Tres eran tres 48
"Seda roja". Qiu Xialong.
Esta es la quinta entrega de la serie sobre el Inspector Jefe Chen Cao de la policía de Shanghái. Una serie ambientada en la década de los noventa, cuando el comunismo de Mao ha ido dando paso a la China en la que una economía más abierta y con muchos tintes capitalistas permite una corrupción que está a la orden del día y hace que muchos chinos añoren el antiguo sistema. Como es habitual en las novelas del autor hay una destacada crítica a todo lo que supuso la Revolución Cultural de 1966 de la que su familia fue víctima.
En Seda roja asistimos a dos casos de los que tiene que encargarse Chen. Por una parte, se le encarga investigar a Jia Ming, el abogado que representa a los vecinos en un caso de construcción inmobiliaria que huele a corrupción de lejos.
«A través de sus contactos, Peng obtuvo el permiso gubernamental necesario para comenzar a urbanizar la manzana nueve oeste. Tuvieron que derribar los viejos edificios de la zona para poder construir los bloques nuevos, y Peng expulsó a los vecinos que vivían allí. Sin embargo, la gente empezó a quejarse de los "agujeros negros" en la operación comercial, y no tardó en estallar el escándalo».
Pero ¿por qué se le encarga investigar al abogado de los vecinos? Este caso le servirá al autor para profundizar en en enriquecimiento ilícito de empresarios y en la corrupción de políticos. Y en lugar de investigar al empresario que supo cuándo y a quién entregar sobres rojos con dinero, o a los altos cargos del Partido que los recibieron y le ayudaron a convertirse en multimillonario, se le pide investigar al abogado de las víctimas.
Por otra parte, empiezan a aparecer cadáveres de mujeres vestidas con qipao o vestido mandarín, siempre rojo, en telas caras y de confección propia de los años sesenta. Sin ropa interior, descalzas y con las hendiduras laterales desgarradas. Un caso que se va descubriendo relacionado con sucesos que pudieron tener lugar durante la Revolución Cultural.
A todo ello se une un estudio que el inspector está realizando sobre literatura clásica de amor romántico que le ayudará a resolver los asesinatos. En ésta como en sus anteriores novelas, Qiu Xiaolong nos cautiva con su prosa y con lo que nos cuenta sobre la China del pasado y del presente (los años noventa).
"Estación Damasco". David McCloskey.
Estación Damasco es una novela de espías en el sentido clásico del término. Como su título indica, está ambientada en Siria, concretamente en Damasco, e inspirada en hechos que acontecieron allí entre 2011 y 2013, durante los primeros años de la rebelión, como nos indica el autor en los Agradecimientos.
El protagonista es Samuel Joseph, un agente de la CIA especializado en captar agentes en distintos países.
«Lo que distinguía a los captadores [...] era su habilidad para reconocer a las personas con acceso a los lugares indicados, consolidar su relación con ellas y lograr que accediesen a trabajar para la CIA. Aun así, en la mayoría de los casos se necesitaban meses, y hasta años, para captar a alguien. Sam, sin embargo, lo había conseguido quince veces en sus diez años de servicio, muchas más que ningún otro miembro de su promoción. [...] Había dado coba a príncipes saudíes, agentes de la Mujabarat egipcia, jugadores itinerantes en Las Vegas y sindicalistas en la harinera de su Minnesota natal. Para él, captar activos era como un deporte».
Ahora se le encarga la captación de una mujer siria que trabaja muy cerca del presidente Bashar al-Ásad, Mariam Haddad. Deberá captarla en París a donde va a tener lugar «una reunión entre una delegación del gobierno sirio y algunos exiliados de la oposición», y donde Mariam va a tener un papel importante. La CIA, y Sam Joseph en especial, tiene un aliciente adicional para golpear al régimen sirio, allí ha desaparecido una agente que era una amiga muy querida de Sam.
