«La fregona abofetea el suelo del
salón con parsimonia. La lengua de un amante hastiado que besa por rutina. Es
curioso que limpiar casas ajenas aún me siga proporcionando placer. No es que
me sienta realizada ni nada por el estilo, pero acabar con la suciedad, dejarlo
todo reluciente, de alguna extraña forma me hace sentir que contribuyo a
devolver el equilibrio a las cosas. Ayudo a que todo quede como siempre debería
estar. Sé que se trata de un placer servil, como el perro que da la pata
esperando una caricia que no llega, pero es un placer, al fin y al cabo. Y en
mi vida los placeres no son algo común.
—Isabel, por el amor de Dios, ¿qué
es esa peste? ¿Con qué estás fregando?
—Con amoniaco, señora, como hago
siempre —respondo».
Es esta una novela que sorprende por más que ya el subtítulo en mitad de la portada anuncie lo que está por venir: «Ser asistenta y asesina tiene una ventaja: que eres invisible».
La vida de Isabel es bastante tonta. O así lo siente ella que inicia la narración declarando: «Era un día tonto. Como todos. Completando una semana tonta. Un mes tonto. Un año tonto. Una vida tonta». Sí, la vida de Isabel parece bastante tonta. Su matrimonio ya no le dice nada, salvo el asomo de repulsión que le produce su marido.
«Le miro mientras come, engullendo el pescado casi sin masticar. Y siento asco, y desprecio, y me parece un extraño. Cuando nos casamos era un hombre apuesto, viril, cargado de sueños y proyectos. Pero el alfiler del tiempo los fue pinchando uno tras otro como globos de un niño malcriado que no se los merece. La vida le golpeó duro hasta transformarlo en lo que tengo delante. Un ser hinchado y amoratado. Como una contusión. Supongo que él verá algo parecido cuando me mira. Nos hemos convertido en heridas. Heridas que la desolación no permite cicatrizar».
Ella misma se causa repulsión con ese olor a amoniaco que es incapaz de sacar de su cuerpo. Odia su trabajo, el salto de unos jefes a otros, según el día de la semana y la hora, mostrándose siempre conforme con lo que le ordenan, simulando una aceptación que la supera, soportando la hipocresía de quien muestra su arrogancia y la superioridad que siente mediante un aparente trato de igualdad condescendiente que es más ofensivo que el autoritarismo y el desprecio solapado que sienten en su interior.
Y por si todo eso fuera poco, sus hijos basculan entre el móvil y las malas compañías de la hija y la indolencia evidente de su hijo, un nini que dejó los estudios y se pasa las horas matando zombis con la consola. Pero todo eso va a acabarse porque Isabel está a punto de sentir un impulso irresistible y de dejarse llevar por él. Y así es como se convierte en una asesina y recupera su dignidad. Mediante el asesinato, la anulación total de la otra persona, se eleva sobre sí misma y deja de sentirse un ser inferior, se eleva sobre la hipocresía, la condescendencia, el servilismo... y se convierte en alguien poderoso.
«Ahora ya no soy ese ser inferior que no puede usar el ascensor. En ese instante, me siento la mujer más poderosa del mundo. Y me encanta. Un hormigueo de placer recorre mi cuerpo como nunca antes. La emoción clarividente de darte cuenta de quién eres, y de lo que eres capaz de hacer. El exquisito placer de la venganza consumada. Es como besar a Dios».
Y así es como entran en la historia otros personajes, los policías que van a encargarse de investigar los asesinatos, la inspectora estrella que tiene una tasa de éxitos del noventa y siete por ciento; Eloísa, la policía a la que acaban de destinar a Homicidios y piensa que por fin se va a liberar de tanta burla y desprecio sin saber que su traslado tiene sombras, muchas sombras; el Sistema, el terrible Sistema al que todos estamos sometidos y que aquí está representado por cuatro siniestros personajes que nunca se mencionan con nombre propio, tan ubicuos espacial y temporalmente resultan en este mundo que pueden tener muchos nombres y aquí son Azul Marengo, Azul Klein, Azul de Prusia y Mujer Saturnal. Un Sistema en la sombra que es quien decide y manda aunque casi nadie los conoce. No son políticos, desde luego. Están muy por encima. Son los que crean a los políticos y los utilizan.
