Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

martes, 28 de agosto de 2018

"Vidas minúsculas" Pierre Michon.

"Un día del verano de 1947, mi madre me lleva en brazos, bajo el gran castaño de Cards, al lugar donde se ve desembocar de pronto el camino comunal, ocultado hasta allí por el muro de la porqueriza, los avellanos, las sombras; hace buen tiempo, mi madre seguramente lleva un vestido ligero, yo parloteo; en el camino, su sombra precede a un hombre desconocido para mi madre; se detiene; mira; está conmovido; mi madre tiembla un poco, lo inhabitual pone su nota sostenida entre los ruidos frescos del día. Por fin el hombre da un paso, se presenta. Era André Dufourneau".
Pierre Michon tenía 39 años cuando publicó "Vidas minúsculas". Era 1984 y esta fue su primera obra. Pierre Michon había nacido en 1945 por lo tanto tenía dos años cuando, bajo el castaño de Cards, en brazos de su madre, se encontró con André Dufourneau. Dufourneau será la primera vida minúscula que Michon nos relatará; una de esas vidas minúsculas de las que se servirá para irnos contando otra vida, también minúscula, aunque no para él: la suya propia. 
Su vida que, como la de todos, empieza antes de que vengamos al mundo, mucho antes, aunque no seamos capaces de remontarnos más allá de tres o cuatro generaciones para dar cuenta de nuestra historia. André Dufourneau, será el primero porque llegó a la familia en tiempos de los bisabuelos del autor. Y llegó como un niño enviado por la asistencia pública a petición de la bisabuela para ayudar en los trabajos de la granja; un niño afortunado porque en lugar de padecer hambre, exceso de trabajo y malos tratos, sería como uno más de la familia, aprendería a leer bajo la enseñanza de la abuela del autor, para la que sería un hermano y terminaría por buscarse fortuna en África; un niño este André Dufourneau heredado en la memoria por vía materna como el ADN mitocondrial: de la bisabuela innominada a Élise, la abuela, y de esta a Andrée, la madre.
En la familia de la abuela Élise hay una reliquia:  la Reliquia de los Peluchet. Se trata de una inexpresiva Virgen con un niño en brazos, que esconde, en el doble fondo del estuche de vidrio que la contiene, unos pequeños restos de un santo que no se nombra. "La llevaron a sus lechos de agonía [...], la llevaron antes de que ganara la nada, ellos la miraron antes de naufragar, el ojo espantado de unos y el ojo enmudecido de los otros, la besaron o la maldijeron, [...]. Y el mismo impávido objeto los había recibido cuando, no menos aterrados y negándose con todas sus fuerzas, habían salido del seno de su madre [...] pues la reliquia ayudaba a las mujeres en su trabajo de parto, cuando el nombre con grandes gritos se perpetúa".
Los Peluchet desaparecieron con el siglo (XIX) y el último fue Antoine Peluchet, la segunda vida minúscula. Murió sin descendencia, por lo que la reliquia pasó a manos de su hermana mayor, que se la pasó a su única hija Marie "que casó con un Pallade. Esos Pallade engendraron a su vez dos hijas: una, Catherine, murió sin descendencia [...]; la otra, Philomène, se casó con Paul Mouricaud, de Cards, con quien concibió sólo a Élise, mi abuela; ésta, de su relación con Félix Gayaudon, sólo trajo al mundo a mi madre, que dio a luz a una hija que murió pronto, y luego a mí". También por vía materna, entre Antoine Peluchet y el autor, se heredó esta reliquia.
También son minúsculas las vidas de los abuelos Michon, Eugène y Clara, aunque menos minúsculas que las de su padre Aimé al que no conoció, desaparecido sin dejar rastro cuando el autor tenía dos años. También será minúscula la vida de su hermana, muerta antes de nacer él, y también lo será menos que la de su padre porque a esa muerta pequeña la llegó a conocer "Era ella, «la pequeña muerta, detrás de los rosales». Estaba ahí, delante de mí. Estaba muy natural, aprovechaba el sol. Tenía diez años de edad terrestre, había crecido, ciertamente menos rápido que yo, pero los muertos tienen tiempo para atrasarse, ningún deseo desenfrenado de su fin los empuja hacia adelante".
Y hay más vidas de personas que pueblan la infancia del autor y vuelven después de los años a aparecer como fantasmas del pasado. O simples fantasmas que llegan en la juventud aunque no hubieran estado presentes en la infancia. 
Como Georges Bandy, este sí párroco de su infancia en la iglesia de Mourioux, reencontrado en el hospital pisiquiátrico de La Ceylette en el que el autor se recupera del abandono, el alcohol, las drogas y la desilusión de no encontrar la Gracia; o de haberla perdido. "En esos meses funestos en que buscaba la Gracia, perdí la gracia de las palabras, del habla simple que calienta el corazón que habla y el que escucha; olvidé cómo hablar a la gente sencilla entre la que nací, a la que todavía quiero y de la que debo huir".
Como el tío Foucault que tenía nombre de filósofo y misionero. Le conoció en un hospital en el nuestro autor que se recuperaba de una paliza más que merecida (si eso se puede merecer en algún momento). Foucault estaba ingresado por un  cáncer de garganta del que no quería curarse. O tal vez sí quería, pero razones para él fundamentales le hacían preferir no desplazarse a París, único lugar de tratamiento.

Pierre Michon
Hay casi más rojo que negro en esta reseña o comentario o lo que sea. El lenguaje del autor me embriaga de belleza y dificultad. Muchas frases tengo que leerlas varias veces; parece que se pierde en la sintaxis, que se olvida de añadir la frase principal tras enlazar una a otra varias subordinadas; parece que se olvida de cerrar los paréntesis, que se despista y se va por las ramas. Pero somos nosotros los que nos despistamos, nos perdemos entre las comas, los punto y coma, los guiones que acotan y los paréntesis. Y tenemos que releer con más atención para descubrir que nada falta y nada sobra; el autor da siempre con la frase perfecta, la expresión precisa, el párrafo seductor. Y recuerdo otra lectura hecha en las mismas condiciones hace ya varios años, y no me extraña, ya avanzada la novela, ver que menciona a Proust; y no me extraña, al buscar información tras terminar el libro, enterarme de que Proust es uno de sus referentes. "Vidas minúsculas" podría estar sacada de alguno de los volúmenes de "En busca del tiempo perdido". También se menciona la influencia de Faulkner (y de otros a los que no conozco o no he leído) y, aunque menos, también me doy cuenta de que la he encontrado.
Como Proust, como Faulkner, Pierre Michon no es el autor que una busca para pasar el rato y entretenerse una tarde perezosa de verano (o de invierno, con un chocolate caliente y la chimenea encendida en una tarde nublada y tormentosa del Cantábrico). No, al Pierre Michon de "Vidas minúsculas" hay que buscarlo para desentrañar su compleja literatura, para extasiarse ante su belleza, para emocionarse con la forma y con el contenido. Hay que buscarlo para ver como se puede contar una vida a través de otras vidas, porque ninguna vida se fragua en soledad. Cada uno vive por, para, a través, a pesar, en contra de los demás. Cada una de las vidas que se nos relatan sucede alrededor de alguna vivencia, provocan alguna vivencia, surgen de alguna vivencia del propio autor y así, uniéndolas como pequeñas piezas de un puzzle, conformamos una imagen total que es la vida del autor en sus primeros treinta y nueve años y algo antes.
De la misma manera, su vida minúscula al evocar esas vidas las dota de contenido, las resucita para nosotros y para él mismo, impedirá que se esfumen en el olvido por unos años más, por unos instantes más. "La juventud está llena de inventos y exageraciones, pero ésta no lo era totalmente: mi hermana, sí, de veras me pareció que esa niña era ella en el instante en que la vi;[...] una hija de obreros suburbanos en vestido de verano dio cuerpo al paradigma de todas las desapariciones, [...] Cuando la risa de la última mañana cae sobre Bandy borracho, cuando en un salto los ciervos ficticios se lo llevan, yo estaba ahí con toda seguridad, [...] Creo que los suaves tilos blancos de nieve se inclinaron en la última mirada del viejo Foucault más que mudo, lo creo y quizás es lo que él quiere. Que en Marsac siempre nazca una niña. Que la muerte de Dufourneau sea menos definitiva porque Élise lo recordó o lo inventó; y que la de Élise sea aliviada por estas líneas. Que en mis veranos ficticios, su invierno vacile. Que en el cónclave alado que tiene lugar en Cards sobre las ruinas de lo que hubiera podido ser, ellos sean". 

