y Cécile están escritos en primera persona, los de Théo y Mathis en tercera, aunque es una tercera persona que sale de dentro de sí mismos. Las mujeres adultas son capaces de un discurso razonado y reflexivo; los adolescente, incapaces de tramitar todo el cúmulo de vivencias y sentimientos que los aturden, son hablados por una voz que, sin ser la suya, pone en palabras todo lo que llevan a cuestas, la carga que los aplasta casi sin saberlo.

De las cuatro novelas de Delphine de Vigan que he leído hasta ahora, "Las lealtades" es la primera que no trata hechos reales de la propia vida de la autora. Si en  "Días sin hambre" nos habla de su juventud y su relación con la anorexia, si en "Nada se opone a la noche" indaga sobre la vida de su madre tras su suicidio y nos habla acerca de su familia materna, si en "Basada en hechos reales" nos cuenta su experiencia tras el éxito de la anterior y las reacciones de algunos de sus familiares ante la novela en la que se los cita, en "Las lealtades" todo es ficción, aunque bien podría no serlo, porque cuando se habla de adolescentes, colegio, divorcio, abandono, alcoholismo, malos tratos, soledad... etc, cualquier ficción puede estar sucediendo en la realidad en cualquier lugar de este moderno y civilizado mundo. 

Una novela breve además, porque como declara la autora en una entrevista a elcultural.com "La forma breve me permitía un texto más potente, casi un puñetazo al lector".

Indago, tras leer la novela, y me entero de que ya se ha publicado en Francia, a principios de este año, "Las gratitudes", la segunda parte de un ciclo en el que Delphine de Vigan pretende, mediante textos cortos, mediante puñetazos a los lectores, narrar algunas de las relaciones que se establecen entre los seres humanos. Lealtad, gratitud, sentimientos que liberan, pero que también aprisionan. Será interesante seguir la serie. Yo, es de esas que jamás podría perderme. Nada de esta autora, sería capaz de perderme.

Otras novelas de Delphine de Vigan reseñadas en Cuéntame una historia:
"Días sin hambre" (2001)
"Nada se opone a la noche" (2011)
"Basada en hechos reales" (2015)

Título del libro: Las lealtades
Autora: Delphine de Vigan
Nacionalidad: Francia
Título original: Les loyautés
Traducción: Javier Albiñana Serraín
Editorial: Anagrama
Año de publicación: 2019
Año de publicación original: 2018
Nº de páginas: 208

domingo, 1 de diciembre de 2019

Diciembre 2019


Mi nombre es Martín Romaña y ésta es la historia de mi crisis positiva. Y la historia también de mi cuaderno azul. Y la historia además de cómo un día necesité de un cuaderno rojo para continuar la historia del cuaderno azul. Todo, en un sillón Voltaire.

En efecto, el día siete de junio de 1978, entré en crisis, como suele decirse por ahí, aunque positiva, en mi caso, pues logré por fin salir de la melancolía blue blue blue como solía llamarla Octavia, que fue primero Octavia de Cádiz a secas, porque durante largo tiempo la conocí sólo en estado o calidad de aparición, sí, lo cual me impedía, como es lógico, bañarla en ternura con miles de apodos que prácticamente no vendrán al caso en el cuaderno azul, pero que en cambio justificarán plenamente la adquisición del cuaderno rojo. Plenamente, Octavia.

Cabe advertir, también, que el parecido con la realidad de la que han sido tomados los hechos no será a menudo una simple coincidencia, y que lo que intento es llevar a cabo, con modestia aparte, mucha ilusión y justicia distributiva, un esforzado ejercicio de interpretación, entendimiento y cariño multidireccional, del tipo a ver qué ha pasado aquí.


Durante la década de los noventa y a raíz de leer este libro, fui una gran seguidora de Alfredo Bryce Echenique. Justo después de "La vida exagerada de Martín Romaña", leí la que es su continuación, "El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz". Ambos libros, encuadrados en una bilogía que se conoce como Cuadernos de navegación en un sillón Voltaire, pero sobre todo el primero, me hicieron seguidora incondicional del escritor peruano. Nueve son los libros que he leído desde entonces, el último en 2002. Después otros autores vinieron y como todos no caben, Bryce Echenique fue quedando rezagado. La última lectura que intenté abordar del autor, "Dándole pena a la tristeza", fue escrita en 2012 y el autor declaró que no tenía intención de escribir más novelas. Hasta ahora, ha cumplido sus propósitos. Esa, por otra parte, fui incapaz de terminarla. 

