Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

lunes, 28 de mayo de 2018

"Vinieron como golondrinas" William Maxwell

Cuando la Gran Guerra estaba en su apogeo, una tremenda epidemia se extendió por el mundo. Llegó a todos los rincones del planeta excepto a la Antártida. La guerra y el movimiento de tropas lo hicieron posible en una época en que aún no había turismo ni había nacido ese ansia por moverse y visitar todos los lugares (sobre todo los de moda) que nos acomete ahora.
Entre cincuenta y cien millones de personas murieron en el mundo a causa de la gripe española... la gripe española que se inició en un campamento militar en Estados Unidos, concretamente en Kansas, y que llegó a España cuando ya en Estados Unidos, además de Francia, Italia e Inglaterra, contaban los muertos por centenares. 
Pero estos países estaban en guerra. Su preocupación prioritaria, en lo que a propaganda se refiere, los tenía más preocupados por ocultar a sus poblaciones un desastre más, bastante había con los soldados muertos en combate, la hambruna de la población civil y las epidemias típicas de un estado de guerra. Nadie se quiso hacer eco de la nueva y extraña enfermedad que diezmaba soldados y que pronto llegó a la población civil. Tuvo que llegar a España, país neutral, para que salieran noticias en los medios de comunicación con lo que nos quedamos con el discutible honor de ser los primeros en anunciar el acontecimiento y de ser sospechosos de haber sido la fuente de la infección. Eso además de pagar el tributo de 300 000 muertos de los ocho millones de infectados, casi la mistad de la población española en aquellos momentos: veinte millones.
Cuando les cuento esto a mis alumnos, todavía se indignan. La adolescencia no entiende de injusticias ni aunque cien años de historia hayan convertido esta (porque injusticia fue) en un simple dato histórico. 
Esta no es una novela sobre la gripe española, aunque sí habla de la enfermedad y sí tiene la enfermedad su papel importante en la historia, y lo tiene desde antes de escribirse, desde muchos años antes, porque la madre del autor murió de gripe española cuando él tenía 10 años, en 1918, como la madre del personaje. Tal vez en ese instante comenzó a formarse en la mente del escritor, de manera inconsciente, el germen de "Vinieron como golondrinas".
Esta es la historia de una familia de clase media en el Medio Oeste americano, concretamente en Logan, Illinois. Una familia feliz compuesta por los padres, Elizabeth y James, y sus dos hijos, Robert y Bunny. Ella es ama de casa y es el centro alrededor del cual orbita el resto, aunque alguno no lo sepa o quiera ignorarlo. 
Peter Morison, a quien todos llaman Bunny, tiene ocho años cuando se despierta esa mañana, es una mañana de otoño como cualquier otra, la mañana del segundo domingo de noviembre de 1918. Un día más para estrenar y vivir. "Estaba lloviendo.
Afuera, las ramas del tilo subían y bajaban con el viento, subían y bajaban, y las hojas de noviembre caían. Bunny se volvió, apoyándose sobre el pequeño y rígido cuerpo de Araminta Culpepper". Araminta es su muñeca, una india papoose que ya solo comparte sus noches desde que se le considera demasiado mayor para jugar con ella; durante el día reposa colgada del cabecero de la cama.

La noticia del armisticio en el Chicago Daily Tribune

Es el segundo domingo de noviembre. Él no lo sabe, pero ese domingo será un día histórico, porque las vísperas de los días históricos también se convierten en históricas: son siempre los últimos días de algo, y este 10 de noviembre de 1918 es el último día de una guerra que dura ya más de cuatro años en Europa, aunque Estados Unidos tan solo hace un año que se involucró en ella. El 10 de noviembre es la víspera del 11 de noviembre y el 11 de noviembre de 1018 se firmó el armisticio que puso fin a la Gran Guerra.
Lo que Bunny no puede imaginar en ese día lluvioso y triste, en esa víspera que es la víspera de muchas cosas, mientras su padre lee en el periódico noticias inquietantes "¿Qué es la gripe española?… ¿Es algo nuevo?… ¿Procede de España? [...] Pese a que la presente epidemia se llama “gripe española”, no hay razón alguna para pensar que se haya originado en España. Varios investigadores que han estudiado el asunto creen que la epidemia procede de Oriente"; lo que no imaginará a la mañana siguiente, cuando en el desayuno le anuncien el fin de la guerra, es que para su familia ha comenzado la peor etapa, la que determinará todo el resto de su infancia, la que recordará toda su vida. 
Bunny enferma la misma mañana del armisticio. En el plazo de un mes o poco más habrá enfermado toda la familia. Todos sobrevivirán a la enfermedad excepto la madre.
"Vinieron como golondrinas" está organizada en tres libros titulados respectivamente, Bunny, Robert y James. Ellos y el bebé recién nacido son los supervivientes de esta historia. Cada uno nos irá contando una parte de ese mes que transcurre entre noviembre y diciembre de 1918, un mes como otro cualquiera, un mes a partir del cual nada volverá a ser lo mismo. 

Enfermeras voluntarias 

En el primer libro, Bunny se nos muestra como lo que es, un niño para el que su madre es el centro de su vida. "Había cumplido ocho años el agosto pasado, pero aún parecía incapaz de valerse por sí mismo y volvía a ella una y otra vez, para que le tranquilizara [...] Si su madre no estaba, si estaba arriba en su cuarto, o abajo en la cocina, explicando a Sophie cómo tenía que hacer la comida, a Bunny le parecía que nada era real, ni estaba vivo". Su madre le defiende de Robert y le conforta ante la severidad de su padre. Le abraza, le mima y le rodea de calor y ternura. Mientras su padre lee noticias sobre la gripe, él oye estornudar a su madre y teme por ella.
El segundo libro está narrado por Robert. Ya tiene trece años y empieza a sentirse mayor. Su actitud hacia la familia es de un desapego un tanto altanero y autosuficiente. Se muestra desafecto, poco dado a efusiones cariñosas y, a la vez, se siente protector de los miembros que él percibe como más débiles en la familia: Bunny y su madre.
El lado más oscuro le toca al padre. Él cuenta los hechos a partir del fallecimiento de la madre, por lo que solo por él sabremos directamente los sentimientos que tal hecho produce en los miembros de la familia. Los sentimientos de esos otros personajes, los hijos, pero también las hermanas de Elizabeth, los sabremos indirectamente, por lo que ella significaba para ellos viva y por todo lo que les faltará con su ausencia.
"Vinieron como golondrinas" es una historia llena de cosas sencillas, de acontecimientos cotidianos, de recuerdos entrañables; es la sencillez de la vida que tiene que continuar a pesar de la complejidad y el dolor de algunos sucesos. Los juegos de un niño en un domingo lluvioso de otoño; la ansiedad de un adolescente ante el cierre del colegio y la prohibición de salir de casa por miedo al contagio; la perplejidad de un hombre que se encuentra solo ante responsabilidades familiares que, hasta ahora recaían sobre otros hombros. 
Es la cotidianidad de la vida que viene a ser interrumpida por otra cotidianidad de orden superior, porque ¿hay algo más cotidiano en el transcurrir de la existencia que la enfermedad y la muerte? Aunque a cada uno, en nuestra vida limitada y estrecha, nos parezcan hechos extraordinarios, son solo una parte más del complejo (y tan sencillo) ejercicio que es vivir. 
Y ante esos hechos, otra cotidianidad acontece: un hombre que se pregunta cómo podrá salir adelante, qué hacer con sus hijos ahora que su mujer no está, a qué tía o familiar encomendar su cuidado. 
Nunca sabemos el punto de vista de la madre. Tampoco sabemos, como ya se ha apuntado, lo que los niños sienten ante su muerte; ellos dejan de hablar antes, esa parte queda en manos de James porque tal vez es el más preparado para enfrentarse a ella. Tal vez el autor no quiso enfrentarse al hecho de volver a sentir todo aquello, de ponerse en el lugar del niño que era él cuando falleció su propia madre y prefirió ver los hechos más terribles desde otros ojos distintos de los propios, unos ojos con los que él no contempló la realidad tantos años atrás.
William Maxwell
William Maxwell trabajó como editor literario en la prestigiosa revista neoyorkina The New Yorker. Allí editó a muchos escritores que adquirirían gran fama, mucha más que él desde luego: John Updike, J.D. Salinger, Isaac Bashevish Singer, Vladimir Nabokov (por citar solo a los que he leído; hay otros que conozco solo de nombre). En 1980 consiguió uno de los premios más prestigiosos de Estados Unidos: el American Book Award, por su novela "Adiós, hasta mañana" que espero traer pronto a este blog.
Y, para terminar, quiero añadir una cita de otro autor que sufrió también las consecuencias de la mal llamada "gripe española". En este caso se trata de Anthony Burges, el autor de la novela "La naranja mecánica", quien en su libro autobiográfico de relatos "El pequeño Wilson y el gran Dios", relata este terrible suceso: "A principios de 1919 mi padre, aún no licenciado, llegó a Carisbrook Street en uno de sus permisos [...] y encontró muertas a mi madre y a mi hermana. [...] Por lo visto yo cloqueaba en la cuna mientras mi madre y mi hermana yacían muertas en una cama en la misma habitación". 

