Dos de... Joseph Roth
Traigo hoy al blog dos clásicos. La marcha Radetzky llevaba tiempo en mi lista (y en mi estantería) de pendientes. Y creo que fue al calor del concierto de Año Nuevo y su sempiterna Marcha Radetzky que nos alegra y nos ayuda a empezar con optimismo cada nuevo año, cuando decidí que ya era el momento. Y ya metida en la historia de los Trotta decidí continuar con La cripta de los capuchinos que lleva la historia de la familia hasta la anexión de Austria por parte de la Alemania nazi acaecida en 1938.
«Joseph Trotta, barón de Sipolje, aceptó malhumorado los dones imperiales como si fueran una ofensa. La campaña contra los prusianos se hizo sin él y perdieron. Trotta estaba rencoroso. Ya empezaban a plateársele las sienes, su mirada perdía brillo, su paso se tornaba lento, pesada la mano, hablaba menos que antes. A pesar de hallarse en sus mejores años, parecía como si envejeciera pronto. Expulsado del paraíso de la fe sencilla en el emperador y en la virtud, en la verdad y en el derecho, se hallaba encadenado ahora al silencio y la resignación, por más que se diera cuenta de que la astucia asegura la continuidad en este mundo, la fuerza de las leyes y la fama de los monarcas. Gracias a los deseos del emperador, expresados en alguna ocasión, desapareció la lectura número quince de los libros de lectura para las escuelas del reino».
La marcha Radetzky nos narra las andanzas de tres generaciones de los Trotta, cuatro si tenemos en cuenta al padre de el héroe de Solferino y aún se menciona al abuelo que sería el quinto, aunque su aparición es muy puntual: «Su abuelo había sido un aldeano con poca tierra». Del padre, sin embargo, se nos cuentan muchas cosas. Había sido oficial de cuentas y gendarme en la frontera sur, había perdido un ojo en una escaramuza con contrabandistas y vivía cuidando el parque y dando de comer a los cisnes del palacio de Laxenburg, residencia de verano del emperador y su familia.
El héroe de Solferino acabó harto de tanto heroísmo y tanta alabanza, inmerecida según él mismo, incluso en los libros de texto para escolares. Enterró a su padre y poco después a su mujer y se negó a que su único hijo. Franz Trotta, fuera militar.
«El hijo se hizo abogado, iba con frecuencia a ver a su padre, daba una vuelta por la finca; un día sintió deseos de convertirse en su administrador y abandonar la jurisprudencia. Así se lo confesó a su padre. El comandante le dijo:
—Ya es demasiado tarde. Jamás en la vida serás un buen campesino. Te convertirás en un buen funcionario y nada más.
Ya estaba decidido. Y el hijo ocupó un cargo político como funcionario, comisario de distrito en Silesia».
Como el héroe había solicitado, su nombre fue borrado de los libros escolares y se fue olvidando su gesta, pero como aún permanecía en las actas secretas de las más altas esferas, seguía recibiendo los favores imperiales y Franz ascendió rápido en la escala funcionarial hasta ser nombrado jefe de distrito, una especie de Gobernador provincial.
Tal vez Franz se quedó con la frustración de no haber sido militar y se empeñó en que su hijo lo fuera. Carl Joseph también fue bendecido por las heroicidades de su abuelo y a pesar de no tener las mejores capacidades «pasó con el grado de teniente al regimiento de X de ulanos». Si Joseph fue el héroe que salvó la vida al emperador y Franz un funcionario ejemplar que mantuvo en alto la honra de la familia, Carl Joseph comenzó el declive de la familia. Mujeres, juego, alcohol, escándalos de todo tipo fueron desplomándole en una caída sin freno. Bueno, sin freno no porque la gesta de su abuelo y la mano agradecida del emperador aún fueron capaces de sacarle de algún apuro.
