Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

sábado, 28 de diciembre de 2019

"El murmullo de las abejas" Sofía Segovia

"Aunque la vida no da garantías, a veces sí da regalos". A Simonopio, el regalo de la familia Morales Cortés, lo trajo la nana Reja. Cuando volvió por fin aquella mañana. La nana Reja ya no es nana de nadie y pasa los día en una mecedora con la que ya se ha convertido en madera; madera la mecedora, madera ella misma. Tan solo el llanto que nadie más oyó fue capaz de levantarla de su balanceante asiento y llevarla por el camino hacia el puente bajo el que un bebé lloraba cubierto por un manto de abejas que lo abrigaba y lo protegía. 

Ya no es nana de nadie, pero lo había sido de muchos niños. De Guillermo Morales y de sus veintidós hermanastros. Y luego de los hijos de Guillermo del que solo uno, Francisco, había sobrevivido. Ahora Francisco está casado y tiene dos hijas, pero la nana Reja "ya no amamantó a las hijas de Francisco y de su esposa, Beatriz. El tiempo se había encargado de secar a Reja, que ya ni se acordaba cuántos niños de los alrededores habían vivido gracias a su abundancia". Ahora pasa los días de la cama a la mecedora y de la mecedora a la cama gozando de un descanso bien merecido. Hasta aquel amanecer de octubre de 1910 en que nana Pola descubrió alarmada que nana Reja no estaba en su mecedora ni había amanecido en la cama pareja a la suya. La alarma cundió en toda la hacienda y ya Beatriz, la señora, había encargado un ataúd de madera fina y decidido envolver a la nana en una sábana de lino blanco.

Cuando la encontraron, a la sombra de la anacahuita, tenía en sus brazos dos bultos, uno envuelto con su delantal y otro protegido por su rebozo. El primero era un panal de abejas, el segundo, un bebé que lloraba. Un bebé monstruoso de cara al que hubo que proteger de la superstición de algunos. El bebé fue un regalo para Francisco y Beatriz. Era un bebé asombrosamente sano que no se había desangrado a pesar de tener el cordón umbilical sin atar. Era sano y era un regalo cuyo misterio jamás se resolvería, pero... "—Pero, doctor, ¿y la boca? —preguntó Beatriz, preocupada.
La quijada inferior estaba formada a la perfección, pero la superior se abría desde la comisura del labio hasta la nariz. No tenía labio, encía superior al frente ni paladar.
[...] es una malformación. A veces así sucede, como cuando se nace sin dedos o con dedos de más. Es triste, pero natural. Nunca me había tocado atender un caso, aunque lo he visto en libros" — contestó el doctor Cantú.

Con leche de cabra y miel de las abejas le fueron alimentado, gota a gota para evitar que se ahogara. Pero sobrevivió y se quedó para siempre en la familia. Y las abejas también se quedaron y siempre revolotearon alrededor del niño sin picarle jamás, ni picar a nadie que en compañía y amistad lo acompañara. Y entre Simonopio y las abejas salvaron a la familia varias veces. La salvó Simonopio, literalmente, al impedir el contagio de la gripe española que se presentó cuando Simonopio tenía ocho años y se empeñó en impedir que nadie pisara el pueblo en los momentos de ignorancia y de no saber qué era aquello que mataba sin avisar; le salvó la economía cuando la Reforma Agraria amenazaba con quitarles buena parte de sus tierras y gracias al niño y a sus abejas Francisco descubrió la forma de impedirlo.  

Pero si para la familia fue un regalo la llegada de Simonopio para su miembro más pequeño fue el referente de toda su infancia. Al menos hasta el día en que cumplió los siete años y todo cambió. Para cuando Francisco chico nació, Simonopio ya llevaba casi trece años de vivir con la familia. Para entonces, sus padres eran ya abuelos y el padre que poco se había preocupado de la educación de las hermanas pensando que como mujeres a su madre correspondía, ahora decidió que Francisco chico no podía ser delicado en aquella tierra dura y llena de amenazas. Pero el padre, a más de que no hubiera sabido qué hacer con el bebé, tenía demasiado trabajo entre haciendas y ranchos y maíces y caña de azúcar, por lo que retirada la madre de la educación a petición del padre que temía que lo ablandara, pero no pudiendo él mismo hacerse cargo, el niño pasaba de mano en mano. "Mi nana Pola me dejaba con la cocinera Mati, que me encargaba con Lupita, la lavandera, que me olvidaba con Martín, el jardinero, que después de un rato me dejaba acompañado, cuidado y entretenido con Simonopio. Él no me pasaba con nadie hasta que oscurecía y alguien salía de la casa preguntando dónde está el niño". Simonopio nunca abandonó al niño. Le prometió que nunca se iría sin él... y casi lo cumplió.

La vida y la hacienda de la familia dependieron muchas veces de Simonopio, pero si salvó a la familia en varias ocasiones, salvó sobre todo a Francisco chico. Durante mucho tiempo salvó al niño de encontrarse con el coyote, el coyote de dos patas al que sabía que estaba condenado a enfrentarse.

Todo nos lo va contando Francisco chico. Aunque en principio la novela parece contada en tercera persona por un narrador omnisciente, pronto nos damos cuenta de que entra con fuerza la primera persona. Desde muy temprano, aunque no sepamos de quién se trata. Desde el segundo capítulo esa primera persona lo invade todo "Nací entre ese montón de ladrillos de sillar, enjarres y pintura hace mucho tiempo, no importa cuánto. Lo que sí importa es que mi primer contacto fuera del vientre de mi mamá fue con las sábanas limpias de su cama, porque tuve la fortuna de nacer un martes por la noche y no un lunes, y desde tiempo inmemorial las mujeres de su familia habían cambiado las sábanas los martes, como hace la gente decente". Aunque vendrán más capítulos en tercera persona, no podemos quitarnos, yo no he podido quitarme, la sensación de que todo lo cuenta Francisco chico. Cuenta lo que recuerda y lo que le han contado, porque cuenta la vida desde mucho antes de que él naciera. Y avanzada la lectura llegaremos a saber incluso a quién se lo cuenta y por qué.

Sofía Segovia
"El murmullo de las abejas" no cuenta solo la historia de la familia Morales Cortés y cómo llegó a ella Simonopio para llenar su vida de abejas y de visiones salvadoras. Los acontecimientos están plenamente encajados en la propia historia de México. Simonopio llegó con la Revolución porque si el niño apareció en octubre de 1910, la Revolución empezó en noviembre del mismo año. Es en este tema donde más objeciones podría poner a esta novela que, por lo demás, salvo algún otro detalle, me ha gustado bastante. 

Pero el trato que se da al tema de la Revolución, a la Reforma Agraria y su expropiación de tierras sin cultivar para dárselas a los campesinos y terminar con su miseria, los comentarios sobre Lázaro Cárdenas... Todo ello está tratado desde un punto de vista muy negativo para todo lo que esos acontecimientos significan. En ningún momento hay un personaje que represente esos postulados que sea tratado con simpatía o comprensión. Solo son descritas como positivas y vistas con agrado las posturas que defienden la propiedad de la tierra y la educación religiosa. He visto cierta deriva por parte de la autora a ver los hechos tan solo desde un ángulo y a negar toda posibilidad de bondad en las posturas que, imagino, son contrarias a sus ideas. Me han chirriado sobre todo los comentarios negativos sobre Lázaro Cárdenas, uno de los mejores presidentes que ha tenido México y que tanto hizo por los exiliados españoles tras la Guerra Civil y por su propio país con la nacionalización del petroleo y muchas medidas que favorecieron tanto a obreros y campesinos como a empresarios e incluso a la iglesia.

Ya digo que, salvo este tema, que tampoco tiene excesivo peso en el total de la historia, y otro detalle, la novela me ha gustado bastante. Y ese otro detalle es que me ha parecido que en algunos momentos se alargaba demasiado en comentarios y reflexiones que, de tanto darles vueltas, terminaban siendo un poco redundantes, terminaban dilatando el momento de la acción y haciendo que perdiera cierta fuerza. 

Pero como ya he dicho, el balance final es positivo, y probablemente leeré alguna novela más de esta autora.

