Agosto 2017
En aquellos tiempos era casi imposible encontrar un apartamento barato en Manhattan, por lo que tuve que trasladarme a Brooklyn. Esto sucedía en 1947, y lo más agradable para mí de aquel verano, que con tanta claridad recuerdo, fue el tiempo, suave y soleado, con fragancia de flores, como si los días se hubieran detenido en una perpetua primavera. Aquello me resultó providencial, más digno de agradecer que cualquier otra cosa, pues sentía que la marea de mi juventud se hallaba en uno de sus momentos más bajos. A mis veintidós años, luchando por convertirme en escritor, de la clase que fuera, me encontraba con que el ardor creativo que dos años antes me había casi consumido con esplendorosa e implacable llama, había ido vacilando, debilitándose poco a poco hasta quedar reducido a una tenue lucecita que apenas si brillaba en mi pecho, o en cualquier otro lugar donde hubieran residido mis más ávidas aspiraciones. No era que ya no desease escribir; ansiaba, aun apasionadam...