Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

viernes, 3 de abril de 2015

"Callejón de Dolores" de Francisco Pérez Antón

Ciudad de Guatemala, 28 de septiembre de 1929. Son las 6:45 de la mañana y el inspector Villagrés, "... verbigracia de la honradez policiaca, filósofo del bien y el mal, admirador de Carlos Gardel y adicto a las películas de Fu Manchú", tras quedarse traspuesto y tener un sueño de cuatro cadáveres, sigue repasando informes (crímenes pasionales, narcotraficantes chinos de la mafia de Shangai, bandas de timadores llegadas de Mexico DF) y es en ese momento cuando se recibe la denuncia de una reyerta en el establecimiento de madame Dorothée, "Entre jazmines", a la que acude presuroso pues nunca ha tenido la oportunidad de conocer por dentro el burdel más reputado de la ciudad.

El doctor Flavio Salceda se encuentra en casa de "... don Lorenzo Henríquez, prócer del liberalismo y ex tribuno de la Asamblea Nacional" para un reconocimiento rutinario del insomnio, la fiebre y el deterioro general que el tabaco ha originado en la salud del prohombre.
"Bruce McCallister, encargado de negocios de Estados Unidos en Guatemala" se encuentra en su despacho del consulado.
Ciriaco Arroche, alias Divino Rostro y Florinda Solano, aprovechan esa hora del amanecer para "una ardorosa batalla cuyo desenlace debería ser la ansiada metástasis carnal". A otra hora, podría estar presente el abogado Cabañas, amante oficial de Florinda.
Así se encuentran algunos de los personajes de la novela cuando un petardeo de motor inquietante, seguido de un silencio aún más inquietante, les sorprende, y un avión se precipita sobre ellos, más cerca de unos que de otros, para acabar impactando en medio del Callejón de Dolores, entre el consulado de Estados Unidos y la residencia del Cónsul de Méjico; en una casa abandonada situada entre la del Doctor Salceda y la de Florinda.
Así arranca este delicioso libro escrito por Francisco Pérez de Antón, un escritor nacido en Asturias en 1940, pero con domicilio en Guatemala desde 1963. Será por eso por lo que su novela es eminentemente latinomericana y nos deja en los labios y en la imaginación un regusto a terremotos y volcanes; sacos de café aguardando a que los precios suban; huracanes que ensopan los fangos del suelo, arruinan las cosechas y arrancan los mangles de sus lechos salobres; policías y funcionarios corruptos porque si no, se mueren de hambre; políticos corruptos porque sí; caos y anarquía, inteligencia e improvisación, geniales dotes deductivas. En fin, lo puramente español, pero con sabor a melcocha, dulce de leche, y colochos de guayaba. 
Francisco Pérez Antón