Esta novela la he leído como recomendación de Sandra Herrera del blog  Papel con letras. Dicha recomendación me llegó a través de El Reto Serendipia Recomienda 2019. Esta es la tercera novela que leo de las tres que supone el reto. Si queréis saber cuáles son las otras dos podéis verlo en esta entrada de mi blog.

Título del libro: El murmullo de las abejas
Autora: Sofía Segovia
Nacionalidad: México
Editorial: Lumen
Año de publicación: 2015
Año de publicación original: 2014
Nº de páginas: 528

miércoles, 25 de diciembre de 2019

"El mundo de los postres navideños".


Fue David Rubio del blog "El tintero de oro", quien convocó este reto de escribir relatos a ocho manos. Hubo una edición dedicada al terror y ahora viene esta segunda dedicada a la Navidad. En este relato hemos participado Estrella Amaranto de "El blog literario Amaranto", David Rubio de "El tintero de oro", Jose Espi de "Entre cuatro esquinas" y yo misma.

Debo agradecerles a los tres la facilidad con la que se ha podido trabajar que ha hecho que la elaboración de este relato haya sido todo un placer. 

Os dejo ya con "El mundo de los postres navideños". Espero que lo disfrutéis y aprovecho con él para felicitaros a todos estas fiestas.


Felicidad, familia, reencuentros, sentimientos aglutinados junto con manjares típicos... En Navidad, la dulzura impera por cada rincón, pero si hay un mundo donde ese sentimiento adquiere todo su significado es en «El mundo de los postres navideños».
Sin embargo, a pesar de su dulzura, hubo una vez que esa condición quedó en entredicho:
Era víspera de Nochebuena y la casa de Don Turrón bullía. Cada año, todos los familiares repartidos por el mundo se encontraban allí y pasaban un rato en compañía antes de ofrecer su dulzura a los humanos
—¿Qué tal por tierras teutonas, querida? —preguntó don Turrón a Berlina, su esposa, nada más llegó.
—Poco, ya sabes... ¿y el pequeñín? ¿Dónde tienes a mi Polvoroncillo? —contestó ella.
—Ha salido un momento con su hermano Mazapán...
—¿Dónde? Necesito abrazarlo después de tanto...
—Han ido con el abuelo a no sé qué —interrumpió Torrijas de leche, la viuda y cuñada de Don Turrón.
De pronto, la puerta se abrió y entraron los pequeños con Alfajor, el abuelo.
—¡Mis pequeños! —gritó Berlinesa abrazando a ambos—, qué ganas tenía de acariciar vuestra dulzura.
—¡Nuera! ¡Ya viniste acá! —irrumpió Alfajor sin siquiera moverse del umbral, como si extrañamente no quisiera entrar todavía.
—¡Abuelo! —exclamó Berlinesa—, entre, ¿qué hace ahí parado?
—Pues veréis... —dijo el abuelo echándose a un lado y dejando paso a un familiar que hacía mucho que no se presentaba en las reuniones familiares y que puso en jaque esa típica personalidad tan dulce: Helado de chocolate vegano con té verde.
La primera en La primera en cuestionar su presencia fue una de las tías Peladilla:
—¿Y ese qué hace? Menudo postre de Navidad más triste. Helado, frío como el tiempito que tenemos y encima sin mantequilla ni nata ni nada rico.
—Ja, ja. Parece un ratoncito mustio. ¡Eh, tú, Helado de chocolate vegano con trocitos de té verde! —¿habrase visto qué nombre más rimbombante?—, ¿entiendes castellano? Sí, soy yo, Torrija.
—No deberías burlarte tanto, Torrija —dijo serio Alfajor—. Tú que tan pronto sirves de postre navideño como de postre de Pascua no eres la más apropiada para criticar a los demás.
—Bueno, padre, de todas formas hay que hacer algo. Solo faltaría que les gustara más a los humanos y nos relegaran para siempre —se lamentó Turrón, haciéndose eco de lo que todos sentían y no se atrevían a confesar.
—Pues encima de mí estaría muy bueno —dijo Torrija un poco amoscada por el rapapolvo de Alfajor—, aunque para eso tendríamos que derretirlo.
—Ja, menuda idea —exclamó don Turrón—. ¿Por qué no lo metemos en el microondas? Un poquito y a baja potencia…
—¡Ay, querido esposo! No sé qué me da…
—Berlinesa, no vamos a matar a tu hermano solo quitarle ese aire tan… frío.
—Es verdad, se da tantos aires…
—¡¡¡¡Nooo!!! —gritó Polvoroncillo—. No quiero que queméis al tío cocholate.
La cena de Nochebuena fue todo un éxito, aunque no para todos los miembros de la familia de don Turrón. Helado de chocolate vegano yacía desmadejado en un cuenco: el mismo en que, a baja potencia y durante unos segundos, había permanecido en el microondas; lo suficiente para perder su apetitoso aspecto cremoso y adquirir la consistencia del barro mojado. Nadie en la mesa se dignó mirarlo más que para apartarlo a un lado y abrirse camino hacia una Peladilla. Los humanos disfrutaron con los dulces tradicionales. Don Turrón y los niños, Polvoroncillo y Mazapán, fueron los triunfadores absolutos de la cena, aunque Berlinesa, Alfajor y demás familiares también recibieron la atención merecida aquella noche.
En la mañana de Navidad, casi todos los postres se engalanaron para ofrecer de nuevo sus encantos gustativos a los humanos. El casi era Polvoroncillo que intentaba encaramarse al cuenco en el que se hallaba Helado de chocolate vegano con té verde.
—¿Necesitás ayuda?
Polvoroncillo se giró para ver a su abuelo rodando hacia él.
—¡Hola, abuelo alfajor! ¿Oyes eso? Parece que el tío cocholate vegano está llorando. No me gustó lo que hicieron papá y los demás.
—Estuvo muy mal, por muy altanero que sea ese tipo no se lo merecía, y menos en Navidad. Va, subí encima de mí para ver cómo está.
Y así hizo el pequeño. Dentro del cuenco, pudo observar las lágrimas de chocolate que saltando como una fuente a chorros.
—¿Cómo estás? —preguntó Polvoroncillo.
—¡Ay, ay! ¡Mira lo que me hicieron! ¿Así se recibe a un familiar?
—Lo… lo siento. ¿Puedo hacer algo?
—¡Llévame de nuevo a la nevera, te lo suplico!
Polvoroncillo bajó de Alfajor dispuesto a ello, aunque no sabía cómo podrían hacer tal cosa, siendo él pequeño y su abuelo, anciano. En ese momento, llegó don Turrón.
—¿Qué hacéis todavía aquí? Los humanos pronto van a reunirse a la mesa.
—Disculpá, creo que Polvoroncillo tiene algo que decir.
Polvoroncillo observó al terco de su padre y apenas balbuceó:
—De... deberíamos llevar a tío cocholate a la nevera.
—¡¿Qué?! ¡Un rotundo no! Ya lo entenderás cuando crezcas. Vamos, que están a punto de servirnos.
Los postres aterrizaron en la mesa, felices y preparados para ser degustados. Pero pasó el tiempo, y ni uno de ellos abandonó las bandejas. Entonces escucharon a uno de los niños humanos que verbalizó la opinión del resto de comensales:
—¿Otra vez lo mismo? ¡Qué aburrimiento! ¿Cuándo podremos comer a Helado de chocolate vegano con tropezones de té verde, mamá?
Y allí quedaron. Abandonados, inadvertidos.
Fue tan decepcionante para los postres tradicionales aquel ostensible rechazo de los humanos, que al llegar la cena de Nochevieja temieron desaparecer del menú. Aquello les llevó a arrepentirse sobre su mezquina conducta con el forastero. Había que devolverle a su primigenio estado, con lo que nada mejor que enfriarlo en la nevera, de ello se encargó Polvoroncillo, pues su inocente súplica a fin de resucitarlo hizo que toda la familia cambiara de actitud, lo que le colmó de alegría, dando saltos y gritos: «¡hip hip hurra... Vivan las fiestas de Navidad y del Año Nuevo!»
Con ese buen ánimo entraron al comedor donde todos lucían sus mejores galas perfumados de aromas deliciosos y con sabores únicos. Los comensales los miraron asombrados y aguardaron que se sentara un niño impaciente, después de cometer una de sus típicas travesuras.
—Disculpa, amigo Helado vegano, pero he tropezado sin querer... en realidad, me han empujado y no sé cómo salir de aquí. —balbuceó nervioso arqueando las cejas, don Turrón, a quien aquel niño que le gustaba hacer travesuras le había arrojado en el cuenco del postre exótico.
—¡No te preocupes! Podemos hacer un dúo exquisito si ellos se deciden a probarnos. —le contestó con una amplia sonrisa tratando de tranquilizarle.
—¡Ah, no lo había pensado antes, pero me parece una idea genial! —exclamó don Turrón mostrando sus sabrosas y exquisitas almendras en señal de aprobación.
Inquietos por la curiosidad de aquella novedosa fusión de ambos postres, los humanos la saborearon y les encantó.

