Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

domingo, 29 de julio de 2018

"En cinco minutos levántate María" Pablo Ramos

En las últimas semanas he recatado dos entradas de los primeros tiempos del blog: "El origen de la tristeza" y "La ley de la ferocidad", ambas del escritor argentino Pablo Ramos. Junto con esta otra, "En cinco minutos levántate María", constituyen una trilogía. Y si las dos anteriores me gustaron, esta me ha entusiasmado. Tal vez por mujer y por madre me ha llegado mucho más adentro, me ha removido cosas. Algunas de ellas son las mismas que se le remueven a María; seguramente las mismas que se le remueven a toda mujer que ha cedido parte de su independencia y de su vida para compartir las de un compañero y unos hijos. Por muy bien que le vaya. 
Si la primera nos mostraba un Gabriel en el paso de la infancia a la adolescencia y la segunda nos lo trae ya adulto, cinco años después de la muerte de su padre, esta novela es un momento intermedio entre ambas. Si en las dos anteriores, era Gabriel el que nos contaba las historias en primera persona, en este caso es su madre la que habla también en primera persona, para contarnos historias nuevas o ya conocidas desde su propio punto de vista. Porque hasta ahora, la madre estaba en un segundo plano, era la mujer embarazada a la que Gabriel quería hacer un regalo de cumpleaños, era la viuda "serena, más cerca de la confusión que de la tristeza" que dio a Gabriel la noticia de la muerte de su padre.
En "En cinco minutos levántate María", la madre es la protagonista absoluta. "Soñé que iba a quedarme dormida, que se paraba el reloj despertador porque no le había dado cuerda e iba a quedarme dormida. Abrí los ojos y era verdad: el reloj estaba parado. Lo tomé sin encender la luz, para no despertar a este hombre, pero la cuerda se trabó a la segunda vuelta y por más que intenté destrabarla dándole un poco para el otro lado no hubo caso, la forcé y estoy segura de que acabo de romperla. Otra vez. Las agujas marcan las dos de la mañana pasadas".
María no podrá volver a dormir esa noche de invierno. Durante toda esa noche de insomnio María recuerda, siente, se emociona, se arrepiente... pero sobre todo añora. Añora su infancia despreocupada de pasado y futuro, cuando sus padres bailaban y todo eran festejos, porque en su familia, los Reyes, sabían vivir y Alberti, un poeta español, antifranquista como su padre, visitó su casa; añora la época de juventud cuando todo estaba por comenzar y las ilusiones se mantenían intactas, Gabriel era un niño sano y alegre y aún no se había producido la brecha insalvable entre él y su padre, "este hombre" que duerme a su lado sin que nada sea capaz de despertarlo. 
Pero lo que sobre todo añora es a sus seres más queridos y ya hace tiempo desaparecidos: a su padre que cantaba como un ángel y bailaba el tango como nadie y con el que siempre la unió una gran complicidad; al tío Héctor que era alegre y valiente y tenía tres mujeres y vivía con las tres y con todos los hijos, los suyos, los de ellas y los comunes, más algún adoptado; a Juan, su cuñado, el hermano mayor de este hombre, todo un caballero que siempre la defendió y siempre se puso de su parte; a la bisabuela María que era gallega de Galicia y de la que heredó su nombre. A todos los echa de menos y los quiere cerca "No quiero sólo en sueños a los que se me fueron, no los quiero sólo en el pensamiento. Los quiero ahora, acá, los quiero al lado. Estoy triste desde que cada uno de ellos se fue, una tristeza que se va acumulando, tristezas que se van sumando, tengo a esas personas queridas en carne viva". Y ante la desesperación de la ausencia, ante la imposibilidad del reencuentro aunque solo dure diez segundos (cuántas veces tras un sueño he despertado con esa misma impotencia ante lo que necesito con desesperación y sé que nunca tendré: cinco segundos tan solo para volver a abrazar a un ser querido); ante lo absurdo de recuperar lo añorado; con toda su rabia, dolor y frustración, se atreve a increpar a Dios como causante o permisor de todo lo que le falta. "Dios, no voy a tentarte. Sí, voy a tentarte porque me metiste el deseo en el alma de tentarte para prohibirme tentarte, qué clase de Dios, qué clase de Padre sos".

Pablo Ramos

Avanza la noche. Este hombre sigue sin moverse. Una luciérnaga ha entrado en la habitación, una luciérnaga-hada la llama María. Revolotea y se posa en los diferentes muebles y superficies, se enciende y se apaga. Una luciérnaga-hada que a ratos ilumina la noche en la alcoba sin ventana. Y María recuerda que eso quiso ser ella para su familia, algo que iluminara las vidas de todos permanentemente, pero solo logró un destello intermitente y efímero; un destello tan leve que no ha podido impedir que sus hijos sufran, que su nieto sufra, que Gabriel y su padre lleven años sin hablarse y el muchacho busque en las drogas y el alcohol el consuelo y el soporte que desde hace años ya no le proporciona su padre. Gabriel hace mucho tiempo que entra y sale de la desintoxicación a la que acude, a veces para desintoxicarse y a veces solo porque se siente en riesgo, aunque esté limpio.
Varias veces ha pensado ya María en que remoloneará cinco minutos más, que se levantará "en un ratito, ahora necesito cinco minutos para juntar fuerzas porque siento como si no hubiera descansado nada, como si nunca hubiera descansado nada". Pero avanzan las horas y María recuerda y recuerda. Mira a este hombre que no se ha movido, que no ha cambiado de postura, y ve una sombra que se cierne sobre él; una sombra más negra que las sombras de la alcoba oscura. Y piensa en encender la luz, pero no quiere que termine ese momento y dar entrada a lo que vendrá con el día, a lo que le traerá la luz.
Y en esos cinco minutos que se convierten en horas, tiene tiempo para recordar toda su vida que ha rotado alrededor del hombre (que sigue sin moverse) con tanto amor que tuvo que matar a la persona que era para poder ser la persona en que se ha convertido; tuvo que ahogar a la mujer casi niña que no sabía nada del amor ni de la familia ni de los hijos; y para aprender todo eso que necesitaba para ser una buena madre y esposa, tuvo que ahogar lo que sí sabía y amaba: los libros, la música, la danza, la locura, el mundo y sus ganas de conocerlo... sus sueños adolescentes. Tuvo que matar su luz de luciérnaga-hada y al final no pudo iluminar nada, ni a los suyos ni a sí misma.
Pero han pasado cincuenta años y la mujer que creía haber ahogado se manifiesta viva y con ganas de emerger, con ganas de decir todo lo que calló durante tantos años. Tal vez es su propia luz lo que en esta noche ha confundido con una luciérnaga; su luz que viene a iluminar los días que se avecinan. Todo vuelve en esta noche que termina y que trae un tiempo de dolor, un tiempo en que el hombre causante de tanto sacrificio inconsciente habrá desaparecido, un tiempo en que todo será distinto. 
La noche también ha desaparecido ahora que una luz entra por el agujero del techo y María por fin ve terminar los cinco minutos que se han ido postergando con las horas y se dispone a enfrentarse a todo lo que se le viene encima. Sin llorar, entera, como la mujer a la que no pudo sacar de sí misma y lleva cincuenta años durmiendo en su interior. Lo primero avisar a Gabriel, después, enfrentarse al dolor, "pero más tarde, con los días, el dolor también se desvanecerá, hasta hacerse polvo, hasta hacerse recuerdo y volver en sonrisas y tibia melancolía. Hasta que te unas a él, otra vez y para siempre, y de la misma manera que los pájaros no dejan sus cuerpos en la calle ni sus huellas en las nubes, como una ráfaga de aire o de luz, como un suspiro de aliento una mañana de invierno, de niebla y humedad, te vayas, te pierdas, y sueltes las amarras del mundo".