Esta novela entra además en el II reto "Nos gustan los clásicos" por estar publicada antes de 1990. "Vidas minúsculas" está publicada en 1984.

sábado, 25 de agosto de 2018

"Subsuelo" Marcelo Luján.

"No fue la noche.
Ni el verano ni el hielo.
Ni los altos árboles que todo lo ven.
No. No fue nada de eso.
Bajo el cielo azul oscuro del valle, las cosas son un poco mágicas para los que vienen de la ciudad.
O tal vez haya sido todo".
Sí, tal vez fue la magia, porque nada supone que la magia tenga que ser buena. 
"Subsuelo" es una novela sumamente inquietante; una novela mágica; una historia que a veces tiene reminiscencias de cuento de hadas (tampoco las hadas son siempre buenas): Una casa en un valle, cerca de un pantano, rodeada de un bosque de abedules al que rodean a su vez las montañas; una fiesta de fin de semana entre amigos: parejas adultas adolescentes, el flash de un amor de verano; el flash de unos celos, el flash de unas luces brillantes, demasiado brillantes en la noche negra de verano. 
La magia empieza al borde de una piscina donde tres jóvenes, dos chicos y una chica, se refrescan las piernas tras la cena. Porque sí, ya lo hemos dicho, es verano. Toda esta novela transcurre en verano, aunque no sea el mismo verano, con vaqueros cortos, bikinis de colores o lisos, chancletas, bermudas... Los jóvenes se refrescan y dos de ellos tontean con los pies bajo el agua; la chica morena y el chico moreno, se acarician los pies, o él le acaricia los pies a ella con sus pies y ella siente un flash (uno de los primeros flash de esta novela) porque, aunque se conocen desde hace ocho años y pasan juntos todos los veranos en la parcela del valle, nunca se habían fijado uno en otro. Pero ayer el chico moreno la enseñó a conducir por el camino del pantano y tiene tres años más que ella que recién acaba de cumplir los dieciséis y esos pequeños detalles son el flash que está a punto de iniciar la historia y cambiarlo todo, y es que "ellos no lo saben, pero en efecto algo muy importante en sus vidas está a punto de ocurrir. Y en las de sus padres, por supuesto, también".
El otro chico es rubio; no para de hacer vídeos, o de intentarlo, con su móvil. También mata sapos. Es nervioso y colérico. Es el mellizo de la chica morena. Es retorcido y perverso, aunque eso, de momento, solo se intuye levemente. A mí, desde el principio, me resultó siniestro.
En el primer capítulo, se nos describen los hechos de esa noche de verano desde el punto de vista de los tres jóvenes. Está narrado, como toda la novela, mayoritariamente en presente y en tercera persona, pero en esta parte los chicos son los protagonistas; el resto de los personajes aparecen de forma tangencial, vistos por ellos y en relación con ellos.
En el primer capítulo tendrán lugar los acontecimientos que todo lo cambian; el resto de la novela será consecuencia de esos hechos e irá caminando, como una tragedia griega, hacia un desenlace que no tiene alternativa ni remedio porque, como en toda tragedia griega, el destino se tiene que cumplir inexorablemente y se cumplirá como no puede ser de otra manera.
Después del primer capítulo, en ese viaje hacia el destino, saltaremos dos años en el tiempo y sabremos que los mellizos se llaman Fabián y Eva y el chico moreno, Javier. El hermano del chico moreno se llama Ramón. También sabremos más cosas de los padres de los mellizos, Alberto y Mabel. Y sabremos que Ramón tiene una madre que se llama Ana y es muy amiga de Mabel. Su padre ya no vive con ellos pues desde los hechos de hace dos años, Ana y él se han separado. Volvemos a encontrarnos en la parcela del valle a donde nadie ha regresado en esos dos años. Una colonia de hormigas centenaria tiene tomada la parcela desde tiempos inmemoriales; ahora ya se ha convertido en una plaga y desde el subsuelo amenaza la estabilidad. Alberto ha decidido terminar con la colonia que pone en peligro las raíces de los cerezos. A Mabel "le dan igual los cerezos de la parcela. Le dan igual las hormigas negras que se los están comiendo. Le da igual la empresa desinsectadora". Mabel solo quiere mantener a salvo a su hija de lo que pasó hace dos años y mantenerse a salvo de sus recuerdos aun recordando. Porque Mabel no es de este país que, aunque no se menciona yo imagino que es España. Mabel es argentina y, mientras ceba un mate bien cargado y amargo que chupa con la bombilla, contempla el calendario "Dieciseis. Todo el mes de julio ahí, [...] Y el número escorado a la izquierda porque este año también cae lunes, como en 1979. Solo es una coincidencia pero aun así le sorprende. O mejor: no es sorpresa lo que experimenta sino una leve palpitación a la altura de las sienes, constante y abrasiva. Siempre que es dieciséis de julio es, para ella, al menos durante unos minutos, 1979". Dieciséis de julio en Argentina, un frío día de invierno, tan frío como el país helado en su saldo de detenidos, torturados, desaparecidos, muertos; muertos como Guaya y Emilse y Pablo. Muertos de otra vida que abandonó "el día en que se montó en aquel avión con un pasaporte falso que su padre tuvo la inmensa fortuna de conseguir"
Y en el calor de julio, mientras las hormigas centenarias agonizan en el subsuelo, como un reflejo aéreo del que la piscina y el césped fueran el espejo, aquí arriba, sobre la colonia que está próxima a su fin, las vidas de nuestros protagonistas se aproximan a su destino, a un destino inexorable que empezó a gestarse hace dos años, una noche de viernes, el último viernes de agosto, en que cuatro parejas con sus hijos se reunieron para una inocente cena veraniega. Una noche envenenada sobre la que volverá el autor en un penúltimo capítulo en el que nos relatará de nuevo, pero en este caso, desde el punto de vista de los adultos, aquella noche de agosto; desde el punto de vista de las mujeres, amigas desde hace años Mabel y Ana, desconocidas casi Alicia y Sofía. También desde el punto de vista de los hombres que beben aunque quedan más desdibujados. Alberto y Jose, que aún vivía con Ana, innominados los otros.
Los sentimientos y hechos a los que asistimos sobre el subsuelo, por encima de la agonía envenenada de la colonia de hormigas, más aquellos de los que da cuenta el recuerdo son terribles; espantan por su crudeza y crueldad, y prefiguran un final que nada bueno puede traer; un final, como ya he dicho, de tragedia griega,  porque las víctimas no siempre se comportan como tales; las afrentas van creando resentimientos y frustraciones que solo se resuelven cuando el precio a cobrarse es total y supera todo el horror y el miedo acumulado a lo largo de los años creando más horror en venganza, aunque, a veces, no todo está tan controlado como creemos. 
Mientras todo llega a su fin, una última hormiga, la última superviviente, intenta abandonar los corredores envenenados del subsuelo para caer al agua de la piscina donde morirá al aire libre, fuera del agobiante y tóxico subsuelo, porque como bien sabe Mabel desde hace mucho tiempo, "a nadie le importa dónde aparecen los muertos".