Esta novela entra además en el II reto "Nos gustan los clásicos" por estar publicada antes de 1990, concretamente, "Vinieron con las golondrinas" es de 1937.



viernes, 25 de mayo de 2018

Philip Roth, In memoriam

Philip Roth
Murió el 22 de mayo de 2018. Tenía 85 años. Era judío y pertenecía a una familia proveniente de Galitzia, una región que hoy se encuentra repartida entre Polonia y Ucrania. Era judío y provenía del este de Europa, pero era más estadounidense que el puente de Brooklyn. Sus novelas destilan amor por el país, un amor que se materializa en su despiadada e irónica crítica, en su afán por poner de manifiesto todo lo que le incomodaba de su país en un afán, tal vez, por contribuir a corregirlo.
De sus novelas no hay ninguna en mi blog; las nueve que he leído, lo fueron antes de tenerlo, pero ya me estaba llamando otra vez su literatura y, ahora que sé que ya no puedo esperar nada nuevo, me iré poniendo al día con lecturas y relecturas.
Sus historias analizan distintos aspectos de la realidad americana: el mito del paraíso americano, la obsesión con el comunismo, la gazmoñería y el papanatismo que puede padecer una parte de la sociedad, el peligro de lo políticamente correcto... y lo analizan con seriedad y con humor, porque tiene novelas realmente cómicas, en las que los acontecimientos son tan esperpénticos que llevan al ridículo de manera muy explícita los aspectos que quiere resaltar o criticar. Ni siquiera el judaísmo escapa a la acidez de su ironía.
Miro su foto y nunca sé si es la de Philip Roth o la de Nathan Zuckerman, el personaje más complejo, creo, de toda la literatura. Comenzó como un alter ego de un alter ego del autor y terminó por confundirse hasta tal punto con Philip Roth que no puedo dejar de imaginar a ambos con la misma cara.
Tenía los premios más prestigiosos a los que puede aspirar un escritor estadounidense. Dos veces, 1960 y 1995, el Premio Nacional de Literatura (National Book Award); tres veces, 1994, 2001 y 2007, el Premio Faulkner; el Premio Pulitzer en 1999. También se le concedió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2012.
Estuvo siempre en las listas de los posibles ganadores del Premio Nobel, pero no llegó a conseguirlo. Tal vez era poco internacional, quizás estaba demasiado apegado a lo estadounidense y sus peculiares características.
Philip Roth estaba ya a punto de aparecer en mi blog. Lo hará en breve (además de esta in memoriam que me hubiera gustado no escribir). Ahora, su muerte le da aún más sentido a un homenaje que yo no esperaba que fuera a serlo. Y lo siento, porque aunque morir con 85 años es pura ley de vida, hay personas que deberían tener una prórroga con la que seguir contribuyendo a hacer más felices nuestras vidas.
Sit tibi terra levis.

martes, 22 de mayo de 2018

"La reina de las nieves" Michael Cunningham

"A Barrett Meeks se le apareció una luz celestial sobre Central Park, cuatro días después de que, una vez más, hubiese salido malparado de sus amores. No era, ni mucho menos, la primera vez que le daban la patada, pero sí la primera que se lo comunicaban con un mensaje de texto de cinco líneas, cuya quinta frase era un deseo formal y demoledor de buena suerte para el futuro, seguido de tres xxx minúsculas".
Es noviembre de 2004 y Barrett ya se ha acostumbrado a la sucesión de novios y a que la historia termine siempre en ruptura. Ahora, como  ha perdido su apartamento y no tiene dinero para alquilar otro, se ha trasladado a vivir con su hermano Tyler y la novia de este, Beth, a su apartamento de la avenida Knickerbocker, en Bushwick, Brooklyn.
Es noviembre y es martes de elecciones. Un día cualquiera en el que Barrett ha salido a correr y después de desayunar irá a la tienda en la que trabaja. Un día de nieve en Nueva York como otro día cualquiera. Si no fuera porque la noche anterior vio una luz sobre Central Park. "Una pálida luz translúcida de color agua, una muestra de velo, por encima de las estrellas, no, por debajo de las estrellas, pero muy alta, por encima de una nave espacial que se cerniera sobre las copas de los árboles. Podría o no estar desplegándose, era más densa en el centro y dejaba una estela como de encaje y espirales en los bordes". Una luz que no sabe cómo explicar y de cuya existencia no se atreve a hablar con nadie. Una luz que lo ha mirado y lo ha elegido y después se apagó de repente tras convertirse en unas chispas azules y pálidas que temblaron un momento. 
Tyler despierta junto a Beth en un dormitorio nevado. La noche anterior se dejaron la ventana abierta. Tyler sueña con componer una canción perfecta para Beth, para regalársela el día de su boda; sueña con que Beth se cure, aunque la quimio no está surtiendo mucho efecto y, si bien no ha empeorado, tampoco ha mejorado; sueña con que Bush no gane las elecciones porque "No había armas de destrucción masiva. Y pese a todo los bombardeamos. Y, dicho sea de paso, ha destruido la economía. Ha despilfarrado cerca de un trillón de dólares. A Tyler le parece imposible que eso pueda no tener importancia" (casi catorce años después, nosotros sabemos que hay cosas que, aunque deberían tener importancia, no tienen más de la que se les da, y a algunas no se les da la que se merecen). 
Tyler y Barrett viven sus propios abandonos como pueden. Barrett busca un remedio a su soledad en la luz color agua, de la que espera que haya sido el anuncio de algún acontecimiento insólito o, cuando menos, agradable (aunque tal vez no sea exactamente el que él espera); Tyler busca en la cocaína el remedio a su miedo, el miedo a no dar jamás con la canción adecuada, el miedo a perder a Beth. 


Michael Cunningham

Pero hay más personajes que comparten con ellos sus miedos y su parálisis: Liz, la socia de Beth en la tienda en la que también trabaja Barrett, esconde secretos del pasado y persigue anhelos en el presente, y tiene un amante, Andrew, mucho más joven que ella y con el que pretende atrapar los últimos hilos de una juventud que se le escapa irremisiblemente a sus más de cincuenta años. Ella es introspectiva y reservada, él un tanto simple y amante de estímulos externos, pero es hermoso como un dios griego y también tiene atrapado a Barrett aunque "la devoción que Barrett siente por Andrew no incluye ni una sola insinuación de posibilidades reales. Adora a Andrew igual que se podría adorar a un Apolo de Fidias".
Tyler y Barrett esperan, esperan un milagro que salve a Beth, esperan poder mudarse a un apartamento mejor; Barrett espera el amor, Tyler el triunfo como músico. Esperan que se cumplan las promesas de su juventud cuando Barrett era un niño superdotado cuya inteligencia lo llevaría a Yale, a empezar un doctorado y abandonarlo y a encontrase ahora perdido trabajando en una tienda en la que aconseja sobre qué joyas comprar mientras dobla camisetas de diseño; cuando Tyler se mostraba como un virtuoso con grandes habilidades musicales que no le sirven para terminar de triunfar y poder, a sus cuarenta y tres años, dejar de tocar en un bar por la noche. 
La novela narra hechos puntuales a lo largo de cuatro años. Si empieza en noviembre de 2004 con las elecciones que desembocarán en la reelección de Bush, termina en noviembre de 2008, en las elecciones que ganará Obama, aunque ellos aún no lo saben:
"—Creo que saldrá Obama —dice Barrett—. Lo digo en serio.
Tyler mueve fatigado la cabeza.
—El país no está tan preparado para un presidente negro. Prepárate para McCain. Hazte a la idea de tener a Palin de vicepresidenta.
—Creo que el país está preparado para alguien que arregle la economía y tal vez…, no sé, deje de matar a un tercio de la población mundial —dice Barrett.
—Eres un soñador. Es tu mayor virtud. Aunque también resulte ligeramente irritante".
Para entonces han cambiado algunas cosas, pero no sabremos de esos cambios más que por referencias. Entre ambas elecciones, asistiremos a una fiesta de noche vieja, la de 2005, en la que Barrett cree que la luz color agua ha obrado su milagro y sufrirá una decepción, si no amorosa, al menos sí erótica; y asistiremos a un viaje nocturno en el Ferry a Staten Island que será el primero de muchos para Barrett.