jueves, 26 de julio de 2018

"La ley de la ferocidad" Pablo Ramos

Hace unos meses rescaté una reseña de finales de 2014, "El origen de la tristeza" del escritor argentino Pablo Ramos. Se trataba del primer volumen de una trilogía sobre la vida de un personaje, Gabriel.
Pues bien, ahora rescato la segunda parte de la trilogía. Acabo de leer la tercera y antes de publicar su reseña me ha parecido oportuno, ya que publiqué la primera parte, publicar también la segunda para los que aún no me conocíais en aquellos tiempos.



Esta es la segunda entrega de la trilogía de Pablo Ramos. En ella nos volvemos a encontrar con Gabriel, ahora ya adulto, rico y enfrentado con total desolación a la muerte de su padre.
Si en la primera novela nos encontramos a un Gabriel adolescente que abandona la niñez para sumergirse en "el hecho triste y feo, sobre todo feo que es la vida", aquí lo vemos dando vueltas en la vorágine de una realidad que le supera. Cuando empieza a contarnos los acontecimientos (la muerte de su padre), hace ya cinco años que han tenido lugar por lo que "el hombre que lo vive no es el hombre que lo escribe, pero [...] va a terminar de transformarse en él cuando acabe de escribir. Por el hecho de escribir"
El libro narra el velorio que tiene lugar tras la muerte del padre. Más bien, narra lo sucedido al narrador (protagonista y observador) a lo largo de los dos días y dos noches que dura el velorio, pues él mismo reconoce hacia el final: "Me doy cuenta de que, contando las horas que estuve en estas dos noches de velorio, no deben sumar ni diez"
Por lo tanto cuenta lo que él mismo, Gabriel, vive mientras los demás velan a su padre. Su padre, por el que no sentía especial aprecio, ni simpatía, ni respeto, ha marcado toda su vida; lo ha empujado a hacerse rico a tener "los autos que a él le hubiera gustado tener, la casa que a él le hubiera gustado tener, la chequera que a él le hubiera gustado tener". Pero impotente, comprende que no ha vencido, que no ha conseguido ningún resarcimiento porque "queriendo ganarle a mi padre, construí lo que construí; queriendo ganarle a fuerza de odio, la victoria se me fue de las manos. La victoria nunca se fue de las manos de mi padre". 
Ahora Gabriel ha perdido todas sus referencias y todo se le vuelve un vacío sin sentido y se pregunta qué puede hacer "con la empresa, con la vida que armé en torno a su aprobación"; ha perdido el referente alrededor del cual su resentimiento ha montado su existencia de adulto y ahora, incapaz de enfrentarse a la pérdida, se vuelve hacia los otros referentes de su vida: el alcohol y las drogas que llevaba más de un año sin probar y en los que se sumergirá hasta la náusea en los dos días con sus noches que dura el velorio. 
Nos encontramos también aquí con un personaje que apareció mucho en la primera parte de "El origen de la tisteza" y que luego desapareció, no sabemos con certeza en qué revueltas de la historia. Me refiero a Rolando, el amigo del Gabriel niño que "tenía unos cincuenta años y llevaba más de treinta viviendo en las bóvedas del cementerio de Avellaneda". Rolando sigue emborrachándose en los bares cercanos al cementerio, tiene veinte años más, "la nariz rota hacia el lado izquierdo, la cara roja curtida por el sol y por la ginebra, una cicatriz que baja desde la frente [...] hasta el cuello [...] Está vestido con un traje de lana viejo y desgastado por el uso y los usuarios, supongo, porque tiene pinta de haber pertenecido a más de un difunto". Y es que, en algunos ambientes, si pasar de la infancia a la juventud es demoledor, pasar de la madurez a la vejez es una derrota en toda regla. También aquí,
Pablo Ramos, su gato y su biblioteca
Rolando desaparece sin dejar un rastro que se pueda seguir.

Alternando con el relato del velorio nos cuenta algunos episodios vividos con su padre: El proyectado viaje de ambos a San Miguel de Tucumán para pasar unos días con su hermano Alejandro, encargado allí de unas obras de la empresa familiar. Un viaje que empieza él solo, la víspera del vuelo, sometiéndose a una cantidad tal de todo el polvo que se puede meter por la nariz y todo el alcohol que cabe en un cuerpo, que el lector acaba saturado, y sufriendo él también los síntomas de la sobredosis; un viaje que termina en el bar del aeropuerto con su padre: "Vos, papá, sos... un hijo de puta". O la vez, la única vez, en que siendo él todavía un muchacho, su padre le puso la mano en el hombro y Gabriel sintió que todo era posible porque "Si con sólo un toque de su mano la ferocidad le daba algo de espacio al amor, ¿qué no podía ser posible entonces con un poco de tiempo?". Pero su padre jamás le volvió a tocar el hombro.
Y es que la sensación que transmite la novela es la de que Gabriel está dominado por la ira, ahíto de rabia, sometido a la ley de la ferocidad por el desafecto de su padre, ausente físicamente durante gran parte de su infancia y siempre emotivamente ausente "Padre, padre mío, ¿no habrá otra manera de jugar a la familia? O no estás, o estás lejos, o estás ausente o estás muerto. ¿No podrías haber sido más normal?"
Y sin embargo, hay veces en que la ausencia esconde el miedo, el miedo de perder, el miedo de sufrir, el miedo de añorar y entonces prefieres borrarte antes de que la vida se te borre.
En un paralelismo con la ausencia del padre, Gabriel también se va. "Decidí salirme de la historia como siempre me salgo de las historias: de la peor manera posible"
Y es que lo que le pasa a Gabriel, como él mismo nos dice en un momento de la novela "A veces no puedo con lo que es la vida"