«¿Te imaginas lo que supondría permitir que fuesen los políticos quienes tomasen las decisiones importantes?… ¡Por favor! La sociedad lleva votando a delincuentes en potencia desde que eligieron a Barrabás en lugar de a Jesucristo. ¿Qué sería del mundo sin personas comprometidas como nosotros? Caos, el reino del caos. ¿Sabes por qué tenemos que permanecer en las sombras? Porque la gente no quiere saber lo que pasa en un matadero. Lo que la gente quiere es comer chuletas».
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Carlos Augusto Casas |
Es esta la tercera novela que leo de Carlos Augusto Casas tras Ya no quedan junglas donde regresar y La ley del padre. La primera fue todo un boom literario en el mundo del género negro. Con ella obtuvo el VI Premio Wilkie Collins de Novela Negra, el II Premio Tuber Melanosporum del festival Morella Negra, el Premio Novelpol en 2018, el Premio Ciudad de Santa Cruz 2018 del festival Tenerife Noir y el Premio Tormo Negro 2018 del festival Las Casas Ahorcadas de Cuenca. También quedó finalista del Premio Pata Negra, organizado por la Universidad de Salamanca, del premio del festival Black Mountain Bossòst y del Silverio Cañada de la Semana negra de Gijón. El libro ha sido llevado al cine por Luis Gabriel Beristáin en su debut como director de largometrajes. La película que tiene un reparto internacional se estrenará el 26 de septiembre.
Se trata de un autor cuyas novelas siempre ponen el dedo en muchas llagas de las que sangran. Basten como muestra algunas de las citas que pongo más arriba y estas dos, con las que termino, a las que no me resigno a renunciar. Creo que ellas solas bastan para que cualquiera se anime a leer a Carlos Augusto Casas, pero por si no fueran suficiente, os animo yo. Escribe de maravilla, sus historias son muy buenas y sus personajes no tienen desperdicio; su visión y su descripción de la realidad son demoledoras. Para mí es imprescindible acercarse a él. Me quedan aún dos novelas por leer y espero hacerlo pronto.
«Y me quedo allí, tras el cristal, con las cortinas en la mano, viendo a mi hija deslizarse poco a poco por la pendiente del fracaso. Observando cómo los mismos errores se repiten generación tras generación. Las mismas elecciones equivocadas, las mismas malas decisiones que nos convierten en una saga de infelices, en una masa de incapacitados vitales.».
«La felicidad no viaja en metro. Son las ocho y media de la noche. La hora de los derrotados. El vagón es una coctelera que agita frustración y cansancio a partes iguales. El resultado es un brebaje amargo que nos obligan a tomar a la fuerza. La vida convertida en veneno. Todos queremos llegar cuanto antes a nuestros refugios para protegernos del bombardeo diario. Y mañana será otro día, tan parecido a este que no lo distinguiremos. Gemelos monstruosos y deformes que nacen muertos cada veinticuatro horas del vientre podrido de la ciudad».
Hola, Rosa.
ResponderEliminarEs que la vida puede llegar a ser muy tonta y hay que esforzarse por echarle un poco de algo que te empuje por las mañanas a empezar un nuevo día. Y cuanto más abajo y menos recursos, más difícil es encontrar ese qué.
No, ya veo que no tiene nada que ver con el de Piñeiro, es que a veces hago relaciones muy simples.
Me gusta la propuesta pero sigo escondida en lecturas que me lleve a otros tiempos y a la fantasía si hace falta.
Besos