Y a la vez que los Trotta, también el imperio se desmorona, el emperador envejece, todo un mundo se viene abajo y la Gran Guerra, con la que se dice que comenzó el siglo XX, si no cronológicamente sí históricamente, será el crisol en el que cristalizará el fin de una época y el inicio de otra que prometía ser más justa, con el fin de muchos privilegios y el inicio de la justicia social, pero que dejó de manifiesto que es muy difícil que los de arriba caigan y, más difícil aún, que los de abajo puedan ascender en contra de la ley de la gravedad. A no ser que se salve la vida del emperador y aún así sólo de forma temporal.
«Era el día en que enterraban al emperador en la cripta de los capuchinos. Tres días después, el cadáver del señor de Trotta descendió a la tumba.—Me habría gustado mencionar —dijo el alcalde que el señor de Trotta no podía sobrevivir al emperador. ¿No le parece a usted, señor doctor?
—No sé —replicó el doctor Skowronnek—. Yo creo que ninguno de los dos era capaz de sobrevivir a Austria».
"La cripta de los capuchinos". Joseph Roth.
«Lo habíamos perdido todo: posición, nombre y rango, casa, dinero y valores, pasado, presente y futuro. Todas las mañanas al despertarnos, y todas las noches al dormimos, maldecíamos a la muerte que vanamente nos había invitado a su gran festín, y todos envidiábamos a los caídos. Ellos descansaban bajo tierra, y la próxima primavera de sus restos crecerían violetas. Nosotros, sin embargo, habíamos vuelto a casa, desesperados, estériles, tullidos. Una generación elegida por la muerte, y por ella repudiada. El veredicto del tribunal que dictaba la aptitud para el servicio militar, decía de forma irrevocable: "Incapaz para la muerte"».
De eso va La cripta de los capuchinos, de la pérdida de un mundo. Si La marcha Radetzky nos cuenta el desmoronamiento progresivo de ese mundo y de la familia Trotta, desmoronamiento que culmina con la Gran Guerra, La cripta de los capuchinos nos mete de lleno en el derrumbe definitivo y lo lleva hasta 1938 y la segunda parte del desmoronamiento, por si faltaba algo.
Esta novela está contada en primera persona por un miembro de la familia Trotta, de una rama de la familia de la que no habíamos oído hablar. «El hermano de mi abuelo fue aquel sencillo teniente de Infantería que salvó la vida el emperador Francisco José en la batalla de Solferino». A diferencia del héroe de Solferino y sus descendientes directos el padre de nuestro narrador era un rebelde cercano a los planteamientos reformistas del heredero Francisco Fernando. Pero el padre murió año y medio antes que el heredero. Le hubiera gustado que su hijo heredara sus ideas y por eso le puso por nombre Francisco Fernando, pero el hijo está muy poco dispuesto a vivir para la rebeldía y las reformas imperiales.
La historia empieza en abril de 1913 y se extiende hasta el Anschluss, la anexión de Austria por la Alemania Nazi en marzo de 1938. Dos periodos fundamentales en la vida de Francisco Fernando Trotta y de toda Europa, un antes y un después separados por la Gran Guerra y que desembocan en la Segunda Guerra Mundial. Basten dos citas para percibir la diferencia entre esos dos mundos. En 1913 nos dice el narrador:
«Yo vivía en el ambiente alegre y desenfadado de los jóvenes aristócratas, ambiente que, junto al de los artistas del antiguo imperio, era el que más me gustaba. Compartía con ellos la frivolidad escéptica, la melancólica petulancia, una negligencia enfermiza, y un ascetismo altivo, todo lo cual era característico de una decadencia que todavía no vislumbrábamos. Sobre las copas que apurábamos alegres, la muerte invisible cruzaba ya sus huesudas manos. Maldecíamos con alegría e incluso blasfemábamos sin mala intención. Solitario y viejo, lejano y petrificado, pero próximo a todos nosotros, presente por doquier en el gran imperio abigarrado, vivía y reinaba el viejo emperador Francisco José».