lunes, 23 de julio de 2018

"Operación Picasso" Pedro Saugar Segarra

Estoy intentando aprovechar el tiempo de vacaciones para ponerme al día con reseñas pendientes desde hace meses de autores que han tenido la amabilidad de confiar en mí y enviarme sus novelas. 
Las primeras noticias de Pedro Saugar Segarra las tuve  a finales de enero. Por medio del formulario de contacto del blog, me llegó un mail de lo más minimalista: Me enviaba un enlace a su página web para que allí me informara de su novela "Operación Picasso". A continuación añadía:
"Si te interesa reseñarlo/publicitarlo/criticalo, dímelo y te mando un ejemplar en pdf , mobi o epub. Quedo a tu disposición. 
Gracias. Un saludo".
Sencillo, me dije, directo y sin circuloquios. Eficaz. Pero lo que ciertamente fue eficaz fue abrir el enlace y darme de morros con una página de cuidado y sencillo diseño (se ve que la sencillez es la marca de la casa) donde junto al título, el autor y un par de fotos, tan solo aparece una frase:  

Encuentra la primera versión perdida de LAS SEÑORITAS D'AVIGNON


¿Quién podría resistirse? Debajo de la portada aparecía también un enlace a la sinopsis que me apresuré a activar:


"Un joven Picasso que se plantea demoler los cimientos del arte con "Les Demoiselles D'Avignon".

Un joven aspirante a bohemio que languidece en provincias abjurando de su destino.

Pasiones ocultas que se entrelazan y estallan desbocadas.

Un crimen que conecta el París de las vanguardias con la Cuenca de principios del siglo XX.

Una sociedad secreta que quiere demoler el orden establecido.

Un descubrimiento que remueve los cimientos del cubismo."

Y decidí que no me iba a resistir. En menos de dos horas desde el primer contacto, tenía el libro en mi ordenador.
Por fin, he leído "Operación Picasso". Es una novela con la que hay que tener un poco de paciencia al principio. Ya me lo advirtió el autor en uno de sus correos. La historia se va contando por diferentes personajes, en diferentes lugares y en diferentes momentos que van de 1897 a 2013, centrándose sobre todo en 1906, 1907 y 2013. Tiempos y personajes se entremezclan formando un puzzle que termina por encajar perfectamente entre las manos de un grupo de amigos que celebra la Semana Santa y su encuentro vacacional en la Cuenca de hace apenas cinco años. 
En Cuenca, en 1964, comienza la novela, que no la historia, de la mano de Macru y su diario: "Me muero. Siempre he sido mujer de impulsos y, la verdad, siempre he acertado al seguirlos con fe ciega, con esa absurda seguridad que da la fe, Nuestro Señor me perdone. Por eso en este momento sé que debo poner punto final, y enterrar tu historia conmigo. Durante veintiocho años, desde que te fuiste, tu recuerdo ha sido la llama que ha prendido mi cuerpo cada amanecer". Macru es la protagonista y narradora de una de las partes de esta novela. Hija de uno de los farmaceúticos de la ciudad, es una chica de la burguesía educada en la religión y las buenas costumbres. Desde Cuenca nos va contando su historia de amor con Deogracias, con sus altibajos, sus ilusiones, la tragedia que estuvo a punto de frustrar para siempre sus deseos.

Picasso en su estudio del Bateau-Lavoir

Al  mismo tiempo, en París, otra mujer nos cuenta su vida y su amor con un Pablo Picasso de veinticuatro años. Fernande Olivier escribe un diario mientras vive con el pintor en su estudio del Bateau-Lavoire, en Montmartre. Fernande es bien distinta de Macru; totalmente opuesta. Ha tenido amantes, ha posado vestida y desnuda para muchos de los pintores de París, tuvo un aborto a los veinte años... nada ni nadie le haría entrar en una iglesia como no sea para admirar alguna obra de arte. Sus religiones son el arte, la libertad, el amor, el sexo, los amigos, las fiestas...
Picasso está en pleno periodo rosa y lleva tiempo obsesionado con un cuadro. "Desde que se obsesionó con “las egipcias” -como llaman a su nuevo cuadro los de la banda-, hasta el punto de volver de cara a la pared los lienzos anteriores para no verlos, no permite que le distraigan de su sagrada labor hasta la hora de cenar". "Las egipcias" es un cuadro en el que Fernande solo ve prostitutas y que la indigna especialmente porque los amigos se empeñan en verla a ella en una de las putas de la pintura. "Las egipcias" puede que termine por llamarse de alguna otra manera porque alguien ha propuesto "El burdel filosófico" y André Salmon es más partidario de "Las señoritas de Aviñón".

Las señoritas de Avignon, Pablo Picasso (1907)