Aquel incidente les ayudó a comprender que de nada les había valido ser tan prejuiciosos con lo diferente, puesto que la unión de lo tradicional con lo atípico fue lo que contribuyó a realzar sus virtudes y enriquecerse mutuamente.

domingo, 22 de diciembre de 2019

"El orden de día" Éric Vuillard

"Eran veinticuatro, junto a los árboles muertos de la orilla, veinticuatro gabanes de color negro, marrón o coñac, veinticuatro pares de hombros rellenos de lana, veinticuatro trajes de tres piezas y el mismo número de pantalones de pinzas con un amplio dobladillo". Veinticuatro hombres que entraron en el vestíbulo del Reichstag, el Parlamento, ese edificio que no tardando mucho, tan solo una semana después, se habrá convertido en "un amasijo de escombros humeantes". Porque estamos a 20 de febrero de 1933 y la noche del 27 al 28 de ese mismo mes el edificio del Reichstag se convertiría en una antorcha reflejándose en el Spree y dando el pretexto ideal para que Hitler, nombrado tan solo un  mes antes canciller del Reich, atacara a sus enemigos políticos echando la culpa del incendio a los comunistas, terminara con los derechos civiles y decretara la pena de muerte para los delitos de alta traición.

Aquella reunión del 20 de febrero supuso el compromiso de grandes hombres de negocios y de la industria alemana con el nazismo. Se avecina una campaña electoral determinante, les informa Göring como presidente del Reichstag. Conviene que el resultado de dichas elecciones proporcione la estabilidad que todo hombre de negocios ambiciona. Y más en esa época turbulenta con la amenaza comunista y el poder de los sindicatos. "Y si el partido nazi alcanza la mayoría, añade Göring, estas elecciones serán las últimas durante los próximos diez años; e incluso —añade con una sonrisa— durante los próximos cien años". Imposible una mayor estabilidad para mayor gloria del capitalismo alemán.

Los reunidos en esa ocasión eran hombres que algunos nos suenan pos sus apellidos ligados a algunas empresas: Gustav Krupp, Carl von Siemens, Wilhelm Opel... pero las empresas involucradas suponen un escalofrío cuando se enumeran: Bayer, BMW, Daimler, IG Farben, Agfa, Shell, Schneider, Telefunken, Siemens, Opel, BASF, Allianz. De muchas de ellas se nos dice incluso de qué campos de exterminio sacaron la mano de obra esclava durante la guerra: "IG Farben en Dora-Mittelbau, en Gross-Rosen, en Sachsenhausen, en Buchenwald, en Ravensbrück, en Dachau, en Mauthausen, y explotaba una gigantesca fábrica en el campo de Auschwitz: IG Auschwitz, que de un modo totalmente impúdico figura con ese nombre en el organigrama de la firma". Pongo este ejemplo por ser el más relevante. Y vomitivo.

Los nazis perdieron la guerra, pero como los que los habían financiado nunca pierden, ahí están hoy en día, en nuestros garajes, en nuestras cocinas, en nuestros botiquines.. no sé qué harían hoy sus dirigentes de verse en la tesitura de febrero de 1933. No me gusta cargar a los hijos o a los nietos con los pecados de sus padres o abuelos, pero siguen columpiándose en las riquezas extraídas del sufrimiento, siguen apostando siempre a caballo vencedor y aunque el caballo resulte a la postre perdedor, ellos nunca pierden. Se bajarán del caballo antes de que se desplome y se subirán a otro más prometedor. "Todos ellos sobrevivirán al régimen y financiarán en el futuro a numerosos partidos a tenor de sus beneficios".

Pero no solo los grandes empresarios alemanes sufragaron con sus cuantiosas aportaciones (un millón de marcos, Gustav Krupp; cuatrocientos mil Georg von Schnitzler) el régimen y la guerra que propiciaría. Muchos políticos europeos facilitaron la labor de buena gana o, aun de mala gana, agacharon la cabeza o no tuvieron la perspicacia de ver claro o pensaron que dando al monstruo algo de comer se salvaría el grueso de las provisiones o sucumbieron a las presiones y al chantaje. 

En noviembre de 1937, lord Halifax, presidente del Consejo británico, que había protestado entre otras cosas por la anexión del Sarre o el bombardeo de Guernica por parte de la legión Cóndor, viajó a Alemania en visita privada invitado por Hermann Göring, que para entonces era ministro del Aire y ya había creado la Gestapo. Muchas quejas y protestas para terminar escribiendo acerca de la visita: "«El nacionalismo y el racismo son fuerzas pujantes, ¡pero no las considero ni contra natura ni inmorales!»; y casi a continuación añade: «No me cabe duda de que esas personas odian de verdad a los comunistas. Y le aseguro que nosotros, de estar en su lugar, sentiríamos lo mismo»". Odiaban mucho a los comunistas, pero menos de dos años después se firmaría el pacto entre Alemania y la URRSS. Odiaban mucho a los comunistas, pero odiaban aún más a judíos, gitanos, homosexuales, opositores, discapacitados... 

Halifax le había insinuado a Hitler que sus pretensiones sobre Austria y parte de Checoslovaquia, no serían vistas con malos ojos por parte del gobierno británico. No necesitaba su permiso el führer, pero como política de apaciguamiento no está mal. Hitler se anexionará Austria con el entusiasmo de los nazis austriacos, la presión y el chantaje sobre quienes podían oponérsele y la oposición de casi nadie ni dentro ni fuera, en marzo de 1938 "Durante la mañana del 12 de marzo, los austriacos esperaron la llegada de los nazis febrilmente, con un júbilo indecente [...] ¡Viena, les ofrecieron todos tus bombones, todas tus ramas de abeto, toda el agua del Danubio, todos los vientos de los Cárpatos, tu Ring, tu castillo de Schönbrunn, su salón chino, la habitación de Napoleón, el cadáver del rey de Roma, el sable de las Pirámides! ¡Todo!"

En octubre del mismo año invadirá los Sudetes, zona de Checoslovaquia en la que la población alemana suponía alrededor de un treinta por cien. No teme represalias Hitler por esta segunda anexión. Hace unos días, el 29 de septiembre de 1938, ha tenido lugar la Conferencia de Múnich y en ella, Chamberlain y Daladier, primer ministro ingles y francés respectivamente, le han vendido a Hitler Checoslovaquia a precio de saldo con su firma. Menos de diez días después, entre el uno y el diez de octubre, el führer se cobra su deuda ratificada en los acuerdos de Munich con la vergonzosa firma del pacto. 

"Se abruma a la Historia, se pretende que ésta obliga a adoptar poses a los protagonistas de nuestros tormentos. No veremos nunca el dobladillo mugriento, el hule amarillento, la matriz del talonario, la mancha de café. Tan sólo nos mostrarán el perfil amable de los acontecimientos. Con todo, si miramos bien, en la fotografía donde aparecen Chamberlain y Daladier, en Múnich, justo antes de la firma, a la vera de Hitler y Mussolini, los Primeros Ministros inglés y francés no parecen muy ufanos. Aun así, firman. Tras cruzar las calles de Múnich entre los vítores de una inmensa multitud que los recibe con los saludos nazis, firman. Se los ve, a uno, a Daladier, sombrero encasquetado, un tanto incómodo, haciendo pequeños ¡holas!, al otro, a Chamberlain, hat en mano, esbozando una amplia sonrisa. Este infatigable artesano de la paz, como lo llaman los noticiarios de la época, asciende la escalinata, en blanco y negro para la eternidad, entre dos hileras de soldados nazis". (Larga la cita, pero no me he podido resistir a la belleza de la prosa de Vuillard).

