Ristretto 9
Este es el primer Ristretto que tiene más de dos novelas, pero cuando anuncié esta sección del blog ya avisé de que no siempre iban a ser dos libros. En este caso se trata de una trilogía. Las tres historias están ambientadas en el mismo lugar, Holt, del condado de Holt, Colorado. Aunque había leído que se pueden leer de forma independiente, se puede decir que la segunda es continuación de la primera, aunque algunos personajes hayan desaparecido o perdido importancia. Sí que es más independiente la tercera que se centra en la historia de una familia y sus allegados y, aunque se menciona algún personaje de las anteriores, se hace de manera muy tangencial.
No suelo leer tantos libros seguidos del mismo autor. Había leído poco antes La balada de Holt, ambientada también en el mismo lugar, donde parecen estar ambientados también los dos libros que me quedan y que no creo que tarde en leer porque Kent Haruf es un autor que me ha cautivado totalmente.
Holt es un lugar imaginario basado, al parecer, en Yuma, una de las ciudades en las que vivió Haruf. Kent Haruf trabajó como profesor en escuelas y universidades, pero también en lugares de lo más diversos: una granja, una empresa constructora, una biblioteca, hospitales...
Sus novelas son atemporales. Cuesta saber en qué momento están escritas, aunque tampoco es algo que importe tanto. Sólo en la última de la trilogía, Bendición (2013), aparecen los ordenadores en media docena de ocasiones y se mencionan el terrorismo y una guerra en el desierto, lo que nos hace pensar en una de esas guerras en Irak o Afganistan surgidas a consecuencia de los atentados de las Torres Gemelas. No hay teléfonos móviles en estas novelas a pesar de que la primera está escrita en 1999 y para entonces yo ya tenía el mío desde hacía varios años.
Son también, sobre todo las dos primeras, novelas corales en las que aparecen multitud de personajes que tienen más o menos relación unos con otros. Salvo la tercera que, como he mencionado, reduce mucho el número de personajes y no tiene ninguno en común, excepto alguna referencia, con las otras dos.
"La canción de la llanura". Kent Haruf.
«[...] salió al pasillo y se detuvo delante de la puerta cerrada. Se quedó escuchando pero no oyó nada. Al entrar encontró el cuarto prácticamente a oscuras, silencioso y prohibido como una pequeña iglesia después del funeral de una mujer que ha muerto demasiado pronto. Una repentina sensación de aire estático y quietud forzada. Las persianas de las dos ventanas estaban bajadas hasta el alféizar. Se quedó mirándola en silencio. Ella. Que seguía tumbada en la cama con los ojos cerrados. Apenas podía distinguir su cara en la penumbra, esa cara tan pálida como la tiza del colegio y ese delicado cabello que caía enredado ocultando sus mejillas y su delgado cuello. No sabía si estaba dormida, pero le pareció que no lo estaba».
Y el primero nos presenta a Guthrie, un profesor de instituto, y a sus hijos, Ike y Bobby, que «Aunque se llevaban un año podrían haber pasado por gemelos». También hay una madre, la que aparece en la cita de inicio, una mujer que encontramos inmersa en lo que bien podría ser un proceso de profunda depresión, aunque no sabemos la causa. Ike tiene diez años y Bobby, nueve. Antes de ir al colegio reparten los periódicos por el pueblo y de su mano conoceremos a otros personajes.
El siguiente personaje es Victoria Roubideaux, una joven alumna del instituto que se ha quedado embarazada de un hombre que ha desaparecido, igual que lo hizo en su día el padre de Victoria. Cuando su madre la echa de casa encuentra refugio en el hogar de Maggie Jones, otra profesora del instituto que es la única, de momento, dispuesta a echarle una mano.
Los McPheron, Harold y Raymond, tardarán en salir, pero terminarán teniendo bastante protagonismo. Amigos de Guthrie, quien les ayuda puntualmente en tareas de su granja, son dos hermanos mayores y solteros que viven solos a más de veinte kilómetros del pueblo. Acabarán teniendo importancia en las vidas de todos, sobre todo en la de Victoria.