Longinos es el tercer personaje en contarnos sus andanzas. Y nos las cuenta en varias etapas que terminan por confluir. En 1897 es un joven que con dieciocho años abandona Cuenca por primera vez y se traslada a estudiar a Madrid a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Le acompaña su amigo Deogracias. Allí conocen a un trío de artistas bullangueros y extravagantes, tabernarios y puteros, excluidos de todo lo que se podía considerar correcto en la época. Pronto dan en llamarles "La Santísima Trinidad". "[...] el más joven y bajito, fue investido de la categoría de Padre, por una extraña autoridad que emanaba de sus ojos inquietantes y de sus ademanes serenos aunque enérgicos, impropios de sus dieciséis años". Y el más joven no es otro que nuestro ya conocido, aunque un poco mayor, Pablo Picasso.
Años después, en 1907, Longinos y Deogracias están de vuelta en Cuenca. Uno, con sus estudios terminados, se dedicará a dar clase en un instituto de la ciudad; el otro, perdido en Madrid en la compañía bohemia y revulsiva de todo lo establecido del joven Pablo, no ha llegado a terminar sus estudios de arte. 
Tras la vida en Madrid con sus locuras, tabernas y burdeles, el tiempo en Cuenca se entretiene entre las piedras y discurre lentamente de Navidad a Semana Santa y de Pascua a las Fiestas patronales. "Hay veces en que pasa tan lento el tiempo que te inundan los días con sus minutos estúpidos y te agobias de la pura inanidad". Para desterrar el aburrimiento, ambos, junto con otros amigos, intentarán remover las burguesas conciencias de sus conciudadanos, olvidando que no todo vale, ni siquiera cuando de hacer avanzar al mundo se trata.
Todas estas vivencias, dispares aunque no tanto, aparte de mezclarse en algún momento de ese pasado, confluirán en 2013, en Cuenca, en otra Semana Santa, con otro grupo de amigos que se junta en vacaciones y que también cree necesario aniquilar prejuicios y estimular voluntades para que el mundo siga avanzando. Y entre tanto, intrigas, celos, un asesinato, una sociedad secreta, el negocio del arte...
Pedro Saugar Segar
Esta es la primera novela que leo ambientada en Cuenca. Y muy bien ambientada además. Tanto los principios del siglo XX como los del siglo XXI transmiten a la perfección lo que es una ciudad de provincias pequeña y muy marcada por la religión y sus derivados. El ambiente de Semana Santa, que tanto me ha recordado al de León, muestra perfectamente ese marcaje religioso que afecta a toda la población, creyente o no, con simpatía o rechazo (y no siempre este último procede de los ateos), con emoción o con indiferencia (y la emoción no siempre la sienten los creyentes), pero que llena las calles y los bares y que solo se da en algunas ciudades, curiosamente, cada vez más abundantes. 
No me engañó la sensación que tuve al leer la sinopsis en la página del autor. La pequeña confusión inicial que puede derivarse de los saltos en el tiempo y espacio, y de la que advierte el autor, se disipa rápidamente en cuanto nos hacemos con el ritmo de la narración y, a partir de ese momento, la lectura atrapa realmente.




viernes, 20 de julio de 2018

¡¡Ay, ay, ay qué equivocación!!

Estoy programando entradas para que se publiquen mientras estoy de viaje y para organizar un poco todo el trabajo que voy adelantando.
Sin querer me he confundido y le he dado a publicar a la reseña que debe serlo el 4 de agosto. Veo que en los blogs que me tienen en la lista de blogs seguidos, ha desaparecido la entrada que publiqué esta mañana y aparece esta última que por supuesto no encontrareis
Si sois como yo, que me entero de vuestras publicaciones por esa lista de blogs seguidos, no encontraréis la última sino una que no existe. Por eso he decidido hacer esta entrada. Para anunciaros que lo que he publicado hoy es una reseña de la genial novela de William Maxwell "Adiós, hasta mañana". Espero que la disfrutéis.


"Adiós, hasta mañana" William Maxwell

Hace mucho tiempo vi por primera vez una película de esas que no se olvidan, sobre todo porque se vuelven a ver una y otra vez a lo largo de los años. Voy a dejar que adivinéis cuál es. En ella, un entrañable personaje pregunta varias veces: ¿te ha picado alguna vez una abeja muerta? Pues bien, a mí sí me ha picado una abeja muerta, pero aún me ha pasado otra cosa más extraña si cabe: me he enamorado varias veces de un hombre (o una mujer) muerto. Lo bueno de enamorarse de una mujer (o un hombre) muerta es que no exige fidelidad. Se puede estar enamorada de varios a la vez. No de demasiados, porque solo algunos lo merecen, pero sí de los suficientes. Uno de los últimos hombres muertos de los que me he enamorado es William Maxwell. 
Cuando leí "Vinieron como golondrinas", no pude evitar caer rendida a sus pies y, ahora, tras leer "Adiós, hasta mañana", el amor se ha confirmado. Leeré todo lo que haya escrito y se haya traducido (tampoco es mucho) porque pocos autores me enganchan desde el principio y me sumergen en un estado de placidez y satisfacción intelectual, pero este es uno de los que mejor sabe tocarme la fibra. "Adiós, hasta mañana" está considerada su mejor novela y obtuvo el American Book Award en 1980