Marcelo Luján
Termino de leer la novela y me doy cuenta de que, aunque a partir de un determinado momento el final se me hizo predecible, la historia tiene magia, aunque sea negra, y está tan bien contada y es tan original, por lo demás, que se le puede perdonar ese final previsible. 
Marcelo Luján, argentino establecido en Madrid, obtuvo con "Subsuelo" el Premio Dashiell Hammett en la Semana Negra de Gijón en 2016. Con esta lectura, por tanto, completo los cuatro últimos Premios Dashiell Hammett. Por si os interesa acercaros a este Premio, que cada vez me parece que ofrece más garantía, os dejo los enlaces a mis reseñas de los otros tres de los últimos cuatro años:
"Yo fui Johnny Thunders". Carlos Zanón (2015).
"Madrid: frontera". David Llorente (2017).
"El refugio de los canallas" Juan Bass (2918).



miércoles, 22 de agosto de 2018

"Mejor la ausencia" Edurne Portela.

"Jugamos a los papelitos. Aita escribe Kepa en uno, Aitor en otro, Aníbal en otro y Amaia en otro. Los hace bolitas y los mete en la gorra. Ama se pone un pañuelo en los ojos y aita mueve la gorra y ama no la encuentra. Nos reímos mucho. Ama coge la gorra y mete la mano dentro y saca la primera bolita. Se la da a aita y aita abre la bolita y grita ¡Aitor!, y el tato salta y dice ¡me toca, me toca!"
También Amaia será afortunada esta vez y le tocará acompañar a sus padres de excursión. Van en coche y tienen que pasar por donde están los señores con las metralletas a los que aita les enseña unos cuadernitos. Finalmente llegan a su destino, a casa del tío Josu, donde están también sus amigos de barbas y donde aita saca del maletero muchas cosas que le llevan al tío. Amaia no sabe lo que todo ello significa porque solo tiene cinco años, y nosotros tan solo podemos intuirlo porque Amaia habla en presente, todo lo que nos transmite es lo que ella entiende y sabe en el momento en que lo cuenta.
¿Qué sabe Amaia? Sabe que aita a veces llama leona a ama por su pelo largo y rojo. Entonces ama se ríe, pero otras veces que aita le llama cosas malas, ama llora. Ama suele estar con un vaso en la mano, a veces adormilada y a veces tiene marcas de golpes y los ojos hinchados de llorar.
Los Gorostiaga viven en un pueblo en la margen izquierda de la ría del Nervión. El padre es abogado y la familia vive desahogadamente. Pero estamos en los años ochenta y aún nos queda ver comenzar los noventa; la vida familiar de Amaia se va a ir deteriorando a lo largo de esos años y la de su entorno se va a resolver en pintadas, paro, drogas, muertos por sobredosis, violencia, violencia, violencia. Violencia explícita y violencia soterrada, escondida en una sonrisa burlona, en una insinuación maliciosa, en una pintada; violencia de un lado y de otro; violencia que divide las familias, que destruye los afectos; que descompone el destino de las vidas. 
"En esta casa cada uno sobrevive como puede" le dice a Amaia su hermano Aníbal. Y en efecto, cada uno tratará de sobrevivir al margen de los otros, cada uno como puede o como sabe o como le dejan: en brazos del alcohol o de la heroína; quemando coches, cajeros y contenedores hasta sacar toda la rabia y todo el resentimiento que no se ha sabido gestionar de otra manera; enlazando una juerga con otra, a este o al otro lado del Puente, hasta perder el sentido de la realidad; ayudando a los que están más allá de la legalidad, al otro lado de la frontera, o sucumbiendo a la tortura y al dolor de tener que delatarlos. Alguno empeñará la vida en el intento, porque a veces la única forma de sobrevivir pasa por desprenderse de la vida.


Puente Colgante de Portugalete. El Puente de Amaia.
Aníbal también le decía otras cosas a su hermana pequeña y cuando muchos años después ella recuerde la infancia, volverá a imaginar lo que podría decirle Aníbal. "Me diría que el monstruo ya no está debajo de la cama, que él mismo lo ha matado con sus propias manos". Y es cierto en parte. Es cierto que el monstruo (los monstruos) no está debajo de la cama; nunca lo estuvo; el monstruo (los monstruos) siempre estuvo encima de la cama, fuera, bien visible. Pero no es cierto que Aníbal lo matara con sus propias manos porque sigue vivo y sigue persiguiendo a Amaia hasta más allá de la adolescencia, de la casa familiar y del pueblo de la margen izquierda. La perseguirá en su vida de estudiante y de trabajadora en Madrid, y la seguirá persiguiendo a su vuelta. La perseguirá hasta hacer que, en su afán por huir y esconderse, encuentre las mismas estrategias que su madre años antes. "Me he bebido una botella de vino blanco. Me gusta la sensación de empezar a perder la conciencia de las cosas, la sensibilidad de mis propios miembros, a confundir la distancia entre mi cuerpo y los objetos que me rodean".
La novela consta de dos partes. La primera nos llega en primera persona por boca de una Amaia que, como dije, habla siempre en presente no pudiendo darnos más información que la que ella misma tiene en cada momento. Nos iremos componiendo un cuadro de la realidad a partir de los datos que ella nos va dando y que, como es lógico, son cada vez más explícitos a medida que crece. Trata de los hechos ocurridos entre los años 1979 y 1992. 
La segunda parte salta a 2009, cuando Amaia regresa de Madrid, se instala en una buhardilla en Portu e intenta escribir una novela que tiene atragantada.
"—Es que ese argumento es una mierda, Amaia. ¿Cuándo me vas a hacer caso? Déjate de novelitas y escribe esa crónica de una puta vez.
—No quiero escribir sobre el rollo vasco, ¿vale?
—Con tu familia tienes un filón. Y te vendría muy bien para superar todas esas neuras que tienes".
En esta segunda parte se mezclan los capítulos en que la propia Amaia nos sigue relatando su vida y aquellos, contados en tercera persona y también en presente, donde un narrador omnisciente nos revela los hechos del pasado que han quedado oscuros; esos hechos que ni siquiera la propia Amaia nos podría contar porque ella misma los ignora. Así, iremos sabiendo con certeza aquellos episodios que pudimos imaginar del relato de la vida familiar; sobre todo lo relativo al padre, pero también a la madre, al tío Josu... y veremos si nuestras intuiciones estaban o no acertadas o hasta qué punto lo estaban.
"Mejor la ausencia" es una novela sobre la problemática vivida en el País Vasco durante las décadas de los ochenta y noventa: terrorismo, guerra sucia, violencia callejera, drogas..., pero también es una historia de celos, maltrato, culpabilidad, abandono, añoranza de lo que fue y, sobre todo, de lo que pudo ser; mucha frustración y mucho sufrimiento vano, gratuito, evitable.
Edurne Portela
Cuando leemos la novela no podemos dejar de pensar que Edurne Portela nos está contando sus propias experiencias. Estuve casi convencida de ello, hasta que algún detalle me hizo dudar. Procuro no indagar acerca de autores y argumentos hasta que no he terminado los libros; a veces no lo consigo y la curiosidad me hace acercarme antes a los datos, pero esta vez pude esperar hasta haber leído la novela completa. Tuve que releer varias veces y de distintas fuentes la biografía de Edurne Portela para convencerme de que pocas cosas hay más alejadas de la realidad de su vida que esta novela. Esto, normalmente, ni le quita ni le añade mérito a lo leído, pero en este caso he tenido que descubrirme ante ella, porque su forma de meterse en el personaje y en los hechos, su manera de empatizar con Amaia, incrustarse en su piel y sentir con ella todos los sentimientos que nos transmite, me ha parecido de una gran belleza, de una enorme dificultad y, por lo tanto, de un enorme mérito.
En la página Web de la autora, en la entrada correspondiente a su ensayo "El eco de los disparos", me topo con estas palabras de la propia Edurne Portela en las que encuentro un reflejo de lo que yo pienso, pero dicho como yo jamás sabría decirlo. Y decido terminar con ellas este comentario de "Mejor la ausencia":
"“Somos cómplices de lo que nos deja indiferentes”, señalaba George Steiner. Cuando el testigo del abuso y la violencia mira hacia otro lado, cuando prefiere no ver ni saber, cuando esgrime el “algo habrá hecho”, cuando una vez pasada la violencia exige el olvido, y cuando este testigo representa a una mayoría, nos encontramos ante una sociedad enferma. Lo hemos visto en nuestro país con las heridas de la guerra civil, también en otros conflictos europeos, como la guerra de los Balcanes, o la Irlanda del IRA. Y la historia se repite". 
Pero luego encuentro un artículo en "El País", concretamente en Babelia, que complementa esas palabras de Edurne Portela y tampoco me resisto a citarlo: "Mejor la ausencia, sin embargo, aspira a ello, (incomodar al lector con lo que no sabe, en lugar de ratificarle en lo que sabe) a la autocrítica individual y colectiva, a conocer el modo de participación que cada cual y cada familia tuvo porque fue asunto de todos". 