Vista de Manhattan desde el transbordador a Staten Island (Julio 2009)
En noviembre de 2008, muchas cosas habrán cambiado, algunas para bien y otras para mal, pero Barrett se siente burlado y estafado y viaja a Staten Island porque hay un ojo en el agua; un ojo que lo observa y que, a diferencia de la luz color agua, él nunca lo ha visto, pero sabe que el ojo lo ve a él. Tal vez pretende que el ojo haga el milagro que la luz no hizo y esta vez no se lo contará a nadie, porque puede que el haber contado lo de la luz gafara el prodigio y la luz no actuara. Ahora dejará actuar al ojo que lo ve desde el agua y seguirá esperando un milagro, un milagro que lo libre de la broma cósmica en que se siente atrapado desde que su madre fue fulminada por un rayo mientras jugaba al golf y los dejó huérfanos porque "Tyler y él no solo son huérfanos, son parte de una broma horrible, lo han sido desde niños; son súbditos de un dios que parece preferir los chistes a la purificadora emoción de la ira". Y todos preferimos la ira a que se burlen de nosotros.
"La reina de las nieves" es una novela hermosa, escrita con la hermosas palabras y frases propias del autor. Una novela de quietud, donde parece que lo que sucede, pasa sin intervención de sus protagonistas. Esperan, se dejan arrastrar por el tiempo y adquieren lo que les llega con resignación o, tal vez, con humildad. Aunque sigan esperando el milagro, aunque llegue, incluso, no parece que ellos hagan nada por merecerlo o por atraerlo. 
"La reina de las nieves" es una novela de quietud y silencio y si algo faltaba para envolvernos en esa sensación, ahí está Nueva York cubierta de nieve donde todo es paz blanca, inacción estoica, espera resignada, pero donde todo parece preparado para los milagros. Ahora que me acuerdo ¿no es en un invierno nevado en pleno Central Park donde se nos aparece por primera vez Jennie en la maravillosa película de William Dieterle "Retrato de Jennie"? Lo dicho: todo preparado para un milagro.
"Retrato de Jennie" William Dieterle (1948)

Conocí a Michael Cunningham cuando se estrenó la película "Las horas". Supe entonces de la novela en que se basaba y no tardé en hacerme con ella para descubrir a otro de mis autores favoritos. "Las horas" fue Premio Pulitzer en 1999 (cuántas alegrías me han dado los premios Pulitzer). Después leí  "De carne y hueso" y "Cuando cae la noche" y ambas me parecieron muy buenas. En las cuatro que he leído está presente la especial sensibilidad del autor, tanto en su manera de escribir, como en las historias que cuenta y todo ello hace que me atrape sin remedio y que esté deseando volver a leerlo.



sábado, 19 de mayo de 2018

Philip Kerr, In memoriam

Philip Kerr

Empiezo a leer la undécima entrega de Bernie Gunther y empiezo a indagar en los distintos momentos en que están ambientadas las novelas de la serie. Quiero saber si esta, en la que Bernie trabaja de conserje en un hotel de la Riviera Francesa y está ambientada en 1956, es la que transcurre en época más reciente. El asunto es que la serie da saltos en el tiempo hacia adelante y hacia atrás que hacen que me entre la duda. Para ello voy al blog de Alice Silver, "Mis detectives favoritos". Es un blog que sigo desde antes de saber qué era un blog, desde antes de saber que aquello que yo consultaba a menudo era un blog. Me imagino que todos los que amáis la novela negra y policíaca y las series de detectives, policías, abogados investigadores y demás, conocéis de sobra este blog. Es la guía ideal para saberlo todo acerca de las series policíacas y negras.
Pues lo dicho, empiezo a consultar "Mis detectives favoritos" y, cuando habla del autor, me encuentro con una frase que me deja triste y sorprendida: "Ha fallecido en marzo de 2018 de cáncer, con 62 años recién cumplidos". Exactamente, el 23 de marzo.
De ahí  mi retraso en publicar este In memoriam. He tardado dos meses en enterarme.
Conocí a Philip Kerr hace ya varios años. En la tertulia del instituto, alguien habló de una trilogía policíaca muy buena ambientada alrededor de la Segunda Guerra Mundial: "Berlín negro". Para entonces, 2010, la "trilogía" llevaba ya publicadas seis entregas y estaba a punto de salir la séptima.
Poco a poco, las he ido leyendo todas y he de decir que su interés está fuera de toda duda. 
Recrean hechos históricos más que interesantes acaecidos al calor de la Segunda Guerra Mundial, y que acontecen antes, durante o después de dicha guerra: el auge de los nazis y el fin de la República de Weimar, la masacre del bosque de Katyn, el asesinato en Praga de Reinhard Heydrich, la huida de criminales de guerra a Sudamérica, las crueldades de la Ustacha croata sobre los serbios, tan bestiales que tenían asqueados a los propios nazis...
Hay otras dos entregas escritas que aún no están publicadas en español, aunque la duodécima lo será en junio. No creo que la decimotercera tarde demasiado.

Portadas de la trilogía original de "Berlín negro"

Philip Kerr es autor también de una trilogía, esta sí de tres entregas (puede que no le haya dado tiempo a escribir más), protagonizada por un entrenador de fútbol, Scott Manson, que al parecer resuelve también crímenes. Digo "al parecer" porque no he leído ninguna de estas novelas. Mi escaso interés por el fútbol me disuade de hacerlo. Aunque...
Tiene además novelas que nada tienen que ver con estas series. La más conocida es "Una investigación filosófica" donde se mete en un mundo futurista de ciencia ficción. Tampoco la he leído. 
Ha escrito una serie de libros juveniles "Los hijos de la lámpara". Obvio es decir que tampoco la he leído. La literatura juvenil tampoco me atrae.
Philip Kerr, contra lo que yo creía al principio, es escocés nacido en Edimburgo. Con un conocimiento tan profundo de la historia alemana, lo hacía más bien de esa nacionalidad, pero se ve que no hace falta ser alemán para interesarse por la historia de un pueblo que ha alcanzado las más excelsas manifestaciones de cultura, arte y sensibilidad y las más altas cotas de barbarie, crueldad y genocidio en serie y programado. Tal vez él quiso también entender y, en vez de limitarse a leer, como hago yo, decidió escribir.
Sus aportaciones a mi pobre (aunque cada vez menos) entendimiento de los hechos, son grandes e impagables.
Leeré las dos novelas que quedan de Bernie Gunther y recordaré a Philip Kerr, otro autor que nos dejó demasiado pronto, aunque con una obra extensa y muy importante, al menos dentro del género negro que es lo que le he leído.
Sit tibi terra levis.