"Una mañana de invierno, poco antes del amanecer, tres hombres que estaban allí cargando grava oyeron algo que sonó como un disparo. O tal vez, dijeron, había sido la explosión del motor de un coche. [...]  El ruido no procedía del motor de un coche; un granjero llamado Lloyd Wilson acababa de morir de un disparo, y lo que oyeron fue el sonido del arma que lo mató".
Este es el segundo párrafo de "Adiós, hasta mañana". Desde el principio sabemos que hay un muerto que se lama Lloyd Wilson y sabemos que hay un asesino que era su vecino y amigo, Clarence Smith, y sabemos que el crimen estuvo motivado por la relación entre Fren Smith, la mujer de Clarence, y Lloyd, a quien su propia mujer había abandonado unas semanas antes, llevándose a sus cuatro hijas y dejándole a los dos hijos. Y lo sabemos porque en esta novela no hay intriga, ni finales inesperados, ni investigaciones policiales. En "Adiós, hasta mañana" hay dos niños que son amigos y que de pronto dejan de serlo porque uno de ellos desaparece de la vida del otro. Y hay un intento por recuperar la memoria sin confiar demasiado en ella, porque ¿cuanto de lo que recordamos sucedió así en realidad? "Tengo el vago recuerdo, en el cual no confío, de estar en clase sentado, mirando el pupitre vacío de Cletus. Alguien [...] dijo que su abuela vino a buscarlo y se lo llevó. No pudo ser cierto; sólo tenía una abuela y ésta vivía en la ciudad. Lo que probablemente pasó fue que su madre lo sacó del instituto y, cuando se fue de Lincoln, se lo llevó con ella".
Cletus es Cletus Smith y es el hijo de Clarence, el asesino. El que cuenta la historia, el narrador, fue su amigo durante un tiempo. Es alguien muy similar a William Maxwell, pero que estoy segura de que no es exactamente William Maxwell. Cletus se mudó con su madre y su hermano a Lincoln desde la granja cuando su madre dejó a su padre, porque también Fern Smith terminó por dejar a su marido. En Lincoln conoció al narrador y trabó con él una amistad singular echa de sobreentendidos y pocas palabras, y desapareció de Lincoln justo después del asesinato.
La novela está dividida en dos partes aunque en ningún momento ni lugar se indique. En la primera me llevo una gran sorpresa a poco de empezar a leer porque me encuentro con que es como la continuación de "Vinieron como golondrinas". El narrador resume en una pocas páginas lo que allí se nos cuenta, para continuar desarrollando con más profundidad lo que allí se nos niega: lo sucedido tras la muerte de la madre, el padre distante, las tías y abuelas que les cuidan, la madrastra, el cambio de casa y finalmente el traslado a Chicago. Tal vez los más de cuarenta años pasados desde la publicación de "Vinieron como..." le dio al autor la distancia suficiente como para poder enfrentarse a la verdadera muerte de su madre cuando él era un niño.
El Palacio a las 4 de la madrugada
Alberto Giacometti (1932)
Es en la nueva casa a la que van a mudarse en Lincoln, cuando aún es una casa en construcción que al autor le recuerda la escultura de Giacometti, «El Palacio a las 4 de la mañana», donde conoce a Cletus y donde establecerán el escenario de su amistad. Allí, entre aquellas vigas que dejaban ver el cielo con su luz cambiante y sus nubes y la tierra con las vidas alegres, penosas o inciertas de los habitantes del vecindario, se fue labrando una amistad con pocas palabras, como ya he dicho, una amistad hecha de compañía, del calor del otro ser junto a uno mismo, de saber que volverá al día siguiente y volverá a calentarnos con su simple presencia. Hasta que ya no vuelva más. "Cuando el color del cielo nos indicaba que se acercaba la hora de cenar, bajábamos y decíamos «Adiós» y «Hasta mañana», y emprendíamos nuestros caminos por separado bajo el crepúsculo. Y una tarde, esta despedida informal resultó ser la última. Aquel disparo nos separó para siempre".
En la segunda parte, la narración se centra en Clarence y en Lloyd y en la amistad más allá de la amistad, más allá de la fraternidad, que se fue fraguando entre ellos desde que Clarence llegó a la granja vecina de la que Lloyd habitaba desde que nació. "A pesar de que tenía hermanos con los que se llevaba bien, cuando quería compañía o cuando algo le preocupaba recurría al circunspecto hombre de la granja vecina"
Una amistad que se desploman cuando Fern y Lloyd empiezan a mirarse con una intención distinta a la que debe existir entre un hombre y la mujer de su mejor amigo. Puede que fuera el hartazgo de la rutina arrastrada por muchos años; el desconsuelo de ver siempre al lado a la misma persona con la misma cara del mismo hartazgo y con las mismas gracias que ya no nos hacen gracia; la pereza del sexo, tan familiar que se vuelve mecánico, cuando no un deber ingrato; la misma casa, el mismo establo, los mismos niños, la misma cocina, las mismas vacas, el mismo lodo que viene de los mismos polvos. Y un día algo les hace temblar al ver al otro, al ajeno, al prohibido, y les eriza la piel, y algo se estremece en el centro mismo de sus anhelos, y se olvidan del marido y la mujer, del amigo y de los hijos... y se pone el primer ladrillo de la tragedia.

