Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

jueves, 20 de noviembre de 2014

"Mujer de Barro" Joyce Carol Oates

El 1 de Octubre, en una entrevista publicada por "El Cultural" de ABC, con motivo de la publicación de "Carthage", su última novela, esta mujer de ojos saltones y mirada inteligente, con aspecto frágil, pero en la que se adivina que la fragilidad es solo apariencia, afirmaba: "Escribo porque tengo muchas historias que contar".
Los que la seguimos desde hace años lo podemos corroborar: multitud de historias; algunas realistas, sangrantes y dolorosas como una herida en carne viva; otras que, por momentos, parecen cuentos de hadas buenas con algún hada mala (o de hadas malas con algún hada buena), pero en todas, sea como sea, se mezcla lo real con lo onírico, lo vivido con lo deseado, y no siempre se sabe cuando se está en presencia de lo uno o de lo otro. No, al menos, de inmediato.

Hace ya muchos años que oí hablar de esta autora en una reseña de su novela "Qué fue de los Mulvaney". Me dio buena espina y la apunté en mi lista... pero nunca me compré ese libro (a día de hoy, sigo sin leerlo). Otras lecturas, otros autores, se metieron por medio y ella fue quedando olvidada. 
Tuvieron que pasar doce años para que llegara a mis manos otra novela "Puro fuego" y esa la leí y, después, muchas más. Diez en total hasta la que ahora nos ocupa que no es "Carthage" (ahora leo todo lo que publica en orden y a esa aún no le ha llegado su momento) sino la anterior, "Mujer de barro".
Una novela con intriga (como muchas de la autora), pero que a nadie se le ocurriría clasificar como novela de intriga; una novela sobre el éxito, y sobre lo que les cuesta a las mujeres conseguirlo en comparación con los hombres y sobre como, cuando se consigue, pesa y agobia y puede hacer difícil seguir adelante; una novela en la que, poco a poco, a la vez que se le descubre al lector, se va recordando el pasado, porque cuando la vida empieza de ciertas maneras, la única salida es huir hacia adelante y olvidar, olvidar porque va en ello el propio acto de existir; una novela en la que las cosas son tan horribles como nos parecen, aunque a veces creamos que nos parecen más horribles de lo que son; una novela sobre la soledad y la ética y la decepción, y el amor. Y dicho así, alguien podría pensar "sobre demasiadas cosas, ¿no?" Pero no, porque todo ello está perfectamente engarzado, muy bien contado y, aunque a veces no se sabe si sueña el personaje o sueña el lector, muy bien resuelto.
Una novela crítica con la sociedad estadounidense y con su política porque, como pensamos en Europa, pocos aman tanto a su país y están tan orgullosos de él como los norteamericanos, pero contra lo que creemos en Europa, nadie hace críticas más crueles y ácidas a su país que los propios norteamericanos y los escritores son buena muestra de ello.
Y están los paisajes: el norte del estado de Nueva York, la proximidad con la frontera de Canadá, el este del lago Ontario, el sur de los Adirondaks; paisajes en los que va sucediendo la vida de la protagonista, paisajes en los que nació y creció la autora. Pueblos con nombre mítico (Carthage, Ithaca), sitios que, vistos en un mapa de Estados Unidos, se pillan todos con la punta de un alfiler, pero en los que los desplazamientos son de tres, cinco horas, con carreteras agrietadas, autopistas modernas, bosques inmensos de espacio y soledad, estaciones de servicio bulliciosas; y lagos y ríos y marismas y barro, barro pegajoso, barro que ahoga y ciega y hunde...
Y un final en el que nada se cierra, nada se soluciona, nada se destruye; un final en el que todo queda abierto y cualquier cosa puede suceder en adelante: el amor y el desamor, el éxito y el fracaso, la felicidad y el horror; un final en el que ni siquiera sabemos si el personaje ha ganado en seguridad y fortaleza o sigue estando tan frágil, tan herida, tan vulnerable como al principio.
Ah! y se me olvidaba: el rey de los cuervos, pero ese dejaré que lo descubráis vosotros.



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