miércoles, 16 de mayo de 2018

"El revés de la trama" Graham Greene

Llegué a esta novela de manera inesperada. A raíz de la lectura, para la tertulia del instituto, de "Americanah", de Chimamanda Ngozi Adichie, llamó la atención que uno de los personajes  recomendaba siempre a su hijo la lectura de "El revés de la trama" de Graham Greene. Como unas lecturas llevan a otras, se pensó que no estaría mal leer esta novela. 
Conocía al autor de otros cinco libros de los que recuerdo sobre todo "El tercer hombre". Y lo recuerdo especialmente porque, además de la mítica película de Carol Reed de 1949, fue lo último que leí de Greene. Hasta ahora.
No obstante, hacía ya bastantes años que no volvía sobre el autor por lo que "El revés de la trama", del que además no conocía ni el título, me ha vuelto a sorprender como si fuera la primera vez; como aquel "Nuestro hombre en la Habana" que leí hace dieciocho años y me fascinó por su originalidad, su sentido del humor (todo él es como una broma) y el ambiente que rodea la historia.
Y es que Greene es un autor de ambientes. Si en "Nuestro hombre en la Habana" nos introduce en la Habana de Batista, con sus casinos, su mafia, la corrupción del gobierno, la prostitución (lo que, en una palabra, dio en llamarse el prostíbulo de Estados Unidos y que daría lugar poco después a la revolución castrista), en "El revés de la trama" nos asfixia en una colonia británica del África Atlántica, un país que no se menciona, pero que bien podría ser Nigeria (hay varias alusiones a Lagos). Y digo nos asfixia porque entre el calor y el sol implacables mientras esperamos que vengan las lluvias, y el lodazal y la atmósfera húmeda que todo lo ensopa un día sí y otro también en la estación húmeda, el ambiente físico que rodea la novela nos oprime y nos satura y se convierte en una amenaza real a la que se suman los accesos de fiebre que sufren algunos de los personajes. La aldea, el puerto, el calor, la lluvia, el sudor, la fiebre, la malaria se convierten en personajes que juegan su papel en la trama y en su revés. 
Scobie es un policía que trabaja en la colonia. Sobre él corren toda clase de rumores, aunque todos son falsos. Se dice que se acuesta con las negras de la ciudad. "Quizá yo también me acostaría con las negras, si tuviera una mujer como ésa"; que está pagado por los sirios... 
"—¿Los sirios?
—Esta es la verdadera torre de Babel- dijo Harris-; hay hindúes del este, sudafricanos, hindúes verdaderos, sirios, ingleses, escoceses en la Oficina de Obras Públicas. Curas irlandeses, curas franceses, curas alsacianos.
—¿Qué hacen los sirios?
—Se enriquecen. Son dueños de todos los almacenes del interior, y de casi todos los de la costa. Hacen pasar diamantes de contrabando, además".
Lo cierto es que Scobie nunca le ha sido infiel a su mujer y jamás ha aceptado un soborno. Al menos al inicio de la novela. 
Scobie es un personaje peculiar y tal vez eso es lo que atrae hacia él todo tipo de sospechas. Está a gusto en la colonia. No quiere irse a ningún otro sitio. Valora la capacidad del lugar para mostrar la naturaleza humana sin tapujos; allí nadie pretende estar en un paraíso y, de hecho, la mayoría de los funcionarios y sus familias preferirían estar en otro sitio, pero él ama aquello precisamente porque allí se manifiestan todas las lacras de la sociedad que en otros lugares se ocultan con una pátina de civilización. Allí uno "podía amar a los seres humanos como los amaba Dios".
Scobie ama a Luisa, su mujer, al menos la ama a su manera, al menos con ese sentimiento le miente o le camufla la verdad (no cree que la verdad sea oportuna si hace sufrir a la gente), porque lo cierto es que añora la libertad que tendría de estar solo. Luisa aspira a que su marido sea nombrado comisario y cuando sus esperanzas se frustran, la vida en la colonia se le hace insoportable y quiere marchar a Sudáfrica. Confiaba en que la nueva situación del marido le granjearía una posición, fiestas, amigos, pero desechado el nombramiento (que será para alguien más joven) se ve irremediablemente atrapada en una situación de soledad y desvalimiento que es mayor aún al haber muerto su única hija unos años antes. 
Graham Greene
Scobie no soporta verla sufrir, pero además la tentación de verse libre de ella, en paz, es demasiado tentadora, porque si ella no tiene nada, él lo tiene todo excepto paz. 
Para evitar que ella padezca y conseguir él la ansiada paz, aceptará lo que nunca pensó que llegara a aceptar porque de alguna manera tiene que conseguir el dinero para el viaje de Luisa a Sudáfrica. Si a la mayoría les corrompe la riqueza, a él le corrompen los sentimientos. "Los sentimientos eran más peligrosos, porque no tenían precio. En un hombre sobornable se puede confiar hasta el límite de cierta suma de dinero; pero el sentimiento podía entregarse entero ante un simple nombre, una fotografía, aun el recuerdo de un olor".
Caerá en la corrupción (una corrupción que en principio no parece tal) y caerá en el adulterio. Se debatirá con su conciencia entre lo que le exigen el deber y su naturaleza honrada, y lo que le reclama su necesidad de que los seres a los que aprecia no sufran.
"El revés de la trama" es una novela de dicotomías. La historia se debate entre el deber y los deseos, entre la fidelidad a la esposa y la pasión por la amante, entre la honradez innata y la caída en el mundo de la mentira.
Y todo ello se verá complicado con la cuestión religiosa, porque Grahan Greene, que se definió a sí mismo como católico agnóstico (se convirtió al catolicismo en 1927 por amor a una mujer), practicaba una religión sui generis, pero religión al fin y al cabo. Esa religión tan personal del autor la he encontrado en un artículo de el diario "El País" de 1989. Allí se cita su siguiente declaración: "Nunca he creído en el infierno. Creo que es contradictorio. Dicen que Dios es piedad... así que es contradictorio. Creo que puede que haya nulidad. No creo en el infierno, y el purgatorio puede ocurrir en esta vida, no en una vida futura". De ese artículo son además estas palabras del periodista que materializan la contradicción: "Escucha misa cada domingo, y siempre que es posible la oficiada en latín por su amigo español Leopoldo Durán, quien le confiesa, "aunque no tengo mucho que confesar a los 85 años", y de quien recibe la comunión "porque le satisface a él". Greene estima que la comunión es una conmemoración de la Última Cena, que no debe considerarse literalmente como el recibir el cuerpo de Cristo".
A tenor de esta vida religiosa, curiosamente alejada de la ortodoxia (en la teoría más que en la práctica) y en todo caso de tintes contradictorios, no es de extrañar que los temas religiosos sean constantes en su obra. Los tormentos de la conciencia ante los que se ve Scobie le llevan a renunciar a la esperanza de la salvación eterna, lo que para él representa la mayor muestra de generosidad que se puede pedir a un personaje, porque él se condena para evitar males mayores, males que no serían para él sino para otras personas. "Uno debería buscar la salvación de su alma, cueste lo que cueste a los demás; y eso es lo que no puedo hacer, lo que nunca podré hacer".
Graham Greene fue otro de esos autores a loa que siempre se espera que lesconcedan el Premio Nobel, pero nunca lo consiguió. Tal vez su religiosidad (como católico) o la temática de sus novelas, siempre encuadradas dentro del género negro, lo impidieron. Yo opino que por complejidad y calidad, lo hubiera merecido más que otros muchos que sí lo han logrado.
Termino con unas palabras de Vila Matas que ponen de manifiesto esas contradicciones que el autor adjudica a su personaje y que son reflejo de las que padecía él mismo: "Graham Greene, como buen católico, se excitaba en los prostíbulos más espesos. A uno de ellos, en París, llevó a su nueva amante Yvonne. La dejó en la barra frente a una copa y él se adentró en el laberinto abrazado a una prostituta. Su amante era una mujer casada a la que había rescatado de un marido ejecutivo en la selva del Camerún, una francesa ordenada, con cada pasión en su sitio, pero después de aquella aventura comenzó a pensar que el alma de Graham era más oscura de lo que aparentaba su diseño de apacible burgués. Se enamoró de aquel hombre hasta el fondo donde nadan los peces negros que nunca ven la luz".