Aparte de esta de lectura fallida tampoco es que me haya perdido mucho de su obra narrativa. Tan solo una novela publicada en 2007. Desde 2012 el autor no ha vuelto a publicar nada, ni novelas ni cuentos ni artículos ni textos biográficos. Un escándalo relacionado con una acusación de plagio de artículos periodísticos por la que fue condenado, puede ser la causa del final de la carrera de Bryce Echenique.

"La vida exagerada de Martín Romaña" es uno de los libros más divertidos que nunca he leído. Empezaré confesando que recuerdo muy pocos detalles, pero alguno de ellos no lo podré olvidar mientras viva. La novela, incluida en la famosa lista del diario El Mundo de las 100 mejores novelas escritas en español durante el siglo XX, está narrada en primera persona por Martín Romaña, un joven peruano que está estudiando en el París de los años sesenta, en la Sorbona. 


Martín Romaña, sentado en su sillón Voltarire del que no querría separarse nunca, lo ve todo muy claro, tan claro como se dispone a contárnoslo en el cuaderno azul. "Yo quisiera que me entierren en mi sillón Voltaire [...] sólo cuando estamos juntos lo veo todo claro. Todo, penas, alegrías, sueños, lo que he sido y lo que no he sido. Todo. Todo lo que empezó el día en que, navegando nuevamente, y ya saben cómo navego yo, abandoné las dificultades limeñas para insertarme de cabeza en las de aquel sueño parisino sin dificultades limeñas..."

El viaje a Europa (ya saben cómo navego yo) ya se complica en exceso y le supone varios intentos. No en vano, Martín se declara el primer náufrago a bordo del primer barco que naufraga en el Canal de Panamá. Su llegada a Francia no es menos desastrosa, con un desembarco en Dunquerque en el que pierde un baúl con lo más preciado de su biblioteca.

Entre los sucesos de la estancia en París, nos irá narrando también el pasado y sabremos de su infancia y adolescencia en Perú, en una familia de clase media alta bastante acomodada; sabremos de sus deseos de imitar a Hemingway y viajar a París y encontrar la inspiración que seguro que allí le espera para escribir una novela inolvidable. Unos deseos que fueron la causa de su accidentado viaje transoceánico. 

Su estancia en París está exenta de las dificultades limeñas, en efecto, pero no puede sustraerse a las dificultades parisinas, porque él, un joven de familia bien, acostumbrado al baño diario y a una gran casa con todas las comodidades, ahora se aloja en un hotelucho en el que cada mañana tiene que pagar un franco para que le den la llave de la ducha. Cuando por fin alquila un apartamento con baño tiene que sufrir las burlas de sus amigos y ser tachado de burgués. 

Sus fracasos continúan y las peripecias se suceden sin pausa: enfermedades, la llegada de su novia Inés desde Lima, las reuniones políticas a las que le arrastra, la boda entre ambos que a decir de sus amigos "era una especie de boda entre el Gatopardo y la Pasionaria", su imposibilidad para escribir su novela, la separación de Inés en Mayo del 68 y el terrible episodio de las hemorroides derivado de toda una serie de trastornos psicosomáticos producidos por la misma. Todo ello contado en el cuaderno azul años después. Un cuaderno azul que tal vez, sin que él mismo se haya dado cuenta, sea esa novela que Martín Romaña quería escribir acerca de la vida de los latinoamericanos en París. Esas historias que también les hemos leído a Cortázar, a Vargas Llosa y a tantos otros.

Hasta que conoce a Octavia de Cádiz y aparece el sillón Voltaire y se compra un cuaderno rojo para contar esa otra parte más luminosa de su vida porque, además, el cuaderno azul se ha terminado. 

"La vida exagerada de Martín Romaña" tiene su continuación en "El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz", pero esa ya es otra historia.

No hay película sobre esta novela. Creo que "La vida exagerada de Martín Romaña", en su propia exageración, hace un tanto difícil el traslado a la pantalla y no encuentra a nadie que se atreva con ella. Tampoco es una historia para grandes públicos y puede que la falta de adaptación se deba a que no se ve claro el rendimiento económico que pudiera aportar. Por otra parte, tampoco hay necesidad de llevarlo todo a imágenes. Las que esta novela me ha dejado en la imaginación jamás podrían ser superadas por las de una pantalla.

