"Hay ríos en el cielo" Elif Shafak
«Los ríos son puentes líquidos,
canales de comunicación entre mundos separados. Unen una orilla con la otra, el
pasado con el futuro, la fuente con el delta, a los terrícolas con los seres
celestes, lo visible con lo invisible y, por último, a los vivos con los
muertos. Transportan al otro mundo las almas de los que se van y, alguna que
otra vez, las traen de vuelta. Las corrientes anchas y las pozas de marea
albergan los secretos de siglos pretéritos. Las ondas en la superficie del agua
son las cicatrices de un río. En sus sombrías profundidades hay heridas que ni
siquiera el tiempo puede curar.
El acervo popular mesopotámico sabe que el agua es la fuerza determinante de la vida. Los árboles son "agua con raíces", los ríos "agua que fluye", las aves "agua que vuela", las montañas "agua que se eleva"; en cuanto a los humanos, son y siempre serán "agua guerrera", nunca en paz.
El agua tiene memoria.
A los ríos se les da muy bien recordar».«El agua, la sustancia más extraña, el gran misterio.
Con un átomo de hidrógeno en cada punta de la base, ambos unidos a uno de oxígeno en el centro, es una molécula angular, no lineal. Si fuera lineal, no habría vida en la tierra... ni historias que contar».
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| Imagen tomada del propio libro |
Cuesta entenderlo, pero es así. Todo el misterio de la vida en la Tierra se debe a ese ángulo que forma la molécula de agua. Y este libro es la historia de muchas moléculas de agua que forman una gota. La misma gota que en forma de lluvia cayó en el pelo de Asurbanipal, en Nínive, en el 630 a. e. c. La misma gota que después de recorrer los cielos, las aguas y el subsuelo, vuelve a los cielos y cae en forma de copo de nieve en la boca de un recién nacido en Londres en 1840. La misma gota que treinta y dos años después, formando parte de una ola del Bósforo, salpica la cara de aquel mismo niño que, ya como hombre, llega a Constantinopla. Y es la última gota de una botella de plástico en las montañas de Sinyar, al norte de Irak, que en 2014 tratará de salvar de la deshidratación a los niños yazidiés que huyen de la matanza del Ejército Islámico. La misma gota que en 2018 se transforma en lágrima y cae en un fregadero de una casa barco en Londres, «Se mezcla con el agua del grifo y las aguas residuales tratadas y llega de nuevo al mar» Y ahí sigue.
No sé si lo escrito más arriba anima o disuade. Pero no asustarse. Más allá de ciertos comentarios científicos sobre el ciclo del agua o la influencia en el mismo del cambio climático, hay muchas historias y mucha Historia en Hay ríos en el cielo, la última novela de Elif Shafak que he leído y que es seguro que va a figurar entre mis favoritos de 2026.
El primer capítulo transcurre a orillas del Tigris, en Nínive en la década de 640 a. e. c. La protagoniza Asurbanipal que protegiéndose de la lluvia (la misma que depositó en su pelo la gota de agua que ya conocemos), entra en el palacio y nos muestra su Biblioteca con sus miles de tablillas de arcilla escritas con caracteres cuneiformes. Y hay una muy especial. Pertenece a las muchas que cuentan La epopeya de Gilgamesh, «una epopeya que pasó de abuelas a nietos mucho antes de que los escribas la copiaran». Y lo que tiene de especial esa tablilla es que no es de arcilla, sino de lapislázuli, y contiene una blasfemia: «Ahora y siempre, alabada sea Nisaba». Nisaba, la diosa de la narrativa, cayó en desgracia hace mucho tiempo y ahora la ha sustituido un dios fuerte y varonil, Nabu, del que Nisaba es solo una esposa sumisa.