William Maxwell

Y cincuenta años después, un niño, nuestro narrador, recuerda todo aquello, aquella tragedia con tintes lorquianos que sucedió cerca de su ciudad y que afectó tan de lleno al padre de su amigo, y recuerda algo de lo que siempre se ha arrepentido, algo que siempre le ha estado rondando en la cabeza, que fue involuntario, pero que se pudo interpretar como una traición a la amistad. Y se arrepiente de no haber hablado, de no haberlo aclarado cuando aún era tiempo, y ese arrepentimiento que ha almacenado durante cincuenta años tal vez sea realmente de lo que trata esta novela.
"Lo que podemos exigirle a nuestro ser adolescente tiene sin duda un límite. Y seguir sintiéndose culpable por algo que ocurrió hace tanto tiempo difícilmente resulta comprensible. Pero, a pesar de todo, me siento culpable. Un poco. Y tal vez siempre me sienta culpable".

Esta novela entra además en el II reto "Nos gustan los clásicos" por estar publicada antes de 1990. "Adiós, hasta mañana" está escrita en 1979.


martes, 17 de julio de 2018

"La chica de Kyushu" Seicho Matsumoto.

Esta es una novela japonesa que me regaló mi marido por mi cumpleaños... del año pasado. Le gusta escarbar entre los libros que no están más a la vista, entre los que no son conocidos ni aparecen en las listas de los más vendidos, y hay que reconocer que tiene buen ojo. Gracias a él y a sus regalos a lo largo de los años he descubierto autores como Yasmina Khadra, Ian McEwan, William Boyd y alguno más que en este momento se me escapa. Palabras mayores.
En este caso se trata de una novela negra publicada en Japón en 1961.
"Había oído decir que los abogados de renombre nunca llegaban a sus bufetes a primera hora. Por eso había decidido esperar hasta las diez. El abogado al que Kiriko había ido a ver expresamente desde Kyushu se llamaba Kinzo Otsuka. Kiriko, una mecanógrafa de veinte años, no tenía por qué saber que Otsuka era el mejor abogado en derecho penal. De hecho, no lo sabía hasta que ocurrieron los hechos que le cambiaron la vida para siempre".
Sí, Kinzo Otsuka es un buen abogado, probablemente es el único abogado capaz de demostrar la inocencia de Masao Yanagida, el hermano de Kiriko. Pero ¿qué sucede cuando el mejor abogado en derecho penal rechaza el caso sin haberlo estudiado a fondo porque el cliente no tiene dinero suficiente para pagar los honorarios que su prestigio le permite cobrar? ¿O es porque su amante le espera para ir a jugar al golf por lo que no se molesta en hablar con Kiriko en serio y ponerse al corriente de los entresijos del caso?
Kiriko Yanagida ha venido a Tokio desde muy lejos. Lleva viajando desde hace dos noches procedente de su isla de Kiushu para hablar con Kinzo Otsuka. Su hermano ha sido acusado de un crimen que ella está segura de que no ha cometido. Pero no obtendrá del abogado la ayuda que busca y frustrada y desencantada vuelve a su isla y a su vida. Cuando meses más tarde Otsuka se interese realmente por el caso ya será demasiado tarde.
Pero otro tercer personaje se ha visto atraído por Kiriko y la historia que oye sin querer (?) en una conversación telefónica en la cabina junto a la que espera. "Por favor [...], dígale al señor Otsuka que no sé si podré salvar a mi hermano. Si tuviera ochocientos mil yenes tal vez lo conseguiría, pero por desgracia no dispongo de tanto dinero. Eso me ha ayudado a ver que los pobres estamos indefensos ante la justicia. Lamento las molestias que les he ocasionado. Y descuide, no insistiré más". Esas palabras finales de la conversación le impresionan y no puede evitar abordar a la joven, invitarla a un zumo e intentar enterarse de la historia de Kiriko. 
Pero Keiichi Abe, periodista de la revista Ronso, tendrá que acudir a la hemeroteca para poder llegar a enterarse de algo porque Kiriko se despedirá de él y volverá a Kyushu sin haberle dejado claro nada más que su discreción y timidez.
Pasarán seis meses y Kiriko se volverá a poner en contacto con Otsuka. Un abogado de oficio defendió a su hermano que fue condenado a muerte. No llegó a cumplirse la sentencia, Masao Yanagida murió en prisión mientras se resolvía el recurso interpuesto por su abogado. 
A partir de ese momento, Otsuka, removido en su conciencia por la carta de Kiriko, y Abe, quien se ha vuelto a encontrar con ella inesperadamente en Tokio, empezarán a indagar en la historia de Masao. 
Seicho Matsumoto
Masao y Kiriko representan el honor, tan presente siempre en la historia y la vida de los japoneses. No tienen riqueza, ambos son trabajadores, él profesor y ella secretaria. No tienen riqueza, pero tienen una idea muy clara de lo que es la honradez. Masao morirá por ella. Kiriko perderá su vida al perder el trabajo y caer en desgracia en la ciudad de K donde vivía en la isla de Kyushu.
A medida que transcurre la novela Kiriko Yamagida y Kinzo Otsuka harán un viaje tan solo de ida en el que se cruzarán sus posiciones. Otsuka viaja de la indiferencia y el rechazo al arrepentimiento y la vergüenza, Kiriko, de la inocencia y la honradez, al resentimiento y la venganza. Casi se podría decir que la víctima se vuelve victimario y viceversa. "«mi hermano murió con deshonra, como un ladrón y un asesino». Según cómo se leyera, se podría interpretar que aquel desenlace había sido culpa suya, por haber rechazado la defensa de su hermano. De hecho, la postal estaba redactada en tono de reproche e impregnada de rencor". Otsuka se siente realmente culpable del desenlace de Masao, y Kiriko, efectivamente, está llena de rencor y deseo de venganza.
Mientras tanto, Keiichi Abe, contempla el sucederse de los acontecimientos ayudando a ambos e investigando para ambos sin saber lo que se esconde tras la búsqueda de resarcimiento por parte de Kiriko. Abe es el espectador pasmado que ve el devenir de la historia como lo vemos nosotros: con creciente perplejidad.
Es una novela negra de una enorme calidad. De lo mejor del género que he leído en los últimos tiempos. La trama se va desarrollando de una forma ágil; perfectamente cimentada, bellamente elevada sobre esos cimientos para conformar un elegante edificio y, para terminar, hábilmente rematada con un final que te deja con la boca abierta (no me lo esperaba) y el ánimo sobrecogido de emoción (me emocionan los buenos finales que rematan la buenas obras haciendo que realmente lo sean).
Nunca había leído una novela negra japonesa. Y no deja de ser una novela negra en el más amplio sentido del concepto y con gran calidad: trama con suspense, crítica social, ambientes lóbregos, análisis de los sentimientos humanos... más humanos, varios niveles en los que el lector puede sumergirse más o menos según su deseo. Pero también tiene detalles que la alejan de la novela negra occidental y la marcan como típicamente japonesa: la cortesía en el trato que tan lejana nos resulta, la particular (para nosotros) interpretación del erotismo, la importancia del honor, el apego a lo tradicional...
Seicho Matsumoto está considerado el maestro de la novela negra japonesa. Su obra es muy extensa, aunque creo que solo "La chica de Kyushu" y "El expreso de Tokio" están traducidas al español. Había nacido en 1909 y murió en 1992 por lo que recorrió el siglo XX casi de principio a fin. Pasó de los duros años veinte y treinta, con las penosas condiciones para los trabajadores, al despertar económico que experimentó Japón cuando se recuperó del desastre de la Segunda Guerra Mundial. Y con el resurgir económico llegó, a la vez que la prosperidad, la corrupción política y todo lo que acompaña a un exceso de dinero del que alguien quiere apoderarse sin habérselo ganado. Como respuesta a esa situación que tanto contrastaba con la tradición del país, Matsumoto creó con su literatura la Escuela Social y la dejó tan bien cimentada que veintiséis años después de su muerte, aún permanece activa.

Esta novela entra además en el II reto "Nos gustan los clásicos" por estar publicada antes de 1990. "La chica de Kyushu" está escrita en 1961.



