«—Ya estamos en la escena del
crimen. Fue un vecino el que lo encontró. Todo apunta a que el chico murió
apuñalado, pero a ver qué opina el forense.—Está avisado, ¿no? —inquirió tras
dar un trago.
—Sí. De hecho, acaba de aparcar el
coche. Lo estoy viendo desde aquí.
—Bien. Yo enseguida voy —zanjó
Santiago, que no entendía para qué lo llamaba el inspector.
—Señoría —prosiguió el policía con
tono serio—, el hombre que lo encontró dice saber quién es. No hemos registrado
el cuerpo ni buscado el DNI sin que usted esté presente, pero… —Se detuvo unos
segundos, como si estuviera eligiendo las palabras adecuadas—. Se supone que es
el hijo de una compañera suya, señoría.
—¿Cómo dice?
—Me refiero a que es el hijo de
una jueza».
Cuando el joven Nacho Guerra, de diecisiete años, apareció muerto junto a un banco de madera en la zona de El Sardinero de Santander, las vidas de muchas personas se pusieron patas arriba. Para empezar, las de sus padres que no podían dejar de sentirse culpables al haber obligado a Nacho a abandonar Barcelona, su vida y sus amigos para trasladarse en pos de una mejor situación laboral para su padre. También la vida del juez Santiago Belmonte y la de la fiscal Inés Calderón. «Unos meses atrás ambos fueron responsables de un error que echó a perder un importante procedimiento contra los cabecillas de una gran red de explotación sexual». Ahora, sobre todo el juez, necesitan un caso que les devuelva el prestigio y haga olvidar aquel traspiés que podría poner trabas a la carrera profesional de ambos.
También se ve muy complicada la vida de la abogada Paula Soler. Tenía en mente dejar el bufete y pasar a trabajar en el gabinete legal de una empresa química. Eso le permitiría tener un horario, vacaciones y tiempo libre para dedicar a su mujer, Teresa, y a su hijo. Pero ahora la han llamado para defender a una joven a la que ya representó en un caso de acoso escolar que, por desgracia, perdió. Y es que la vida que más se va a complicar es la de esa joven, Alba, que es quien comienza esta novela, la madrugada tras el sábado de carnaval, anunciando ya que algo bastante malo le ha sucedido.
«Aquellas carcajadas odiosas le
resonaron en la cabeza, otra vez.
[…] Su mente estaba fuera de
control y no paraba de regresar a lo que había ocurrido por la noche.
La secuencia siempre era la misma.
Primero, las melodías pegadizas, los disfraces, las miradas cómplices. Luego,
la ira, los gritos, el pánico, el largo camino bajo la luz de las farolas hasta
llegar a la cuesta…
Dio un manotazo al aire mientras
una lágrima se le deslizaba por la cara. Se negaba a seguir reviviéndolo. Todo
había sido un error, un terrible error. No tendría que haber ido a esa fiesta
de carnaval. […]
Iba a consultar la última hora de
conexión de su amiga cuando oyó unos pasos que se aproximaban por el pasillo. […] adivinó
que se trataba de su madre, la famosa actriz Sofía Ponte.
Por un instante, la invadió el
impulso de levantarse, abrir la puerta y arrojarse a sus brazos. ¿Y si se lo
contaba todo?
Sin embargo, enseguida lo
descartó.
Esta vez no podía hacerlo».
Pero Sofía Ponte no venía sola, la acompañaba una subinspectora de policía. Las cosas no pintan bien para Alba que pronto se verá detenida como sospechosa del asesinato de Nacho. Y es que Alba y Nacho son compañeros de clase, han estado juntos en una fiesta de carnaval y Alba tiene sus motivos para no tenerle demasiada simpatía al joven.
La doble víctima nos mete en la investigación policial, en las diligencias de la instrucción judicial y, finalmente, en el juicio. Y lo hace con la solvencia y la naturalidad de quien, además de escribir, trabaja como abogado. Asistiremos a las relaciones entre fiscal, policías y juez instructor; a las estrategias de la abogada para demostrar la inocencia de su clienta y a su empeño en que se vea en libertad condicional hasta el momento del juicio. Y es que Alba, con dieciocho años recién cumplidos, está en condiciones de entrar en la cárcel.
El caso del asesinato de Nacho terminará relacionándose con el tráfico de drogas en la provincia de Cantabria que, aunque instruido meses después, también por el juez Santiago Belmonte, tendrá su parte que aportar al asesinato del joven.
La doble víctima es un thriller judicial apasionante en el que vamos avanzando en la investigación policial, la instrucción judicial y el juicio. Pero además vamos conociendo las vidas de los personajes. Sus problemas familiares, sus crisis laborales, la situación familiar que se produce cuando un hijo sufre acoso en el colegio... hay muchas cosas que merecerían destacarse de la novela, pero si hay una historia de la que no se puede destripar gran parte de la trama es esta. Por no hablar del giro que se produce casi al final y del propio final.
Un aliciente añadido para cualquiera que viva en Santander es ver retratada la ciudad, al menos la parte que va de Puerto Chico al Sardinero. Yo he reconocido las calles, las plazas, los jardines, los barrios, el paseo de la Costa Quebrada y creo que hasta el banco de madera junto al que aparece el cadáver.
Además, para los amantes del cine, estamos ante una novela que bebe de las mejores historias cinematográficas de juicios. Ya me las había recordado aun antes de que el propio autor las mencionase en el libro, muy pronto, Matar a un ruiseñor y Anatomía de un asesinato (de un crimen pone en la novela, pero no soy capaz de acostumbrarme, para mí siempre fue Anatomía de un asesinato); mucho más avanzada la trama, Doce hombres sin piedad y ya casi al final, Testigo de cargo. Ahí es nada. Cuatro de mis películas favoritas, que he visto varias veces y que me han entrado enormes ganas de volver a ver. Tal vez Pablo Alaña se hiciera abogado, como Paula, tras ver las dos primeras; o como el juez Murrieta desconfíe de algunos jurados tras ver la tercera; o ame los giros alucinantes tras ver la cuarta. Sea como sea, la tercera novela del autor que leo tras La sospecha eterna y El hijo del asesino, me ha gustado más aún. Es un autor que con cada novela crece y al que no voy a abandonar en cada nueva publicación. Os lo recomiendo.

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