domingo, 19 de agosto de 2018

Sin reseña X


Esta es la décima entrega de "Sin reseña". Cincuenta libros por tanto, con un pequeño comentario que no llega a reseña, al menos no a las que yo acostumbro a hacer. 
En esta ocasión, como ya viene siendo habitual, las cinco novelas son policíacas. Dos pertenecen a series que estoy siguiendo; otras dos, de momento que yo sepa, no forman parte de ninguna serie y de la última me consta que  ya se debe de estar escribiendo la segunda parte.
Vamos con ellos.
"Primavera cruel". Luis Roso.
La segunda entrega del inspector Ernesto Trevejo pierde con respecto a la primera, "Aguacero", y es que buenas y sorprendentes novelas se convierten en más de lo mismo cuando se alargan sin demasiado sentido en una serie que no pasa de ser una serie más.
Ernesto Trevejo es inspector de la Brigada de Investigación Criminal en el Madrid de los años cincuenta. Trabaja en íntima colaboración, y muy cerca físicamente, de la Brigada Político-Social (los sociales de infausta memoria para los que tenemos una cierta edad), pero se ve que no simpatiza con sus métodos salvajes. No sabemos mucho de su pasado, pero por algunos comentarios vemos que, a pesar de su condición de defensor de la paz del Régimen, es bastante crítico con todo lo que supone "¿Cuántos asesinos hay libres caminando por las calles de este país? ¿Cuántas manos sucias de sangre inocente?"
"Pues si lleva detenido desde hace dos días, me imagino que estropeado lo estará bastante".
Se trata además de un hombre culto, leído, que al llegar a Barcelona por primera vez siente cierta emoción al "saber que atravesaríamos la calle Aribau y que pasaríamos junto a la Universidad de Barcelona, ambos escenarios principales de la novela Nada, que había leído hacía más de una década".
Así, entre comentario y comentario, va mostrándose crítico con un Estado que ha mantenido al país en un erial social, económico y cultural durante casi veinte años, si bien es cierto, que empieza a despertar. "Gracias a o a pesar del Caudillo, según cada cual".
A raíz del asesinato de un joven comunista cuyo cadáver aparece en los terrenos de "El Pardo", Trevejo viajará a Zaragoza, al Pirineo leridano, a Barcelona... y nos irá metiendo en una trama compleja, con un final sorprendente, aunque quizás demasiado rocambolesco para mi gusto.
Lo que más me atrae es la época en la que está ambientada y lo bien escrita que está, y la curiosidad por saber algo del pasado de Trevejo durante la Guerra Civil tal vez me haga caer en la tentación de seguir con la serie, pero no estará entre las prioritarias.

"Un mar de problemas". Donna Leon.
Esta es la décima entrega de la serie sobre el comisario de la questura de Venecia, Guido Brunetti.
En este caso nos trasladamos a Pellestrina, una de las islas que cierran la laguna de Venecia separándola del mar Adriático. Esta concretamente se encuentra al sur de Lido. 
Dos pescadores de almejas aparecen muertos en su barco que se ha incendiado de madrugada amarrado al muelle. Enseguida se dan cuenta de que los pescadores, padre e hijo, han sido asesinados por lo que los carabinieri avisan a la policía de Venecia y Brunetti entra en acción. 
Pronto se encontrará con el rechazo manifiesto de todo un pueblo desconfiado y cerrado, receloso de todo lo que venga de fuera y más aún si está relacionado con el orden y la ley. Ni siquiera es capaz de entender bien el dialecto que hablan.
Como en todas las novelas de la serie, la investigación y la trama le sirven a la autora para hablarnos de otras cosas. En este caso, el medio ambiente y su precario estado en la Laguna (concretamente, los vertidos contaminantes que la envenenan con metales pesados y todo tipo de sustancias peligrosas que se acumulan en peces, crustáceos y moluscos, y se transmiten a los humanos que los consumen pensando que comen productos de la zona y, como es tradicional pensar, de elevada calidad), el más precario estado de la honradez de políticos y autoridades varias (los inspectores que deberían controlar ese estado del entorno natural y se embolsan los sobornos mientras callan y se tapan la nariz, en sentido literal), la condición humana poco proclive a compartir y comprender (las envidias tradicionales de las gentes que comparten los mismos recursos cuando estos escasean y ven que la supervivencia de cada uno se pone en peligro con la supervivencia ajena).
Para darle mayor emoción, Elettra, la signorina secretaria del vicequestore Patta, se infiltrará en el pueblo y adquirirá un protagonismo que hasta ahora nunca había tenido.
Como en otras ocasiones, nunca son los verdaderos culpables, los situados más arriba, los que más ganan con el delito, los que terminan pagando con su libertad. En ese aspecto Donna Leon se sigue manteniendo escrupulosamente fiel a la realidad.