Y el último personaje en dar nombre a un capítulo es Ella. Durante buena parte del libro hemos confundido ese Ella con un pronombre, hasta que nos damos cuenta de que si bien así es en numerosas ocasiones, también existe Ella como nombre de personaje.
Hay más personajes, pero no van a dar nombre a ningún capítulo. La mayoría son buenas gentes dispuestas a echar una mano cuando alguien lo necesita, dispuestas incluso a comprometer su forma de vida para hacerse cargo de alguien a quien ni siquiera se conoce. Pero hay también alguna mala persona o personas, como los Beckman, ejemplo viviente de que de padre gatos, hijos mininos.
Y pasa así la novela, sin acontecimientos extraordinarios, tan solo la vida en Holt, un pueblo de Colorado, del condado de Holt. Y termina y nos deja un buen sabor de boca. Ganas de saber más de ese pueblo y de esos personajes que ya se nos han metido en el alma.
«Llegaron de la cuadra con la luz oblicua de primera hora de la mañana. Los hermanos McPheron, Harold y Raymond. Viejos aproximándose a una casa vieja a finales del verano. Llegaron por el camino de grava dejando atrás la camioneta y el coche aparcados junto a la valla y entraron uno detrás del otro por la puerta de la alambrada. En el porche se limpiaron las botas contra la hoja de sierra clavada en la tierra, rodeada por un suelo duro y brillante a causa del uso constante y mezclado con estiércol de establo, y subieron los escalones de tablones hasta el porche cerrado con mosquiteras y pasaron a la cocina, donde la chica de diecinueve años, Victoria Roubideaux, estaba sentada a la mesa de pino dándole gachas a su hijita».
Aparecen nuevos personajes que le van a dar a la historia un carácter menos amable. Nos van a mostrar una cara de la sociedad y del país menos idílica que aquella a la que nos tenían acostumbrados los habitantes conocidos de Holt. Luther y Betty June Wallace viven en una caravana con sus dos hijos, Joy Rae y Richie. Viven amparados por los servicios sociales que les proporcionan los cupones para las compras y que ya les han quitado a una niña mayor que vive en acogida. No son malos padres y su asistente social, Rose Tyler, hará todo lo posible para evitar que se queden también sin sus dos hijos pequeños, pero las circunstancias tampoco hacen ningún esfuerzo por ponerse de su parte.
Los Kephart abuelo y nieto, viven en una zona alejada del centro. D J de tan solo once años vive solo con su abuelo desde que «Antes de que él naciera su madre decidió no casarse con el hombre que era su padre, y cuando tenía cinco años la madre falleció en un accidente de tráfico en Brush Colorado un sábado por la noche después de estar bailando con un pelirrojo en un bar de carretera». Sobre los hombros del niño, a pesar de su corta edad, caen más cuidados y responsabilidades de los que deberían.
Mary Wells y sus niñas, Denna y Emma, son las únicas vecinas de los Kephart. Denna es la única amiga de DJ, pero tampoco a ellas les va muy bien y DJ terminará perdiendo ese apoyo.
Al final de la tarde va endureciendo el tono. Como digo, la realidad más dura se va colando en la narrativa de Kent Haruf. Tal vez los cinco años transcurridos desde la publicación de La canción de la llanura y los atentados del 11-S, ocurridos entre tanto, han contagiado al autor de una tristeza que se nota. No solo hay personas que viven duras condiciones y a las que la falta de estudios y de formación complica de manera determinante el ascenso social y económico y hacen imposible la toma de buenas decisiones. También en algunos de nuestros personajes ya conocidos y de vida estable y más o menos acomodada, se dan sucesos muy duros que marcarán el resto de sus vidas. Aunque no todo es dura realidad. También hay esperanza y la cara más dulce de lo real se manifiesta en forma de amor, amistad y compañerismo.
"Bendición". Kent Haruf.
«Cuando llegaron los resultados de
la prueba la enfermera los convocó en la sala de reconocimiento y el médico,
cuando entró, se limitó a mirarlos y pedirles que se sentaran.
Adelante, dijo Papá Lewis,
suéltelo.
Me temo que no les traigo buenas
noticias, dijo el médico […]
Podría equivocarse. A veces se
equivocan, dijo ella. No pueden estar seguros del todo.