Como por desgracia, todos sabemos, de nada sirvió esa política de apaciguamiento. Hitler no quería ser apaciguado, quería conquistar Europa para conseguir su Lebensraum, su espacio vital que irían arrebatando a los pueblos que consideraban inferiores, sobre todo eslavos y judíos. Hubo que esperar al 1 de Septiembre de 1939 para que, ante la invasión de Polonia, Inglaterra y Francia declararan la guerra. 

Éric Vuyllard
Pero de la guerra ya no nos habla Éric Vuillard, porque lo que él nos cuenta en este libro son los previos, las ayudas que la posibilitaron, las cegueras más o menos interesadas que no la impidieron, el miedo paralizante que con su silencio la hizo posible. 

No me gusta descontextualizar ni juzgar hechos de 1933 o 1938 con la perspectiva actual; sabiendo todo lo que se ha sabido luego, sobre todo después de 1945 en que los rusos y los estadounidenses fueron desentrañando el horror que, aunque sospechado, nunca se creyó tan rotundo. Ahora no hay duda de que Hitler era una reencarnación del demonio, al menos para los que creen en él. Para el resto, era sencillamente un mal hombre, un ser ensoberbecido por algún oculto complejo, incapaz de ponerse en la piel ajena y convencido de que el mundo le debía algo que tenía derecho a cobrarse sin tardanza. Pero en 1933 y 1938, Hitler era un bastión contra el comunismo (también Franco lo era por la misma época y lo sería aún más terminada la guerra mundial). Era racista y nacionalista, pero había sacado a Alemania de la ruina y le había devuelto el orgullo de los pueblos elegidos, tan maltratada tras la Gran Guerra y el Tratado de Versalles, pero ya había dicho lord Halifax que el racismo y el nacionalismo no eran características aberrantes o contra natura. No, no era lo mismo el concepto de Hitler y el nazismo en 1933 o en 2017, pero tampoco nos engañemos, tampoco creamos en la buena fe basada en la ignorancia de los banqueros y empresarios alemanes. Cuando fueron conscientes de todo el horror desencadenado por el nazismo, se apresuraron a aprovecharlo para enriquecerse aún más con mano de obra esclava cuya esperanza de vida se extendía a unos meses; los justos para que su uso resultara rentable, los suficientes y ni uno más para que el cociente beneficio obtenido/gasto en alimentación fuera positivo. 

Aunque he visto el libro calificado como novela, no me lo parece, tampoco me parece un ensayo. Su cuidada prosa, casi poética en ocasiones, lo aleja del ensayo, pero la perfecta documentación y el rigor de los hechos históricos que se narran lo ponen fuera del alcance de la novela. Es un libro hermoso a la vez que interesante y doloroso, merecedor del Premio Goncourt en 2017. Es tal vez el deseo del autor de cambiar la historia, de detener algunos hechos para siempre con el afán insuperable e inconquistable de cambiar el horror que estaba a punto de desencadenarse sobre Europa en aquel febrero de 1933. Y así, cuando Éric Vuillard contempla a los empresarios que se van a reunir en aquella asamblea que nunca figuró en ningún orden del día piensa que la literatura todo lo permite y "por lo tanto, yo podría hacerles dar vueltas hasta el infinito en la escalera de Penrose, ellos jamás podrían volver a bajar ni a subir, harían siempre ambas cosas a la vez. Y, en realidad, ése es en cierto modo el efecto que nos producen los libros. El tiempo de las palabras, compacto o líquido, impenetrable o espeso, denso, dilatado, granuloso, petrifica los movimientos, hechiza y aturde. Nuestros personajes permanecerán confinados en el palacio para siempre, como en un castillo encantado". Pero no, parece ser que no todo lo puede la literatura.   

Título del libro: El orden del día
Autor: Éric Vuillard
Nacionalidad: Francia
Título original:  L'Ordre du jour
Traducción: Javier Albiñana
Editorial: Tusquets
Año de publicación: 2018
Año de publicación original: 2017
Nº de páginas: 144

jueves, 19 de diciembre de 2019

"Cosecha roja" Dashiell Hammett

Me da vergüenza decirlo, pero aún no había leído nada de Dashiell Hammett. No había leído nada, pero sin embargo ya lo conocía. Conocía sobre todo a Sam Spade y un poco al Agente de la Continental. Sí, yo soy de esas personas que entró en la obra de Hammett por el camino indirecto del cine. Como dice Constantino Bértolo en el magnífico prólogo de este primer tomo de las obras completas de Hammett que compendia todas sus novelas: "Las películas rodadas sobre sus novelas constituyen parte esencial del gran cine norteamericano en su época dorada. Es imposible separar la imagen de Sam Spade, su detective más famoso, del gesto huraño y desolado de Bogart. Difícil es separar las frases de Bogart, secas, irónicas, escépticas, del texto real de relatos y novelas". Para mí, como para Garci, eso de el material con que se construyen los sueños, será siempre una frase de Sam Spade. Nunca la escribió Dashiell Hammett, pero es una de las frases más bellas (con perdón de Shakespeare) de uno de sus más famosos personajes .

Mucho le debe la literatura a Hammett. Yo lo sabía aunque no hubiera leído nunca al autor. Es un tópico que Hammett sacó la novela de detectives y policías de los salones y las bibliotecas y las casa de campo inglesas con porcelana fina, mayordomo y té a las cinco, y la trasladó a las calles, a los suburbios, a los barrios marginales, entre todo tipo de delincuentes y desharrapados; quitó los detectives elegantes y las damas respetables metidas a investigadoras, y los sustituyó por recios hombres malhablados, bebedores y un tanto desaliñados cuando no sucios o ambas cosas. Hizo que la Literatura saltara de la Golden Age a la Novela Negra, con mayúsculas. Citando a Paco Camarasa que a su vez cita a Chandler: "Citando a Chandler, «Hammett sacó al asesinato del búcaro de cristal veneciano y lo tiró al callejón, que es donde sucede el crimen, y lo devolvió a la gente que lo comete por alguna razón, no solo para suministrar un cadáver. Y con los medios que disponían, y no con pistolas de duelo cinceladas a mano, curare y peces tropicales. Trasladó a esa gente al papel tal como era, y la hizo hablar y pensar en la lengua que habitualmente usa»".

Y por si ese fuera poco mérito para el escritor estadounidense, también aportó lo suyo a la historia del cine. No solo escribió guiones contratado por Hollywood para ello, sino que muchos de sus relatos y novelas han sido llevados al cine, alguna como "El halcón maltés" o "El hombre delgado" en más de una ocasión. En palabras nuevamente de Constantino Bértolo, es "como si Hammett, además de modificar radicalmente los caminos de la novela policíaca, hubiera creado también el cine negro, y en verdad que es difícil separar dónde acaba Hammett y dónde empieza el cine".

"Cosecha roja" fue su primera novela. Se  publicó en 1929. En ella aparece, el agente de la Continental. Es un detective privado cuyo nombre nunca se llegará a conocer. Trabaja en la Agencia Continental de Investigaciones, en San Francisco, una agencia de detectives que podría estar inspirada en la Agencia Pinkerton de Baltimore en la que el propio Hammett había trabajado como detective entre 1915 y 1922. Aunque esta es la primera novela del autor, el agente de la Continental ya había aparecido en historias cortas publicadas en revistas desde 1923, casi todas en la revista pulp Black Mask. Algunas de esas historias, una treinta y seis en total, se unirían para dar las dos novelas en que aparece el agente: "Cosecha roja" y "La maldición de los Dain". Otras se recopilarían en un libro de relatos publicado en 1945 bajo el título de "El agente de la Continental".