Y así termina "La vida exagerada de Martín Romaña".

Pero sólo cuando Octavia, desde una prudente distancia, me señaló los cinco bultitos, y se mataba de risa y resulta que era bastante miope, algo divertido volvió a presentárseme, algo que un hombre tan enamorado de Inés era totalmente incapaz de definir. Pero Octavia continuaba riéndose conmigo y eso ya era mucho, era algo muy divertido, en realidad, y he vuelto a amar.

Las novelas que aparecen en esta sección, "Bienvenido nuevo mes literario", no están recién leídas*, pero están leídas. Se trata de novelas con las que quiero comenzar cada mes. Cada entrada comienza con el principio del libro y termina con su final. No pretende ser una reseña, sino el comentario sobre una historia que me marcó lo suficiente como para poder hablar de ella aunque haga ya muchos años que la leí. Por ello, espero que me perdonéis si incurro en algún error.

*las citas están sacadas de las que anoté en el momento de la lectura y que me ayudan mucho a recordar.

Fecha de lectura: 1992
Título del libro: La vida exagerada de Martín Romaña
Nacionalidad: Perú
Autor: Alfredo Bryce Echenique
Editorial: Plaza y Janés
Año de publicación: 1985
Año de publicación original: 1981
Nº de páginas: 631

jueves, 28 de noviembre de 2019

"Palabras y suspiros en el aire" José María García Plata

Hace mucho que no leo poesía. Podría leerla y disfrutarla, seguramente,  como ya lo hice en mi juventud y adolescencia, pero la novela y algún que otro ensayo se llevan todo mi tiempo y mis "esfuerzos" lectores. Lo que nunca podría hacer, me siento totalmente incapaz, es escribir una reseña sobre un libro de poesía. No obstante, pensaba desde hace tiempo que estaría bien traer al blog algún poemario. Pero lo he ido dejando. La pereza que me da la poesía y la incapacidad que me reconozco para hablar de ella con un mínimo de rigor, me han ido disuadiendo. Por eso ha sido casi milagrosa la llegada de esta oportunidad. 

Se trata de publicar una reseña escrita por alguien que entiende de poesía mucho más que yo, que gusta no solo de su lectura sino también de su escritura y que sabe comentarla de una forma cautivadora. 


Me explico. Lo que hoy publico es una reseña de Yolanda Felicita Rodríguez Toledo, poeta cubana, sobre el libro "Palabras y suspiros en el aire" de José María García Plata. Yolanda nació en Sancti Spiritus en 1972 y además de poemas, también escribe narrativa y literatura infantil y juvenil. Su libro de poemas, "Dominus", está publicado por la editorial Adarve que es también la editorial del libro de José María García Plata.

A José María lo conozco como colaborador en la revista MoonMagazine donde escribe sobre todo de poesía, aunque también ha publicado algún relato. Tiene, entre otras, una reseña de "Dominus", el libro de Yolanda. 


Como se cuenta en MoonMagazine, en la pequeña biografía que se publica de cada colaborador, José María García Plata es cacereño y empezó a publicar poemas con rima, al estilo de Gabriel y Galán, un poeta con el que se puede decir que me desteté y con el que nací a la literatura, pues mi madre lo adoraba y antes de que yo supiera leer ya me había hecho aprender alguna poesía de memoria de tanto como me la había leído. Jamás olvidaré algunos de sus versos "...El ama era una santa, / me dicen todos cuando me hablan de ella...".  Pura nostalgia. 
Más tarde José María García Plata evolucionó su forma de escribir,  empezó a utilizar el verso libre y así sigue. Pero de su poesía nos da buenos ejemplos la reseña de Yolanda F. Rodríguez de Toledo que viene a continuación.

También nos cuenta MoonMagazine que José María no solo escribe poesía, "tiene escritas, aunque inéditas, dos novelas, un entremés, un libro de relatos" y hasta ha hecho sus incursiones en la novela policíaca. Entre sus escritores favoritos se encuentran Jorge Manrique, Garcilaso de la Vega, Gustavo Adolfo Bécker, Jaime Gil de Biedma y Luis García Montero. Sin olvidar nunca, por supuesto a su querido José María Gabriel y Galán.