A partir de ese primer capítulo, la novela se centra en tres historias que se van alternando. En 1840 nace a orillas del Támesis Arthur Smyth, a quien su prodigiosa memoria abrirá puertas que suelen permanecer cerradas para los niños de su clase social. Llegará a trabajar en el Museo Británico y será el traductor de la Epopeya de Gilgamesh tras ser capaz de descifrar la escritura cuneiforme. Como nos dice la autora en la nota final está «basado libremente en una figura histórica: George Smith, el genio de clase obrera que descifró la escritura cuneiforme». Arthur viajará a Nínive en 1872 en busca de un fragmento del poema que falta en las tablillas del Museo.
En 2014, también a orillas del Tigris, pero en el sur de Turquía, encontramos a Narin, una niña yazidí de nueve años. Quieren bautizarla y para ello deciden viajar al valle sagrado de Lalish, al norte de Irak, y que es el centro sagrado de los yazidíes. Narin no entiende porqué los llaman adoradores del diablo
«Y no es la primera vez que lo oigo. Pasó también en el hospital. Me pidieron que esperara en el pasillo mientras baba hablaba con el médico. Un limpiador pasó y dijo: «¿Qué hacen aquí estos asquerosos y viles adoradores del diablo?». Hablaba de nosotros».
El viaje a Lalish se verá interrumpido por la persecución de que fueron objeto los yazidíes a manos del Ejercito Islámico de Irak.
2018. Zalika camina por Chelsea Embankment. Se dirige a tomar posesión de la casa barco que ha alquilado en el Támesis. Zalika es científica y trabaja en el «CENTRO DE ECOLOGÍA E HIDROLOGÍA. Una institución independiente y sin ánimo de lucro dedicada a la investigación en biogeoquímica, hidrología y biodiversidad». Zalika quedó huérfana con siete años y se ha criado con sus tíos y su prima. Ahora se ha separado de su marido y está a punto de conocer a Nen, la dueña del barco que ha alquilado, una enamorada de la cultura mesopotámica y de la historia de Gilgamesh, que le abrirá un mundo nuevo en muchos aspectos. Ella será quien le cuente, y nos cuente a todos, la maravillosa y terrible historia de Nisaba y de cómo, ya desde el Código de Hammurabi, a la fuerza y con violencia, la mujer se convierte en esposa fiel y obediente,
«La fama de Nabu seguirá aumentando y de Mesopotamia pasa a la cuenca mediterránea, donde la abrazan numerosas civilizaciones: la griega, la romana y la cristiana. Pero la tradición de Nisaba continuará arraigada en el lugar donde nació, y también será ahí donde muera, donde se rompan sus tablillas y se entierren sus punzones en las orillas del Tigris. Una vez completada la transición, se borrará por completo a la diosa de la escritura: la señora de la memoria caerá en el olvido por toda la eternidad».
Como no podría ser de otra manera, las tres historias se terminarán relacionando y nos irán dejando ver los nudos que las enlazan. Además, por supuesto, de la gota de agua que las recorre y las vertebra.
Si hasta ahora consideraba La isla del árbol perdido mi novela favorita de Elif Shafak, Hay ríos en el cielo la ha desbancado de ese puesto. No es una preferencia que tenga nada que ver con la calidad del libro. No sabría decir cuál es mejor, pero siempre me he sentido fascinada por el agua, por esa curiosa y maravillosa característica que consiste en que el simple ángulo que forma la molécula de agua, haya sido capaz de originar la vida. Muchos de los que dicen que algo tendrá el agua cuando la bendicen, no imaginan lo mucho que tiene.
Fuera de eso, la novela es pura poesía, puro amor a la naturaleza, a la diversidad, al respeto, a la Historia, a la fuerza de lo femenino. Me faltan palabras para recomendar esta novela. Creo que a poco que se ame la vida, la Literatura y la Historia, hay que leerla.
Otros libros de Elif Shafak leídos con año de lectura entre paréntesis:
"La isla del árbol perdido" (2023)
"La bastarda de Estambul" (2025)
"El fruto del honor" (2026)
"Hay ríos en el cielo" (2026)





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