La vida de Dashiell Hammett es como una de sus novelas... Fue detective privado en la citada Agencia Pinkerton. Voluntario en Francia en la Gran Guerra, contrajo la gripe española  que superó. Y no sé si sería a causa de esa gripe o algo independiente, pero un año después enfermó de tuberculosis. Esa enfermedad o sus secuelas, junto con su temprano alcoholismo le proporcionaron durante toda su vida una salud precaria. Su relación de más de treinta años con la escritora Lillian Hellman fue tan tormentosa, apasionada y accidentada como la mejor historia de amor de la literatura. 

Dashiell Hammett
Estuvo afiliado al Partido Comunista durante los años treinta, aunque años antes, para mantener a su mujer y a sus hijas, había trabajado reventando huelgas. Esta afiliación y el negarse a declarar en el Comité de Actividades Antiamericanas del senador McCarthy le valieron seis meses de cárcel en 1951. Durante la Segunda Guerra Mundial, a pesar de su mala salud y su tuberculosis recurrente, consiguió ser alistado y pasó todo su periodo de alistamiento editando un periódico en las Aleutianas. Su última novela apareció en 1934 y desde entonces no volvió a publicar nada más.

"Al primero que le oí llamar Poisonville a Personville fue a un paleto pelirrojo llamado Hickey Dewey en el Big Ship de Butte. Claro que también a su camisa la llamaba gamuza: por eso no le di importancia al cambio del nombre de la ciudad". Así empieza "Cosecha roja" y creo que el agente de la Continental, recién llegado a Personville, debió darle más importancia al apodo que le daban a la ciudad porque realmente era una ciudad envenenada. Él lo descubrirá muy pronto. En cuanto empiece a investigar la muerte de Donald Willsson, el hombre que lo ha llamado a la ciudad y que es asesinado antes de poder entrevistarse con él.

Poco se puede contar de la novela, más allá de que es una crónica de la corrupción más vil y extendida; una corrupción en la que participan todos los que tienen algún poder en el pueblo, unos junto a otros, unos contra otros. El propio agente utilizará métodos muy poco ortodoxos para limpiar el pueblo y terminar no solo con la corrupción sino también con los corruptos. Y lo hará contratado por el peor de todos ellos, el jefe de la banda, el padre del hombre asesinado que le había llamado a Personville. "El viejo Elihu Willsson, el padre del que habían asesinado esa noche, había poseído Personville en cuerpo y alma, de los pies a la cabeza. Era presidente, y accionista mayoritario, de la Corporación Minera de Personville, ídem de lo mismo del First National Bank, propietario del Morning Herald y del Evening Herald, los dos únicos periódicos de la ciudad, y como mínimo propietario parcial de casi cualquier otro negocio importante. Además de éstas, contaba entre sus propiedades con un senador de los Estados Unidos, un par de representantes en el Congreso, el gobernador, el alcalde y la mayoría de los diputados del Estado". Y toda la policía. Y es este hombre el que contrata a la Agencia Continental representada en el agente para que investigue la muerte de su hijo y limpie la ciudad de la corrupción que el mismo encabeza.

A partir de ese momento, una trama trepidante se desarrollará ante nosotros: trampas, engaños, emboscadas, pactos rotos, malos que parecen buenos, malos que son malísimos, rivalidad entre bandas, traiciones, mucha violencia, mucha lacra moral, ninguna honestidad, ninguna verdad en perspectiva. Mucha ironía. Amarga, triste, desencantada, hiriente ironía que solo sirve para poner más en evidencia el triste mundo que entre todos han construido en Personville, la triste evidencia que ha transformado Personville en Poisonville.

Los diálogos son ágiles e inteligentes; los personajes están perfilados, y bien perfilados, en pocas palabras; el tono es irónico, pero incisivo hasta la crueldad; la trama, como he dicho, trepidante y llena de giros y sorpresas. Una novela... de la que poco más se puede decir: puro hard boyled, Dashiell Hammett, creador de la novela negra, su primera novela. Que cada cual saque sus conclusiones. 

Esta novela entra en el III reto "Nos gustan los clásicos" por estar publicada antes de 1980. "Cosecha Roja" está publicada en 1929.

Esta novela entra también en el I reto  "Cabalgando entre clasicospor estar publicada antes de 1970. 

Título del libro: Cosecha roja
Autor: Dashiell Hammett
Título original: Red Harvest
Nacionalidad: Estados Unidos
Traducción: Francisco Paez de la Cadena
Editorial: Debate 
Año de publicación: 1994
Año de publicación original: 1929
Nº de páginas: 172 *

*El volumen leído es el Tomo I de las obras completas de Dashiell Hammett en el que esta novela ocupa 172 páginas de las 988 totales.

lunes, 16 de diciembre de 2019

"Goodbye, Berlín" Wolfgang Herrndorf

"No tener mote puede deberse a dos motivos: o aburres hasta a las piedras y por eso no te ponen ninguno, o no tienes amigos. Si tuviera que decidirme por uno de los dos, para ser sincero, preferiría no tener amigos a aburrir a las piedras. Porque cuando uno es aburrido automáticamente carece de amigos, o sus amigos son más aburridos todavía que él mismo. Pero existe una tercera posibilidad: ser aburrido y no tener amigos. Me temo que ese es mi problema". Maik no tiene mote. Maik tiene catorce años y su vida ese verano no se presenta muy apasionante. En realidad, su vida no se presenta nunca apasionante. No tiene amigos. La chica que le gusta, Tatiana Cosic, no le hace ningún caso. Ni siquiera le ha invitado a su fiesta de cumpleaños que se celebra al principio de esas vacaciones de verano. Está invitada toda la clase, y se va a celebrar cerca de Potsdam, en Werder, a orillas del lago. Será una fiesta magnífica en la que todos se quedarán a pasar la noche. Maik le ha preparado un magnífico regalo hecho por él mismo, pero Maik no recibe su invitación, por ningún sitio aparece la tarjetita verde que todos los compañeros empiezan a exhibir.

Casi todos en realidad, porque no solo Maik se ha quedado sin su tarjeta verde de invitación. "El Nazi tampoco recibió ninguna, ni Tschichachov y uno o dos más. Lógico. No habían sido invitados los mayores muermos, ni los marginados, ni los rusos, ni los nazis, ni los idiotas. No tuve que meditar mucho sobre la consideración que yo le merecía a Tatiana. Porque no era ni ruso, ni nazi". De manera que Maik se dispone a empezar el verano prescindiendo del cumpleaños de Tatiana y sin saber muy bien qué hacer con el enorme regalo que ha confeccionado para ella.

Lo que no sabe es que va a tener que prescindir de más cosas ese verano. Su madre tiene que volver al balneario durante cuatro semanas y su padre tiene una cita de negocios y va a estar catorce días de viaje. Lo del balneario fue un chiste más de su madre que es más divertida que la mayoría de las madres. El balneario "en realidad es una clínica, porque ella es alcohólica. Bebe desde que tengo memoria, pero la diferencia es que antes era más divertido. Normalmente todo el mundo se pone alegre con el alcohol, pero cuando supera cierto límite, la gente se adormece o se vuelve agresiva, y cuando mi madre volvió a corretear por casa con el cuchillo de cocina, yo estaba con mi padre en lo alto de la escalera y mi padre preguntó: —¿Qué te parecería otra estancia en el balneario?". Y lo del viaje de negocios... es otra historia.

Maik es un niño bien al que no le falta de nada: jardín, piscina, aire acondicionado, dinero para sus caprichos. No le falta de nada salvo un poco de atención por parte de sus padres. Por su parte, Tschichachov, Tschick, carece de casi todo. Tschick es un marginado y tiene pinta de marginado. Es un ruso de ojos mongoles que no se integra bien ni con los compañeros ni con los profesores, pero será el compañero inseparable de Maik durante unos días de ese verano, porque Tschick aparece en la puerta de su casa mientras él riega el césped, con un Lada Niva azul desvencijado y detrás de él no se apea ninguna persona adulta porque Tschick está solo, el coche es robado y el muchacho ruso, con catorce años, no tiene carnet de conducir.

Todo ello, más el hecho de que tampoco a él le cae muy bien Tschick, quien no trata con nadie y aparece en clase muchos días bebido, hace que Maik no se suba de muy buena gana al coche. De hecho, en un principio se niega rotundamente. En realidad si lo hace es porque Tschick le convence para presentarse en casa de Tatiana, cuyo cumpleaños se celebra ese mismo día,  entregarle el regalo y después irse con toda dignidad por mucho que le insistan en quedarse. Así lo hacen. Entregan el regalo a Tatiana y se van en el Lada Azul robado.