"El beso de Tosca". Nieves Abarca y Vicente Garrido.
Las dos entregas que he leído protagonizadas por la inspectora Valentina Negro me han gustado y tenía ganas de leer este libro que nada tiene que ver con dicha serie,  aunque algún guiño se hace a Javier Sanjuán, el perfilador y criminólogo valenciano que es mencionado un par de veces y que se supone que colabora con la policía en el esclarecimiento de los crímenes que suceden en esta novela.
Todo comienza con una prostituta que se escapa de sus explotadores con la ayuda de dos cantantes de ópera, Marc Roselló y Miguel Sanchís. Ambos amigos celebran el final de una representación de Don Giovanni con una juerga que culmina en un local de juego ilegal. Allí serán testigos de la fuga de Tatiana y no dudarán en ayudarla. No se imaginan que su gesto altruista les llevará a un mundo en el que nunca desearían haber entrado: tráfico de mujeres y de armas, juego ilegal, combates de boxeo amañados, locos rubios que juegan a ser dios decidiendo con sus ataques terroristas quien debe morir, asesinos psicópatas. Y todo ello controlado por un prohombre poderoso, supuesto altruista, amigo de políticos e imprescindible en cualquier sarao que se precie, bien sea en el Liceu para una representación de ópera o en un hotel de lujo para la presentación de una nueva colección de novela negra.  
Una novela entretenida y además interesante, con una trama bien llevada y bien resuelta y tan bien escrita como es habitual en estos dos autores.

"Tres minutos de color". Pere Cevantes.
Esta ha sido una novela muy desconcertante. No voy a decir por qué porque la gente que no la haya leído merece llevarse la sorpresa y desconcertarse como yo lo hice.
Coque Brox es un inspector de policía cuya tragedia iremos descubriendo poco a poco. Sabemos que está separado de su mujer y que trata de recuperar una relación normalizada con su hija de doce años, sabemos que ha sufrido no hace mucho algún tipo de herida, accidente o trauma que de daltónico, lo ha convertido en acromatópsico. Si ya como daltónico tenía que fingir una visión normal, aunque la cosa no fuera ningún secreto para su comisario -"mis contactos han averiguado que eres daltónico de nacimiento pero que algún policía inepto o corrupto, incluso podría ser las dos cosas a la vez, en su día te dio el visto bueno para que entraras al Cuerpo"-, como persona que ve la vida en blanco y negro tiene que fingir aún más, porque ahora ya no son aquellos tiempos y no iba a poder permanecer en su puesto de descubrirse el tinglado. 
Coque investiga la desaparición de su compañero, Palma, lo que le llevará a un mundo de proxenetas y pederastas, mientras intenta solucionar los problemas de su familia y recuperarse de las trampas que la vida le ha ido poniendo en el camino. Pero deberá cruzar algunas fronteras inimaginables para llegar a resolver el caso. Y es a partir de ese cruce cuando la novela alcanza altas cotas de originalidad y desconcierto para el lector.
Una interesante, curiosa y original novela que me ha sorprendido y dejado con muchas ganas de leer alguna más del autor.

"La novia gitana". Carmen Mola.
Es imposible no hacerse eco de esta novela que últimamente nos asalta desde blogs, redes sociales y cualquier medio que a difundir la literatura se dedique. Ya he comentado en este blog y en algún otro sitio que estas novelas tan mediáticas que producen un tremendo mosqueo y, en principio, suelo ser remisa a leerlas. 
No sé por qué, con esta lo tuve muy claro desde el principio: quería leerla y quería leerla ya. Así es que, cuando tan solo han pasado dos meses desde su publicación, tengo que decir que es una buena novela, una muy buena novela negra a la que solo le veo una pega y es que, confirmado por su misteriosa autora, tiene una continuación. 
La pega radica en que procuro no empezar más series mientras no vaya terminando las muchas que tengo empezadas y cada poco, sin quererlo ni saberlo, me meto en otra nueva. La pega se amortigua porque ya estoy deseando leer esa segunda parte y es que tal y como termina la primera las expectativas, que creo (espero) que se cumplirán, son muy elevadas.
Que nadie se deje disuadir por el hecho de que sea una serie. El caso que se investiga queda perfectamente resuelto por lo que nadie está obligado a leer la continuación para saber el desenlace.
Por lo demás, ¿qué decir de esta novela? Que es brutal en cuanto a sus acontecimientos, que está muy bien escrita, muy bien tramada y muy bien resuelta, que el nombre de la autora es un seudónimo por lo que bien podría ser autor y es que por momentos me parece que una mujer no es capaz de sentirse a gusto con las escabrosas escenas que recrea, y por momentos me parece que un hombre no es capaz de llegar a retratar un personaje femenino tan complejo como la inspectora Elena Blanco. 
Es posible (casi seguro) que antes o después, por voluntad de la autora (fiémonos del género que denota el seudónimo) o en contra de ella, como le sucedió a Elena Ferrante, lleguemos a saber su identidad. De momento, yo he disfrutado de su novela y el anonimato de la autoría no ha disminuido para nada ese disfrute.

jueves, 16 de agosto de 2018

"Los quehaceres de un zángano" Fernando Morote

Cuando Ediciones Erradícame me ofreció leer este libro, enseguida me llamó la atención su sugerente y curioso título, pero no sabía que más sugerente y curioso iba a ser el libro.
Con "Los quehaceres de un zángano" una no sabe muy bien si está leyendo un conjunto de relatos y poemas, la autobiografía de un autor, el relato de unos hechos o una novela sin más, aunque antes de terminar la lectura, ya empieza una a sospechar que de todo ello hay un poco.
El protagonista de esta historia es Federico Barrionuevo, un personaje cuya vida, en episodios salteados, se va mezclando con los relatos y poemas de los que se supone que él mismo es el autor. Empiezo a leer y si un relato me interesa, el siguiente aún me atrae más. La poesía no tanto, porque no soy muy amante del género, pero enseguida me doy cuenta de que los poemas son enormemente provocadores, nada convencionales, pura revulsión:

"¿Qué es el hombre?
Un pedazo de carne.
¿Qué es la mujer?
Otro pedazo de carne.
¿Qué es el amor? 
Carne montada.
¿Nada más?
Nada más".

