
«Quebró las patas del conejo con
las manos y los chasquidos la hicieron retroceder al día en que apretó un
gatillo dos veces, muerta de risa, creyendo que la pistola era de juguete.
Aquel suceso hizo estallar su vida
para siempre, pero apenas reparaba en él. ¿A qué edad sabe un niño cuándo acaba
el juego y por qué? […]
Cuando creció, se preguntó si el
hecho de no haber sentido nunca una poca lástima tenía que ver con que solo era
una niña y desconocía, aún, las instrucciones básicas de la vida y la muerte,
dónde acababa una y empezaba otra, ni siquiera si había algo en la frontera de
las dos. Creía recordar que aquellos dos niños salieron de la casa en dos
camillas. Le pareció entonces oír el ruido de las ambulancias y los gritos y
urgencias que rodean a un grave accidente, no el silencio helado que cubre todo
cuando se produce una muerte. Pero en realidad ella no vio nada, porque en
cuanto sonaron las detonaciones su padre apareció corriendo en la cocina y se
la llevó en volandas para encerrarla en la salita de estar, donde sus tías
estaban gritando "¡qué pasó, qué pasó!", y esa imagen de ellas descompuestas sí
la tuvo siempre presente; gente alarmada porque no sabe lo que pasa, ese
infierno que tiene que ver con las desgracias: uno en el que aún hay que parar
la ruleta y saber cuál toca».
Así empieza La víspera, con una madre cocinando. Llega su hijo mayor y tiene que preparar la comida del día, pero además al día siguiente, aparte de Nochevieja, es su cumpleaños. Sabemos desde el principio que algo terrible sucedió cuando Amalia era una niña, algo en lo que trata de no pensar demasiado, aunque iremos viendo poco a poco que aquel suceso ha tenido más repercusión en su vida de la que podemos imaginar.
En la casa viven su marido, su hijo pequeño, Mon, divorciado, y el hijo de éste, Moncito. A la celebración viene también el hijo mayor, Chami, un ex futbolista que «era conocido por marcar el gol, saliendo del banquillo, que le dio la clasificación al Mundial a España». Chami también está separado, aunque estaría muy dispuesto a volver con Pastora, su mujer. De momento trata de luchar contra una disfunción eréctil que le hace encerrarse en el baño del avión que lo lleva a Galicia («Siguió con las manos el nervio dorsal hasta que se enterraba en su cuerpo. Lo masajeó estúpidamente, pensando en que había operaciones que liberaban esa parte del nervio y la hacían aflorar, ganando el pene dos o tres centímetros») o machacar viagras en el hotel varias horas después.
El escenario de la familia se amplía con los acontecimientos del pueblo porque ese mismo día han desaparecido dos niños hermanos y todos están conmocionados ante la duda de si es una fuga voluntaria o algo más inquietante. Sobre todo Amalia entiende la angustia de los padres porque tampoco sabe nadie dónde está su hijo pequeño, Mon. Nadie lo ve desde el día anterior.
«"Los padres no se quedan parados cuando los hijos desaparecen —pensó Amalia—. Los padres se preocupan por sus hijos, saben dónde duermen si viven con ellos". Cuando el hijo de Vicenta la Parrochas empezó con la depresión en el instituto, ¿qué hicieron? Se preocuparon, preguntaron, sufrieron. Ella tuvo muy en cuenta eso cuando le tocó sufrir porque Mon empezase a beber mucho. Por las drogas no le dio, pero Amalia creía que era porque se le caían de las manos de lo borracho que iba siempre: no acertaba con la llave, iba a acertar con la vena. La Parrochas y el marido sufrieron como desgraciados y ella se aplicó el cuento: recordando lo que habían hecho con su hijo, hizo ella lo mismo con Mon cuando cayó en el alcohol. Llamó a puertas, preguntó, intentó hasta llorar un día delante de sus amigas en el Hotel Hotel».
Toda la trama transcurre a lo largo de ese día, 30 de diciembre, la víspera del sesenta y cinco cumpleaños de Amalia. Un día en el que los distintos protagonistas irán tomando la palabra para contarnos sus recuerdos, su pasado y su presente; un día en el que el lector irá descubriendo los secretos que rodean la vida de Amalia, pero también la de Ramón, la de Chami, la de Mon y hasta la de algún vecino del innombrado pueblo en que todos ellos viven. Y todo veteado de la búsqueda policial de los dos niños desaparecidos.
Un día que se hace largo, en el que los personajes se mueven mucho, van y vienen. Chami busca a Mon, se distrae de la búsqueda mientras busca algo de droga porque si Mon no pasó del alcohol, Chami le da a cosas más fuertes aunque preocupen menos a su madre.
«El investigador o detective (calculó a ojo Chami, como si le echase años) detuvo su mirada en él. Si pretendía que cantase, llegaba algo tarde. El traje un poco arrugado, advirtió Chami, pero zapatitos lustrosos para ese suelo. El policía se giró y ordenó a Santi:
—Dale la droga, venga.
Ya empezaban las moderneces, las originalidades, los polis guais».
Amalia espera a que encuentren a su hijo pequeño, cocina, va de vermut con sus amigas, hace la compra con su nieto. Ramón languidece de la cocina a la tele del salón y viceversa. Y sí, el día es muy largo, pero al lector no le importa porque todo lo que sucede y lo que se recuerda lo tiene atrapado, porque este es un libro que engancha y engancha mucho.
Engancha sobre todo con la prosa magnífica, envolvente, sumamente descriptiva y sugerente de Manuel Jabois. Y para completar esa magnífica prosa la narración, en la voz de Tito Asorey, la dota del acento gallego justo, necesario y magnífico que termina de dar el toque de realidad a una historia con mucha vida. Curiosamente, los dos audiolibros que he completado, tienen la belleza de un acento gallego que los dota de mucho realismo.
Del autor había leído Miss Marte y ahora he escuchado La víspera en audiolibro. Han sido dos novelas que me han gustado mucho. En ambas hay alguna desaparición, aunque nada tienen que ver unas con otras; en ambas hay un pueblo que sirve de escenario y cuyos habitantes dotan a la historia del entorno más o menos opresivo en el que se desarrolla.
Y si un pueblo puede ser opresivo, una familia puede serlo aún más. Sobre todo si se apoya en un basamento tan improbable, aunque bien cimentado (Amalia se ha encargado de ello), como el del matrimonio entre Ramón Palmeira y Amalia Constenla.
Muchas gracias por tu reseña. Del autor solo he leído Malaherba, el año pasado, y no me terminó de convencer pero siempre intento dar una segunda oportunidad a los autores, esta puede ser una buena opción. Como periodista Jabois me gusta mucho. Un abrazo.
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