A partir de ese momento, comienza una historia de carretera, una road story en la que todo puede pasar y, de hecho, casi todo pasa. El libro comienza casi por el final y desde su inicio nos mete de lleno en la aventura. "Lo primero que se percibe es el olor a sangre y a café. La cafetera está enfrente, sobre la mesa, y la sangre, en mis zapatos. Para ser sinceros, no es únicamente sangre. Cuando el más mayor dijo «catorce», me meé en los pantalones. Estuve todo el rato inclinado en el taburete, sin moverme. Me sentía mareado. Intentaba aparentar lo que yo creía que pensaría Tschick cuando alguien le dice «catorce», y después, acojonado, me meé en los pantalones". Cuando el libro comienza, los han detenido y están en un puesto de policía dela autopista, pero hasta ese momento, sus aventuras han sido variadas y casi todas bastante disparatadas. 

Al los sones de la cassette de Richard Clayderman, la única que hay en el coche, han recorrido un itinerario lleno de escenarios y de personajes de lo más variado y peculiar: Isa, Horst Fricke, Friedemann y su extraña familia, la enfermera Hanna... "Resumiendo: habíamos recorrido centenares de kilómetros por toda Alemania, habíamos cruzado un abismo sobre un andamio de obra, Horst Fricke nos había disparado, habíamos transitado por una pista y descendido a toda velocidad por una pendiente, habíamos dado cinco vueltas de campana y lo habíamos superado todo más o menos sin un rasguño,, hasta que salió un hipopótamo de la maleza y aplastó con un extintor el pie de Tschick".

El libro está narrado por Maik en primera persona y su lenguaje es sencillo y muy directo. No hay resentimiento en sus comentarios. Ni él ni Tschick se puede decir que tienen una vida fácil. Él proviene de un hogar rico, pero vive un tanto abandonado entre la madre alcohólica y el padre siempre de viaje; Tschick es un inmigrante ruso, con una familia que parece reducirse a un hermano de ocupación incierta, pero poco acorde con la ley. Y sin embargo mantienen la inocencia y una especie de honradez y decencia que les impide entregarse a ciertos comportamientos. Ni siquiera estarían tranquilos con el robo del coche si no pensaran devolverlo, porque en realidad Tschick lo ha cogido prestado.

Ninguno de los dos tiene muchos motivos para ver la vida con optimismo, pero ese verano han decidido tomar el tiempo en sus manos y no dejar que nadie les dicte lo que deben hacer. Se sorprenderán ante lo que su aventura les depara porque los extraños que se van encontrando se preocupan más por ellos que las propias personas que deberían velar por la seguridad de sus vidas. "Mis padres me lo habían dicho, mis profes, la tele. En las noticias y a todas horas: el ser humano no es bueno. Y puede que esto sea cierto en el noventa y nueve por ciento de los casos. Pero lo alucinante es que, durante nuestro viaje, Tschick y yo solo nos encontramos con el uno por ciento restante". 

Su aventura terminará de forma distinta para cada uno de ellos. Mejor para uno que para otro. Sus diferencias sociales marcan otras diferencias que siempre estarán presentes.

Wolfgang Herrndorf 
Tras leer el libro, indago en el autor y en el propio libro. Así me entero de que  la novela obtuvo en 2011 el Premio Nacional de Literatura Juvenil Alemana. "Goodbye, Berlín" puede que sea una novela juvenil, pero yo, que no suelo leer ese tipo de literatura, no me he sentido a disgusto leyendo el libro. Me ha recordado a "El guardián entre el centeno" por ese despertar de un niño rico al que, como a Holden, le sobra dinero y bienestar y le falta compañía y complicidad por parte de sus padres. "Goodbye, Berlín" es además una road story que, salvando muchas distancias, me ha traído a la memoria "En el camino" de Jack Kerouac. La novela tiene una versión cinematográfica dirigida en 2016 por Fatih Akin que espero encontrar para ver en breve.

Me entero también de que su autor, Wolfgang Herrndorf, murió en 2013, con cuarenta y ocho años. Se suicidó tras habérsele descubierto un tumor cerebral maligno y mortal. 

Esta novela la he leído como recomendación de Keren Verna. Dicha recomendación me llegó a través de El Reto Serendipia Recomienda 2019. Esta es la segunda novela que leo de las tres que supone el reto. Si queréis saber cuáles son las otras dos podéis verlo en esta entrada de mi blog.

Título del libro: Goodbye, Berlín
Autor: Wolfgang Herrndorf
Nacionalidad: Alemania
Título original: Tschik
Traducción: Rosa Pilar Blanco
Editorial: Siruela
Año de publicación: 2010
Año de publicación original: 2012
Nº de páginas: 248

viernes, 13 de diciembre de 2019

"Las reputaciones" Juan Gabriel Vásquez

"Y ahora, a sus sesenta y cinco años, la misma clase política que tanto había atacado y acosado y despreciado desde su trinchera, de la cual se había burlado sin miramientos ni respeto por lazos de amistad o de familia (y bastantes amigos había perdido por hacerlo, e incluso unos cuantos familiares), esa misma clase política había decidido poner la gigantesca maquinaria colombiana de la lambonería al servicio de un homenaje que por primera vez en la historia, y quizá por última, tenía a un caricaturista como destinatario". A sus sesenta y cinco años, Javier Mallarino, va a recibir el homenaje de todos aquellos a los que durante años acribilló con certeras frases y con acertadas caricaturas desde los medios de comunicación. No importa cuando alguien es famoso, viejo y respetado como Mallarino que alguna vez te haya hecho diana de sus envenenados dardos. Hasta puede resultar un honor. ¿Qué se podría decir de cualquier político que durante aquellos años no hubiera sido objeto de las críticas gráficas de Mallarino? 

Aunque no todo son políticos y damnificados en ese homenaje que se va a realizar en la sala principal del Teatro Colón. "«¿Sería en la sala Foyer?» «No, Javier, eso es lo que le estoy diciendo. Lo hacen en la principal.» «En la principal», dijo Mallarino. «Es lo que le estoy diciendo, hombre. La cosa va en serio.»". No, allí también estará Rodrigo Valencia, el director de El Independiente, periódico que durante tres décadas ha publicado a diario las caricaturas de Mallarino. También estará Magdalena, su ex mujer y madre de su hija, de la que lleva separado tantos años. Y habrá amigos, pocos, nunca ha sido muy dado a la vida social y además ha ido perdiendo algunos entre la tinta húmeda de sus caricaturas y sus frases hirientes como solo hiere la verdad. Y habrá una joven reportera que le solicita una entrevista... y hasta Ricardo Rendón, el más grande caricaturista político de la historia colombiana, muerto hace setenta y nueve años, se deja ver poco antes del homenaje mientras a Mallarino le embolan los zapatos en una terraza del parque.

Rendón ha sido su inspiración y su antecesor en el oficio, porque aunque Mallarino había querido ser pintor, las caricaturas fueron un medio mejor de ganarse la vida y, finalmente, el único medio, porque además sus caricaturas políticas le habían llevado a ser en el siglo XXI lo que había sido Rendón en los años treinta del XX: "un hombre capaz de causar la revocación de una ley, trastornar el fallo de un magistrado, tumbar a un alcalde o amenazar gravemente la estabilidad de un ministerio, y eso con las únicas armas del papel y la tinta china". Un hombre más poderoso a la postre que muchos de los que cayeron fulminados (literalmente alguna vez) bajo el peso de esa tinta china. Y eso es así aunque en la calle nadie le conozca desde que se retiró, hace ya tantos años, a su casa de la montaña. 