Esta novela entra además en el II reto "Nos gustan los clásicos" por estar publicada antes de 1990, concretamente, "El revés de la trama" es de 1948.



domingo, 13 de mayo de 2018

"Años de sequía" Jane Harper

"Ese verano, la sequía había tratado a las moscas a cuerpo de rey. Se lanzaban en busca de los ojos abiertos y las heridas viscosas en cuanto los granjeros de Kiewarra apuntaban con los rifles a sus famélicas reses. Sin lluvia, no había comida. Sin comida, había que tomar decisiones difíciles mientras el pueblo centelleaba un día tras otro bajo el cielo ardiente y despejado".
En la granja de los Hadler las moscardas no distinguían entre los restos de animales y los de seres humanos, y un buen día de febrero, en pleno verano austral, se encontraron con tres cadáveres frescos de los que alimentarse: Luke había matado a Karen, su mujer, y a su hijo de seis años, Billy, y luego se había volado la cabeza en la caja de su furgoneta, a pocos kilómetros de la casa. Solo se salvó Charlotte, la pequeña de la familia de tan solo trece meses.
Los hechos conmocionaron a los habitantes de Kiewarra, en el sur de Australia, unos habitantes conmocionados ya por la sequía que llevaba años secando la tierra, el ganado y los ahorros de las familias. 
Los hechos obligaron a Aaron Falk a volver a Kiewarra para asistir al entierro de su mejor amigo y de su familia. Vuelve para pasar una  noche, asistir al funeral y escapar de nuevo hacia Melbourne como ya escapó una vez, con diecisiete años, siguiendo a su padre cuando la vida en la ciudad se les volvió a los dos insoportable. Desde entonces han pasado veinte años, su padre ha muerto, él es un policía dedicado a investigar asuntos financieros y nunca ha regresado a la ciudad. 
Han pasado "veinte años, pero Falk reconoció al padre de Luke de inmediato. Gerry Hadler tenía el rostro gris y los ojos hundidos". Gerry Hadler y Barb, los padres de Luke, le harán una petición a la que no podrá negarse porque Luke era su mejor amigo y porque en su casa, con sus padres, Aaron encontró el hogar que siempre le faltó, el que su padre, a pesar de su empeño, no supo crear para él tras morir la madre en el postparto, tan solo una hora después de que él naciera. "Toda la ternura maternal que Falk había recibido de pequeño, todas las tartas recién salidas del horno, todos los abrazos perfumados, los había recibido de Barb Hadler".
No podrá negarse a la petición de que investigue las muertes, porque Gerry y Barb no pueden creer que su hijo haya sido capaz de matar a su familia, porque además hay aspectos que no encajan, porque él mismo es incapaz de creer unos hechos tan espantosos. Porque Luke no era así... aunque ¿cómo era Luke en realidad?
Su estancia en la ciudad le pondrá también ante sus recuerdos, los más dolorosos, los que, de golpe, cuando tienes diecisiete años, te meten en la edad adulta y te expulsan del paraíso de tus ilusiones y hasta del lugar en el que has pasado lo mejor de tu vida.
Hace veinte años, su amiga Ellie apareció ahogada en el río. "Ellie, Luke y él pasaban más tiempo en casa de los Hadler que en cualquier otra". Si la madre de Aaron murió tras el parto, la de Ellie huyó de casa y de los malos tratos del marido, dejando a la niña con un padre que jamás se preocupó de sus verdaderas necesidades. Cuando Ellie aparece muerta, las sospechas se disparan y suceden cosas que, años después, a raíz de la muerte de Luke y su familia, instalarán más dudas, traerán a la memoria de ciertas personas aquellos hechos y todos nos preguntaremos si no habrá entre ellos más relación de la que se podría suponer.
Aaron empezará a investigar ayudado por el sargento Raco, un policía tan forastero casi como él mismo en Kiewarra. Los días irán pasando y se verá metido en una historia de la que no puede escapar. Retomará viejas amistades, entablará otras nuevas, exacerbará viejos rencores, despertará ansias de venganza, descubrirá que las cosas no son exactamente como se recuerdan y terminará descubriendo todo el estúpido horror que a veces causa sus más recónditos recuerdos y pesadillas.


Jane Harper

"Años de sequía" es una opera prima que, por serlo, tiene un valor añadido. Está muy bien escrita, con frases tan rotundas como hermosas; la trama es interesante y atrapa desde el principio; la relación que se va estableciendo entre los hechos del pasado y los actuales está muy bien hilada; el pasado se vuelve presente por la forma de narrarlo, y  el empleo de letra cursiva, en esos casos, ayuda a no perderse (tampoco nos perderíamos teniendo en cuenta el contexto, pero así resulta más fácil); el ambiente árido y asfixiante del sur de Australia maltratado por esos "años de sequía" se hace omnipresente y casi sentimos el sudor rodar por nuestra espalda y el polvo embarrarse en cada una de nuestras arrugas...
Pero... sí, también hay peros, aunque no demasiado importantes, no hasta el punto de molestar y hacer tentadora la idea de abandonar. Algunos diálogos me han resultado un tanto increíbles y/o forzados. El final, tal vez queda un poco por debajo de las expectativas creadas. Desde luego, sorprender, sorprende, pero ya estoy muy mayor como para que en un final policíaco aspire únicamente a que me sorprendan. También pretendo que me emocionen con su calidad. No es el caso, aunque eso solo está a la altura de los más grandes. Pero al menos pido que ese final esté a la altura de la calidad que ha predominado a lo largo de la novela. Creo, como he dicho, que se queda por debajo. Pero eso también sucede en "Perdidos" y "Twin Peaks" y siguen siendo iconos en el mundo de las series.
Será interesante ver por dónde tira la autora, aunque me temo que en eso no nos sorprenda y Aarón Falk termine siendo el protagonista de una serie ambientada, esta vez, en el sur de Australia. De momento, "Años de sequía" es una novela muy recomendable, si tenemos en cuenta que es obra de una autora novel a la que se le deben perdonar sus (pequeños, desde luego) fallos. A la que, de hecho, se le han perdonado, pues su novela ha sido un rotundo éxito de ventas y críticas tanto en Australia como en Estados Unidos y ya ha recibido algunos premios, entre ellos el Gold Dagger 2017 que entrega en Reino Unido la Crime Writers' Association.

*Esta novela la he leído como recomendación de Nynia Nitha del blog "Libro olvidado". Dicha recomendación me llegó a través de el Reto Serendipia Recomienda 2018. Esta es la primera novela que leo de las tres que supone el reto. Si queréis saber cuáles serán las otras dos podéis verlo en esta entrada de mi blog.