sábado, 14 de julio de 2018

"Un amor imposible" Christine Angot

"Mi padre y mi madre se conocieron en Châteauroux, cerca de la avenida de la Gare, en la cantina que ella frecuentaba; a sus veintiséis años llevaba ya varios trabajando en la Seguridad Social, [...] en cuanto a él, tras largos estudios, con treinta años, ése era su primer empleo. Era traductor en la base americana de La Martinerie".
A partir del momento en que empezaron a salir juntos, todo un mundo se abrió ante los ojos alucinados de Rachel Schwartz, porque Pierre Angot no era un hombre como los demás. Era amable, cariñoso y divertido, pero además le hizo descubrir un mundo nuevo; un mundo en el que nada era como parecía, donde todo debía ser pasado por el filtro de la reflexión y de las palabras; donde todo se convertía en preguntas que requerían una respuesta: la gente, los paisajes, las situaciones; todo era descrito y analizado de una forma que Rachel no imaginaba que se pudiera hacer, todo escapaba a lo formalmente admitido, a los convencionalismos. "Él barría los convencionalismos con naturalidad. [...] Le contaba que había optado por la libertad, no criticaba la forma de vivir de los demás, pero se mantenía al margen". 
Rachel se enamoró de él y probablemente siguió enamorada de él toda su vida, a pesar del abandono, del alejamiento, de la traición.
A pesar de todo menos del engaño, porque Pierre Angot jamás (?) engañó a Rachel. Desde el principio le dijo que no se casaría con ella, ni la presentaría a su familia ni le haría subir en el escalafón social introduciéndola en su mundo. Rachel era una judía de clase media baja. Pierre pertenecía a una familia católica de la alta burguesía de París a la que no iba a afrentar con un matrimonio tan desigual en todos los aspectos. Él quería (?) a Rachel, le gustaba estar con ella, se divertían juntos, le hacía ver lo especial y rara que era la pareja que formaban, la suerte que tenían... pero a la vez, se sentía muy por encima de ella, le avergonzaba su ignorancia, su forma de hablar: 
"–Para ti, nuestro encuentro ¿a qué categoría pertenece éste?
–Rachel, no vuelvas a decir: «Nuestro encuentro, éste.» Nuestro encuentro. A qué categoría. Pertenece. No tienes que repetir el sujeto, lo has mencionado, se ha entendido".
Así es que le proporcionó a Rachel los momentos más felices de su vida y el hijo que estaba dispuesto a tener con ella aunque nunca pensara reconocerlo ni darle su nombre. Y de esa manera nace Christine y de esa manera él va desapareciendo de la vida de ambas. 
Por segunda vez Rachel se siente rechazada. Ya la había rechazado su padre tras volver de Egipto, a donde había huido en 1935, y hacerle ver lo insignificante que era: "«Tus primos son guapos. ¡Tú eres fea!» «Son inteligentes. ¡Tú eres tonta!» «Son instruidos. ¡Tú eres ignorante!» [...] «En conclusión, me daría vergüenza presentarte a mi madre.»"
Christine y Rachel tendrán que vivir solas y hacerse un mundo a su medida en el que el padre es solo una referencia a la que acude la madre para recordar a la niña que todo el mundo "tiene un padre"; es una presencia efímera y esporádica que aparece muy de vez en cuando haciendo llorar a Christine de emoción abrazada a él o una voz que sale de un teléfono causando en la hija idéntica emoción.
Christine sabe que tiene un padre, aunque sea pequeñito, aunque en su vida tenga un papel secundario, aunque en el dibujo de la familia que le manda dibujar una psicóloga, sea un padre diminuto en una esquina de la hoja. "Has hecho el padre muy pequeño. [...] Has hecho una niña que tiene más o menos el tamaño del padre. [...] Y has hecho una madre... Eso sí, una madre..., pero una madre, has hecho una madre, en fin... Una madre... enorme. Que ocupa toda la hoja"
Y es que para Christine su madre es tan enorme que resume el mundo. Su madre es todo su mundo una vez muerta su abuela. Sabe que tiene un padre, pero es un padre ausente. En su casa, cuando vuelve del colegio, está su madre. Con ella juega y pasea y toma helados; de ella son los golpecitos que siente en el tabique que separa sus cuartos antes de dormir; de ella recibe los besos y los abrazos y las regañinas. Su madre es la medida de todas las cosas. Dedica poemas a su belleza, planea viajar con ella, vivir con ella toda la vida... hasta que Pierre decidió robarle a Rachel eso también.


Christine Angot

A partir de un cierto momento, Pierre empieza a interesarse por Christine. La reconoce, le da su apellido y empieza a pasar con ella fines de semana y vacaciones. La presencia del padre en la vida de la niña le abre un mundo similar al que le había abierto a su madre unos años antes. Un mundo más culto, más rico y confortable, más interesante en suma. Un mundo del que volvía triste y malhumorada por tener que regresar a su vulgar vida y a su vulgar madre. O eso pensaba Rachel al menos. Con su padre las conversaciones eran más elevadas, el lenguaje más correcto, los modales más exquisitos. El amor hacia su madre se iba diluyendo ante el glamour paterno como una acuarela expuesta a los rayos deslumbrantes del sol del verano. "Si alguien nos hubiera visto por la noche en la cocina, no habría podido imaginar hasta qué punto la había querido. Ya no había intimidad entre nosotras. Éramos como el perro y el gato. Si cometía un error gramatical, yo apretaba los labios y me ponía tiesa en la silla. Si cometía un segundo, la corregía en tono cortante".
Pero el glamour escondía un mundo que encerraba sus demonios. Su padre no siempre era el padre protector y amable que ella había imaginado. Su padre era (perdónese la expresión) el auténtico cabrón despiadado que hemos intuido tras su simpatía y savoir faire. Un ser despreciable - no encuentro detalles que introduzcan la contradicción, el punto positivo que lo redima aun mínimamente -, un ser que destruyó la unión entre madre e hija, le destrozó la vida a Christine y aun después de muerto siguió envenenando la relación entre las dos mujeres. 
Rachel, rechazada por su padre y rechazada por su amante, se verá también, al cabo de los años, rechazada por su hija que le reprocha el haber estado ciega a todo lo que no era ella misma y su dolor.
La relación volverá a recuperarse y en una conversación final entre madre e hija, ambas analizarán los hechos, se culparán y se perdonarán. Cada una perdonará, o tal vez sencillamente entenderá (¿no es la mejor forma de perdonar?), a la otra. "Pertenecíais a dos mundos diferentes, ajenos el uno al otro; en cualquier caso, así fue como se establecieron las cosas desde el principio. Y tú aceptaste que fuera así. Porque estabas sola, porque eras pobre, porque eras judía". Pero Rachel no podrá perdonarse ni curarse porque el dolor infligido a un hijo, trasciende la culpabilidad que se pueda entender o perdonar. El hijo podrá hacerlo, lo hará sin duda a poca oportunidad que se le dé, pero ¿cómo puede perdonarse la madre de haberle fallado a quien era su obligación amar, cuidar, proteger y mantener alejado de todo mal? "Jamás me curaré, hasta el día de mi muerte, de no haber dicho nada, de no haber hecho nada, de no haber visto nada. ¡Menuda ceguera, Dios mío! ¡Menuda ceguera!". 
No quiero contar más. Aunque cualquiera que se acerque a la sinopsis de Anagrama o sepa algo de la autora sabrá lo que oculto, yo prefiero parar aquí.
No sé cuánto de ficción y cuánto de realidad hay en esta novela. Parece ser que todas las de la autora encierran gran parte de autobiografía, pero no toda. Christine Angot siempre pone cuidado en querer separarse de sus personajes lo que me resulta contradictorio con el hecho de ponerles nombres reales. «Yo nunca he hablado de lo que me ocurrió con mi padre. Todo lo que he relatado está situado en el lugar protegido de la literatura, que no tiene nada que ver con el espacio social» ¿Por qué entonces no ponerles nombres ficticios?
He leído críticas que la cuestionan como persona y como escritora. Solo he leído este libro suyo y a mí me ha gustado. Es cierto que en algunos momentos me ha parecido que pecaba un tanto de afán de protagonismo, de excesiva necesidad de martirologio, de pretender culpar de todos sus males a la madre y de no estar dispuesta a permitirle olvidar en ningún momento, en sus ansias por mortificarla, lo que le había sucedido. Tal vez, si en todos sus libros trata el mismo tema, pueda llegar a cansar y a justificar esta impresión mía que de momento no tengo muy clara. Tendré que leer alguno más para tomar una decisión al respecto.