Pero os dejo ya con la reseña que Yolanda F. Rodríguez Toledo hace de "Palabras y suspiros en el aire"


José María García Plata no lo conozco personalmente. Una tarde mientras revisaba  mensajes desde el móvil, encontré el suyo donde me decía quién era, a modo de presentación. Los dos habíamos compartido el honor de ser autores publicados por la Editorial Adarve de Madrid, y también teníamos algo más en común, nuestros poemarios resultaron nominados al I PREMIO ARQUERO DE PLATA, certamen convocado por dicha Editorial para las publicadas de 2018.
Las razones del contacto y nuestros diálogos posteriores nos fueron guiando hasta una interesante relación de intercambio literario y proyecciones en cuanto a nuestras obras, lo que propició que entre nosotros se fortaleciera un bonito lazo de simpatía.

Para entonces ya había leído su poemario Palabras y suspiros en el aire, y me impresionó mucho la limpieza del lenguaje y la armonía de cada uno de los versos, por lo que fui adentrándome en las pausas cifradas por los signos de puntuación, y ello me permitió palpar de manera vívida su mundo descrito con palabras.

José María García Plata, desde su visión humana y a través de un mirador muy íntimo, matiza y describe momentos muy sensibles, enmarcados en espacio y tiempo verbal de mucha connotación y con genial uso de interrogantes tangibles y sugeridas con algunos pasajes que se aproximan a la perfección de la Rosa que convive en innegable armonía junto a espinas y follaje, pero que logra reafirmar toda la belleza de sus formas y exponer al sol el terciopelo de sus pétalos.

Existe gran dominio de los recursos expresivos, el autor enfatiza, en los momentos exactos de captar los mensajes, se detiene y regodea con la ayuda de la cadencia y el lirismo, de manera consciente articula imágenes y sonidos que encienden luces necesarias para lograr la atención hacia lo que se quieren transmitir; ejemplo de ello es este fragmento del poema: Cañadas del Teide”, donde se describe la llegada de la primavera.


Las perlas sobre los nidos
en espera de que surja el misterio de la vida.
Y en los valles, los tapices cubren de verde los predios.


Cuarenta y tres poemas, de temas diversos conforman el poemario; en él se establece un diálogo citadino con la vida y sus contactos sociales circundantes, se expresan además motivos como la luz, las estaciones, la lluvia, los fenómenos climatológicos, así como el calendario anunciado por los primeros seis meses del año y la intervención lógica de la naturaleza; también están  elementos que establecen un contacto directo con el lector, es el caso de la casa, la familia, la soledad, estados emocionales como el miedo, la pasión y la desilusión como parte del amor y del desamor, y todos estos efectos oníricos sustentan la comunicación directa con el  cuerpo astral del conjunto de poemas que lo integran, es el caso deUn poema en la retina, primer texto del libro, y cito:

…Luego, una aurora boreal se despliega
en bello lienzo por los ámbitos,
y una brisa cadenciosa rumorea entre los pinos
Yo vuelvo sobre mis pasos con un signo de certeza,
y un poema en la retina…

La habilidad técnica con que se trabajan diferentes metros, rimas, y estructuras estróficas, así como el elegante dominio en la consecución de tonos diversos: reflexivo, evocativo, narrativo, etc., se evidencian en: “El tren de la esperanza”:

…Nada pervive en aledaños. Nada se impulsa o estimula.
Tan sólo en el óvalo del reloj crucificado frente
a las vías late un hálito de vida..

Coexisten en los versos la destreza conceptual y coherencia puntual, y se pueden apreciar en los enfoques con que se inviste al sujeto lírico de variadas personas gramaticales, diferentes géneros e inflexiones expresivas, de acuerdo con el tono y el tema de cada poema; se logra un acierto rotundo en el establecimiento de las pautas en diferentes estados emocionales. Es destacable el poema “Te quiero”, donde hay un canto muy profundo y desgarrador, que llega a asombrarnos por la valentía y la serenidad con que se expresa este mensaje de amor.

Si el mar se secara. Si una carretera de curvas
estrechas uniera los besos.
La miel de tus labios libara en los míos
y ambos respiráramos  tan sólo un aliento,
tan sólo una vida prendida a la otra,
un alma transida que ocupe dos cuerpos.
Si tú fueras yo, y yo tu camino,
iríamos fundidos por mundos etéreos
gritando alborozos, diciendo:
¡Te quiero!