jueves, 10 de mayo de 2018

"1Q84" Haruki Murakami

"1Q84; libros 1 y 2". Haruki Murakami.
Cuando Aomame intenta evitar un atasco en la Ruta 3 de la autopista metropolitana a fin de llegar a tiempo a una cita, lo hace bajando por las escaleras de evacuación para emergencias tras abandonar el taxi en el que viajaba. A partir de ese momento, poco a poco, de manera sutil pero inequívoca, se dará cuenta de que ha entrado en un mundo extraño, un mundo que no es el habitual en el que está acostumbrada a moverse. 
Aunque las cosas ya se habían puesto raras en el taxi cuando se sorprendió a sí misma al reconocer en la radio la Sinfonietta de Janáček, una obra compuesta en 1926, una obra que no es el tipo de música que cualquiera reconoce y menos ella a quien la música clásica nunca ha gustado especialmente. Raras fueron también las palabras con las que la despidió el taxista tras recomendarle aquella extraña y no permitida vía de escape: "«Cuando se hace algo así, el paisaje cotidiano tal vez parezca un poco diferente al de siempre. A mi me ha pasado. Pero no se deje engañar por las apariencias. Realidad no hay más que una»".
Aomame continúa con su vida, continúa asesinando por encargo, continúa trabajando en el gimnasio y en las casas particulares en las que hace de entrenadora personal, pero empieza a darse cuenta de que el mundo ha cambiado, ya no está en 1984, al menos en el 1984 que ella reconocía como tal hasta entonces, y para distinguir este mundo nuevo y extraño del que ha habitado hasta hace muy poco, lo llama 1Q84. "«Me guste o no, ahora me encuentro en "1Q84". El año 1984 que yo conocía ya no existe. Esto es 1Q84»".
Para Tengo el mundo está a punto de cambiar, aunque él no lo sabe. Lo hará en cuanto acepte reescribir "La crisálida de aire", una novela escrita por Fukaeri, una joven estudiante de diecisiete años. La novela es sorprendente en su originalidad y por la historia que cuenta, pero el estilo es algo "tosco y [...] el vocabulario resulta infantil"
Tengo da clases de matemáticas dos veces por semana en una academia. El resto del tiempo escribe y presenta novelas a distintos concursos. Además lee libros para la editorial de Komatsu. Cuando este le propone retocar de cabo a rabo la novela de la joven Fukaeri para que pueda ganar un concurso, Tengo no lo tiene muy claro, pero ante la insistencia de Komatsu, termina por aceptar.
Los capítulos se van alternando para contar las historias de Aomame y Tengo. Los impares nos hablan de Aomame y los pares, de Tengo. Sabremos del pasado de ambos jóvenes y de las similitudes que los enlazan; sabremos de su dura infancia  de niños solitarios, en ambientes cerrados cada uno a su manera, con padres poco comprensivos y una tristeza que debería estar exiliada de cualquier infancia.  Esa infancia a la que ambos renunciaron, contra la que ambos se rebelaron antes siquiera de poder abandonarla.
Pero algo más, aparte de las similitudes de la infancia, va enlazando las vidas de Aomame y Tengo, y nos veremos envueltos en el mundo mágico de "La crisálida de aire" con la que Fukaeri ha querido representar algo real: "Vanguardia", el mundo en el que vivió hasta los diez años (también ella una niña que se ve obligada a renegar de su ambiente infantil), una especie de comuna o secta fundada por su padre en las montañas. Ese mundo y las experiencias que allí vivió es lo que ha querido contar con su novela "La crisálida de aire", la misma que Tengo reescribe y modifica en la forma, pero respetando el contenido. 
Ese mundo de la novela de Fukaeri es el que se materializa en 1Q84 de Aomame y en lo que Tengo terminará por llamar "el pueblo de los gatos". Un mundo con dos lunas (¿mather y daughter?); un mundo en el que de las bocas de cadáveres de cabras o humanos salen personajes pequeñitos que constituyen la Little People (o lítel pípol según quien y cómo lo cuente); personajes capaces de tejer, con hilos que sacan del aire, capullos en los que crece la dóter (daugther) que podrá sustituir a la móder (mother) o, más bien, transmitirle los mensajes de la Little People. "Fue mi hija quien guió hasta aquí a la Little People al principio. Entonces ella tenía diez años. Ahora tiene diecisiete. Ellos surgieron de la oscuridad en cierto momento y a través de ella vinieron hasta aquí, y yo me convertí en su apoderado. Mi hija es perceiver, o sea, quien percibe, y yo, receiver, quien recibe".
Un mundo que se ve amenazado cuando Tengo reescribe la novela de Fukaeri y esta se publica y tiene enorme éxito, porque entonces se corta el canal de comunicación de la Little People con el líder de Vanguardia. 
Sí ya sé que parece una locura, pero esa locura nos va atrayendo hacia ella con una fuerza irresistible a la que no podemos sustraernos, quedamos atrapados en los hilos que teje la lítel pípol y nos convertimos en esa crisálida que espera paciente a que ante sus ojos se vayan desvelando los misterios, vayan encajando las piezas, se forme un puzzle en el que quede, por fin, una imagen clara y completa. 
Así es que, cuando terminamos el primer volumen, el de los libros 1 y 2 con sus 744 páginas, no tardamos demasiado en abrir el segundo y enfrentarnos, ilusionados y expectantes, al libro 3 y sus más de cuatrocientas páginas.


**************

"1Q84; libro 3". Haruki Murakami.
En este tercer libro, aparece un nuevo personaje que protagoniza toda una serie de capítulos: Ushikawa. Ushikawa ya había aparecido en el volumen anterior pero con mucha menos trascendencia. Ahora él también se irá alternando con Tengo y Aomame y nos contará, desde fuera, cómo va viendo él la historia. Aunque no tan desde fuera, porque también él se ve atrapado en un mundo de dos lunas y terminará por caer atrapado en los enredos de la lítel pípol.
Este libro empieza justo donde terminó el segundo. Aomame se esconde en un piso que le proporciona la mujer que le hace los encargos "«he asesinado a varios hombres con estas manos, unos fanáticos me siguen el rastro y me escondo en un refugio. Es normal que esté nerviosa y tenga miedo. Mis manos todavía recuerdan la sensación de haber matado. Tal vez nunca vuelva a dormir una noche en paz. Quizá sea la carga que debo soportar, el precio que debo pagar»"; Fukaeri se esconde en el piso de Tengo; Tengo cuida a su padre moribundo en una residencia de la costa; Ushikawa los vigila a todos aunque no sabe muy bien por qué, pero sospecha que uno le llevará a la otra y la otra tiene la solución de lo que él busca. 
Ushikawa, contratado por la gente de Vanguardia, ha leído "La crisálida de aire", una novela que le ha parecido inocente y fantástica, con una cabra muerta de cuya boca sale la Little People, lunas duplicadas, una mother y una daughter que se forma en el interior de una crisálida tejida con hilos de aire... "¿En qué páginas se ocultaba la información que podía causar problemas a Vanguardia si se descubriera? Sin embargo, los de la organización, al menos en cierto momento, parecían decididos a impedir que esa información trascendiera".
Acompañados ahora por la visión y las pesquisas de Ushikawa, seguiremos las vicisitudes de Aomame y Tengo, seguiremos asistiendo a su historia, a sus coincidencia, sospechamos que no del todo casuales. Tal vez ya se habían cruzado antes, en el mundo real; tal vez estaban destinados a encontrase en 1Q84 o tal vez estaban destinados a ignorarse para siempre; tal vez juntos puedan regresar a 1984, si es que el camino que cruza de uno a otro mundo es un camino de doble sentido; o tal vez crucen separados. Tal vez... Yo sé las respuestas, pero no las voy a desvelar, por supuesto, que luego hay quien me acusa de destripar los argumentos con mis reseñas. Quién quiera descubrir esta original historia, tendrá que hacer el esfuerzo y enfrentarse a sus más de mil páginas. 

Haruki Murakami

No soy muy de novela fantástica, pero esta me atrapó desde el principio; no soy muy de literatura japonesa, pero Haruki Murakami consigue siempre llevarme a su terreno y allí me convence de lo que quiere. No lo he leído mucho porque siempre me da pereza abordarlo, pero cada vez que me decido, me arrepiento de no haber caído antes en su trampa envolvente... y la siguiente novela se hace de nuevo esperar hasta que la curiosidad siempre latente por el autor vence a mi pereza.
"1Q84" es una novela en la que todo se mezcla: lo vivido y lo soñado; un mundo real y un mundo más allá de lo concebible; lo que entendemos y lo que tan solo intuimos. Y se mezclan, desde luego, los géneros: tenemos thriller, terror, fantasía, amor...; y se mezclan las influencias: por supuesto George Orwell y su "1984", pero también Kafka, la Alicia de Lewis Carroll, Chéjov, los hermanos Grimm y su Blancanieves...
Salgo de la lectura de esta novela, con todo un mundo en mi cabeza: un mundo en el que "de la boca de una cabra muerta salía la Little People, que fabricaba la crisálida de aire; la protagonista se desdoblaba en mother y daughter, y aparecían dos lunas", un mundo que ya forma parte de mis mundos literarios más queridos, un mundo...
¿Cómo pude tener este mundo encerrado y olvidado tantos años en mi estantería de pendientes?



