"Después de la derrota" Paco Gómez Escribano
Al Chule le había cambiado la vida en muy poco tiempo. Tanto, que aquella misma mañana lo habían incinerado en el cementerio de la Almudena. Una mañana que no había sido ni soleada ni nublada del todo. Hizo amago de llover, pero la lluvia, seguramente ocupada en repartir agua por otras latitudes, no había creído conveniente aparecer por un sepelio que tampoco es que hubiese importado a mucha gente salvo a los cuatro amigos matados que aparecimos por allí, al único hermano que le quedaba, el Floren, y a la Marga, su piba de toda la vida. Su hijo, el Nico, tampoco había creído pertinente aparecer por el crematorio del cementerio de la Almudena. [...] Su hijo es el cabronazo que en este momento empuña la pipa, coloca a sus dos colegas a ambos lados del banco y grita cosas que parecen sacadas de un periódico de sucesos de los años setenta. —¡Que no se mueva nadie, por mis muertos! ¡Esto es un puto palo al banco y al que se mueva le reviento la cabeza de un tiro, que estoy mu loco! ...