Recibe el homenaje, conversa con su mujer (no así con su hija que no puede acudir, siempre con sus compromisos en Médicos sin Fronteras), concierta una visita con la joven periodista para dos días después... y no sospecha ni por lo más remoto que esa entrevista va a poner su mundo patas arriba o a hacerle consciente de lo patas arriba que está desde hace ya muchos años. Y es que Samanta Leal no es la periodista que dice ser y se ha metido en casa de Mallarino para recordar, para que le cuenten, para poder saber al fin qué es lo que pasó en esa casa de la montaña cuando fue de niña, con siete años, invitada por su amiga Beatriz a una fiesta que daba el padre de esta para inaugurar la casa tras la reciente mudanza y separación de Magdalena.

Y Mallarino recuerda y le cuenta los acontecimientos de aquella noche, y confía en que ella sepa rellenar sus propias lagunas, las de él, que las tiene, porque como buen humano, por  mucho poder que ya por entonces tuviera, y pronto se iba a ver, aún no era capaz de estar en varios sitios a la vez. Pero ella no recuerda nada y las lagunas quedan inundadas sin que ningún recuerdo de la muchacha sea capaz de colmatarlas y llenar las dudas de Mallarino con certezas que, tantos años después, le permitan saber si todo lo sucedido realmente mereció la pena, si estaba justificado, si había motivos.

Mallarino ha vivido cómo él dice sin casarse con nadie. Ni familiares ni amigos se han visto libres de sus aguijonadas cubiertas de miel (poca miel y mucho aguijón). Hasta Magdalena que siempre había estado  de su parte, empezó a alarmarse. "«Pero es que son nuestros amigos, Javier.» «Pues cambiamos de amigos», repuso el. «¿Y la familia? ¿También cambiamos de familia?» «Si toca, toca», dijo Mallarino". Y es que estaba en juego su reputación.

Y si la familia, si los amigos no le importaban ¿cómo iba a importarle Adolfo Cuéllar, aquel político al que ya había caricaturizado en todas las formas y con todas las palabras posibles? ¿aquél que se había presentado en su casa aquella tarde de fiesta inaugural humillándose hasta la repulsión, pidiendo casi perdón y rogando por su familia que no lo volviera a hacer objeto de sus burlas? ¿Cómo iba a importarle aquel hombre abyecto que tan poco valoraba su propia reputación? Mallarino, que se había ganado su buena reputación y el prestigio a base de trabajo, a base de sacrificar familiares y amigos ¿qué no haría con un político servil que a medida que hablaba "caía más y más bajo en la humillación y la desvergüenza"? No, Javier Mallarino no se casaba con nadie.

Pero aquellos acontecimientos tuvieron un resultado inesperado. Mallarino no se sintió culpable, tan seguro estaba de los hechos o, más que de los hechos, de su derecho a juzgar, a poner en evidencia, a publicar cada día la caricatura más llamativa, la que más pudiera captar la atención del público, porque por mucho que en el discurso de su homenaje declarara que "Los grandes caricaturistas no esperan el aplauso de nadie, ni dibujan para conseguirlo: dibujan para molestar, para incomodar, para que los insulten. A mí me han insultado, me han amenazado, me han declarado persona non grata, me han prohibido la entrada a restaurantes, me han excomulgado", él sí espera el aplauso y la admiración y el prestigio. Y mantener su reputación. Y para ello, no pensó demasiado antes de la caricatura de aquel día, la que iba a minar para siempre la reputación de Cuéllar. No pensó si las acusaciones serían ciertas, ni siquiera se molestó demasiado en concretar esas acusaciones. 

Y no solo la vida de Mallarino se trastoca aquel día de la entrevista con Samanta, veintiocho años después de los hechos, también la de la propia joven, porque queriendo saber lo que ignoraba se ha encontrado con conocimientos que no habría querido tener. "¿No era mejor que todo se quedara como estaba? ¿No estaba yo muy bien así, sin saber esto que ahora sé?". Y si el mundo de Samanta se tambalea por los recuerdos que Mallarino ha puesto en su cabeza, el del caricaturista se puede venir abajo por lo que la joven no recuerda y él ignora. "Porque si ella no sabe, usted tampoco", le dirá Rodrigo Valencia. Y si él no sabe puede que toda su reputación se venga abajo. No porque pudiera haberse equivocado hace tantos años, sino por la propia ignorancia. Opinar sobre lo que se ignora es humillante. Lo es sobre todo si los demás lo descubren. "No importaba quién tuviera la razón de su lado. No importaban la justicia o la injusticia. Sólo una cosa le gustaba al público más que la humillación, y era la humillación de quien ha humillado".

Juan Gabriel Vásquez
"Las reputaciones" es una novela que trata de las reputaciones que se erigen sobre la dignidad y el prestigio ajenos; de si existe el derecho a hacerlo, sobre todo, cuando ni siquiera los hechos que se critican están claros. "Las reputaciones" es una historia sobre esas personas que, endiosadas con su valía y el aplauso del público, se sienten con derecho a entrar en las vidas ajenas y ponerlas del revés, cuando no destrozarlas literalmente. Habla también sobre un hombre capaz de renunciar a todo por saber la verdad, por conseguir que otros sepan la verdad, aunque esa verdad pueda terminar con él mismo. ¿Hubiera renunciado a su homenaje de haber sabido lo que hoy ignora? "¿Qué habría hecho Rendón? ¿Habría recibido el homenaje con satisfacción, lo habría aceptado con resignación o cinismo? ¿Habría renunciado a él? Ah, pero Rendón renunció a su manera: el 28 de octubre de 1931 entró en la tienda de ultramarinos La Gran Vía, pidió una cerveza, hizo un dibujo y se pegó un tiro en la sien. En setenta y nueve años, nadie había sabido explicar por qué".

Esta es la segunda novela que leo de Juan Gabriel Vásquez. En 2012 leí "El ruido de las cosas al caer", que había obtenido el Premio Alfaguara el año anterior. Me gustó mucho esa novela y en cuanto salió "Las reputaciones" quedó apuntada en mi lista de pendientes, pero como pasa tantas veces fue quedando atrás superada por nuevos libros hasta que en la tertulia del instituto se propuso para este mes de diciembre. Me alegro mucho porque he desempolvado el libro de la lista e indagando sobre el escritor colombiano, ya tengo otros dos apuntados. Aunque lo de alegrarme es un decir. Por cada libro que sale, dos o más entran en la lista. Prefiero no intentar sacar conclusiones, aunque salen solas y no me gustan nada.

Título del libro: Las reputaciones
Autor: Juan Gabriel Vásquez
Nacionalidad: Colombia
Editorial: Alfaguara
Año de publicación: 2019
Año de publicación original: 2013
Nº de páginas: 208

martes, 10 de diciembre de 2019

Y entonces sonríe


El cuarto microrreto de "El tintero de oro" se titula Te doy un final, tú me das el microrrelato. En este caso el final es la frase Y entonces sonrió.  Puede cambiar el tiempo verbal, la persona y el número, por lo que valdría cualquier forma de conjugar el verbo (y entonces sonreiremos, y entonces sonreías... etc). El otro requisito es que tiene que tener 300 palabras como máximo.

Como se acerca la Navidad y el ambiente ya invita a ello, he escogido un relato muy navideño y gastronómico. Ya sabéis que la cocina es uno de mis vicios. 



A su marido siempre le han entusiasmado las figuritas de mazapán, así es que este año ha decidido hacerlas ella misma. No resultan difíciles y llevan pocos ingredientes.

Mientras amasa el azúcar molido y la almendra triturada, siente que el hombro se le resiente. Aún le quedan secuelas de la luxación que sufrió hace unas semanas. Añade las claras de huevo y sigue mezclando, aunque cada vez le cuesta más. Saca del fondo de la alacena el frasco de esencia de limón y echa un par de cucharaditas pequeñas. Será suficiente. 

Cuando la masa está uniformemente mezclada, o eso le parece tras mirarla guiñando el ojo izquierdo que aún está algo inflamado, la estira con el rodillo y forma las figuritas con los moldes: un abeto, un reno, una campana, un Papá Noel, un muñeco de nieve... Las dispone en la bandeja del horno y las hornea con cuidado de que se doren sin quemarse. Para una vez que se anima a hacer en casa ese dulce, quiere que todo salga perfecto.

Cuando termina de sacar la primera tanda del horno, el aroma a almendras impregna la casa, pero sobre todo la cocina. En ese momento llega su marido. 

