Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

miércoles, 29 de abril de 2015

"Siempre Alice" Richard Glatzer y Wash Westmoreland


Todo lo que me había llegado de esta película antes de verla eran elogios. Quizás fue por eso, por exceso de expectativas, por lo que me decepcionó profundamente.
El argumento es por todos sabido. Alice Howland es una lingüista famosa, profesora en la Universidad de Columbia, con libros publicados y fama internacional. A sus cincuenta años es diagnosticada de una variedad de Alzheimer poco frecuente (es precoz y hereditaria) y comienza su declive mientras se va perdiendo entre las sombras de la enfermedad. 
Quizás no haya muchas cosas nuevas que decir sobre el Alzheimer. Es posible que todas se hayan dicho ya en el cine (yo lo dudo mucho) y, de hecho, esta película no aporta nada nuevo al tema que trata. Pero es que tampoco lo aporta en la manera de tratarlo; el guión es muy poco original, por no decir vulgar y nos encontramos con una historia, más que lineal, plana. 
Se nos muestra una situación familiar previsible hasta la náusea: hija rebelde que se ha ido a Los Ángeles a vivir del teatro en lugar de ir a la Universidad como quería su madre
(y lo pesada que se puede poner la mamá con el tema, sobrepasa todo lo razonable en un guión); otra hija formal, felizmente casada, pero con tratamiento de fertilidad  (suerte porque ha heredado la enfermedad de Alice y así puede elegir los embriones sanos para el implante (la probabilidad de herencia es del 50%); otro hijo, neurólogo, que no ha heredado la enfermedad y del que poco más se sabe; el marido, también neurólogo, tiene un comportamiento inmejorable, trabajador, fiel, nunca pierde los nervios ni la paciencia y está siempre donde debe estar... hasta que le ofrecen un puesto irrenunciable en la Clínica Mayo de Minnesota, al que lógicamente, como es irrenunciable, no puede renunciar. Es entonces cuando la hija rebelde lo deja todo y vuelve a casa para cuidar de su madre. Pero esa renuncia a todo lo que es su vida y ha defendido con entusiasmo hasta entonces, no le causa ningún trastorno, ninguna contradicción, ningún resentimiento. Lo hace tan feliz que me temo que, de durar la película un poco más, la veríamos en la universidad. 
Una película que responde al cien por cien a lo políticamente correcto. Una película en la que, al igual que en la hija rebelde, no hay contradicciones, ningún personaje se rebela contra el papel que le ha tocado, todos hacen lo que deben hacer y si alguien no lo hace, es porque tiene razones incuestionables para ello.
Ni siquiera nos deja el consuelo de que a Alice le salga bien el suicidio que ha planeado con antelación para cuando ya no haya nada por lo que seguir aguantando; hasta esa liberación se le niega (se nos niega) y tenemos que asistir a su decadencia y acompañarla en su predecible eclipse.
Y sin embargo, a pesar de todo lo dicho, no me arrepiento de haberla visto y se la recomendaría a cualquiera y es que hay algo que salva a la película de ser un producto vulgar y ese algo es la insuperable actuación de Julianne Moore. Es el hada madrina que ha tocado a la película con la varita mágica de su sublime interpretación. Sus gestos lo dicen todo: la inicial confusión ante los detalles olvidados se refleja en su leve frunce del entrecejo, en su casi imperceptible mirada de alarma; la angustia al saberse ya enferma es combatida con optimismo, con actividad, pero se manifiesta en el terror de sus ojos cuando es incapaz de recordar una receta, cuando confunde a su hija con su hermana, cuando se enfrenta a la clase sin tener ni idea de lo que hace allí. 
Julianne Moore obtuvo el Óscar a la mejor interpretación femenina (el único al que aspiraba la película) y lo extraño es que sea el primer Óscar que obtiene porque es una de las mejores actrices (no quiero exagerar diciendo que es la mejor) que se mueven por las pantallas del cine americano.
La conocí (fui consciente de ella, porque ya la había visto alguna que otra vez) en 1994, en una película encantadora: "Vania en la calle 42", acerca de una compañía de teatro que está montando "Tio Vania" de Chejov en un teatro de Broadway. Me dejó encandilada y, desde entonces, su aparición en cualquier película, es para mi una garantía. La he visto un montón de veces, pero sobresalen en mi memoria tres películas que, además de ser muy buenas, cuentan con interpretaciones verdaderamente notables de esta actriz: 
"Lejos del cielo" de Todd Haynes, "El fin del romance" de Neil Jordan y, sobre todo, "Las horas" de Stephen Daldry. Tres películas, tres historias, tres personajes y una sola actriz aportando su parte de culpa en la incuestionable calidad de las tres.
Una actriz capaz de salvar de la mediocridad esta película que nos ocupa y conseguir, si no convertirla en buena (eso requeriría un milagro), sí hacer que merezca la pena verla.
Por muchos años, Julianne.

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