lunes, 7 de mayo de 2018

"Lampedusa" Maylis de Kerangal

"Una cocina, de noche. La única lámpara encendida forma sobre el mantel un cono de luz dorada materializado por las partículas en suspensión; una vez apagada la bombilla, dudo siempre que hayan existido. [...] La radio difunde a bajo volumen una red sonora que murmura en el espacio, [...] Muy pronto surge un nombre: Lampedusa"
Llegas a casa una madrugada. Todos duermen. Te sientas en la cocina y preparas un café mientras escuchas la radio y una noticia te golpea y vuelve más amargo el sabor del café que empieza a arderte en la garganta. Una palabra, una noticia: naufragio, Libia, emigrantes, muertos, trescientos muertos, muchos muertos, demasiados muertos: Lampedusa. Es la mañana del 3 de octubre de 2013. Los muertos declarados serían finalmente 366, pero nadie sabe cuantas personas viajaban en el barco, por lo que a ese número de muertos y a unos 166 que sobrevivieron, se debe añadir un número indeterminado de desaparecidos.
"Lampedusa" no es una novela; "Lampedusa" es la historia de un cataclismo que le cambió a la autora el concepto de una palabra y rompió para siempre el aura mítica que la rodeaba. Lampedusa es una palabra con una historia que empezó siendo pura literatura, puro cine.
La historia de la palabra Lampedusa es similar para ella y para mí. Primero fue el apellido del autor de una novela en la que estaba basada una película. No sé si ella leyó antes la novela o vio primero la película. Yo empecé por la película, pero tanto a ella como a mí, ante el título de "El Gatopardo", lo primero que nos viene a la memoria es la cara de un Burt Lancaster maduro (aunque todavía muy atractivo), tal vez más envejecido de lo que correspondía a sus cincuenta años para representar la decadencia de Don Fabrizio, príncipe de Salina; el Príncipe Fabrizio Salina, inspirado en el bisabuelo del autor de la historia, Giulio IV de Lampedusa. 
Giuseppe Tomasi di Lampedusa escribió esta novela a mediados del siglo XX y en ella se remonta a la época de la unificación de Italia y a lo que el Príncipe de Salina ve como el fin de los privilegios nobiliarios ante una burguesía inculta, pero con dinero, que viene empujando sin piedad para enterrar una época. Y es que, aunque el príncipe quiera cambiar algo para que todo quede como está, todo cambia demasiado y al final nada es como era en un principio.
Para la autora y para mí, durante muchos años, Lampedusa tenía reminiscencias de cine y literatura; era el apellido de un autor que había escrito una maravillosa novela en la que se había basado una maravillosa película; una película con la que Luchino Visconti nos mostró la cara del personaje que emite su canto de cisne en la historia que narra el final de toda una época. Más tarde, cuando el nombre empezó a sonar en los informativos como destino de inmigrantes llegados de diversos puntos del Mediterráneo, supimos que Lampedusa era una isla y que de esa isla había salido el autor de la novela y que Salina no es otra cosa que Lampedusa. 
La mañana del 3 de octubre de 2013, para la autora, se desplomó el concepto de Lampedusa; "la toponimia insular no había recubierto aún el nombre de ficción que había acabado sedimentándose en mí –ese nombre de leyenda, ese nombre de cine–, pero esta mañana, mañana del 3 de octubre de 2013, se ha vuelto como un guante, Lampedusa concentra por sí solo la vergüenza y la rebeldía, la pena, designa ya un estado del mundo, un relato totalmente distinto".
Pero la noche reflexiva de la autora va mucho más allá de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Luchino Visconti y "El Gatopardo", porque como las cerezas van saliendo del cesto una enganchada a la otra, las ideas de la autora se enganchan y se suceden y Burt Lancaster la lleva a otra película, película que también recuerdo: "El nadador", rodada cinco años después de "El Gatopardo", pero con un Burt Lancaster más joven, más atlético, aunque ya en el comienzo de su decadencia (definitivamente, lo envejecieron, y no poco, para dar vida al Príncipe Salina).


Burt Lancaster en "El gatopardo" (Luchino Visconti, 1963) y
"El nadador" (Frank Perry, 1968)

Burt Lancaster, ahora en el papel de Ned Merrill, saltando de piscina en piscina, de mansión en mansión en el verano de Massachusetts para llegar a su propia casa. Igual que ahora los inmigrantes saltan de isla en isla, de país en país, pero para huir de su casa, para huir de una patria que les es hostil por la miseria, por la guerra, por la persecución... 
El Príncipe Salina y Ned Merrill son para la autora en su noche reflexiva "el anverso y el reverso de un mismo hombre. [...] personifican el ornato y la desnudez, lo terrenal y lo soñado, la tierra y el agua, lo continuo y lo discontinuo, el tiempo y el instante, comparten ese mismo esplendor del cuerpo que poco a poco decae a lo largo de la película, una misma soledad fría bajo un sol de justicia, una misma sensación de envejecimiento y de vacío ante el espectáculo de una sociedad opulenta, cerrada, egoísta –cenas y bailes, cócteles-fiestas desmesurados–, esa misma insondable tristeza"
Y sigue sacando cerezas y recuerda nombres, de lugares y de personajes, y recuerda atravesar Siberia en abril, el tren agarrándose a los raíles de hierro salvándose así del barro viscoso y atrapante del deshielo, leyendo "Los trazos de la canción" de Bruce Chatwin, y asumiendo el relato oral de un pueblo tan antiguo que se pierde en la memoria: las songlines transmitidas de generación en generación por los aborígenes australianos, cada clan las suyas propias grabadas a fuego en su identidad más primigenia, cada clan sus propias songlines: ¿marcaría eso diferencias insalvables que los llevarían a la rivalidad, el desprecio, la guerra, la otredad? ¿Serían para ellos las songlines particulares como para nosotros ahora la raza, la religión, la nacionalidad, el idioma? ¿Marcarían la diferencia entre sobrevivir o perecer, entre ser aceptado y triunfar o naufragar en un barco en las proximidades de Lampedusa?


Maylis de Kerangal

Y avanza la noche "en este punto de la noche, me hormiguean las piernas y me levanto para dar saltitos, estirarme, abrir la ventana de la cocina y asomarme a la calle –noche de cuero, aureolas amarillas de las farolas, halos blanquecinos tras las ventanas", y recuerda la primera vez que llegó a Estrómboli y vio recortarse en la noche, desde el barco que la llevaba, un triángulo casi isósceles que no era otra cosa que el volcán que da origen a la isla, volcán e isla surgidos de la noche y la tiniebla y perfilándose como tales al salir de la neblina onírica de la imaginación. Y yo recuerdo las islas del Mediterráneo que he pisado, Creta y Sicilia y, ¿por qué no?, Mallorca, y añoro Malta, donde debería estar en estos momentos en que escribo, pero a donde no he podido ir por circunstancias que no vienen al caso. Aunque yo llegué a esas islas de día y en avión y lo que vi recortarse desde arriba fue su planta rodeada de azul turquesa.
Pero vuelve a Lampedusa en su peregrinar nocturno y busca la isla en el mapamundi iluminado desde dentro por una tenue bombilla. Quiere situarla, saber si está más cerca de Túnez o de Sicilia, situar con total precisión el escenario de nuestra vergüenza, el lugar del naufragio, y sigue buscando en la radio el número de víctimas, un número que se escapa en su indeterminación (alrededor de 350), un número en cuya inexactitud caben varios muertos (o desaparecidos, que es lo mismo) y cada uno es una persona con sus ilusiones, con su historia, con sus seres queridos que lo esperan aquí o anhelan sus noticias allí, y no es lo mismo 350 que 351. "La vaguedad sobre el número de víctimas es una violencia indignante, cuando el deseo de precisión, a la inversa, marca una ética de la atención –la aproximación es una muestra de pereza, designa vagamente lo innumerable, la multitud, el gentío, los pobres, todo lo que bulle y tiene hambre, todo lo que huye de su tierra–". La vaguedad nos salva de la ignominia. 
Y no deberíamos perder uno solo de esos muertos (o desaparecidos, que es lo mismo) porque cada uno es una marca más en el escándalo insultante de nuestra opulencia, debería ser un recordatorio de lo que ganamos como consumidores y perdemos como seres humanos, porque efectivamente, nadie es una isla y las campanas doblan por todos nosotros*.