El lenguaje elegido se vale de registros disímiles y se adapta, en la mayoría de los poemas, a los tonos, situaciones y contextos, también a los argumentos poetizados, y en ocasiones se avizora  un trasfondo mitológico plasmado en esos instantes en que el poeta es sorprendido por la impronta de la inspiración en su desenfreno por persuadirnos o poseernos: Poema “Estos Versos” 

Esos versos que recitas a un fantasma.
Ese blanco y negro que nos envuelve.
Ese todo y nada que discurre por calles tortuosas,
y esta distancia, eco sólo de nuestros ecos,
palabras y suspiros que se pierden en el aire,
y este océano que nos separa,
será el antro en que nuestro amor naufrague.

Un canto a la naturaleza y su conservación lo constituye “Será mi destierro”, poema donde se dibuja con matices casi imperceptibles, y en un lienzo muy fino, la no fertilidad de la tierra, cuando a destiempo circunda el paisaje agreste:
Esta tierra estéril, en la que crecen las piedras
y se espera la lluvia de enero a diciembre,
será mi destierro.
Palabras y suspiros en el aire, es una propuesta que conmueve al lector y lo hace partícipe de la remembranza que va aflorando en los poemas porque está escrito con un discurso poético  muy peculiar, lo que denota de su autor un sólido oficio de escritor. Constituye una propuesta muy interesante, de un alto lirismo y cargada de giros y rompimientos, cuestión está que a lo largo de la lectura se confirma como estilo propio que se agradece sumamente.
Es una obra necesaria en el contexto actual, ya que para este libro en particular se ajustan universos inimaginables, tanto por la majestuosidad de las construcciones semánticas utilizadas como por el vuelo poético al que invita con sutileza y desde la complicidad.

He  leído y valorado con detenimiento los poemas que conforman el poemario de José María García Plata, quien apareció de repente en mi vida para hacerme participe de su espíritu de creador sensible e infinito, su humanidad, honestidad y su gentileza, unidos a la convicción que lo mueve como creador que defiende un estilo propio y una voz autentica, son algunas de las razones por las cuales me llena de satisfacción y orgullo tenerlo dentro de mi pequeño grupo de amigos, lugar conquistado con certeza y naturalidad.

Título del libro: Palabras y suspiros en el aire 
Autor: José María García Plata
Editorial: Adarve
Año de publicación: 2018
Año de publicación original: 2018
Nº de páginas: 78

lunes, 25 de noviembre de 2019

"Terra Alta" Javier Cercas

"En realidad, no hay dos novelas iguales ni dos personas que hayan leído la misma novela. Ni siquiera Los miserables es igual que Los miserables. Vuelve a leerla y verás". Si Melchor Marín se hizo policía fue gracias a "Los Miserables", la novela que descubrió en la cárcel, la novela que ha leído innumerables veces, la novela que nunca ha podido ser superada, ni tan siquiera igualada, por ninguna otra, por más que desde entonces haya leído sin freno. Pero siempre vuelve a "Los Miserables" y si en un principio se sintió identificado con Jean Valjean, un hombre golpeado por la sociedad, que tan solo por su madre ha sido querido y apreciado, que busca refugio sin encontrarlo cuando sale del presidio, que decide hacer suyo el odio que ha recibido y utilizarlo contra otros como otros lo han utilizado contra él, enseguida se ve decepcionado por el personaje convertido en el señor Magdalena y vuelve sus ojos hacia otro personaje, el "malo" de la historia, Javert. 

Yo solo he leído dos veces "Los Miserables", en 1978 y en 1999. No puedo compararme con Melchor, pero pienso, como él al comienzo de "Terra Alta", que hace mucho que no lo leo y ya podría ir siendo hora. Es cierto que "Los Miserables", mis dos Miserables, no han sido la misma novela en 1978 y en 1999. Javert fue el malo para mí en la primera lectura, cuando perseguía al bueno del señor Magdalena buscando en él a Jean Valjean para torcer la vida del bueno del alcalde y llevar la desdicha a su vida y a la de su hija Cosette. En la segunda lectura, empecé a comprenderle. No es que simpatizara con él, pero me resultaba conmovedor su empeño en perseguir a quien creía merecedor de ir a prisión, su afán por que venciera la Ley por encima de todo, una Ley que podía ser injusta, pero que para él, como policía, era el compendio de todos sus objetivos. Su vida estaba dedicada en exclusiva al correcto cumplimiento de la Ley.

No hay dos personas que hayan leído la misma novela, no hay una persona que lea dos veces la misma novela y no hay novela que se mantenga fiel a sí misma en dos lecturas.