No quiero permitirme pensarlo.
Noto dentro de mí que aciertan. No me queda mucho.
No quiero creerlo.
Ya. Pero estoy bastante seguro de
que es así.
No quiero perderte todavía. Le cogió de la mano. No. Tenía los ojos llorosos. No estoy preparada.
Lo sé... Será mejor que no tardemos en llamar a Lorraine».
En Bendición no volvemos a encontrar a los personajes a los que estábamos acostumbrados. Pero eso ya lo he dicho. Por referencias a alguno de ellos, hechas muy por encima, sabemos que han pasado varios años. Por mención de algunos hechos, suponemos que estamos en la primera década del siglo XXI.
Los protagonistas van a ser los miembros de la familia Lewis: Papá, Mary y Lorraine. Cuando empieza la novela le dicen a Papá Lewis que no le queda mucho tiempo de vida, «Moriría antes de que acabara el verano. A principios de septiembre la tierra cubriría lo que quedara de él en el cementerio, a escasos cinco kilómetros al este del pueblo». Lorraine, la hija del matrimonio, abandona su vida en Denver y se instala con sus padres en Holt. Hay también un hijo, Frank, pero hace mucho que abandonó el pueblo y la familia, y nadie sabe nada de él.
Estarán acompañados por muy poca gente. Su vecina, Berta May, y su nieta, Alice, de la que se hizo cargo a la muerte de su madre. Dos amigas, madre e hija.
«Willa Johnson era una viuda de larga melena blanca recogida en un moño en la nuca como antaño y llevaba gafas gruesas; y Alene, su hija soltera, pasaba de los sesenta años y había pedido la jubilación anticipada después de dedicarse a la enseñanza durante casi cuatro décadas en un pequeño municipio de Front Range y había vuelto a casa a pasar el verano y tal vez alargara la estancia. Vivían al este de Holt, kilómetro y medio al sur de la carretera en una pista comarcal de los arenales».
Y hay un pastor, el reverendo Lille, que ha venido desde Denver desterrado por algo que no sabemos, pero que terminaremos sabiendo.
Con las vidas, presente y pasado, de estos personajes pasaremos el verano en Holt mientras la vida de Papa Lewis va llegando a su fin. También hay vidas que empiezan, como la de la pequeña Alice, o vidas que ni siquiera se han llegado a vivir como la de Alene que siente que se acerca a la vejez sin haber aprovechado las oportunidades que la juventud le planteó «Voy a morirme sin haber vivido. Es ridículo. Es absurdo. Nada tiene sentido».
Personajes cercanos de nuevo; vidas sencillas, sin estridencias, más allá del escándalo que siembra el reverendo en su sermón por querer seguir las enseñanzas del evangelio al pie de la letra. Gente que nace, vive y muere y que parecería que nada en sus vidas podría constituir argumento para una novela, pero que en manos de un buen escritor se convierten en apasionantes relatos.
Quiero terminar con unas citas que se han escrito sobre la obra de Kente Haruf que van en la línea de lo que opino sobre ella:
«Hay una decencia que brilla en la precisión con la que Haruf describe lo ordinario».
«[...] escribe con tal asombro ante los misterios de la vida y con tal compasión por la fragilidad humana que parece haber surgido de otra época, de un lugar mejor».
Como si de una premonición se tratase, poco después de terminar este libro, a Kent Haruf se le diagnosticó una enfermedad terminal que le daba unos pocos meses de vida. Meses que aprovechó para escribir su última novela, Nosotros en la noche, que se publicó en 2015 póstumamente. Esta última novela y la primera que escribió, El vínculo más fuerte, son las que me quedan para completar mi lectura de la narrativa de este autor.
Las novelas que he leído de Kent haruf, todas entre julio y agosto son:
"La canción de la llanura".
"Al final de la tarde".
"Bendición".









Pues no le tenía yo echado el ojito ni a este autor ni a esta trilogía, claro. Y ahora me has creado la necesidad... Y una curiosidad... ¿En el 1999 con móvil? Yo me resistí hasta el 2006...
ResponderEliminarBesotes!!!