Son escasos, también es cierto, porque lo que más abunda es la prosa. Cuentos que nos hablan de sexo, de jóvenes enfrentados a la autoridad por fumar... lo que no se debe fumar y de autoridades que hacen la vista gorda a cambio de algún favor; nos hablan de Mamerto y Priscila, de Metrónomo y Leydú; nos cuentan las maravillas que ofrece un día de verano en las playas limeñas, o de un niño que sorprende a los héroes de la patria en una juerga nocturna de alcohol, drogas y mujeres, porque como le dice Francisco Bolognesi, el militar que murió con honra durante la Guerra del Pacífico, "Está bien tomar las cosas de la vida con responsabilidad, pero sin hacerse dramas. Cuando las asumimos muy gravemente se nos vuelven demasiado pesadas, nos hartan y terminamos por detestarlas".
Al principio, me desoriento un poco. Los relatos (lo que luego sé que son relatos) bien podían ser la narración de la vida del protagonista (sé que existe por la nota del editor), pero veo que de uno a otro, no se mantienen nombres ni, por tanto, personajes. No me importa la desorientación; en este tipo de libros me tomo la lectura como una tarea detectivesca. Indago, miro, releo, descarto, asiento hasta que la situación se abre ante mí y me siento doblemente satisfecha porque ya puedo dejarme llevar por la lectura cuyo secreto he desentrañado, y por haberlo desentrañado. Si la novela es buena esto no tarda en suceder. En esta sucede enseguida porque me doy cuenta de que la biografía del personaje se distingue del resto por la sangría tanto a izquierda como a derecha. No está contada de forma lineal, pero eso ya no es más que una cuestión de andar atenta a ciertos datos para recomponer los hechos y ajustarlos en la casilla del tiempo que les corresponde. ¡Ah, cómo disfruto participando en las obras cuando los autores tienen a bien permitírmelo!
Poco a poco, la vida del protagonista va prevaleciendo sobre los relatos y cada vez va ocupando más espacio. Nos sorprenden algunos detalles de su vida familiar y de la composición de su familia "Cómo has crecido hijito - me decían - Te pareces tanto a tu hermano Enrique. Yo solo sonreía. Pero si Enrique no es mi hermano de verdad››, decía para mí mismo". Hermanos de verdad y hermanos que no lo son; mamá Marina y mamá Julia; papá Alfredo y papá Teodoro. Tendremos que leer y encajar piezas; ir imaginando e intuyendo, aunque al final todo se nos revelará a la vez que a Federico y seremos capaces de poner orden a sus complejas circunstancias familiares.
La primera parte del libro consta de estos fragmentos de la vida de Federico que se intercalan con sus relatos y poemas. Lo veremos niño, haciendo la comunión, sufriendo un terremoto, rodeado de padres y hermanos con sus papás y sus mamás que poco pueden imaginarse, viendo a aquel niño, lo que vendrá en un futuro, "Las madres no sospechan en absoluto del futuro de sus hijos. Qué iban a imaginarse nuestras madres, mientras nos cambiaban los pañales, que a los veinticinco años íbamos a emborracharnos en las esquinas y a drogarnos delante de todo el mundo". Aunque tampoco hubiera sido un gran alarde de imaginación sabiendo que apuraba desde niño los restos de las copas y fumaba marihuana para espantar el miedo a algunos profesores. 
Y un nuevo relato o un poema interrumpe la vida de Federico, pero no nos importa porque igual nos engancha y, mientras lo leemos, nos olvidamos de que nuestro narrador y protagonista ha quedado escondido para dar protagonismo a su cuento.
Lo veremos pasar la adolescencia y enfrentarse al examen de admisión a la Universidad y fracasando, y así todo pudiendo ingresar por esas carambolas del destino que a veces se ponen de parte de quien planean machacar más adelante.
Y lo veremos joven, casi aún adolescente, tan enganchado que a veces tiene que vomitar para poder seguir consumiendo; tan metido en el mundo de las drogas que teme que terminen con él. Y lo veremos tratando de desengancharse y de empezar a escribir y de dejarlo todo para dedicarse a la escritura...
La primera parte del libro se titula "Iventario personal" y eso es exactamente, un inventario de escritos y vivencias en el que el autor se nos da a conocer y, como dice la nota del traductor, "nos pone en antecedentes". Luego viene la segunda parte, titulada "Hasta que el matrimonio nos separe". 
Esta segunda parte está escrita a base de las entradas de un diario personal del protagonista y las cartas que le envía a su enamorada, Valentina. Mediante esas cartas y diarios seremos testigos del nacimiento del amor entre Federico y Valentina y de todo su desarrollo, en la distancia primero, y más tarde en la convivencia. Pero lo más importante, desde mi punto de vista es que en esta segunda parte también veremos la pelea del personaje por abrirse camino en el mundo de la literatura. Quiere publicar dos libros: uno de poemas titulado "Poesía Metal-Mecánica" ("Por qué Poesía Metal-Mecánica››? Porque normalmente la metal-mecánica no tiene nada que ver con la poesía y lo que yo escribo tampoco")  y otro de prosa titulado "El arte de cagar parado" ("Itinerario de El arte de cagar parado››. Otros comienzan a desarrollar un cuento intrascendente y terminan escribiendo una novela famosa.Yo concibo lo que se supone será un libro capital y termina reducido a una modesta crónica periodística. El arte de cagar parado›› es un título que solo se lo aceptan a Bukowski [...] Por eso El arte de cagar parado›› se convirtió hace tiempo en Los quehaceres de un zángano››".
Fernando Morote
Y es que, a la vez que todo lo demás, es como si se nos fuera contando la gestación del libro que tenemos entre manos. La ilusión del autor/personaje por abrirse camino en el mundo de la literatura, su desengaño que le lleva a dejar la escritura durante diez años y su, finalmente, decisión de publicar... pero es mejor que dejemos que el propio autor, Fernando Morote, nos lo cuente en la entrevista publicada en "Periódicos irreverentes". 
"El libro original en realidad se titulaba “El arte de cagar parado” y contenía además de relatos, algunos poemas y un conjunto de textos breves que mezclaba la crítica social con el juego literario. Era una obra escrita en diferentes tonos, empleando variedad de formatos, cuyo objetivo era ofrecer una propuesta dinámica y divertida. Ya que el título produjo en su momento reacciones desfavorables entre los editores que evaluaron el material, busqué otro que describiera igualmente las incongruencias planteadas y así fue como apareció “Los quehaceres de un zángano”. [...] Tras un período de 10 años, en los que estuve dedicado a otras actividades, retomé el proyecto y lo reconstruí por completo. [...] Una mañana, incluso, desperté sintiendo que tenía entre manos una cantidad de cartas y diarios personales (con los cuales planeaba escribir otros libros en el futuro) que podía incorporar como una segunda parte de la historia que quería contar".
Y así nace esta propuesta fresca y original, muy bien escrita, que por momentos me recuerda al mejor Bryce Echenique, el de "La vida exagerada de Martín Romaña" por supuesto ("Pasé dos días en cama, con fiebre, padeciendo un estreñimiento atroz que me hizo delirar" nadie que haya leído las peripecias de Martín Romaña puede haber olvidado su antológico estreñimiento), pero también el de "Un mundo para Julius" o "No me esperen en abril". 
Tal vez sea el toque peruano, pero no basta con eso; una novela tiene que estar muy bien escrita para, por muy peruana que sea, traerte a la cabeza a maestros como Bryce Echenique o el mismísimo Vargas Llosa. Fernando Morote, conmigo, lo ha conseguido.



