"Distancia de fuga" Cristina Araújo Gámir
«Fingir, fingir, fingir. Asombro.
Respeto. Admiración por gente mediocre. Entusiasmo por cortos penosos sobre la
precariedad laboral. Una inmunidad reposada frente a las envidias endémicas.
Adrien no escatima en cinismo. Es más, lo fomenta. ¿Qué pensarán todos aquellos
desgraciados ahora de él? Viéndole nominado esta noche como actor principal de
una serie líder de audiencia.
Y es aquí, en mitad de este baño de gloria, cuando Frances entra en escena por fin. Ah, porque esa es otra. Tener a esta chica. Esta chica preciosa que se aproxima ya en diagonal sorteando el laberinto de mesas […] Aquel que la haya reconocido —cosa más que probable— se habrá dado cuenta de que en persona es todavía más rubia y más pálida que en televisión. Aunque tal vez contribuyan a este detalle factores adicionales como la falta de sueño y de vitamina B».
Y es aquí, en mitad de este baño de gloria, cuando Frances entra en escena por fin. Ah, porque esa es otra. Tener a esta chica. Esta chica preciosa que se aproxima ya en diagonal sorteando el laberinto de mesas […] Aquel que la haya reconocido —cosa más que probable— se habrá dado cuenta de que en persona es todavía más rubia y más pálida que en televisión. Aunque tal vez contribuyan a este detalle factores adicionales como la falta de sueño y de vitamina B».
«[...] el auditorio estará a reventar de personas que anhelan contemplarla de cerca, comentar cómo se le rompe la voz y le tiembla el papel, y así aplaudir desquiciados, con los ojos aguados, toquetear después su tragedia a placer: mírala, te lo dije, ¿no se la ve delgada/consumida/drogada? En las revistas, en las redes sociales, sus seguidores, sus detractores. Todos esos programas sobre sus crisis, sobre el final de la serie, sobre el final de su madre. Y mucho colocar por colores los malditos cojines, pero ¿por qué no han repuesto las bebidas del minibar?».
Encontramos una Frances vulnerable, víctima de la fama que le ha llegado tal vez demasiado pronto y de alguna vivencia que, además de romper la relación con su hermano Robin, la ha desestabilizado de tal manera que bebe más de la cuenta, se mete algunas otras sustancias y se maltrata con heridas que se van volviendo crónicas a costa de escarbarlas. Y no me refiero a heridas figuradas. Es octubre de 2015 y estamos en París. Será hasta noviembre de 2019, en Frankfurt, hasta donde nos lleve la historia.
Pero no es ésta una historia lineal. Comenzada in media res, pronto retrocederá la novela a julio de 2010 y nos trasladará a Lombardía. Allí pasan el verano Frances y su madre, en la villa que poseen. Allí recibirán la visita de Robin y de su amigo Theo y allí se producirá el enamoramiento que sobrevuela toda esta historia.
Es a partir de ese verano cuando la vida de Frances, de diecisiete años por entonces, va a dar un giro radical. La madre de Frances y Robin, Marion, es directora de vestuario en una serie que se está empezando a rodar y en la que Frances es la protagonista, una serie para la que la joven pasa todo el verano preparándose.
«[...] dado que la productora vaticinaba un éxito rotundo, pretendían tirar la casa por la ventana para la segunda temporada. Se iban a incorporar más luchas, más espadas, más danzas, más correr a lo loco sobre caballos, enamorarse de damas tocando el piano, morirse en latín y exterminar a flechazos todo tipo de engendros bicéfalos que aún estaban en fase de animación digital. Conclusión: a Frances le correspondía adquirir las destrezas equivalentes.
