"Plomo" José Luis Sastre


«Se notaba acaso un silencio en una esquina, o al salir de una ventana, pero es el silencio de diario. El de mi barrio, por ejemplo, cuando hay quien baja la voz si me ve para que yo no oiga que me señalan con el dedo o con los ojos por el hecho de que yo tenga el oficio que tengo. Aquí el mundo se mira en bandos y cualquier pretexto es bueno para meterte en ellos.

Yo soy escolta y así me gano la vida. Algunos días presiento que todos esos rumores, que llenan las calles de ecos, me acabarán matando a mí.

Me salva que no creo en los presagios».


Esto piensa el narrador, en primera persona, de la mayor parte de esta historia. Esto piensa mientras se dirige al funeral de un amigo y compañero asesinado en un atentado. El narrador no tiene nombre como no lo tiene el grupo terrorista ni el lugar ni la época en los que ocurren los hechos, pero todos podemos poner nombre y momento: ETA, algún lugar del País Vasco, años ochenta (o primeros noventa, da igual). Podemos poner nombre a todo menos al propio narrador. Tampoco hace falta. Representa a muchos que cayeron en el desempeño de su trabajo y que fueron olvidados ante la fama o la importancia de aquel al que protegían. 

Creo que en toda la novela sólo tiene nombre María, la concejala a la que el narrador le guarda las espaldas. Cuando mataron a su amigo, el concejal al que escoltaba decidió renunciar a su puesto en el Ayuntamiento. La culpa no le dejaría seguir en ese puesto.

«El concejal está muy afectado y siente una culpa por la muerte de mi amigo que no llegarán a sentir nunca quienes lo han matado. La siente, además, de una forma concreta. Si mi amigo no se hubiera encargado de protegerlo a él, ahora estaría vivo. Yo eso también lo pensé ayer, y luego me sentí mal por pensarlo porque la culpa de que muera una persona la tiene quien la mata».

La siguiente en la lista del partido para asumir la concejalía es María y ella, a pesar del miedo, de los consejos de amigos y familiares, a pesar de su hijo de nueve años, ha decidido aceptar. Y por alguna razón ha decidido que el narrador sea su guardaespaldas. Ella llegó a la política por azar. Aceptó que la pusieran en las listas en un puesto en el que era imposible que fuera elegida «y, si lo fuera, siempre tendría la opción de renunciar». Pero no está dispuesta a renunciar como tampoco lo está el narrador. A pesar del hombre, un antiguo conocido de la familia, que se le acercó en el funeral para advertirle (¿para amenazarle?, con esa gente nunca se sabía).

«A ella la van a matar. Es una decisión tomada. Matarán a quien se ponga en ese sitio que debe estar vacío. [...] Dile que está muerta, que no hay salida. Dile que van a por ella si de verdad la quieres proteger. Y, si fuera eso, si fuera que la quieres proteger, asume esto: que la van a matar hagas lo que hagas. Hay gente que está muerta y no lo sabe, así que por lo menos díselo, porque tú ahora ya lo sabes. Si ella sigue, se ha condenado. Y, si tú sigues con ella, te has condenado tú también. Tú decides».

¿Tú decides? ¿Es la víctima de un atentado la que decide ser víctima, la que decide su asesinato? En el mundo al revés que aquella situación representaba todo era posible. Que los niños crecieran pensando que aquella situación (que hoy explotara un coche, que mañana le pegaran un tiro en la nuca a alguien que pasaba por la calle)  era normal es algo que recuerda el narrador de su propia infancia. Que no se pudiera hablar con libertad de ciertos temas o de ciertas situaciones familiares. Que algunos tuvieran que ocultar la profesión de sus padres. Sólo al crecer «Aprendimos que no pasaba en todas partes que matasen a la gente»

Iremos asistiendo a las andanzas de María y de su guardaespaldas sin nombre. A sus conversaciones con sus familias, con los que temen por su vida, pero respetan, unos más y otros menos, la decisión que han tomado. A sus enfrentamientos con quienes no comparten su postura, algunos de los cuales son amigos de toda la vida, pero entienden mejor a los del bando contrario. «[...] el amigo que me ha llamado opresor y que ha dejado su respuesta en el aire, fue uno de los padrinos de mi boda»

