Dos escritores y una provincia.
Años después, abandonado ya el Derecho y dedicado al periodismo, colaboró en la revista Ceranda, que dirigía Manolo, la pareja de una prima mía. De esa experiencia dice el escritor en una entrevista en Zenda: «Nombraría también a un periodista que fue el que me dio la primera oportunidad, que se llama Manolo Nicolás». Por aquellas fechas publicó El entierro de Genarín, su primera obra en prosa, y después vendrían todas las demás. Este libro revivió la tradición, perdida durante años, de dicho entierro que se celebra la noche de Jueves Santo y es la procesión más golfa y profana de toda la Semana Santa.
Juan Benet nació casi treinta años antes que Julio Llamazares, en 1927, y lo hizo en Madrid. La relación con León y con Julio Llamazares, viene del trabajo como ingeniero de Benet. Ya en los años cincuenta había vivido en Ponferrada, donde realizó algunas obras hidráulicas, pero es entre 1961 y 1965 cuando trabajará en la presa del río Porma que inundaría y sepultaría bajo las aguas varios pueblos, entre ellos Vegamián, el lugar de nacimiento de Llamazares. Fue durante esta estancia en la provincia de León cuando comenzó su famosa novela Volverás a Región, que no he leído porque en este caso los prejuicios han podido conmigo. Los embalses de mi tierra tienen un doloroso significado para mí desde que tomé parte activa en la lucha contra el embalse de Riaño que perdimos definitivamente en 1987 con la voladura del pueblo y la inundación del valle. No he sido capaz ni de intentar leer esa novela a pesar de que el mítico paraje de Región debe referirse a alguna zona de la provincia de León, ¿el Bierzo?, ¿el valle del Porma?
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| La iglesia de Vegamián mientras el agua la va cubriendo |
En una de aquellas noches Juan Benet le reprochó a Julio Llamazares sus quejas ya que según Benet, Llamazares era escritor gracias a él. Éste se lo tomó como un insulto y le debió de responder con algún exabrupto similar. Posteriormente el autor leonés ha reconocido que terminó por darle la razón al madrileño: «en efecto, yo era escritor gracias a su intervención, al desgarro que ésta comportaría en mi vida, a la sensación de pérdida y desarraigo que siempre me acompañaría ya y que impregna todo lo que escribo».
Dejo dos muestras de la poesía de Julio Llamazares, la primera de La lentitud de los bueyes (1979) y la segunda de Memoria de la nieve (1982). En ambas se percibe el desarraigo y la pérdida.
Cuando vuelvas a casa, te explicaré el sonido del sol entre los fresnos y el sabor de los panes más antiguos.
Te llevaré en silencio hasta un lugar de brezos.
Te mostraré la gruta helada del deseo donde se esconden treguas verdes y hogueras esparcidas, y tú serás, bajo mi vientre, como sangre mordida.
Entonces, desgranaré en grumos azules el silencio.
Mi voz es vieja (y tú lo sabes) como campana colgada del vacío. Mas no hallará paredes despobladas donde ocultar sus ecos más profundos, ni habrá viñas agraces sembradas en su asombro.
Porque, ya para entonces, la mansedumbre habrá brotado como vinagre vertida sobre el sueño, y no habrá quien reclame los surcos desolados de tu ausencia.
Cuando vuelvas a casa, te explicaré el rumor de las ortigas en la sangre.




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