Corre además el emblemático año de 1929, falta menos de un mes para que en Nueva York la bolsa se desplome, a Delfina Georgiou los arcanos mayores y menores de las cartas del tarot se le vuelven en contra, en Guatemala preside Lázaro Chacón y gobierna la United Fruit Company.
Y un avión cae del cielo para enredar la existencia de todos estos personajes, llevando a unos la suerte, a otros la desgracia y a todos, cambios insoslayables que pondrán su vida del revés o meramente acabarán con ella.
McCallister le ha desaparecido Nunzio Regonese porque lo vieron subir al avión, pero ni está entre los tres cadáveres, ni es el superviviente que permanece en coma en el hospital. Y también le falta el maletín de aluminio que Regonese llevaba por todo equipaje. Y sufre las perentorias presiones del BOI (más tarde, el FBI), para que encuentre a ambos.
Al Dr. Salceda le ha saltado a las manos un sobre con billetes que le puede ayudar a pasar la mala racha de los sacos de café esperando a que suban los precios, y es que el doctor, además de uno de los médicos con más prestigio del país, es cafetalero.
La policía busca los cinco sobres con mil pesos oro cada uno que el piloto, Chinto Rodríguez, llevaba para pagar los sueldos del ejército y otros gastos... o eso dicen.
A Bonifacio Villagrés le falta un  muerto porque él vio cuatro cadáveres en su ensoñación, y solo tienen tres, pero han aparecido rastros de sangre en el patio de la casa sobre la que cayó el avión y un sombrero y, finalmente, un maletín lleno de comida china del que ni siquiera la policía quiere hacerse cargo, pero Villagrés sabe que el maletín, el sombrero y su cuarto cadáver están relacionados, sobre todo cuando descubre que la comida china vale unos veinte mil pesos oro y es china, pero no es comida y puede quedarse con ella porque nadie le ha dado importancia y...
Y en Nueva York, Lucky Luciano y Meyer Lansky están a la espera de ver si es factible el negocio de traer drogas heroicas desde China pasando por Guatemala donde se camuflarían entre bananos y café. Para ello han puesto en marcha una operación de prueba cuyos resultados esperan con impaciencia y es que se rumorea que el Gobierno va a levantar la Prohibición sobre el alcohol y su floreciente negocio se va a pique y hay que buscar sustitutos cuanto antes.
Y en estas complicaciones andaba la historia cuando, definitivamente, la bolsa en Wall Street se desploma y el volcán Santa María erupciona destruyendo vidas y sacos de café y a algún cafetalero le queda el consuelo de que no tiene que pagar su deuda con el Banco, porque el Banco se ha arruinado y no se sabe donde para. 
Pero entre medias, asesinos despiadados van dejando un reguero de cadáveres señalando cual piedrecillas de Pulgarcito el sendero que se supone que ha seguido lo que perdieron y van buscando (maletines, sobres, cadáveres); personas honradas que se han topado con lo que no esperaban, lo usan para salvar vidas o ayudar a los amigos y un policía que acude al cónsul americano ofreciéndole su colaboración, ante el dinero que éste le ofrece, manifiesta que sólo quiere un traje hecho a medida y lecciones sobre los modales que debe tener un caballero, con lo que el cónsul se queda pensando que "si hay algo más bochornoso que pedir mordida es ofrecerla y que te la rechacen". Y es que Bonifacio Villagrés es de una honradez acrisolada, de una honradez que no se merecen ni sus jefes en la policía, ni los políticos que gobiernan el país.  
Y poco a poco, las vidas que se fueron enredando, se van a ir desenredando; las cosas vuelven a su sitio, no al que tenían al principio, sino al que, en justicia, les corresponde y no importa saltarse las leyes, las sentencias de los jueces o la intervención de la policía porque la corrupción está donde menos se la espera y como ya ha observado Villagrés "en ocasiones, la única manera de acercarse en Guatemala a la justicia, es alejarse de los jueces". 
Chinto Rodríguez, el
piloto del avión.
En Guatemala, muerto Chacón y tras meses de inestabilidad, sube a la presidencia Jorge Ubico, que terminó convirtiéndose en un dictador y como todos los dictadores, puso orden en el país y nuestro cónsul McCallister cree que morirá sin poder "dilucidar qué habría hecho, en el caso de haber tenido el poder para hacerlo: si permitir que el desorden continuara o anteponer el orden a la libertad y la justicia, como al cabo dispuso hacer Ubico" porque si hay un término medio, él ignora donde se encuentra y de lo que está convencido es de que "la política del mal menor, por lo común, solo conduce a males mayores". Y si una no tuviera muy claras las cosas en lo que a dictaduras se refiere, estaría tentada de creerle ante el razonamiento incontestable de que "mal menor fue la Prohibición y los bienes que trajo consigo fueron el contrabando, la corrupción y el crimen organizado".
Y aunque en el mundo de 1930 los totalitarismos crecen por todas partes y el mundo se dirige hacia algunos de los episodios más deleznables de su historia, Bonifacio Villagrés y Flavio Salceda han conseguido instaurar su propia parcelita de Justicia, puede que no muy legal, no muy ortodoxa, pero Justicia al fin y al cabo.
Lo más curioso: esta historia disparatada y trepidante está basada en un hecho real y es que lo de ser verosímil se lo dejamos a la ficción, la realidad no necesita verosimilitud. Le basta con ser real.






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