"Sandwich" Catherine Newman
«Cuando piensas en Cabo Cod, puede que te imagines el cielo de color lapislázuli o escalonado de gloriosas bandas grises. Puede que visualices las largas extensiones de playas salvajes con dunas escarpadas al fondo o pintorescas casas de tejas rodeadas de nubes de hortensias azules. Tal vez pienses en el azul intenso del mar mientras el sol se hunde en él y forma los colores de un polo derretido. Es curioso, porque la mayor parte del tiempo la pasas en realidad en la tienda de surf, o en el extraño supermercado que huele a carne cruda, o en la cola del puesto de almejas, de la panadería, en el baño público, o en el minigolf. Estás comprando una crema solar de veinte dólares en la gasolinera. Estás esperando a que tu hijo elija seis caramelos masticables, con la playa dentro de un bocadillo de pensamiento sobre la cabeza mientras la barba se te llena de canas, te llega hasta el suelo y las hojas del calendario pasan volando».
Yo cuando pienso en Cabo Cod (Cape Cod en mi imaginario) pienso en Edward Hopper, en los cuadros que pintó en el lugar: preciosos faros, escenas marinas de veleros, hermosas casas, personajes, solos o acompañados, aunque siempre destilen soledad. Creo que también tiene algún cuadro con alguna calle y alguna tienda de esas de las que habla Rocky, la narradora, una tienda de esas en la que la familia podía estar comprando crema solar o almejas o pan o esperando a que el niño elija los caramelos. Bueno, esto último ya no porque en el momento actual Jamie es un joven que ha venido acompañado de su novia... aunque, a veces, todavía...
Sandwich narra una semana en la vida de la familia, concretamente la semana que pasan cada año en Cabo Cod desde que «Jamie tenía tres y estaba embarazada de Willa». Pero Willa tiene ya veinte años. Veinte años en los que Rocky y Nick han alquilado la misma casa durante una semana en Cabo Cod. Veinte años que también irán pasando por nuestros ojos porque, aunque la historia transcurre durante una semana, muchas semanas en Cabo Cod son rememoradas; muchos capítulos comienzan «El verano en que Jamie tenía cinco años y Willa no había cumplido todavía dos...». Al menos comienzan de forma parecida, aunque los años de los niños pueden variar.
Ahora los niños ya no son niños, han abandonado el nido y la vida de Rocky y Nick es tan tranquila que descongelar el congelador en fin de semana se convierte en algo digno de ser contado a sus hijos.
«Aunque nos acompañan fugazmente esta semana, nos hemos acostumbrado a organizarnos en torno a la periferia del agujero que han dejado los niños. Jamie vive en Nueva York, trabaja en algo de marketing o ingeniería en una empresa tecnológica, y Willa acaba de terminar su tercer año en Barnard. El nido vacío nos resulta tan nuevo que, de vez en cuando, Nick y yo seguimos charlando nerviosos en nuestras cenas a horas tempranas, como si estuviéramos en una millonésima cita incómoda en un centro de jubilados. "El pollo está un poco seco, pero sabroso", me he escuchado decir en más de una ocasión».
Y es que cuando los hijos se van de casa la vida de los padres se puede convertir en una agradable banalidad. Aunque no tan banal. Rocky está en plena menopausia y las hormonas alteradas le causan molestias que no tiene reparo en comentar. «No tenéis que apartar todos la mirada porque me esté dando un sofoco! —Estoy en la terraza del puesto de almejas, sudando y quitándome capas de ropa. Las cuatro personas con las que estoy sentada giran la cabeza de nuevo hacia mí—. No es algo vergonzoso. —Aunque, por supuesto, sí lo es». Pero no solo la menopausia viene a trastornar la serenidad en que transcurre la vida del matrimonio y su semana de vacaciones. Los padres de Rocky se unen a ellos a mitad de semana y con ellos, justamente este año, vienen algunos secretos que se habían guardado y también la consciencia de que son dos personas ancianas, vulnerables, que no van a estar ahí toda la vida.
«—Has debido sentirte atormentado al criarte con todo eso en tu casa, abuelo.
—¿Atormentado? Yo no diría tanto. Fue triste, claro. Pero teníamos para comer. Estábamos a salvo, relativamente. Vivíamos nuestras vidas. —Se encoge de hombros—. ¿Qué otra cosa puedes hacer?
—No lo sé —respondo, aunque de nuevo estoy pensando en mí, en mis traumas heredados—. Es estupendo, supongo, pero no lo sé.
—Yo sí. Es un privilegio envejecer. Tenemos suerte de estar aquí.
—Así es —conviene mi madre.
Lloro un poco por la conversación, el vino y esta absoluta devastación y bendición. Todo se arremolina en mi garganta y forma un nudo que llevo toda la vida intentando tragar».
Rocky se siente atrapada entre sus hijos, aunque estos no sean mayormente problemáticos, y sus padres; empieza a tener necesidad de compartir sus propios secretos a la vez que descubre los de sus antepasados.
La novela transcurre en una semana de vacaciones, sí, pero en ella hay mucho pasado. Está el pasado que se recuerda «El otoño en que Jamie tenía cuatro años y Willa no había cumplido todavía uno...»; pero también el que se descubre. Y está el futuro con sus claroscuros. Los hijos que irán evolucionando, los padres que irán involucionando. Esperanza y temor ante la probable presencia de los nietos y la segura ausencia de los padres.
Una novela que sin adoctrinar, reivindica. Exige libertad en temas que cada vez se ponen más en peligro, sobre todo en un país como Estados Unidos que corre imparable hacia la pérdida de su situación preponderante en el mundo con todo lo que de decadencia traen esas crisis. Pero hay autores que no se resignan a que les roben lo que tanto ha costado conseguir: aborto, derechos de los homosexuales, feminismo, ausencia de la religión de la vida pública...
La prosa de la autora es perfecta y depurada, y quiero dejar una muestra con el inicio de la novela. Pertenece al prólogo, que es la única parte de la novela narrada en tercera persona, y presenta el entorno y a la protagonista de manera fantástica. Es un poco larga, pero me parece preciosa y te la puedes saltar.
«Imagina esto: una península bordeada de costa que sobresale en el océano Atlántico. Acércate un poco más. Es el pueblo costero de Cabo Cod. En pleno verano. La estrecha carretera está llena de restaurantes de langostas, molinos de viento de minigolf y colchones inflables con forma de rosquillas. Pero, si te desvías de la calle principal en cualquier dirección, te encontrarás rápidamente con el mar: acantilados llenos de arena y prados azotados por el viento; rosas que oscilan, un vasto cielo azul y una orilla bordeada de piedras, mejillones y algas de un verde brillante. Bajo las olas: grandes y escalofriantes tiburones blancos atiborrados de surfistas, o eso es lo que cabría imaginar.
En el asiento del copiloto de una camioneta Subaru ligeramente oxidada: una mujer en la cincuentena. Está a medio camino entre sus hijos, que son adultos jóvenes, y sus padres ancianos. Lleva mucho tiempo casada con un hombre atractivo que comprende entre el veinte y el sesenta y cinco por ciento de todo lo que ella dice. Su cuerpo es un país de las maravillas. O más bien su cuerpo es un saco lleno de cicatrices, secretos y menopausia. Llevan tantos años viniendo aquí que todo está ahora cubierto por una capa de acuarela: lo duro se ha difuminado en agradables recuerdos pastel de caramelos masticables, almejas y búsquedas de tesoros en la playa».
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