miércoles, 11 de julio de 2018

"Agua salada" Charles Simmons

"En el verano de 1963 yo me enamoré y mi padre se ahogó". Con este comienzo rotundo empieza su andadura "Agua salada" de Charles Simmons. 
Yo conocí esa frase por Lorena Álvarez González, del blog "El páxaru verde". No sé si la vi en Facebok o en Instagram, pero supe que tenía que leer esa novela y más aún cuando vi que el autor era norteamericano. Son muchas las lecturas que le debo a Lorena. Ella y yo lo sabemos.
"Durante una semana entera, a finales de junio, se formó un banco de arena a un kilómetro océano adentro. No era visible, pero sabíamos que estaba donde las olas rompían. Cada día esperábamos que asomara con la bajamar".
Así continúa tras la impactante frase del comienzo, con esa sencillez y esa precisión descriptiva que ya nos acompañará en toda la lectura; con ese aire marino que nos impregna de sol y agua y sal y arena. 
Estamos en Bone Point, una isla atlántica pegada a la costa este de Estados Unidos, probablemente en la zona de Massachussets o algún otro estado de Nueva Inglaterra. No lo menciona, pero el ambiente me recuerda a otras lecturas, otras novelas, otros veranos pasados en esas islas, cabos y penínsulas de la costa oriental con otros personajes: Martha's Vineyard, Cape Cod, Nantucket... ¡Cuánta geografía literaria en la maleta!


Faro en Cape Cod

Michael es un adolescente de quince años que está a punto de conocer el dulce dolor, las amargas dulzuras de un primer amor con una chica ya casi adulta que, junto con su madre, pasa el verano en la casita de invitados que los padres de Michael han alquilado. 
Michael conoce a Zina, para quien siempre será Misha, cuando, tras una travesía a nado con su padre que no ha resultado tan sencilla como parecía, descansa de espaldas sobre la arena. "La señora Mertz tenía la edad de mamá. Su hija, Zina, hasta vista del revés era guapa [...] No paraba de acariciar y abrazar a su perro, como si el peligro lo hubiera corrido el animal y no nosotros. Luego me rozó la mejilla, por pura curiosidad, me pareció. Me enamoré de Zina del revés".
Michael está descubriendo el mundo de los adultos; el amor, pero también el desamor que acompaña a la madre de Zina y a su propia madre, pues empieza a darse cuenta de que las cosas entre sus padres no marchan todo lo bien que como niño había pensado. Pero ya no es un niño y perspicaz como es e inteligente, empieza a captar las señales: la ansiedad en una sonrisa, el brillo húmedo en una mirada, el sutil reproche en una pregunta...
A lo largo del verano, de fiesta en fiesta, con escapadas a la cercana ciudad en el continente, con los momentos de navegación en el "Ángela", el velero de la familia, con los nuevos amigos que va conociendo y los viejos que le visitan o a los que visita, con las largas charlas con todos y sobre todo con su padre, Michael descubre un atisbo de lo que le aguarda en su vida de adulto: los celos, la crueldad, el desengaño, la frustración, la mentira; pero también el valor de la amistad, el no siempre incondicional amor de un padre, el precio de la libertad y de la toma de decisiones personales y por encima de todo, conoce el primer amor. 
Michael sueña con Zina. En su despertar ingenuo a la adolescencia, aún confía en que la vida sea generosa y le otorgue lo que tanto desea solo por el hecho de desearlo. Las palabras de su madre no le sirven de nada. "Michael, a ti Zina te parece una chica, pero es una mujer hecha y derecha. Te partirá el corazón como no te quites esa idea de la cabeza. En la vida uno no obtiene lo que quiere por desearlo; uno obtiene lo que la vida le da". Y Michael no sabe aún que lo que la vida te da no siempre es lo que deseas. Pero como ha sucedido siempre y siempre sucederá, cada uno tiene que equivocarse por sí mismo, las experiencias de los adultos nunca les han servido a los jóvenes y hasta puede darse el caso de que su madre se equivoque y él sea la excepción escogida por la vida para lucirse y cumplir sus propias reglas.


Dos momentos en la vida de Charles Simmons

He leído que la novela es una recreación de "Primer amor" de Ivan Turgueniev. No puedo opinar porque no he leído dicho libro, aunque es posible que lo lea en breve porque me interesa mucho ver como se trató el tema en Rusia en el siglo XIX. Sí he encontrado en el libro otros recuerdos de otras novelas. "Buenos días tristeza" de Fraçoise Sagan por el amor adolescente, las relaciones con el padre, el descubrimiento del engaño y la infidelidad... aunque la joven Cécile, nada tenga que ver con nuestro Michael. Y como no, la que probablemente sea la fuente de la que beben ambas, la novela de la iniciación adolescente por excelencia: "El guardián entre el centeno", la novela de J. D. Salinger que tantas otras ha inspirado. Se me hace presente sobre todo en las escapadas de Michael a la ciudad y en sus aventuras que tanto me recuerdan a las de Holden Caulfield en Nueva York.
A diferencia de Holden y Cécile, Michael adora a su padre, ni siquiera cuando descubre que no es perfecto, deja de quererle y apoyarle. Pero el padre se ahoga, como todos sabemos desde la primera frase, y quedará en la memoria del joven hasta cierto punto redimido de todos sus pecados. Será ya eternamente el padre querido y admirado.
Con respecto a los padres, siempre nos sentiremos niños, por mucho tiempo que haya pasado, por muchos años que tengamos, desearemos arrebujarnos entre sus brazos y sentir su fuerza y su calor confortándonos, y nunca llegaremos a darnos cuenta, al menos desde nuestras emociones, de que, a veces, por edad, llegamos a una situación en la que podríamos ser los padres de nuestros padres. "Ahora soy mayor que mi padre cuando se ahogó. No sé por qué sigo sintiéndome como un niño".
Esta es la primera novela de Charles Simmons que se traduce al español. Espero que pronto podamos disfrutar de alguna de sus otras escasas obras, sobre todo "Powdered Eggs", su primera novela que obtuvo el Premio William Faulkner en 1965. "Agua salada" es de 1998. Charles Simmons murió en Junio de 2017, dejando una obra muy poco extensa, pero de tal calidad, exquisitez y sensibilidad que lo ha convertido en otro de los grandes. Otro que, junto a William Maxwell (pronto volveré a hablar de él), se dedicó sobre todo a la edición (New York Review of Books) y la crítica y quedó hasta cierto punto eclipsado por autores a los que él dio a conocer.



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