* La relación entre este libro y el poema de John Donne la he sacado de la reseña de Lorena Álvarez en su blog "El paxaru verde", un blog al que debo muchas de mis mejores lecturas.


viernes, 4 de mayo de 2018

"Instrumental" James Rhodes

"La música clásica me la pone dura. Ya sé que para algunas personas esta no será una frase muy prometedora. Pero si quitáis la palabra «clásica», a lo mejor ya no está tan mal. Puede incluso que entonces pase a ser comprensible. Porque entonces, gracias a la palabra «música», tendremos algo universal, algo emocionante, algo intangible e inmortal".
Así empieza esta novela que duele como duele la belleza mancillada; como duele la inocencia pervertida. Esta novela mezcla lo más sublime y lo más depravado de una forma que no había visto nunca. Tal vez sea porque la belleza salvó al autor de la depravación; tal vez sea porque la belleza enjuga nuestros ojos aturdidos y nos da un respiro para soportar tanta perversión, tanto dolor, tanta iniquidad. Esta novela duele como solo puede doler la realidad, la pura vida; con un dolor que se pega a los huesos y no se puede desprender a lo largo de las 288 páginas del libro.
James Rhodes (Londres, 1975) fue un niño violado al que le robaron la infancia y las ilusiones y le hicieron pensar que la vida era dolor y que para poder soportarlo debía salir de sí mismo y verse desde lejos, desde muy arriba. 
"Me utilizaron, me follaron, me destrozaron, me manipularon y me violaron desde los seis años. Una y otra vez durante años y años". Así termina el primer capítulo (él los llama temas), el que se titula Bach, Variaciones Goldberg Aria GLENN GOULD, PIANO; el que comienza hablando de Bach y de Goldberg y de cómo Bach compuso las Variaciones Goldberg y de cómo Glenn Gould se convirtió, en 1955, en uno de los primeros pianistas en interpretarlas y grabarlas al piano, porque son una de las composiciones más difíciles y frustrantes para un pianista y, normalmente, se interpretan en clavicordio.
Cada uno de los veinte temas comienza hablando de un compositor, una de sus obras y un músico (o varios) que la interpreta. En cada tema emplea la letra cursiva para hablar de música clásica y sigue, con letra normal, contándonos su vida porque ha decidido utilizar sus experiencias vitales y musicales para promocionar todo aquello (discos documentales, asociaciones benéficas) que sirva para ayudar a los que sufren y no tienen voz, pero también para cambiar su propia vida, para ganar dinero y comprar cosas y convertirse en alguien visible, "Porque en cierto sentido creo que existe la pequeña posibilidad de que el éxito (comercial), unido a la atención recibida, acabe arreglando lo que falla en mí. Y si esto no sucede, me iré a Las Vegas, me gastaré una disparatada cantidad de dinero en un lapso de tiempo aún más disparatadamente corto, y después me volaré la tapa de los sesos".
James Rhodes tiene 38 años cuando redacta este libro. Hace seis que salió del último hospital pisquiátrico y en esos años ha pasado de no tener nada a ser un famoso concertista de piano y salir en la televisión. Su inmediato proyecto, nos cuenta, es un documental para Channel 4 que se proyectará en horario de máxima audiencia y que se estima que verá un millón de personas.
Pero para llegar hasta aquí el camino ha sido excesivamente difícil. La violación a manos de su profesor de gimnasia en la escuela primaria lo sacó de la infancia y lo convirtió en una víctima insensible, sin empatía, convencido de que el mundo carecía de bondad, convertido en un "psicópata en miniatura, con todas las letras". Tras abandonar la escuela primaria, ingresó en un internado, pero para entonces, algo se había roto en él y el psicópata en miniatura utilizaba el sexo para conseguir lo que quería o necesitaba, sexo con adultos o con alumnos mayores como un medio para conseguir unos fines: pura transación comercial. "Me insinuaba a hombres de cierta edad y a chicos y hacía todo lo que me pedían porque…, bueno, porque era lo que me parecía lógico. [...] con diez años, mientras estaba de vacaciones, entré con un tío de cuarenta y tantos (que se encontraba con su familia) en los baños para comerle la polla a cambio de un helado, y ni siquiera hoy considero que fuera un abuso porque yo lo decidí. Yo le hice el gesto con la cabeza. Yo lo conduje. Quería un helado".
James Rhodes
Pero para entonces ya llevaba consigo la salvación porque, teniendo siete años, encontró en su casa una casete con "La chacona" que Brahms compuso para violín y Busoni transcribió para piano. En sus propias palabras, la pieza le salvó la vida, aunque tardaría mucho tiempo en darse cuenta.
Hasta entonces, hasta que la música se convirtió primero en su afición más placentera y, más tarde, en su medio de vida y consiguió sacarlo adelante; incluso después, en los intermedios en que la cordura se tomaba vacaciones y lo dejaba solo con sus demonios, también le salvaron la vida, o eso pensaba, las drogas, el alcohol,  los medicamentos, el tabaco ("El puto tabaco. Lo mejor que se ha inventado desde que el mundo es mundo", y tengo que decir que, aunque yo ya no fumo, estoy absolutamente de acuerdo con él). Le salvó la vida autolesionarse con cuchillas y tranquilizar su mente y su conciencia con las endorfinas que tal acto induce a segregar en el sistema nervioso. Le salvó la vida "el chico" y, mucho más adelante, su hijo. 
Entró y salió varias veces de centros psiquiátricos. Intentó ser una persona normal y hacer lo que hacen las personas normales: un trabajo espléndidamente remunerado en la City londinense, una esposa, un hijo, "Caí en el error de creer que a una persona como yo, con mi pasado y mi cabeza, aquello le podía salir bien [...]  enseguida me daría cuenta de que hacer prácticamente cualquier cosa que no fuera fingir ser normal me iba a presentar menos problemas".
James Rhodes solo tenía 38 años cuando redactaba este libro. Puede que sea muy pronto para que alguien decida escribir sus memorias, pero el dolor envejece y proporciona mucho bagaje, mucho que compartir, mucho que enseñar, porque como él mismo dice, alguien que fue adicto a la heroína y lo dejó, sabe mucho más del asunto que cualquier médico o psiquiatra que no sabría ni cómo pincharse. 
Los abusos dejan marcas que no se olvidan jamás. Dejan huellas psíquicas (tendencias suicidas y personalidad múltiple entre otras), pero también físicas (dolores de espalda, sangrado al defecar, tics...). De todo ello nos habla en este libro y lo hace sin evitar dolores ni sobresaltos, sin dulcificar lo terrible con un lenguaje lleno de eufemismos en el que nunca se permite caer, transmitiendo con la crudeza de las palabras toda la realidad de tan brutales actos. "Que un hombre de cuarenta años le meta la polla por el culo y a la fuerza a un niño de seis años no se puede considerar abuso. Es muchísimo más que un abuso. Es una violación con ensañamiento". Tan solo la música y el amargo y sutil sentido del humor del autor dulcifican la violencia y el salvajismo de las experiencias narradas. La música le salvó a él y nos salva a nosotros, a medida que leemos, de caer en el más terrible espanto.
Junto a estas tremendas experiencias, nos explica sus intentos, sus triunfos y sus fracasos a la hora de superarlas. Y lo hace con sinceridad, sin ahorrarse críticas duras hacia su propia persona, sin engañarse ni engañarnos, con total honestidad y crudeza. "esta mezcla tan excesivamente indulgente de odio por mí mismo y quejicosa autocompasión en la que parezco estar atrapado no es quien quiero ser".
Pero no solo nos habla de duras experiencias y complejos de culpabilidad; no solo refiere su lucha con las drogas, los psiquiátricos y los recuerdos dolorosos de su infancia. También nos cuenta sus ideas acerca de otras cosas como pueden ser las relaciones de pareja en las que, por encima de todo aconseja: "Sé generoso. Sé generoso todo el rato. Hasta que estés agotado, y luego sigue siéndolo un poco más"; el mundo elitista y cerrado de la música clásica gestionado por "gilipollas ampulosos y anticuados a los que parece procurar un placer perverso seguir garantizando que la música «de verdad» sea el privilegio de una escasa élite a la que consideran lo bastante rica (y, por tanto, lo bastante inteligente) para entenderla"


James Rhodes en el Gijón Sound Festival en 2016

En sus conciertos nadie viste de etiqueta, se puede aplaudir en cualquier momento, él habla mientras toca y cuenta cosas acerca de los compositores a los que interpreta. Él acerca la música clásica para ponerla al alcance de cualquiera y sacarla del mundo encorsetado y ampuloso en que siempre ha estado encuadrada; para acercarla a los jóvenes que van en vaqueros a escuchar a sus rockeros favoritos.
Y al inicio de cada tema, la música, siempre la música: los autores, los intérpretes: Brahms, Shubert, Bach, Mozart, Chopin, Shostakóvich, Bruchner, Ravel,  Rajmáninov... cada uno con su locura particular y sus rarezas y sus sufrimientos y maltratos y sus desafectos. Y su enorme genio.
"Solo hay dos cosas en la vida que tengo garantizadas: el amor que me inspira mi hijo y el amor que me inspira la música. Y (que entren ahora los violines de historia lacrimógena propios de Factor X) lo que apareció en mi existencia cuando tenía siete años fue la música".



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