Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

domingo, 12 de abril de 2015

Londres. Abril 2015

Conozco gente a la que le gusta más Londres que París. Ya sé que los gustos son algo subjetivo sobre lo que jamás se debería discutir, pero aun sabiéndolo me cuesta mucho entender a esas personas.
Nunca tuve que reinventar Londres porque nunca lo había inventado. Las novelas y películas ambientadas en la ciudad (y no han sido pocas las que han pasado por mis manos y ojos) nunca me dejaron un especial sentimiento por ella y cuando la conocí, en el verano de 2006, mis impresiones se vieron confirmadas: una ciudad enorme; con un cierto encanto en ciertas calles tranquilas, rodeadas de casas victorianas; la City con sus torres de metal y vidrio y su impresionante edificio de Norman Foster, "el pepinillo", conviviendo con casas de varios siglos; el Big Ben y las casas del Parlamento, con su exceso de turistas y su enorme belleza perdida o ajada de tanta foto, tanta postal, tanta vistas; Piccadilly Circus, tan similar a Times Square... pero tan distinto. 

Tal vez eché de menos la niebla que rodeaba los crímenes de Jack el Destripador, pero desde que supe que ahora la llaman smog reductor, toda referencia literaria a la niebla londinense se me había ido al carajo y como nunca fui muy aficionada a Sherlock Holmes, ni siquiera su casa museo en el 221b de Baker Street, me produjo especial emoción.
Pensé que una visita era suficiente y que no volvería sin una razón específica.
Y esa razón surgió tres años y medio después. En diciembre de 2009, Iñaki fue invitado a presentar el documental "La escuela fusilada" en el Instituto Cervantes y decidí acompañarle. Invierno, frío, lluvia. A las cuatro y media de la tarde era de noche, pero noche cerrada. Mis impresiones se vieron, de nuevo, confirmadas: una vez conocido, no da para volver. Pero no sé que dejó Londres en mi corazoncito en este segundo viaje que, ya en casa, tiempo después, lo recordaba con nostalgia. Algo me había arañado el alma y me atraía desde allí de manera poderosa. Tal vez el ambiente navideño que se respiraba en toda la ciudad; la iluminación de Carnaby Street que descubrimos
Carnaby Street en la Navidad
de 2009
al volver una esquina y que llenaba de vida tan encantadora calle; el mercado de Covent Garden abarrotado de gente que realizaba sus compras navideñas en una fría tarde, bajo un gigantesco árbol de navidad. 

No sé que fue, pero desde entonces, tenía ganas de volver y estas vacaciones de Semana Santa lo hemos hecho. He descubierto que soy muy sensible a la Navidad y que, efectivamente, Londres es una ciudad agradable, con esquinas muy bellas, muy recomendable para quien no la conozca, pero no es una ciudad de esas cuyos rincones añoras y a las que siempre estás pensando en volver. Evidentemente, no es París. 
Ahora sí, creo que, posiblemente, esta puede haber sido mi última visita a la ciudad. Tal vez no vuelva porque me quedan más lugares por conocer y más sitios por revisitar que tiempo para hacerlo. 
Tal vez no vuelva, pero hay algo que siempre le tendré que agradecer a Londres porque en esa ciudad me llevé una de las mejores sorpresas de mi vida.
Yo siempre olvido donde se encuentran expuestas la mayoría de las obras de arte y, si bien conozco muchas de ellas por mis escasos e incompletos estudios de Historia, no sé en qué museos se encuentran la mayoría de ellas. Esto no dice mucho en favor de mi cultura y nunca podré presumir de ser experta en arte, pero me ha permitido llevarme muy gratas sorpresas. ¿Cómo describir lo que sentí al encontrarme delante del mismísimo busto de Nefertiti en el Neues Museum de Berlín o ante la Puerta de Ishtar en el Museo de Pérgamo, también en Berlín? Pues con todo y que fue mucha, nada comparable a la emoción que me dejó sin habla y con tembleque de piernas cuando la primera vez 
que visité la National Gallery, me vi, en una sala pequeña, solitaria y cerca ya de la hora de cierre, ante el "Matrimonio Arnolfini" en todo su esplendor. No sé qué tiene para mi ese cuadro, ni por qué lo tiene, ni desde cuando lo tiene, pero me recuerdo desde muy joven admirándolo sin reservas. Cada uno de sus centímetros cuadrados es una obra de arte sin concesiones: la lámpara, la alfombra, las figuras y la escena que componen y esa sonrisa enigmática de la mujer (eso es un enigma y no el de la Gioconda); la luz que entra por la ventana y las zonas que deja en sombra; el perro, los zuecos y la persiana a medio subir o a medio bajar; el espejo donde se refleja todo el resto, incluso lo que no aparece en el cuadro, y que tiene alrededor diez escenas de la Pasión que miden poco más de un centímetro cada una y son de una minuciosidad inquietante. En fin, dejo el comentario para los críticos. La National Gallery es uno de los museos que más veces he visitado y todo se debe a este cuadro. Esta vez, me perdí. Di un montón de vueltas y no lo encontraba. Pensé que tendría que preguntar, pero de pronto, ahí estaban; los Arnolfini me esperaban como siempre. No habían perdido un ápice de su belleza. Estuve largo rato mirando la obra y me di cuenta de que me transmite paz; me transmite la sensación de que la belleza existe y puede ser creada por el ser humano; el convencimiento de que mientras el cuadro siga colgado en esa pared, las cosas están bien, todo está en su sitio y siempre sabré donde encontrarlos y amarlos de nuevo. Aunque claro, para eso tendré que volver a Londres.

En el siguiente enlace se puede ver una muestra fotográfica del viaje. https://goo.gl/photos/BDsuAQfcwDbipA6v9

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