Melchor encuentra su personaje inspirador cuando aparece en la novela Javert "un policía con ojos de ave rapaz, corazón de madera y cara de perro nacido de una loba, un desarraigado sin esperanza y sin futuro, hijo de un presidiario y una pitonisa, que encuentra su arraigo, su esperanza y su futuro en el apego intransigente a la causa de la ley y se convierte en el perseguidor inflexible de Jean Valjean, en su enemigo a muerte, en su Némesis". Y cuando Melchor se ve en la necesidad de hacer justicia, decide hacerse policía y entra en los mossos d'esquadra...

Pero me estoy adelantando mucho. En realidad la novela empieza mucho más tarde, en el futuro (no es eufemismo, echando las cuentas me sale, por lo menos, 2021). Empieza cuando aparecen asesinados dos ancianos en su casa de la carretera de Vilalba dels Arcs, cerca de Gandesa, en cuya comisaría está destinado Melchor desde hace cuatro años. Los dos ancianos son los Adell, un matrimonio nonagenario dueño de Gráficas Adell y de muchas más propiedades en la zona, hasta el punto de que la mitad de la población trabaja para ellos. Pero los Adell, como descubre Melchor con espanto, no solo han sido asesinados, sino que previamente han sido brutalmente torturados. Además, aparece muerta con un disparo en la frente la criada rumana. 

"—No han forzado la puerta [...] Han desconectado las cámaras y las alarmas. Han roto los móviles y se han llevado las tarjetas SIM para que no veamos las llamadas de los viejos. Y los han torturado a conciencia. Un trabajo de expertos. Podría ser un robo, a lo mejor se han llevado joyas y dinero, aunque yo no he visto ninguna caja fuerte. Pero ¿cuadra esta matanza con un robo? Quizá buscaban algo y por eso los han torturado". Esas preguntas y otras muchas son las que les surgen al grupo de investigadores que se encargará del caso: Melchor y Salom, amigo personal del yerno del señor Adell, por la comisaría de Gandesa y varios policías más de la Unidad de Investigación Territorial de Tortosa.

Esa es la parte de la trama policíaca de esta novela, la que ocupa los capítulos impares y está escrita en presente. En ella vemos también la vida personal de Melchor que en la Terra Alta ha sido capaz de torcer el destino un tanto amargo al que se creía condenado y es que en Gandesa, Melchor encontró a Olga y tuvo a su hija Cosette. "Melchor siente a menudo que, desde que conoció a Olga, su vida no es aquella a la que estaba destinado, que su madre le engendró para la existencia sórdida que llevó hasta llegar a la Terra Alta y que, desde entonces, está usurpando una vida ajena, luminosa, infinitamente mejor que la que le correspondía".

Los capítulos pares, por el contrario, están escritos en pretérito imperfecto y nos cuentan la vida de Melchor desde su nacimiento. "Se llamaba Melchor porque la primera vez que su madre lo vio, recién salido de su vientre y chorreando sangre, exclamó entre sollozos de júbilo que parecía un rey mago. Su madre se llamaba Rosario y era puta". Si los impares nos muestran una novela policíaca al uso, los pares nos ponen ante una novela social. Yo pienso que toda buena novela policíaca es también una novela social. Esta, desde luego lo es. Y no solo por esos capítulos pares que nos relatan la vida de Melchor desde su dura infancia y, más dura aún, adolescencia. 

De manera, que mientras avanzan las investigaciones para esclarecer el asesinato de los Adell que por momentos se dirigen a un callejón sin salida, veremos crecer a Melchor y le veremos torcer los designios de su madre que lo quería educado y lejos de la vida que ella le podía ofrecer para terminar en la cárcel donde sentenciará Rosario: "Sigue así y verás cómo dentro de un par de años estás muerto. O antes"