Aunque ¿es una cuestión de bandos? ¿De bandos que no se entienden entre ellos y cada cual tiene su razón o ninguno tiene ninguna razón? ¿Son bandos en igualdad de condiciones, de responsabilidades, de culpas? ¿Se puede considerar así cuando unos son los que matan y otros los que mueren? ¿Cuando unos pueden exponer sus ideas en voz alta y otros tienen que callarse? ¿Cuando unos aterrorizan y otros se mueren de miedo? ¿Cuando perder el miedo puede significar una condena a muerte?

Es difícil escoger citas en esta novela porque está llena de reflexiones interesantes.  Y es que meterse en la piel de una persona cuyo trabajo puede significar su muerte es una labor compleja. Hay muchos trabajos con peligro, trabajos en los que morir es más fácil que en otros: mineros, pescadores, bomberos y un largo etcétera, pero su muerte siempre es accidental, debida a las fuerzas de la naturaleza o al peligro intrínseco de la profesión. Cuando el peligro viene de otras personas que deciden eliminar a alguien no interviene el azar ni la fuerza de la naturaleza. Se puede decir que no hay salvación posible y enfrentarse a eso es algo que no puedo imaginar porque, cobarde como soy, saldría corriendo lo más deprisa y lo más lejos posible.

«Yo sé que me van a matar. Algunos días lo tengo tan claro que acaricio distinto a mis hijos y a mi mujer: en vez de acariciarles, me despido. [...] 

María también sabe que la van a matar, y a veces me da las gracias y me pide disculpas porque sabe que a mí me matarán con ella. Lo sé yo y lo sabe ella y, sin embargo, aquí estamos. Me llama la atención que me lo diga así, con un te pido disculpas».


He dicho que la mayor parte de la narración está hecha por el guardaespaldas, pero al principio de cada capítulo, en letra algo más pequeña, un narrador en tercera persona nos cuenta escenas concretas de días concretos en una zona concreta. La entrada que abre el primer capítulo ya nos da  idea de lo que ha ocurrido. «
Echa a correr, sin saber adónde. Corre de frente y no se atreve a mirar atrás. Se lamenta de eso, pero no lo puede evitar. Ella corre porque ha oído que gritaban su nombre y le han dicho que eche a correr».

En los siguientes capítulos esta entrada con la que se abren hace un flashback y nos lleva al pasado reciente, a cómo se ha ido pergeñando esa primera escena, a cómo han ido viendo y viviendo su desarrollo algunos personajes como el hombre que pone las multas o el anciano que baja con su libro al banco del parque.

Plomo es una novela de las muchas que se escriben ahora sobre el terrorismo. Ahora que ya no hay nada que temer, porque durante muchos años tampoco se podían decir ciertas cosas, aunque fuera en ficción, sin jugarse la vida. Es una de las muchas, pero es distinta. Dar la voz a alguien que se sabe objetivo inevitable de una bomba o de una bala ha tenido que suponer un reto importante para su autor. José Luis Sastre es periodista, subdirector del programa Hoy por hoy de la Cadena Ser, presentador de El juicio, programa de la 2 de RTVE, copresentador del podcast Sastre y Maldonado. Y autor, además de Plomo, de la novela Las palabras robadas, la anterior, escrita en 2024.

Una novela diferente, con muchas reflexiones sumamente interesantes, que engancha desde la primera frase y que recomiendo sin ninguna duda.

Comentarios

Lo más visto en el blog este mes

"¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?" Philip K. Dick

Ristretto 6

Seamos seguidores

Carta de desamor

Sobre la vejez

Hoy es Nochebuena. Felicidades con relato.

"Lo que arrastra la lluvia" Men Marías

"Tinta y sangre" Han Kang

"La reina Esther" John Irving

Déjà vu