"El fruto del honor" Elif Shafak


«Mi madre murió dos veces. Me prometí que no permitiría que su historia se olvidara, pero nunca encontré el tiempo, la voluntad o el valor para escribirla. Es decir, hasta hace poco. No creo que jamás llegue a ser una escritora de verdad, y ahora lo tengo asumido. He alcanzado una edad en la que acepto mis limitaciones y mis fracasos. Pero tenía que contar esta historia, aunque solo fuera a una persona. Tenía que enviarla a un rincón del universo donde pudiera flotar libremente, lejos de nosotros. Se la debía a mamá, esa libertad. Y tenía que terminarla este año. Antes de que él saliera de la cárcel».

Así empieza este libro. Este primer capítulo nos lo cuenta Esma, la hija de esa madre que murió dos veces, y que espera a que su asesino salga de la cárcel. De hecho se está preparando para ir a recogerlo y está preparando su postre favorito, halva de sésamo. Y se pregunta cuándo estará preparada para contarles la verdad a sus hijas gemelas de siete años. Y, tras dejarlas en el colegio, coge su coche y se dirige a hacer el viaje de tres horas desde Londres hasta la cárcel de Shrewsbury para recoger a su hermano y asesino de su madre. Es 1992.

«Lo acompañaré a su habitación y cerraré la puerta despacio.
Y lo dejaré allí. En una habitación de mi casa. Ni demasiado lejos ni demasiado cerca. Lo mantendré encerrado entre esas cuatro paredes, entre el amor y el odio, sensaciones que no puedo combatir, atrapadas para siempre en una caja, dentro de mi corazón.
Es mi hermano.
Él, un asesino».

A continuación viajamos a 1945, en un lugar a orillas del Éufrates en el Kurdistán turco. Y llegaremos a ese lugar en el momento en que están naciendo dos hermanas gemelas, Pembe Kader y Yamila Yeter, o Rosa Destino y Belleza Suficiente. Aunque serán, simplificando, Pembe y Yamila. No está contenta su madre. Estas niñas hacen el número ocho de sus hijos o, más bien, de sus hijas porque todo son niñas. 

La historia se nos irá contando desde distintos lugares: las orillas del Éufrates, Estambul, Londres y la cárcel de Shrewsbury. Pero también con saltos en el tiempo no lineales y que van siendo hitos importantes en la historia de la familia. A la vez que la infancia de Pembe, sabremos de la de Adem en Estambul, cómo llegaron a conocerse y casarse, cómo fueron padres cuando Penbe tenía diecisiete años y cómo fueron premiados con un niño, Askander, «Su hijo, el hijo que su madre había deseado y por el que había rezado a lo largo de toda su vida». En 1970 la familia se traslada a Londres. Para entonces ya había nacido Esma y aún nacería otro niño, Yunus. 

Hacia atrás y hacia adelante en el tiempo, siguiendo la la familia de Pembe en Inglaterra o la soledad de Yamila que se quedó en la aldea; volviendo a Estambul para ver la infancia complicada de Adem hasta que la historia se va cerrando y se vuelve lineal para narrarnos los hechos que se extienden desde diciembre de 1977 hasta diciembre de 1978, un año en el que se irá perfilando la tragedia que desembocará en el asesinato de una madre en manos de su.

Y la tragedia tiene muchos mimbres anclados en el pasado. El padre de Adem que se dividía entre Baba (el sobrio) y Baba (el ebrio) y que trazó el carácter de su hijo, jugador y mujeriego; la ilusión de Pembe ante su primer hijo varón al que educó como a un sultán, consentido y orgulloso, el hombre de la casa cuando el padre se fue, el detentador del honor de la familia. Y era un adolescente cuando conoció a un personaje radical y se dejó encandilar por sus ideas sobre un mundo en el que no terminaba de encontrar el encaje.

«En Occidente, la gente está confundida. Confunden felicidad con libertad y libertad con promiscuidad. En cambio, nosotros respetamos a nuestras madres, hermanas y esposas. No las obligamos a vestirse como muñecas Barbie. Es un gran negocio. Cosmética, moda, diseñadores de zapatos».

Y son todas esas coincidencias y algunas más, y seguramente algunas que se nos escapan, las que terminan propiciando esa tragedia final, cuyo desenlace ni el propio autor esperaba ni pretendía.

Elif Shafak

El tercer libro de Elif Shafak que leo me ha gustado tanto como los otros dos. Se lo dedica la autora a «los que quieren oír y ver» en contraposición con aquellos que solo se ocupan de sus asuntos, y es que, nos cuenta, «Cuando tenía siete años, uno de nuestros vecinos, sastre de profesión, a menudo pegaba a su esposa. Por la noche, todo el vecindario oía los gritos, los golpes, los insultos, pero por la mañana cada cual se ocupaba de lo suyo, como si nadie hubiera visto ni oído nada...»

Una historia que nos lleva del pasado al presente y de Oriente a Occidente, en la que las tradiciones ancestrales de Oriente chocan  con la modernidad y las costumbres más ligeras de Occidente. Tradiciones y costumbres con sus cosas positivas y negativas en cada caso y, a veces,  con más en común de lo que a todos nos gustaría reconocer.

Con un giro sorprendente, que me chirrió y me pareció facilón, forzado y extraño en el buen hacer literario que le conozco a la escritora, pensé que se había cargado el final de la novela. No es tal, porque sólo una buena escritora como es ella es capaz de hacer de un giro, en apariencia decepcionante, algo hermoso que deja intacta la calidad de la novela. 

Otros libros de Elif Shafak leídos con año de lectura entre paréntesis:
"El fruto del honor" (2026)

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