La novela tiene un ritmo trepidante en el que se mezcla la venganza, el amor, los ataques del régimen contra poblaciones hostiles, los planes para asesinar al hombre al frente de la Mujabarat y muchas cosas más. Tecnología puntera en el mundo del espionaje del siglo XXI se mezcla con estrategias típicas de los espías de la Guerra Fría.
No llega a la excelencia que John Le Carré consiguió para el género, sería demasiado pedir, pero la he disfrutado mucho y la recomiendo para amantes del género.
Aro Sáinz de la Maza lleva escribiendo desde 1997 y tiene un puñado de novelas que anda por la docena, pero se ve que hasta que dio vida al Inspector Milo Malart, allá por 2012, más bien hasta que no se reeditó la primera novela de la serie, El asesino de la Pedrera en 2020, no alcanzó la fama que hoy tiene. He de confesar que yo lo conocí por entonces, exactamente en 2020 con la novela citada. Después fui leyendo el resto de la serie hasta completar la tetralogía. Imposible encontrar los libros anteriores del autor. Al menos yo he sido incapaz.
Ahora Editorial Destino rescata el segundo libro que escribió el autor, La mujer de Judas, de 1998, y me confirma lo que ya me imaginaba: hay mucho Aro Sáinz de la Maza más allá de Milo Malart.
«No hago otra cosa que mirar, mirar y mirar, y no veo a nadie, no hay gente, ni un alma. Retiro el ojo de la mira, apoyo el rifle en las piernas y echo la cabeza hacia atrás. Cierro los ojos. Noto el sudor, las gotas de sudor, acumularse en la frente, por mi espalda, su lento deslizar por las pistas de mi piel. No me molesto en enjugarlas, las dejo ahí, creciendo, cayendo. Es mi manera de relajarme, de lograr que desaparezcan las ganas de estallar, la tensión».
Así empieza La mujer de Judas y una se imagina que está ante un francotirador en alguna guerra o ante un loco asesino, pero pronto descubre que esa es la forma que tiene Jacobo Ciendones de aislarse de una realidad que le trastorna y a la que no sabe muy bien cómo enfrentarse. Su compañera, Mara, está embarazada de siete meses y él no sabe cómo encarar su próxima paternidad porque ni siquiera sabe como enfrentarse al rol de hombre que vive en pareja con los compromisos que eso acarrea.
Ahora Mara y él están viviendo en el lujoso chalet de su amigo Julián. Julián merece mención aparte. Son amigos desde el instituto cuando descubrieron que vivían a dos portales de distancia y decidieron hacer juntos el trayecto. «[...] un día decidimos hacer un pacto solemne. El primero que lo consiguiera —nos referíamos a dinero, dinero abundante de verdad—, haría todo lo posible por compartirlo con el otro». Y parece ser que el que lo ha conseguido es Julián que vive en un chalet en una urbanización de lujo. Mara y Jabo viven en una casita, más bien cabaña, en los montes próximos, pero un reventón en las cañerías, en pleno verano, ha hecho imposible vivir allí por lo que Julián les ha prestado su casa que él no ocupa de momento. De Julián son las armas que Jabo utiliza para espiar a los vecinos.
Poco a poco, por boca del propio Jabo, la narración es en primera persona, iremos sabiendo de su personalidad un tanto siniestra, de sus complejos y de sus sentimientos. Sabremos de su infancia, muy marcada por las actitudes de sus padres, y de cómo, influido por ella, reacciona ante hechos del presente que para él constituyen una agresión. No hay sucesos extraordinarios en la novela, pero por debajo de la superficie se está fraguando toda una suerte de acontecimientos que suponemos violentos y muy siniestros, tanto como la mencionada personalidad de Jabo.
Me ha gustado mucho La mujer de Judas. En la sinopsis de la contraportada se habla de «el terror que habita en lo cotidiano» y ya sabéis el valor que yo le doy a esa cotidianidad que esconde mucho más de lo que revela. Espero que Destino u otra editorial siga recatando los libros antiguos de Aro Sáinz de la Maza.


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