lunes, 13 de agosto de 2018

"LLamada para el muerto" John Le Carré

Para ser tan aficionada a la novela negra llegué muy tarde a John Le Carré. Es cierto que después sus novelas fueron cayendo una detrás de otra y con esta son ya trece las que aparecen en mi lista de leídos. También es verdad que hacía mucho que no lo visitaba, concretamente desde principios de 2014, por lo que no tiene ninguna reseña en mi blog que se abrió a finales del mismo año.
Mi lectura de este autor ha sido un poco errática y he ido saltando de unas a otras novelas; de las recién publicadas a las antiguas, sin criterio lógico. A Smiley lo había ido encontrando en unas y otras; en algunas como protagonista, en otras como personaje accesorio, pero nunca me había planteado leer la serie en orden como hago con otros y es que cuando empecé con el autor, allá por 2001, las series no estaban tan de moda como han llegado a estarlo después.
Smiley aparece en el mundo de la literatura a la vez que su creador, John Le Carré, en 1961 con "Llamada para el muerto". En el primer capítulo titulado Breve historia de George Smiley se nos cuenta cómo, al final de la Segunda Guerra Mundial, se casó con lady Ann Sercomb que se lo describió a sus amigos como "tremendamente vulgar" y es que Smiley "sin haber ido a una buena escuela, sin padres importantes, sin glorias militares ni profesión conocida, sin ser rico ni pobre, viajaba sin etiquetas en el furgón de equipajes del expreso social". Eso por lo que a su origen y posición social se refiere, porque en lo relativo a su aspecto físico, "bajo, gordo y de carácter apacible, parecía gastar mucho dinero en trajes francamente mal cortados, que colgaban alrededor de su rechoncha figura, como la piel de un sapo encogido" lo que hizo que alguien afirmara "en un momento de la boda que «Sercomb se unía a una rana con impermeable». Y Smiley, que ignoraba este comentario, avanzó anadeando por la nave de la iglesia, en busca del beso que le convertiría en un lord".
No he podido resistirme a abusar de las citas porque creo que con la pluma del autor es cómo mejor descritos quedan ambos, Le Carré y Smiley. Como podemos apreciar, el primero posee un afilado sentido del humor y una notable calidad literaria, y el segundo responde con creces a la tremenda vulgaridad que su esposa le achacaba. 
Pero no solo hay vulgaridad en Smiley que de su paso por Oxford (no por uno de sus mejores colegios, es cierto) conserva cierta devoción por poetas alemanes poco conocidos del siglo XVII y es todo un filósofo de la vida cuyo discurso (nunca muy prolijo) suele estar adornado con citas de Goethe o de Herman Hesse.
Durante los años treinta trabajó infiltrado en una universidad alemana desde la que buscaba jóvenes susceptibles de ser captados para el Servicio Secreto inglés. Allí asistió al auge del nazismo y, aunque en ningún momento se nos habla de su posible ideología política, "hubo una noche, una terrible noche del invierno de 1937, en que Smiley, tras la ventana, observó una gran hoguera en el patio de la Universidad. [...] Y a esa pira pagana arrojaron centenares de libros. Él sabía de quiénes eran esos libros: de Thomas Mann, de Heine, de Lessing, y muchos otros más. Y Smiley, protegiendo con su húmeda mano el extremo del cigarrillo, observaba lleno de odio, pero sintiéndose triunfante porque, al menos, sabía quién era su enemigo". Y es que no se puede sentir sino odio frío y vengativo hacia los pirómanos cuando ves a tantos autores amados, a tantos libros con los que has disfrutado, aprendido, dudado, con los que te has emocionado o con los que te has identificado, siendo asesinados delante de tus ventanas; porque asesinato y no otra cosa es para un escritor que quemen sus obras y para un lector que le priven del placer y de la libertad de su lectura.
Al inicio de la novela, finales de los años cincuenta, Smiley está trabajando para el Servicio Secreto, para el que, a su vez, fue reclutado a finales de los años veinte, mientras estudiaba en Oxford, y para el que ha trabajado intermitentemente desde entonces. Hace ya muchos años que lady Ann "lo abandonó por un cubano, campeón de carreras automovilísticas" y vive solo en una casita del barrio londinense de Chelsea. 
Cuando Samuel Fennan, miembro del Foreing Office, se suicida y deja una carta explicando su decisión por las sospechas que sobre él tiene el Servicio Secreto acerca de sus simpatías comunistas, Smiley no entiende nada. Fue él quien se encargó de entrevistarle como parte de la investigación, y fue él mismo quien le dijo que no había nada de qué preocuparse pues las sospechas quedaban totalmente descartadas. Además antes de suicidarse llevó a cabo acciones y actividades que no cuadran con quien piensa quitarse la vida momentos después. Pero el caso es que Fennan se ha pegado un tiro y Smiley decide saber el por qué de tan innecesario acto.
A lo largo de su investigación se encontrará enfrentado a su propia conciencia y a sus contradicciones. Porque una cosa son los fríos expedientes con los que trabaja y otra las personas de las que tratan, y a veces, como le reprocha la esposa de Fenan, "a los expedientes les nacen cabezas y brazos y piernas, y es un momento terrible, ¿verdad? Los nombres tienen familias, además de informes, y razones humanas que explican sus tristes expedientes y sus pecados ficticios. Lo que ocurre entonces lo siento por usted". Y, aunque Smiley no llega a sentirse culpable porque al fin y al cabo cree que Samuel Fennan fue asesinado, no puede dejar de pensar en esas palabras y en lo que Fennan le había contado acerca de la situación equívoca de los intelectuales comunistas durante los años treinta (entre los que de hecho sí se había contado); una situación en la que se dieron cuenta de que al partido no le interesaban demasiado, porque frente a los mineros galeses y sus acuciantes e indiscutibles necesidades, se sentían avergonzados de sus comodidades y de su talento; "estaban avergonzados de tener lápices y papel. Pero no sirve para nada tirarlos, ¿verdad? Eso es lo que acabé por aprender. Supongo que por eso dejé el partido". Y Smiley le creyó y le exculpó y se lo dijo y por eso ahora, aunque sabe que no debe sentirse culpable, no puede evitar un cierto resquemor que le hace pensar que no siempre su trabajo está libre de miserias, injusticias y ejecuciones, aunque sean vicarias y por agente interpuesto.
Una investigación, por otra parte, que nos tiene con el alma en vilo, porque Smiley se encontrará con algunos fantasmas de su pasado, habrá más muertos, varias hipótesis hasta llegar a la verdadera y, en resumen, una novela negra con todos y cada uno de los ingredientes de la mejor novela negra. 


John Le Carré
Y es que John Le Carré es uno de los grandes, uno de los mejores. No en vano trabajó para el MI5 y el MI6, por lo que cuando escribe sobre espías, guerra fría, contraespionaje... etc, sabe bien de lo que habla. Fue solo en 1963, tras el éxito de su tercera novela, "El espía que surgió del frío", cuando pudo abandonar el Servicio Secreto británico para dedicarse en exclusiva al Servicio Secreto literario.
Como él mismo ha declarado La gente que tuvo una infancia infeliz es muy buena para inventarse a sí misma”. Y eso ha sabido hacer él cuya infancia no fue desde luego feliz y que, tras escribir acerca de la Guerra Fría, supo superar el fin de la misma para abordar otros problemas que fueron surgiendo, o que se hicieron más patentes, cuando la amenaza comunista dejó de ser tal para hundirse lentamente en las ondas de la Historia. 
Sus novelas posteriores a la caída del Muro abordan la actualidad más convulsa y conflictiva. Desde las dificultades que supuso el propio desmembramiento de la maquinaria soviética con la nueva configuración de los países surgidos y las mafias de todo tipo que florecieron en los mismos, hasta la corrupción de la industria farmaceútica o el terrorismo fundamentalista islámico, cualquier tema de interés y actualidad ha tenido cabida en las novelas de este escritor, y siempre tratados con profundidad y sin sectarismos. Y sobre todo con una humildad no muy acorde con un escritor de tanta fama, porque es la humildad, que no la soberbia o la prepotencia, lo que le ha llevado a rechazar honores y premios y a no conceder entrevistas; una humildad que le ha contagiado a su personaje, George Smiley; esa misma humildad  que solo a los grandes les hace darse cuenta de que es más lo que se ignora que lo que se sabe. "No sabemos nada unos de otros, nada, reflexionaba Smiley. Por muy estrechamente que vivamos, en cualquier momento del día o de la noche en que nos sondeemos mutuamente con los más profundos pensamientos, no sabemos nada".