Así es que asistiremos, en capítulos entremezclados, al éxito de Frances, a su conversión en un personaje mediático perseguido por el público y la prensa; a su relación intermitente con Theo que querría que fuera permanente, pero que trata de no forzar; a su trauma tras el final de su madre que se nos va anunciando y finalmente se nos narra con todo detalle y nos da las claves del desencuentro entre los dos hermanos. De 2015 a 2019 y de 2010 a 2015, sabremos el pasado, el presente y el futuro de unos personajes y de una historia que analizan muchos temas, que se meten en ambientes tan distintos como el glamour y cierta superficialidad en las relaciones del mundo del espectáculo, y la seriedad y la altura intelectual muchas veces impostada del ámbito universitario. Theo empieza a formar parte de un grupo de élite de filósofos, apadrinados por el decano de la facultad, que se mueven entre becas, subvenciones, cursos de doctorado, residencias en el extranjero... y rivalidades.
Dos mundos muy distintos, contrapuestos se podría decir, aunque a lo mejor no lo son tanto. Tal vez la mayor diferencia entre Frances en su sofisticado mundo lleno de belleza superficial y Theo en el suyo, académico y erudito, lleno de una seriedad artificiosa, sea que mientras ella triunfa él no termina de encontrar su camino y no deja de sentirse fracasado.
«Theo anhelaba la fama, incluso cuando dejó de leer por alguna punzada de frustración o despecho, cuando empezó a aborrecer el talento de los otros autores, cuando los odiaba con toda su alma, sobre todo si tenían su edad. Y justo cuando más cerca estaba, cuando se vio encarrilado, en el contexto adecuado, y cuando mayor era el hambre, la urgencia y la rabia, decidió abandonar [...] le frustraba saber que era bueno, en ocasiones incluso excelente, pero no tanto como para asentarse en la calidad magistral que le hubiese saciado. Si escribía debía creer, albergar la esperanza de que algo dentro de sí merecía la pena».
Hay quien le pone pegas a la novela por sus quinientas páginas. No seré yo, desde luego, porque creo que cada una de ellas está justificada. Lleva su tiempo contar todo lo que nos cuenta Distancia de fuga. Requiere muchas palabras, muchas ideas, muchas metáforas. Una forma que engancha en la belleza de su prosa, en la precisión de sus descripciones, tanto las que se refieren a los escenarios, como las que retratan estados de ánimo; en la verosímil evolución de sus personajes; en el certero retrato de los mundos que describe. Fácil el universitario, que la autora conoce bien. Un poco más complejo, el mundo del espectáculo, pero nada que no se pueda conseguir con una buena documentación, como confiesa Cristina Araújo Gámir en una entrevista en lavanguardia.com. «La universidad es un ambiente que me gusta muchísimo, y ese lo conozco, pero también me apetecía explorar ese otro mundo del lujo y el dinero, por la libertad que te da. Una libertad un poco controlada, porque al final haces cosas que le vienen bien a tu carrera. Y ahí sí que me documenté». También confiesa en esa entrevista que su inspiración son las novelas de amor del siglo XIX; Jane Austen, Emily Brontë. Y es que Distancia de fuga no deja de ser una novela de amor, de un amor imposible en el que, a falta de los motivos que hacían que los amores fueran imposibles en el siglo XIX, se tuvo que inventar otro motivo: «necesitaba un impedimento, porque los de aquellas novelas que me gustaban [...] ya no funcionaban. Algo que hiciera como de bache físico, pero también emocional o mental, y eso es la manera de ser de Frances, porque su fama como actriz es un problema».
Tras leer su magnífica novela Mira a esa chica, basada libremente en la agresión sufrida por una joven en los sanfermines de 2016 a manos de la Manada, tuve muy claro que le seguiría la pista a la autora. Ahora, cuatro años después de aquella publicación, nos sorprende con otra novela totalmente distinta, y si aquella me gustó, ésta me ha gustado más aún. Supe entonces que seguiría la trayectoria de esta autora, pero he de confesar que de no haber sido por la magnífica reseña de Juan Carlos en su blog, hace unas semanas, no me habría vuelto a acordar, por lo que le estoy realmente agradecida. Ahora puedo asegurar que no me vuelvo a olvidar de que a Cristina Araújo Gámir hay que seguirla hasta más allá del arco iris. Ni que decir tiene lo mucho que os la recomiendo.



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