Pero Melchor no murió. Le salvó "Los Miserables", le salvó Javert, le salvó la literatura. Como ya hemos visto y comentado más veces en este lugar, la literatura nos salva, al menos a mí me salva, de la depresión, del dolor de las pérdidas, de la culpa, de la frustración, de nosotros mismos. A Melchor le salvó la vida en la cárcel y le salvó el futuro fuera de ella. Se hizo policía y, aunque no siempre siguiera métodos muy ortodoxos, aunque en su empeño en que el pecado no quedara sin castigo, no siempre hizo cosas que pudieran saber sus compañeros o sus jefes, en agosto de 2017 se vio envuelto en unos hechos que le valieron ser recibido por Enric Fuster, un comisario de Información. "Después de felicitarle por lo que denominó su hazaña, Fuster [...] le explicó que se había convertido en una persona fundamental para el cuerpo, que la dirección estaba resuelta a velar por su seguridad y a impulsar su carrera y que, para ello, lo mejor por ahora era trasladarle de destino, enviarle a un lugar tranquilo, aislado y alejado de la capital, donde sólo unas pocas personas, muy pocas, conocerían su identidad y sabrían por qué había sido destinado allí". Y así terminó Melchor en la comisaría de Gandesa donde lleva cuatro años, así (2017 más cuatro, 2021) nos encontramos con una novela ambientada en el futuro. 

Javier Cercas
Hace años que no leo los Premios Planeta. Descubrí hace mucho tiempo que no eran buenos sino comerciales y que cuando se lo daban a un autor de prestigio y que me gusta, suele ser lo peor que ha escrito (esto lo descubrí ya en 1982, cuando se lo dieron a Jesús Fernández Santos, por "Jaque a la dama"). Se salvan, para mí, "El jinete polaco" de Muñoz Molina y "El manuscrito carmesí" de Antonio Gala. No quiero ser injusta. Puede que haya otros muchos que se podrían salvar, pero es que, como he dicho, no suelo leer estas novelas.

No podía, sin embargo, dejar de leer la de Javier Cercas porque hace mucho tiempo que no me pierdo nada de lo que publica, sea novela o sea ensayo. "Terra Alta" me ha resultado una novela muy entretenida que he leído a veces sin poder soltarla de las manos, pero que me enganche una novela, no impide que sea incapaz de ver sus fallos. Y se cumple lo que hasta ahora había observado del Premio Planeta. No voy a decir que sea una mala novela, nada más lejos de mis impresiones; está incluso bastante por encima de lo que tengo leído del Planeta, pero sí me atrevería a decir que es lo menos bueno que he leído de Javier Cercas. No obstante, tiene su sello y está escrita con la maestría a la que el autor nos tiene acostumbrados.

La mayor objeción que le pondría, sin duda es el hecho de que trate demasiados temas. Es como si quisiera hablar de todo sin dejar nada para otro momento, en un afán más digno de un escritor novel que del maestro que ya es Cercas. Así vemos reflejados el maltrato a la mujer, el independentismo, el terrorismo islamista, el fundamentalismo católico personificado en el Opus Dei, las clases sociales más desfavorecidas y el distinto destino de sus hijos, unos que se hacen a sí mismos y se hacen millonarios, otros que solo llegan a policías y eso tras salir de la cárcel. Por no dejarse nada en el tintero, hay hasta reminiscencias de la Guerra Civil. No olvidemos que estamos en el escenario de una de las batallas más cruentas y famosas como es la del Ebro. Los viejos del lugar recuerdan anécdotas y parte del pueblo sobrevivió recogiendo y vendiendo metralla, el viejo Adell entre otros, "Adell era huérfano, por lo visto a su padre lo mataron en la guerra, y él tuvo que espabilarse solo. [...] De chico se ganaba la vida recogiendo metralla en las sierras, como mi padre y como tanta gente en la comarca, después de la guerra el campo estaba sembrado de metralla. Luego Adell se hizo chatarrero, y en los años sesenta o setenta compró por cuatro duros una empresa de artes gráficas en quiebra. Ahí empezó a hacer su fortuna".

Es un Premio Planeta y se venderá como churros en Navidad como sucede siempre con los Premios Planeta. Otra cosa es que se lea tanto como se vende. Javier Cercas recibirá una buena cantidad de dinero y yo me alegro por él porque me parece un muy buen escritor que, como todos, tiene sus buenos y sus no tan buenos momentos. He disfrutado de la novela y la he leído con enorme agrado. Como digo, no es mala, sencillamente es menos buena. Ahora tengo gran expectación por ver qué escribirá Javier Cercas después del Planeta.

Otras novelas de Javier Cercas reseñadas en Cuéntame una historia:
"El impostor" (2014)
"El monarca de las sombras" (2017)

Título del libro: Terra Alta
Autor: Javier Cercas
Editorial: Planeta
Año de publicación: 2019
Año de publicación original: 2019
Nº de páginas: 384

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