Esta novela entra además en el II reto "Nos gustan los clásicos" por estar publicada antes de 1990. "Llamada para el muerto" está escrita en 1961.



viernes, 10 de agosto de 2018

"El refugio de los canallas" Juan Bas

"Dos ancianas se sientan al atardecer en un banco de un jardín público de Bilbao. No son familiares ni amigas, la causa de su relación es un hecho del pasado que marca todavía el presente: la hija de una de ellas mató de un tiro al hijo de la otra hace casi treinta años".
Así empieza "El refugio de los canallas", una novela que hallo a medio camino entre la ficción y el ensayo; escrita como a latigazos (algunos capítulos tienen poco más de dos páginas), que van dejando marcas en el alma; con nombres ficticios que parecen muy reales y situaciones reales contadas como si fueran ficción. 
No es difícil esto último: los acontecimientos reales vividos en el País Vasco durante la segunda mitad del siglo XX son tan alucinantes que cuesta pensar que no son una trama más (bastante inverosímil) creada por la mente calenturienta de algún autor mediocre de novela negra. Y sin embargo, nada más lejos de la realidad como todos por desgracia sabemos. Los hechos fueron reales, sucedieron tal cual se vivieron, tal cual los recordamos, tal cual nos los cuentan, y se necesita un muy buen escritor de novela negra, o de cualquier tipo de novela, para escribir un libro que no parezca una broma macabra, que no recuerde a un sainete, que no aparente una pura burla a lo verosímil.
Las dos ancianas del comienzo de la novela, o mejor dicho sus hijos, representan los dos polos esenciales de lo que se dio en llamar el conflicto vasco: los asesinos de la banda y los jóvenes guardias civiles enviados como carne de cañón a contenerlos. En medio estaba, como siempre, la mayoría más o menos silenciosa, la que entre la repulsa y el aplauso, por miedo o indefinición, calla y otorga y da cuerpo a las situaciones más rocambolescas (pocos héroes en estas circunstancias). 
Margarita Mendieta Valdelomar es la madre de "Margarita Pérez Mendieta, más conocida como Itxaso y sobre todo la Pantera", una terrorista de larga melena rizada e impresionantes ojos verdes a quien a poco que sepamos de los hechos, no podemos dejar de ponerle una cara y un nombre más reales; Margarita es la madre de una asesina que purga sus crímenes en la cárcel desde hace veintisiete años. La Pantera, en 1981 "le metió una bala en la cabeza al hijo de María Teresa Altamira, que era un número de la Guardia Civil que servía en una casa cuartel situada cerca de Vitoria y tenía veintitrés años"María Teresa Altamira es la otra anciana, protagonista del primer párrafo de "El refugio de los canallas".
Margarita Mendieta va todas las tardes a la residencia en la que Teresa Altamira languidece de Alzheimer, y la ayuda a merendar, la pasea por Bilbao, intenta de alguna manera restañar las heridas que su propia hija causó. Margarita no es de esas madres que alentaron las veleidades asesinas de sus hijos, tampoco de las que, ante los hechos consumados, se pusieron sin fisuras del lado de sus exaltados retoños. Y es que para terminar de complicar la situación, Margarita Mendieta estuvo casada con un guardia civil; el padre de la Pantera fue también un guardia civil asesinado por ETA en 1976, tan solo unos meses antes de que su hija, que por entonces contaba diecinueve años, se uniera a la banda para llegar a ser uno de sus miembros más sanguinarios e indisciplinados.
No es el caso de Amaia, la madre de Mailu, quien desde muy pequeño le fue transmitiendo "ese odio, el sufrimiento por la patria a la que se niega su derecho a la independencia". A ese sufrimiento se ha sumado desde hace veintisiete años, la desaparición de su hijo,  Joseba Zubia Zaldua, Mailu, jefe del comando Donosti en 1983 y, presumiblemente, víctima de la guerra sucia contra ETA.
Porque esta novela no se limita a explicar la situación creada en los pueblos y ciudades de Eskadi por la sinrazón y la barbarie de ETA, sino que además, como sin querer reflejar la historia, con nombres fingidos y situaciones que tan solo imitan lo real, nos transmite la locura en la que fue capaz de caer todo el aparato del Estado: secuestros, torturas, asesinatos, desapariciones... todo ello fuera de la ley, a escondidas, con dinero público (entonces nos enteramos muchos de que existía una cosa llamada fondos reservados), con guardias civiles y funcionarios y cargos políticos de altura (de mucha altura) y sicarios contratados como vulgares asesinos a sueldo.
Y sí, la sangría era excesiva, los atentados continuos, y cuando tres granadas de fragmentación terminan con la vida de trece militares, alguien se siente en la necesidad de decir: "Esto se está yendo demasiado de las manos. Hay que darles en sus madrigueras de Francia, duro y bajo cuerda. Unas dosis de su mismo jarabe. Tenemos que debilitarlos y sobre todo acojonarlos. Y que Francia reaccione de una vez y les meta mano. Organízalo. Como quieras y con quienes quieras, pero con resultados y sin cabrear mucho a los franceses. Yo no quiero saber nada en ningún momento. Nada de nada. ¿Entendido, Juan?". Y quien habla es el presidente Fernando Gómez y quien escucha el ministro del Interior, Juan Barriuso. Todo personajes ficticios porque esto es una novela, aunque los parecidos con la realidad no sean pura coincidencia.
La novela está escrita, como he dicho, a base de capítulos muy cortos cuyo título es el año en que transcurren los hechos que en él ocurren. Desde 1946 hasta 2015, saltamos de unas fechas a otras, adelante y atrás en el tiempo, con unos u otros personajes, en distintos lugares, para ir componiendo un mosaico a base de las teselas del tiempo y de la historia, una historia donde no hay buenos, pero sí hay muchos malos. Una historia donde los malos florecen en todos los bandos, porque ser víctima (algunas víctimas, de algunas guerras, sobre todo si son sucias) no te convierte en bueno, tan solo te convierte en víctima, querer hacer justicia no siempre es justo y la venganza nunca puede estar en manos de un Estado.
Al final todo se puede resumir en una triste "ensalada de sangre aliñada con cristales rotos" que diría mi querido Sabina. Como reflexiona al final de esta novela el que, ficticiamente, había sido gobernador civil de Guipúzcoa en aquellos tristes años, José Ángel Elorriaga, "sin la muerte y su trágica gravedad, a ver qué es ahora de ellos y de los que los amparaban y de los que los seguían y de todos los demás canallas al socaire. Los canallas de un sesgo y de otro, que en realidad es el mismo, el de la impostura y la ignominia. La sacralidad de la muerte, lo único que daba entidad y relevancia a su causa o que ocupaba el lugar de la misma; no había más que muerte, miedo y odio, nada más". Pero nadie nunca llegó a pensar esto porque esto es una novela y todos los personajes son ficticios.

Juan Bas
El autor, Juan Bas, obtuvo con esta novela el Premio Dashiell Hammett 2018 en la Semana Negra de Gijón. Un Premio que creo que es muy necesario seguir de cerca. El año pasado se lo llevó David Llorente con "Madrid: frontera", una de mis mejores lecturas de 2017.
"El refugio de los canallas" me ha gustado mucho. Me ha gustado más que "Patria". Nunca llegará a ser un best seller, pero no siempre los mejores libros se convierten en los más vendidos y los más leídos. Ya sé que no hay ninguna necesidad de comparar y que cada una de las dos novelas  es diferente. Que nadie olvide que "Patria", cuya reseña podéis leer pinchando en el título, me gustó; y me gustó mucho, pero creo que "El refugio de los canallas" es una novela más completa, y supone una propuesta más original en la forma. Sobre todo, me llama la atención cómo algunas obras se difunden rápidamente por los medios y la opinión pública y saltan a las listas de más vendidos donde permanecen por meses, y otras, tan buenas o mejores, se quedan en el conocimiento de una minoría. A pesar de contar con un premio como el Dashiell Hammett.

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