No sabemos cuando nos narra Francisco Fernando la historia, lógicamente después de marzo de 1938 (tampoco mucho tiempo después porque la novela se publicó en el mismo 1938 y el autor murió en 1939), pero sí sabemos cómo se siente frente al nuevo mundo que está viviendo y vemos la trágica diferencia con respecto al anterior:
«No soy un hijo de mi tiempo, es verdad, incluso diría que me —resulta difícil no erigirme en su enemigo, y no es que no lo entienda, como he afirmado a menudo, esto es una excusa piadosa. Por pura comodidad no quiero volverme hostil o agresivo, y por lo tanto digo que no lo entiendo, cuando debería decir que lo odio o que lo desprecio. Tengo muy buen oído, pero juego a ser sordo, porque creo que es más noble simular este defecto que admitir que he prestado oídos a voces vulgares».
Lo que ha habido entre los momentos de estas citas es la Primera Guerra Mundial que nuestro narrador pasó de forma un tanto extraña acompañado de dos personajes que representan otras realidades del Viejo Imperio. Porque si Francisco Fernando es un aristócrata en Viena, su primo, Joseph Branco Trotta, «era un campesino que durante la primavera, el verano y el otoño se dedicaba a las labores del campo, y en invierno era castañero», mientras que Manes Reisiger era un judío de Galitzia. Con ambos vivió nuestro personaje la guerra tras haber mantenido una extraña amistad antes del conflicto.
A la vuelta de la guerra todo había cambiado en su mundo. Tan solo su madre se aferraba al pasado y vivía en una realidad que ya no existía. Él se ve obligado a trabajar, su mujer, con la que se había casado justo antes de salir para el frente, ha montado una especie de empresa y se dedica diseñar lo que hoy llamaríamos bisutería y otros objetos, «Dibuja, e incluso hace horribles collares y sortijas, unas cosas muy modernas llenas de ángulos, broches de madera de abeto, y creo que también alfombras de paja». Algo que la aristocrática madre de Francisco Fernando no puede entender. Y eso que no sabe la relación que une a su nuera con su socia en la empresa.
Toda una sociedad en crisis que no hará más que degradarse a medida que se dirige hacia el abismo que supondrá la Segunda Guerra Mundial. Nunca como en esta novela había sentido tan real esa afirmación que dice que en realidad esta segunda guerra no fue más que la continuación de la primera, un conflicto que habría durado treinta años con momentos más o menos activos.
Joseph Roth era un autor al que nunca me había acercado, pero me ha cautivado totalmente. Su visión de Europa antes y después de la Gran Guerra me ha recordado El mundo de ayer. Memorias de un europeo, el maravilloso libro de memorias de Stefan Zweig que ando con ganas de releer. Dos autores con muchos puntos en común y que mantuvieron una correspondencia que también me tienta mucho. Con el título de Ser amigo mío es funesto, Acantilado ha publicado la correspondencia que intercambiaron entre 1927 y 1938, y que espero leer en breve.


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Qué buenas novelas traes hoy, Rosa. He leído solo la primera, tengo pendiente la continuación, y como a ti me llevó a pensar también en Stefan Zweig por el sentimiento de pérdida tan grande que transmite y ese momento de decadencia que cuenta. Hay mucha melancolía en esta historia pero es una maravilla como está contada. Me ha encantado recordarla contigo. Gran recomendación. Un beso.
ResponderEliminar¡Qué casualidad, vengo justo de tu blog! Yo tenía La marcha Radetzky comprada, pero no sabía que La cripta... era una especie de continuación. Me ha encantado leerlos uno a continuación de otro porque son muy distintos, pero ambos, de muy distinta manera, transmiten la tragedia de ese mundo que desapareció tras la Gran Guerra. Sería maravilloso solo para una parte de la población más o menos privilegiada, pero ellos sintieron la pérdida de esa manera tan terrible que muestran.
EliminarUn beso.
Hola, Rosa.
ResponderEliminarCuando me falla el optimismo tiendo a pensar que estamos viviendo una época así, que se está derrumbando todo y vamos al abismo, que luego vendrá la reconstrucción pero ya no la veremos.
Me parece muy interesante toda la historia. Entiendo que el conflicto bélico es el contexto pero que no está ahí la trama.
Le echaré un vistazo. Y sí, puede que en realidad sólo hubo una guerra pero con un parón para recomponerse y seguir.
Besotes