¿Qué haces, Amparo? ¡Qué bien huele! ¿No vienes a darme un beso? 

Ella sale al pasillo escondiendo un precioso reno de mazapán en la espalda y le da un tímido beso en la mejilla mientras él le toma la mano libre y se la lleva a la nariz. 

Mmm, te huelen las manos a almendras amargas

Saca de la espalda la figurita con un "tacháaaannnn" torpe y emocionado. Sabía que ese postre era el más adecuado. Su marido se lo mete en la boca con glotonería, ella le mira con tristeza y entonces sonríe. 

295 palabras


sábado, 7 de diciembre de 2019

"La analfabeta" Agota Kristof

"Leo. Es como una enfermedad. Leo todo lo que me cae en las manos, bajo los ojos: diarios, libros escolares, carteles, pedazos de papel encontrados por la calle, recetas de cocina, libros infantiles. Cualquier cosa impresa.
Tengo cuatro años. La guerra acaba de empezar. Vivimos en un pueblecito que no tiene ni estación, ni electricidad, ni agua corriente, ni teléfono".
Cuando una novela empieza así, una persona como yo empieza a preguntarse si alguien ha escrito su propia vida y no se ha enterado. Así es que se engancha a la lectura y aunque pronto lo contado se va alejando de su (mi) vida, no puedo parar hasta terminar el libro. Son apenas ochenta páginas poco densas. Creo que no me lleva más allá de una hora leer "La analfabeta". Me planteo hacer una reseña y pienso que me va a salir más larga que la novela por lo que decido leer también "Ayer" y hacer una entrada conjunta con ambas obras de Agota Kristof, pero se van torciendo las cosas. Por unas u otras razones leo otros libros y me encuentro con que ya ha transcurrido más de un mes desde que leí "La analfabeta" y me decido a hacer la reseña.

Yo creo que empecé a leer con cinco años. No recuerdo cuándo aprendí. No recuerdo un momento en que yo no supiera leer. Yo también leía todo lo que caía en mis manos. Cuando iba de visita con mis padres, esas visitas que recuerdo mortales de aburrimiento, buscaba libros, revistas, periódicos... No en todas las casas los había. Me metía en el baño, cerraba por dentro y leía prospectos de medicamentos y las leyendas de los frascos y botes de cosméticos y de jabones, no había gel de ducha por entonces. Por la calle iba leyendo los carteles de tiendas.

Agota Kristof nos cuenta en este primer capítulo cómo leía con cuatro años mientras la guerra acababa de comenzar y su padre era el único maestro del pueblo. Su afán por la lectura no era suficientemente apreciado, salvo por su abuelo. "Dejando de lado este orgullo de abuelo, mi enfermedad de la lectura me traerá sobre todo reproches y desprecio". Cuántas veces he oído a mi madre quejarse de que no hacía nada en todo el día más que leer, cuántas veces me han castigado sin leer hasta que aprobara todas las asignaturas, cuántas veces he camuflado a Tom Sawyer o a Jo March o a John Silver el Largo o a Los cinco entre el libro de texto porque estaba castigada y solo simulando estudio podía darme a mi placer favorito.

Y creo que hasta ahí llegan las similitudes entre mi vida y la de Agota Kristof. Ella en un país en guerra, en un país sufriendo más tarde una dura y penosa posguerra, "Años cincuenta. Exceptuando algunos privilegiados, en nuestro país todo el mundo es pobre. Algunos son incluso más pobres que otros"; ella pasando de la lectura a la escritura como jamás pude pasar yo porque escribir me quita tiempo para leer y solo me avengo, y muy recientemente, a escribir de lo que leo y poco más. Aunque tal vez es que yo nunca necesité distraer la tristeza con la escritura. Siempre arropada por el calor familiar, siempre acompañada y sin falta de afectos, me pude permitir el lujo de leer sin tener que trasladar al papel todo un mundo de desposesiones y pérdidas. "Las ganas de escribir vendrán más tarde, cuando el hilo de plata de la infancia se haya quebrado, cuando vengan los días malos y lleguen los años de los que diré: «No me gustan». Cuando, separada de mis padres y mis hermanos, ingreso en un internado de una ciudad desconocida, donde, para soportar el dolor de la separación, sólo me queda una solución: escribir".

Avanzan los capítulos, once en total, y avanzan las memorias de Agota Kristof, con palabras breves y contundentes. Su descubrimiento de las otras lenguas cuando con nueve años se muda a una ciudad fronteriza donde la mayoría de la población habla alemán y se encuentra con que hay gente que no entiende lo que ella dice ni ellas les entiende. "Yo no podía imaginar que pudiera existir otra lengua, que un ser humano pudiera pronunciar una palabra que yo no comprendiera". Era una lengua enemiga, era la lengua de los militares que ocupaban su país, la de los austriacos que les habían dominado anteriormente. Un año después tendrá que aprender ruso. Nuevos militares invaden Hungría con un nuevo idioma. Cuando muere Stalin en 1953 ella tiene diecisiete años.

Cuando cruza la frontera hacia Austria tiene veintiún años recién cumplidos, lleva dos de casada y tiene una niña de cuatro meses. "Me dejé en Hungría mi diario de escritura secreta, y también mis primeros poemas. También dejé a mis hermanos, mis padres; sin avisarles, sin despedirme de ellos, sin decirles adiós. Pero sobre todo, ese día, ese día de finales de noviembre del año 1956, perdí definitivamente mi pertenencia a un pueblo". Y es que en noviembre de 1956, el ejército ruso invadió Budapest y terminó así con la revolución del pueblo húngaro que pedía la retirada del Pacto de Varsovia. Unos doscientos mil húngaros huyeron del país, entre ellos Agota Kristof con su marido.

Se instalan en la zona francófona de Suiza, concretamente en Neuchâtel, donde otra nueva lengua viene a sumarse a las ya conocidas por la autora, una lengua que le resulta totalmente desconocida, que aprenderá a hablar y a escuchar, pero que tardará en aprender a escribir; una lengua que, treinta años después de hablarla y veinte después de escribirla, percibe como lengua enemiga porque aún es incapaz de escribir sin varios diccionarios alrededor y, sobre todo, porque siente que está matando a su lengua materna. Una lengua, la francesa, que convirtió a Agota Kristof en analfabeta. Sabe las palabras, pero no las reconoce escritas. "Cinco años después de haber llegado a Suiza, hablo francés, pero no lo leo. Me he convertido en una analfabeta. Yo, la que sabía leer cuando tenía cuatro años"

Agota Kristof
Una analfabeta en francés que escribe sus libros en francés. Y puede que precise de varios diccionarios a su alrededor, pero jamás una analfabeta y unos cuantos diccionarios han dado tanto de sí y tanto a la Historia de la Literatura, así, con mayúsculas.

En ochenta páginas, que bien pudieron quedarse en la mitad con otro tamaño de letra; en once capítulos cortos, Agota Kristof nos cuenta su vida y lo hace con frases cortas, sin aditivos, sin retruécanos literarios, sin quejas, sin autocompasión, sin piedad, sin anestesia... directo al corazón y al intelecto del lector que se verá envuelto y no cerrará el libro hasta haber terminado con él.

Es larga la reseña, tanto como cualquier otra sobre cualquier libro mucho más largo y pródigo en páginas. Cuento cosas de la vida de la autora y las cuento en orden (más o menos; más que ella, que guarda un orden relativo), cito textos suyos, como siempre, pero que nadie piense que lo cuento todo, que destripo su vida disponible por otro lado en la Wikipedia. Este pequeño texto es un pálido comentario sobre un libro tan pequeño en extensión como grande en contenido. Pocas palabras, pero muchos matices. Hay que leerlo para poder apreciar en todo lo que vale esta pequeña muestra de lo que son los recuerdos de una vida.

Tras "Claus y Lucas", su maravillosa novela leída hace unas semanas, me ha fascinado saber algo de la vida de la autora y percibir lo que de ella ha volcado en la novela.

Título del libro: La analfabeta
Autora: Agota Kristof
Nacionalidad: Hungría
Título original: L’analphabète
Traducción: Juli Peradejordi
Editorial: Obelisco
Año de publicación: 2006
Año de publicación original: 2004
Nº de páginas: 80


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